APUNTES SOBRE ROCK Y LITERATURA

Modificado el: 16/05/2011 Imprimir PDF

Escenas descartadas de los artículos “las palabras y las notas” y “Bersuit, la oposición oficial”, en Poeticas del Rock, Vol. II, Comp. Oscar conde; H. Olivieri Editor, 2007

 

La palabra cantada  / letra y música

Larguemos con un almanaque de taller mecánico y un óleo de alta cultura:

a) La letra de una canción es lencería: su efecto depende de las formas que la sustenten.

b) Teplitz, julio de 1812. Ludwig Van Beethoven y Johan Wolfgang Goethe dan una caminata por el balneario.

Sirvan estas imágenes para sugerir que la música y la palabra negocian el sentido.

           Concluyamos, de paso y rapidito, que la integración armoniosa de estos términos es la solución sencilla y obvia de lo que parecería una contradicción aparente.                 

Séllese y archívese.

...He aquí una versión sintética y conciliadora...

Enfoco la mira en el rock, en cambio, con alguna rusticidad de cazador de pato, hago caer sus letras del aire; recién entonces puedo librar un enfrentamiento reptil, a ras de hoja. Me acerco con las botas embarradas, desorquesto la palabra, la desplumo, y sofoco el aliento de su interpretación (esa sexta línea del pentagrama): es tiempo de exponer su pellejo muerto con las puntas del índice y el pulgar.

 

El soporte

Hay un capítulo muy conocido del crítico inglés Terry Eagleton: en tanto libra su batalla contra una pregunta terrible (¿qué es la literatura?) Eagleton pone a prueba (los estira y reduce al absurdo, los tuerce) los modelos de explicación más utilizados. A nosotros nomás nos interesa uno de sus ejemplos: un ebrio vaga por los pasillos del subte; de pronto, su mirada vidriosa topa contra una advertencia: “Hay que llevar en brazos los perros en las escaleras mecánicas”. El tipo hace una lectura morosa y entre hipos exclama: “¡Qué gran verdad!”; para autenticar la emoción, una lágrima de fruición estética se le pierde mejilla abajo.

El episodio, sugiere que, en principio, cualquier texto aceptaría una actitud poética. Uno podría leer el cronograma ferroviario Buenos Aires y estremecerse ante la complejidad vertiginosa de la era moderna. Hasta aquí, la boutade de Eagleton.

Para continuar, probaremos introducir la categoría de “soporte”, “soporte poético”. Imaginemos que nos regalan un libro. No se trata de las Cien recetas para microondas. Tiene un título tenue y hasta bello, algo como El orden de las olas. Volteamos la dedicatoria a una tal Mara, y bajo el título “Llamaradas” leemos:                             

Gire la perilla (a piloto)

presione treinta segundos

gradúe

la temperatura

 

            Nunca faltará el espíritu sensible que se estremezca ante las góndolas de los electrodomésticos, pero sería deseable un lector mejor equilibrado, con un pie en el texto y una expectativa lo suficientemente limpia como para notar la burda estafa del Calefón[1].

Que resuene aquí la voz de Lita de Lázari: ¡No pague por la poesía más de lo que vale! Bienvenida la estafa poética: pero a nuestro pesar, nuestra contribución voluntariosa termina por desvirtuarla.

(...)

Pero bien: lo que importa destacar es que el soporte –en tanto asentamiento físico– nos da una indicación de lectura y, hasta puede participar del fenómeno poético. Imprimir Los heraldos negros en la caja de la pizza perturba el valor de Vallejo y podría otorgarle, si afinamos el paladar, hondura trágica a la muzzarela.

El cartel del subte, el calefón, El orden de las olas o el cartón de pizzería orientan la matriz perceptiva: la escritura puede refrendarla, jugar, y hasta desobedecerla; pero en general es un sistema autárquico, un rulo interrogativo que no se agota porque se peine solo.

(...)

Las vanguardias históricas trabajaron la alteración de soportes y las vanguardias ingenuas lo siguen explotando.

Podríamos, en verdadera contravención vial, intervenir los carteles de la ruta 14:

 

Gualeguaychú                            56 Km

Colón                                          144 Km

Cuántas veces me viste morir entre las plantas

Concordia                                   217 Km

y buscarte entre nardos, rosas y querubines

 

 

y no por sorprenderse, los camioneros instruidos dejarán de notar que, aun Silvina Ocampo, escribía versos de niña boba.

(...)

Platón definió a la poesía como esa cosa liviana, alada y sagrada.

Quizá guiado por el deseo de darle el soporte adecuado, el poeta y aviador Carlos Wieder[2], personaje de Roberto Bolaño (Estrella distante, 1996), tomó su avión a chorro y dejó flotando el verso La muerte es responsabilidad.

