NUMEN MONTARAZ

Modificado el: 29/10/2013 Imprimir PDF

I

 

Solar de los matreros

que tienes en el alma

un andrajo de poncho

y una astilla de lanza:

 

la cuchilla y el monte

todavía resguardan

viejas cosas que quieren marcharse de la tierra

yo no sé por qué rutas ignoradas.

 

Para los que llevamos en la sangre

los huraños motivos de la raza,

el pasado está vivo como nunca

y el agrio numen de los bosques habla.

 

Para las gentes nuevas

tal vez no diga nada

la musa que se ajusta los cabellos

con vincha colorada

y que en vez de una túnica de seda

viste un ropaje tosco de zaraza.

 

Tierra que se amansó trágicamente

y rindió sus tacuaras

que la bravía tradición lavaron

sirviendo de picanas…

 

Mientras la selva se abre,

el cielo azul de las llanuras baja

con los linos que vistos desde lejos

fingen lagunas de dormidas aguas;

 

pero el zorzal nativo permanece

fiel al recuerdo de la edad pasada

y a modo de un alivio quejumbroso

en la agonía de la selva canta.

 

II

 

Como hay ceniza de héroes

en los terrones de las sendas ásperas,

brotan a veces sobre la llanura

pequeñas margaritas encarnadas.

 

Y cuando el fuerte ventarrón se azota

contra los algarrobos y los talas,

la soledad se llena

de conmoción extraña,

y por el campo azul de las visiones

pasa Jordán con las falanges blancas.

 

Arde el rojo crepúsculo siniestro

como una quemazón a la distancia.

Todas las tardes la leyenda vuelve

como si en ese resplandor hallara

algo de los fogones legendarios

que extinguieron sus brasas.

 

Y aunque los hombres mueren

y aunque las cosas cambian,

y nuevas inquietudes nos absorben

y nuevos ideales nos arrastran,

la patria chica guardará por siempre

en el fondo de su alma

la tela burda del antiguo poncho

y el guayacán quebrado de la lanza.

 

III

 

Arbol nativo: préstanos tu sombra,

dános la fortaleza de tu savia

para que el tiempo nuevo nos encuentre

dignos de otra patriada.

 

Hoy viene a sollozar sobre tu copa

que al cielo tiende las floridas ramas

en una gran aspiración de cielo,

el dolor de las últimas calandrias.

 

Nos abrazamos a tu tronco erguido

como el orgullo de la estirpe brava

que ayer fué un heroísmo en la pelea

y hoy es un heroísmo que trabaja.

 

Y contra el viento de ultramar que llega

de las distantes urbes afiebradas,

desatarás tu viento formidable

cuyas tremendas rachas

les dirán como rugen tus jaguares

y de qué modo tus jilgueros cantan.

 

Arbol nativo: préstanos tu sombra,

dános la fortaleza de tu savia!

 

IV

 

Tierra donde mi cuna se meciera

a la sombra del seibo florecido

y en la que vuelvo a reconstruir el nido

feliz y tibio de la edad primera:

 

curado ya de su inquietud viajera

en tí mi corazón ha revivido

y aunque sin tregua el sinsabor le ha herido

canta y se alegra en tu dichosa vera.

 

Vuelven de sus románticas andanzas

todos mis sueños y mis esperanzas

que destrozar la adversidad no pudo.

 

Y el alma viene, en oblación suprema,

a deshojar la flor de su poema

sobre el metal sin mancha de tu escudo.