Dejemos esto así, por ahora, y vayamos a buscar a Borges (no es bueno prescindir de él mucho tiempo). En una de las conferencias que diera en el teatro Coliseo, notó que la definición platónica de la poesía (esa cosa liviana, alada y sagrada) es también útil como definición de la música. Ciertamente, la música rinde en costo y beneficio: se impone  ubicua y patente por medio de una existencia material muy leve. ¿Qué son acaso las ondas sonoras si no un enrarecimiento, apenas, de las capas del aire? La música, más sutil aún que el dedo sobre la arena, aparece como el más ajustado soporte para la poesía (tal que ambas, música y poesía, celan recíprocamente la definición platónica).

Que el órgano de la ingestión, en nombre de un astuta economía evolutiva, sirva también para hablar, resulta de una comodidad grata; que podamos utilizarlo para cantar es ya un puro don, un puro derroche. El canto, arte per se, es nuestro pequeño y portátil avión a chorro. No es raro que frente a él, frente al canto soporte, adoptemos la actitud del borracho de Eagleton.

El canto es el billete del poder poético: un soporte fiduciario.

 

La sobre-interpretación

Cantamos “¡Rupeeertoooo!” y Ruperto se ensancha, se ahonda. Cuando el valor estético de emisión es considerable, cualquier oración (pongamos: “mi palpable cariñito”) oculta mejor la expresividad limitada del lenguaje humano, su arbitrario mecanismo de gruñidos, y nos inclina a sentir cada frase como una palada en los barros interiores.  

Si montamos sobre la canción, que es soporte y es palanca, una combinación verbal extraña (pongamos: “rascacielo horneado y falsas horas”) invitamos a una lectura que buscará sentido (y lo hallará si insiste) detrás del sentido, donde ya no hay nada. Aún más: si salpicamos la frase con ingredientes de connotación lumpen y/o sexual (pongamos: “aspirando un tajo porno-rosa”) creamos la sospecha de honduras viscosas, presumimos de expedicionarios cloacales que alzan, contra no se qué conspiración social, la presa maloliente de la verdad: obtenemos lo que, en el prólogo a su historia de la sexualidad, el bueno de Foucault llamó beneficio de locutor, es decir, una especie de plusremunerativoalgo así como una condecoración oscura (y gratuita) que se nos abre en el pecho envanecido.

(...)

Necesitamos alguna configuración afectiva para explicar que una bella, pero al fin modesta Muchacha orejas de cartón, adquiera vestidos de poesía mayor[3]; y quién sino el hada mágica de la super-interpretación transformará un verso chiquilín en el Aleph del pequeño exégeta.

            (...)

Muchos (algunitos) aciertos vienen a impugnar cualquier desdén total hacia su poética (hablo del rock). No es deseable que, ante cada tintero con tachas, enarbolemos Las soledades de Góngora como la Biblia de un exorcista.

Pensemos en el Indio Solari, que goza de algo mejor que buena fama: tiene el usufructo del culto y la buena sospecha. Su voz (con fibras histriónicas que representan más que proponen) irriga con su ardor tubulado una intención,la mayoría de las veces ininteligible: la eficacia de su rezo anárquico reside más en las ondulaciones de su voz que en lo que esa voz define o articula.

Repito: resultaría necio cuatro con setenta y cinco de optometría profesoral si no puede complacernos la línea en que condensa a la humanidad (“En este rollo), parodia a Darwin (“de monos”), a Yahvé (“de polvo”) y despachan un diagnóstico preciso (“hemos perdido el rastro unos segundos”). O ese principio (“Y ahora tiro yo, por que me toca, en este tiempo de plumaje blanco”) que tiene la contundencia de un Fierro (“aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela”) y hubiera agradado a Homero: “Canta, oh, Musa, la cólera del Indio Solari”. De acuerdo. Pero habremos caído del otro lado del caballo si valorásemos su poética bajo los fogonazos del escenario (cautivos del rock como imagen). Solo un fuerte contexto de prejuicios positivos o el ropaje desflecado de la rebelión pueden ocultar la cursilería de frases tales como “hace tiempo escucho voces y ni una palabra” (Callejeros, Una nueva noche fría), por no citar otras que no se distancian como debieran de Arjona, de jóvenes tristes que chisporrotean sus primeras palabras inusuales, o de señoras al borde de un taller literario.

 

Fábula de la Recta y la Parábola

             Pensemos, por ejemplo, en Bersuit. El grupo llega a los oídos del gran público –chicas pilates, DJs, y toda esa gente que elige las verduras pero confía a los medios la administración de su arte– con Se viene y Sr. Cobranza. El primero fue augurio y luego música de fondo para los saqueos de diciembre de 2001: 

Se viene el estallido,

se viene el estallido

de mi guitarra ,

de tu gobierno, también. (Se viene

            El segundo es algo así como La marcha de la bronca adaptada para menematos y otro tipo de delitos. Recordemos: “Son todos narcos, son todo narcos”. Bien. Me interesaría elevar este ejemplo hacia la cúspide de un proceso que se desencadena –por poner una fecha grata– hacia 1983...

   Según la doxa interpretativa, en los tortuosos tiempos de reorganización nacional, cierta musa verde oliva auspició la metáfora como curva antipolicial. Puede agregarse entonces qué, con la llegada de la democracia, en franco respingo de panqueque, el rock presentará una poética de facto, de comunicación percutiva[4]. La palabra debe arrojarse, ahora importa menos el filo de sus contornos que su peso en bruto. Unos pocos taclean las articulaciones axiales (Manos de Fillipi), la mayoría, en cambio, se complace en chicanear los centros púdicos o burlar las salutaciones de embajada, en la demagogia adolescente y en el fácil aplauso que auspicia el porro. (....)

Como dos amantes que recorren cierta gradación obscena para mantener el estímulo, la poética del rock apeló a un mayor voltaje, y así las metáforas narcóticas de antaño terminaron por desembocar en el desempolvado estribillo “Cocaína, cocaína, yo me voy para Bolivia” (La Renga). En este mismo sentido, la Bersuit invita a aquellos “hombres de hierro que no escuchan el dolor” (León Gieco) a retirarse: “Váyanse todos a la concha de su madre”. Este proceso de cansancio, de desaliento imaginativo, fue encarnado por Bersuit tempranamente. Ya en el ’89, uno de sus temas colabora con nuestra tesis: Como nada puedo hacer, puteo.

Esta poética, que dimos en llamar de facto, se desarrolla por inversión con la llegada de un gobierno retórico, de un gobierno del que podríamos decir –si se nos permite tal rebaja en el precio del adjetivo– que es poético: manipula imágenes para sus e-lectores, elige le mot juste que encabezará el afiche, etc. Podríamos concluir, por sano afán de simetrías, que la democracia, un dominio siempre atento a la adjetivación que encubre, a la paráfrasis que enreda y a las digresiones que huyen, motiva la ofensa desnuda: 

Hijos de puta en el congreso,

hijos de puta en la Rosada

y en todos los ministerios. (Sr. Cobranza

Dicen que la recta es el camino más corto; ok, pero la parábola es la estrategia del buen arquero: su flecha conoce de física; considera la gravedad, sabe que el aire logra cansar el movimiento eterno. Comprender la atmósfera espesa que separa al pan de lo que llamamos pan y al vino de lo que llamamos vino es condición ineludible para dar en el blanco.

En el sexo y en la peor poesía, la escalera de la obscenidad es finita (¡Dios salve la curva del erotismo!), su punto culminante es la crueldad, el asesinato (el snuff: que es una autopsia adelantada). Más o menos temprano la videocámara porno desemboca en rectoscopía, y eso es medicina: el cuerpo como pre-cadáver. Y cualquiera sabe que, a la larga, a la gente, es más divertido cogerla viva (un surrealista dixit).

Como postrero ejemplo del proceso que señalamos, y a modo de alarma ante su peligro de esterilidad, es elocuente el contraste entre la discreta, pero al fin útil, insinuación masturbatoria de Federico Moura (“Tu imaginación / me programa en vivo”)[5] y la desplomada, dolida confesión del grupo Las Pelotas (“Si cierro los ojos y pienso / cuántas veces te quise tener / y ahora que no se me para / empiezo otra vez).

 

Rock y crítica

Su inexistencia en tanto que literatura define la tarea de ponerse a refutar sus detalles como mero delirio

 Juan José Saer. Lo imborrable.

 

Se espera (es casi su deber) que el rock le prepare un pogo suculento al que se acerque con aires de licenciado (As, lo tuyo no es el rock).

Esta es una posible escena del imaginario: de camino a devolver unos libros en la biblioteca municipal, un señor de lentes, sin ningún tatuaje y con el cuello de la camisa abotonado, se detiene y espía sobre el hombro la escritura febril de un shakespeare en musculosa. Alcanza a leer unas líneas y se cubre la risita con la mano, porque, bueno, tampoco es cuestión de herir a ese individuo que no leyó demasiado; pero vuelve a pispiar y ya no puede reprimirse, saca su libretilla y anota algo parecido a esto: *Para ubicar las letras del rock en la institución siempre completa y suficiente de la Poesía habría que trasplantar el canon al planeta de los simios.

A su vez, el señor que no leyó demasiado, percibe un zumbido. Gira: ¡Oh, fuck!, Miren quién está ahí: El moscardón de la sintaxis careta. Le clava un ojo  –el otro lo tiene emparchado– y le eructa desprecio y cerveza en la cara... porque él, al menos, no tiene que pagar para acostarse con jovencitas.

 Termino de escribir el párrafo anterior y tomo un libro en busca de un break ocioso, en razón de un contexto diferente encuentro esta frase: “...los habitantes del tornado y los seres sufrientes que lo contemplan con lejanía metafísica”. Es obvio que me hace sonreír. Se parece mucho a una expresión de Nietzche que marqué en su momento para pensar la relación de los intelectuales y el fútbol, la busco: “hay personas que por falta de experiencia o estupidez, se apartan de tales manifestaciones como si fueran enfermedades contagiosas y creyéndose sanos se mofan de ellas y las atacan. Tales desgraciados no pueden imaginarse la palidez cadavérica que reviste su salud, cuando pasa a su lado el torbellino de la vida ardiente”. No es que Nietzche tuviera en mente Chacarita vs. Banfield o el carnaval de Gualeguaychú, más bien, se refería a los coros báquicos, las orgías saduceas u otras formas de la exaltación dionisíaca. Más adelante completa la idea, “entonces el esclavo es libre, se rompen las cadenas que la pobreza, la arbitrariedad o lamoda atrevidahan establecido entre los hombres”. Con el subrayado, que es mío doy por terminada la idea.

(...)

Y la crítica, ¿no resulta ridícula frente a un rock al que le ha dejado de interesar su producción poética? Un rock que, ajeno al compromiso del escritorio, echa letras de parado.

¿Y qué decir, qué cara analítica poner, cuando el auto-mogolismo inducido que proponía Dadá se hace carne en la jeta belfa de un ratón paranoico?

(...)

Así como hay escritores que narran como brujos, pero razonan como empleados de farmacia, hay también un rock sabio en su energía (pienso en Sumo), y otro, que –análogo al galán de perfil interesante y silencioso– se desgracia en la toma de palabra. El atisbo, a veces inconfesado, de una pretensión poética es lo que hace de cierto rock la versióncamuflada, heavy, de un nerdismo esencial.

 

Poéticas de solapa

            La historia de las fotos de solapa es larga. Supongo que ya Hemingway se habrá envuelto un cocodrilo de bufanda para alguna de sus primeras ediciones. Hay una de Truman Capote, de fines del ´40, que nos clava unos ojos terribles de niño gay y genial.            

Uno termina por trabar amistad con esas caritas. Deberíamos revisar un interminable álbum de ejemplos para hacer una buena antología de la pose.

Pero pervive un gran detalle: en estos, y otros casos, existe una serie de textos que bancan esos lindos retratos.

 Este detalle, sin embargo, puede dejar de parecer tan evidente: En la solapa de Planet, Sergio Bizzio luce un poco alcoholizado entre restos de sobremesa... Del texto, que opine el que lo lea; de la solapa, diré que prefiguróFacebook. Federico Andahazi no se contenta con la foto carné: en la primera edición de El Príncipe recibe el flash, a toda contratapa, en la mejor tradición de peluquería masculina. Una edición de El alquimista, de Paulo Coelho, cuyos datos editoriales no consignaremos (averiguarlos implicaría tocarla), hace hincapié en el brillo con que la cebolla de la espiritualidad maquilló los ojos del autor. Me resulta incomprensible la pose de Marcos Aguinis en El oficio del escritor. El legítimo afán de levantar minas que puede justificar a Andahazi no explica la exposición de Aguinis.

(...)

¿Tengo yo algo contra esto? Ni por asomo. Tiendo a asumir que el ego occidental es el eje, el tutor del sentido, y también su arpón (en la lucha contra las fuerzas del caos, la dilución y el pegote amorfo).

            (...)

Autores que se vuelven afiches: no es tan grave el problema Pero si descendemos en la orilla de los ejemplos, terminamos por sumergirnos y el proceso de refracción se invierte: Mascaritas que quieren ser literatura:

Roberto Pettinato y Horacio Fontova, fieles a la vergüenza, tratan, desde el arte de tapa de insinuar algo así como una inteligencia torcida. Un ojeo de parado en la librería, ratifica la firme sospecha que traíamos (como cuando soltamos una manzana y nos alivia la buena vigencia de Newton). Idóneos en el chascarrillo picantón y pícaro formato T.V. se enroscan de aplausos y saltan a otras jurisdicciones, temerarios de todo papelón (ver también. Gabriel Schultz,Sebastián WainraichEduardo De La Puente).

(...)

Literatura famosa. Se trata de un subconjunto admirable: así la incansable disciplina de sus miembros, su apabullante narcisismo comunicativo, su implacable vocación de figurones (características que, por sí mismas, no hacen malos autores). En su centro, a modo de Harold Bloom vernáculo, podemos imaginar a un Jorge Lanata escribiendo prólogos o repartiendo méritos como quien pincha chorizos al lado de la parrilla. Y todavía puede venirse una invasión de refuerzos teóricos. Nuevos títulos en editorial Lupanar: El compromiso social en Luisa Delfíno; ¡Que no panda el ocio!, Estudios sobre Magdalena Ruiz GuiñazúBeto Casella o la resistencia al subjuntivo.

             ¿Qué tiene que ver todo esto con el rock? Ahí voy: En algún peligroso sentido, la pretendida poética del rock es cholulismo malsano: ¿qué lee Fito?, ¿qué pasa por el bocho remixado de Cerati?, ¿qué jabón le deja a Gieco la piel tan sensible?

  

¿Rock y Carpe Diem?

 El poeta latino Horacio lo lanzó al ruedo, el actor estadounidense Robin Wiliams lo divulgó a escala cinematográfica, los redactores publicitarios lo carpen hasta el hueso (“Visa: la vida es hoy”, y cosas por el estilo). El tópico es dependiente de otro, el Tempus fugit, es decir, del tiempo que fuga, es decir, de la perentoriedad de la vida. ElCarpe diem no funciona en eternidades, patinaría en el lugar.

Conozco que su afluente más importante es el Collige, virgo, rosas, verso de Ausonio, devenido en fórmula latina, que podría traducirse por “recoge, muchacha, las rosas”. Equivaldría, claro, a un exhorto sexual de tipo sojero: Colectar con pala. (Confer. En la mitología hebrea, una recolección funda el pecado; en sus derivados evangélicos la siembra se lleva los énfasis: sembrá de acá, sembrá de allá).

COLLIGE, VIRGO, ROSAS: Ese babeo latino un poco patético que los senadores entogados le susurrarían a las muchachitas. Ya me los imagino a los buenos romanos, Disfrutá la vida hoy, gritarían los prestamistas, que yo recogeré mañana los intereses... y tú, puella, recoge ésta, tu rosa. Aquí tienes unas propinas, ayúdale a tu padre, que está endeudado el muy borrachín. Pero si te machacas de gusto con tus compañeritos y rehúsas morder el tallo añoso, te hostigaré con la maldición de otro tópico “¡Qué desastre la juventud de hoy!”.

El tópico, nos consta, llegó hasta el siglo XXI y dio algunas muestras cumbres, (La naranja mecánica, por ejemplo). Lo esgrimen, por lo general, los que se mudan cerca de un boliche y los que fracasan con el “Colligue, virgo”:

− ¡Oh, que desastre..! −y se infunden de indignidad moral, que no es otra cosa, como dijo Chestertón −que no era romano, pero será inglés cuando Roma esté en Inglaterra−, que envidia con aureola.

Bien. Complementado así de esta forma, el Carpe diem prescribe con la pérdida de la juventud. Pero hay aquí un tema: mientras que el acta de defunción es perfectamente fechable, la pérdida de la juventud, no.

Lo cierto es que, ni a las tempranas muertes del movimiento punk ni al círculo del “27” (Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison), ni a la vuelta en U del escopetazo que disparó Cobain le cabe en molde el auspicio de Horacio o Ausonio.

 

Dice Kundera con motivo de reflexionar sobre el ritmo: “Me horroriza escuchar el latido de mi corazón, que me recuerda continuamente que el tiempo de mi vida está contado”. Habla de los grandes maestros de la composición que “han sabido formar un enclave de tiempo dentro del tiempo” y culmina: “el fastidioso primitivismo rítmico del rock amplifica el latido para que el hombre no olvide ni por un segundo su marcha hacia la muerte”. Si consideramos que el movimientopunk subraya como ninguno esa “regularidad monótona y previsible”, su ideología se nos revela −Kundera mediante− más en su apuro mortal que en la intensificación de un ahora. 

 

Ciertamente, desaprovecharon el día que siguió a su muerte voluntaria

(...)

Ningún suicida es horaciano, aunque expire el último soplo por la espita del placer (pienso aquí en las prácticas asfixiofílicas del líder de INXS), o se disuelva por sobredosis en los meta-orgasmos de la heroína. Quizá los ampare un tópico más alto, quizá algo de estirpe romántica: Ej. El que pudo nacer con Empédocles: “mátate para durar”... (Recordatorio: algunas versiones sostienen que Empedocles se arrojó al Etna para que sus conciudadanos lo veneraran como a un Dios).

(...)

Pero todavía quiero rastrear algún tópico más preciso. Algo como la deflagración en el exceso, o lo que sea que explique la dialéctica del fósforo.

 

Si el rock insiste en reclamar un recorte propio... podríamos encontrarlo en Neil Young y su célebre it’s better to burn out than to fade away (“es mejor quemarse que marchitarse de a poco”): la consigna es buena y arde como pólvora o eslogan. Es justamente la que usa Kurt Cobain en su esquela de suicidio. El rock, me digo, puede entrar por aquí en la historia de las ideas humanas... Better to burn..., Ajá, pero mi entusiasmo se desmorona; el azar me trae un libro de Vila-Matas: habla de un romano, ¡Más romanos!, los mismos del Tempus fugit, el Carpe diem y el Colige, virgo... Vila Mata cita a Savino y una obra, Melancolía hermética: “Viajaba [fulano] en un principio sumido en la nostalgia, buscó después la serenidad helénica y finalmente se dio digna muerte a sí mismo [...] en la plenitud de una pasión, pues no deseaba diluirse oscuramente con el paso de los años”. Lo siento mucho por Neil Young: Better than burst, en la plenitud, que diluirse oscuramente fade away.

 

 

El rock y las rubias

 

                                “Hay que aburrida que está la fiesta, con todas esas chetas con cara de limón”

Pequeña orquesta reincidente

                                           

“Toda esa batería, de risa rubia de barrio especial”

Patricio rey

 

La temática rompe el frenillo del buen gusto en La mujer perfecta: del disco don Leopardo (Bersuit). Corto y pego:

 

Estabas lista, tragala,

tragala o te rompo la cabeza.

 

 

¿Qué hacer con estas líneas? ¿Será un remixado de esa antiquísima ira misógina, algo así como la maldición bíblica para tiempos de cesáreas y peridural? No, no es este el camino ¿Y si jugamos a espantar viejas rezanderas?... Quedan pocas. Respiremos profundo: ahuyentemos de la memoria aquella frase de Spinetta (“la canción se convirtió en la caja de excremento de la poesía”), y dejemos en el tintero una hiriente elucubración sobre subdesarrollo libidinal. Nada de todo eso. He aquí, amigos, en la citada estrofa: la ansiada respuesta, la réplica justa, la solución en el orden poético para aquella mítica rubia tarada, bronceada y aburrida, pero que viene como rueca dentada cuando se trata de connotar un mecanismo social a cuarzo. No se trata de Margot, como algunos creen, ni de La mina del Ford, etc., simples pobrecitas con derecho a un progreso personal. La Rubia tarada nació inalcanzable; y su condición (de tarada) es un maquillaje poderoso: una adición, no una resta.

Cualquiera usó frases del tipo “la inteligencia es una curva erótica” o “el cerebro es el órgano sexual más atractivo”, debidamente acorralado por las circunstancias ¡y hasta con sinceridad de la pura! Es hora de admitir también, que cierta imbecilidad destella como una armadura más evolucionada.

Blindada contra las triquiñuelas de la seducción intelectual, indiferente a las más o menos parecidas complejidades interiores, reseca ante al reñido escalafón de los talentos sexuales: el olfato puro y antropológico de la rubia tarada identifica al mejor cazador, así en el pleistoceno como en la era financiera. No usa al otario: lo ama auténticamente, y eso, quizá, explique un resentimiento tan persistente y poco elegante. 

 

 

Rock y citas

En el panorama actual pareciera cundir algún divorcio entre rock y literatura. Ya no es tan fácil hallar enlaces como el de Blake y el ilustrado Morrison, el de Lennon con Lewis Carrol, el de Dylan con los Beatniks; sea útil nombrar el famoso affaire Spineta-Artaud para reingresar al ámbito nacional... No encontramos por aquí al Charly que se inspiraba en un cuento de Wilde (El fantasma de Canterville), ni siquiera un Miguel Mateos que plantee la famosa –y falsa– disyuntiva (“Cortázar o Borges”). Un poco más acá Calamaro se topa con Pavese (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos) o coincide con un libro de Carver (No se puede vivir del amor). Patricio Rey parafrasea a Maiacovski (“se vuelve loca mi anatomía”, había escrito el ruso; después se reventó el alma de un tiro). Y así varias... Pero cuando Gieco confiesa ese hábito –leemos a Galeano– parece referirse a la generación de los Salieri. Fito declara: “un libro viejo de Roberto Arlt / que no me deja en paz”, pero sentimos más a Sabina (su socio en el disco) en esa frase. Resulta ahora poco fructuoso entretenerse en estas conexiones de onanismo libresco (Ej: en el siglo XVII, Baltazar Gracián escribe “diré que es tierra, que es polvo y nieto de la nada”, es probable que Marechal topara con esa línea, y por inspiración antónima, escribiera: “a manera de insulto me llamó padre de los piojos y abuelo de la nada”. Luego alguien le presta a Miguel Abuelo el libro de Marechal y Game over). En muchos, como en algún caso reciente –ejemplo: el último trabajo de Coti Zorokin intituladoEsta mañana y otros cuentos, en homenaje a Benedetti–, no se trata sino de gestos declarativos que no logran calar en el interior textual del disco.

 

 

Sexo, Política, drogas y Dios.

 

Desde Adorno,Marcuse o Sartre (por consignar citas pulentas)[6] sabemos que la industria arrolla al disidente, lo asimila.

La industria cultural envuelve al producto revolucionario, lo marea (“gallito ciego que has perdido”) y lo suelta por ahí: es una máquina de hacer cipayitos. Ojo: no es que se limite a secuestrar beligerantes externos: ella misma promueve gestos subversivos que vende por Ticketmaster. Esto aburre la lengua, lo sabe cualquier periodista que pregunta ¿cómo es que contratan con multinacionales? frente a un grupo que se llama, por ejemplo, Molotov[7]. Tampoco es privativo del rock: es el mismo chorro que empezó en el urinario de Duchamp. El Carnaval de Río está ahí como ejemplo escandaloso (también los pantalones que se venden rotos,los estructuralistas en la cátedra, etc.). Si los publicistas hablan demárquetin guerrillero es porque el fenómeno alcanzó una obviedad a la que es ridículo referirse con tono de analista. Intentemos ahora algo más suspicaz: se ha observado que el mercado es estructura necesaria (condición de posibilidad) para que el rock se proyecte en tanto cultura masiva[8]. Dejemos entonces el mercado en su sitio. Por otro lado, no me parece interesante criticar el proyecto egolátrico de sus cabecillas (rapadas, enrastadas, pirinchudas). El afán de distinción individual que subyace en las postura antihegemónica me resulta comprensible o, por lo menos, la extensión lícita de un juego infantil. Nos queda, claro, el derecho de mofarnos de sus caras de paideia alternativa y poner un disco de Corelli o Rafaela Carrá. Pero por lo pronto, dejemos la figuración vanidosa en su sitio.

Pero si todo intento contracultural resulta intra-capitalista, y el estrellato transgresor es solo otra forma de esavoluntad de figuración personal (la misma que rige a los autos con doble escape, los aros de tía Norma, el suicidio social de Thomas Pynchon, éste mismo artículo), ¿qué hacer, desde dónde decir?

Cito a Diedrich Diederichsen: “La capacidad del capitalismo de comercializar las ideas no constituye una objeción sólida a éstas: el mercado no confronta con ellas en el plano del contenido”. He aquí un amparo, un tomacorriente libre para el micrófono de una opinión posible: Y es desde ahí, para decirlo con Diederichsen, desde el plano del contenido, que me animo a arriesgar algo tan anticuado como una preceptiva:

 

Rock y Drogas: En todo caso, de la mayoría de las letras de rock no puede más que extraerse un eslogan sanitario funcional a las mamis: hay efedrinas que estimulan... no inspiran. Y más. Quien busque en su poética una idea de sus efectos, pensaría esa embriaguez poco poderosa. Dios es empleado en un mostrador; Baco: un oficinista limado.

Rock y Dios: En cierto misal[9] de mi mal administrada infancia, a fin de cada cántico (entre los que se encontraban clásicos, del tipo “Vienen con alegría, Señor”) el editor parroquial había estampado una oración significativa:El que canta reza dos veces. Lo sabía el más sabio de los gauchos brutos: “cantando he de llegar / al pié del eterno padre”.

El rock le había hecho a la iglesia las típicas críticas institucionales (Ejemplos: Padre Francisco de Miguel Cantilo u Obertura Cristo Rock de Raúl Porchetto). Y hasta llegó, con Vox Dei, al aula catequista. Pero rezar, lo que se dice rezar... que recuerde McCartney, en Let it be, no rezaba, hacía rezar. Ciertamente Gieco simuló pedirle a Dios, pero en verdad esa línea excusaba mensajes humanos (que ni la guerra o el engaño nos fueran indiferentes, que no olvidásemos al traidor de unos cuantos, etc). En todo caso, Fito sienta mejor precedente (“Dios es una máquina de humo”). Había ahí negación y desgano cínico, pero en algún resquicio también una estrategia histérica: azuzar con indiferencia una manifestación secretamente deseada. En este sentido (invocatorio, rogativo), y aunque lo haga meando hostias, el rock ha terminado por evangelizarse. Van los aullidos teológicos de la Bersuit como ejemplos (“animo para vivir”; “por qué me negás el sol, justo a mi, que te lo pido tanto”; “sería bueno que me hagas feliz, un segundo en la vida para justificar el sufrimiento, el suplicio…; etc),que se entroncan (para exagerar, total ya terminamos) con la tradición gregoriana, célula madre de la música occidental.

Rock y sexo: Resulta extraño ese hedonismo partusa como reivindicación de ésta, nuestra hora política. Si el jet set se tuesta las tetas en el Caribe el nudismo Woodstock cambia de signo. Vea, el burgués no deja de espantarnos, la pornografía es el principal agente publicitario, las pociones de laboratorio hacen que cualquier pelele se crea Príapo, la ciber-masturbación desnata por banda ancha el divino tesoro de nuestras juventudes nacionales, (tomo aire), los productores televisivos reparten glúteos y ubres como matarifes alucinados (de otra forma no suscitarían belleza) y el pito nos mana hollín de tanto amor motorizado: ¿a cuenta de qué tanta consigna de bragueta libertaria?. Sería mormónico pretender que la cuestión sexual es el opio, la marihuana y hasta los marlboros de cierto pueblo... pero no dejemos de señalar que, en tanto causa, el tetismo es energía superflua.           

            Se ha dicho (Sartre) que la gente cree en Dios para no tener que hablar de él... Por contagio retórico se me ocurre que “la gente habla de sexo para eximirse de practicarlo”. Releo la frase y noto que merece dos manos de liquid paper. La primera porque su aparente franchutismo esconde la glosa grosera del perro que ladra y no muerde, la segunda, porque es una bravuconada que termina por identificarse con esa misma arenga genital y colectiva que intenta denunciar.

            También bravucón, pero del lado de la petulancia, es decir que la gente no habla de otra cosa porque, bueno... no es poco lo que ignora acerca de política, botánica, conversación, filosofía, meta-sexualidad, náutica, etcéteras, ovnis.

Desde finales de los ´70, algunos escritores europeos señalaron el pudor casi excretorio de las clases medias por la exhibición de un pensamiento serio. Esta especie de “alboroto islámico contra los pezones de una idea” quiere contrapesarse con la exhibición de conocimientos sobre posturas sexuales, condones biodegradables, etc.

Supongamos que no quiero abandonar el enfoque paranoico-conspirativo: ¿Qué extrañas estrategias de ocultamiento grupal han producido este desplazamiento en los tabués?

La mejor forma de remachar una clausura, es prohibir las ganzúas frente a la puerta equivocada. Lo sabe mamá tero-tero. Una sociedad que no para de gritar QUE ESTÁ SIENDO ACALLADA, que “se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice” (Foucault) termina por marearse y perder la localización de sus huevos.

Un somero vistazo de campo nos revela cuánto mas pautado como tema de conversación resulta el dinero. Otro tanto vale para la naturalización positiva, incuestionable de la procreación humana.

 Quizá el verdadero propósito de toda esa gritería sea la de vejar el sexo, de humillarlo, y degradarlo. Solo los niños que creen en el pecado se complacen en “frotar el secretito, el sucio secretito”.

Focault de nuevo: “La causa del sexo pareciera enlazarse con el honor de una causa política.... posee como una aire de trasgresión deliberada”.

Nadie duda de que todo este asunto tenga su ascendencia en los volantes de Sigmund que se reparten en todas las esquinas. Cualquier santurrona aprovecha el malhumor de alguna congénere para estampar “está mal cogida” y posar como un David desafiante.

Para articular la vulgata Freudiana y el aspecto político se puede recordar el link teóricoWilhelmReichLarevoluciónsexual.com. Esta página, escrita en la década del ´30 mezcla represión sexual sicoanalítica con marxismo para concluir que una población de atróficos sexuales favorece el acatamiento capitalista.

Si Freud, el gran pornógrafo (acepción no despectiva) del siglo, le muestra a la recatada burguesía austriaca qué le importa verdaderamente... ¿Cuál es el equivalente actual? ¿Habrá algo que nos importe, al punto de tener que escamotearlo de la circulación del discurso?

Un personaje de Houellebecq piensa que nuestra civilización finge interés sexual para disimular el agotamiento vital que nos menoscaba. Esto no es cierto, o sí, no importa; pero aquí hay algo que vale, y es que su enunciado nos detiene, nos piensa. Esta es la diferencia entre decir y repetir. En relación al sexo, el rock repite, y repite sin esmero estético. Otro lindo lorito entre los parlantes totalitarios.

La proa erecta de algún piratejo podría ser retardataria. O, para decirlo con una cita y un lejano término de comparación histórica: En 1930, en respuesta a los aspavientos victorianos que suscitó su novela “Lady Chatterley's Lover”, Lawrence escribe: “Los bohemios más emancipados, aquellos que más alarde hacen, están cautivos de un círculo de masturbación narcisista”.

 Ocupan la pancarta generacional con estampados viejos(jactancias testiculares, inmoralejas babeantes de Samaniegocuarentón, deslucido cotillón de izquierdas, farsas de border mal guionadas, etc.). El rock difiere laformulación de vindicaciones más pertinaces.

Convengamos en que no es fácil, hay que revisarse asiduamente la bitácora, hacer cuerpo tierra sobre mierdas ignotas, o chuparse el dedo y alzarlo a la intemperie, si quiere uno erigirse en contrincante del viento y la marea.        


 


 (1) Decir que justamente el valor literario empieza con la ausencia del calefón, postular la poesía como instructivo de un objeto inexistente, es jugar con la vieja problemática de la praxis y la autonomía artísticas.

(2) Es probable que Bolaño se haya inspirado en el poeta, también chileno, Raúl Zurita, que en 1982 escribió quince poemas de los que componen su libro La vida nueva sobre el cielo de New York mientras largaba chorros de humo blanco desde un avión. En otra ocasión talló, con ayuda de máquinas excavadoras, la frase “ni pena ni miedo” en el desierto de Atacama, en el norte de Chile, para que fuera visualizada desde el aire.

 (3) Se esconde aquí un homenaje invertido. De niño encontraba en Muchacha (ojos de papel, piel de rayón, corazón de tiza, voz de gorrión, pechos de miel) la novia que el Dr. Frankestain le había negado a su criatura. Que fuese tan tierna, estrujable, aumentaba el goce del grandulón atornillado.

(4) El proceso no fue inmediato. Retirado el enemigo, el rock se toma un relax pop en las aguas efervescentes de Soda Stéreo, se divierte en un motín de kiosco con Los Twist, se afemina con Virus.

(5) Cf. “Poco importa burlar brazos y piernas / si te labra prisión mi fantasía”; de sor Juana. Me gusta que una monja mexicana del siglo XVII comparta el escenario con los muchachos: muestra algo de lo que quiero decir respecto del rock.

(6) Aquella “desublimación represiva” de la que hablaba Marcuse: simulacros de transgresión capturados por el consumo de masas: “todo cambia un poco, para que nada cambie de verdad”.  También podríamos poner rocker donde Sartre pensaba escritor: “[...] desea conservar el orden social para sentirse, en él, un extraño ‘fijo’; en pocas palabras, es un rebelde, no un revolucionario”.

(7) Ayudamemoria: Molotov: político soviético, (1890-1086) amigote de Stalin; propugnó durante la segunda guerra mundial el uso de las  bombas caseras que hoy se conocen con su nombre.

(8) ¿Podríamos incluso pensar que el mercado es el ingrediente clave del género, en el sentido en que la historia de los instrumentos se liga a la historia de la composición?

(9) Iglesia del Valle, San Lorenzo al fondo, antes de la estación García, Concordia, Entre Ríos (preguntar por el padre Cachito).