EL SACO. LA SENTENCIA EJEMPLAR

Modificado el: 08/05/2011 Imprimir PDF

 

Pero cuando llegó la 1002ª noche…

 

Ella dijo:

 

Señor Saján, señor Eusebi, acérquense al estrado. Vamos a comenzar por usted Saján. Convénzame de que este saco harapiento por el que se ha enfrentado a golpes en las puertas mismas de nuestro sacro palacio de justicia, es de su pertenencia. Dígame, con exactitud, lo que hay en su interior y sólo así se lo llevara usted a su casa. Usted Eusebi tendrá su turno una vez que Saján concluya.  Y sepan desde ya señores, que quien esté faltando a la verdad, permanecerá en prisión durante un año, y le será arrancada la lengua y secados los ojos con arena hirviente, por mentiras a mi investidura y por injurias hacia un conciudadano, así como por robo y pleito en la vía publica de nuestra noble ciudad de Omús. Señor Saján, lo escucho.  

Y Saján dijo:

Yo se lo diré señor ministro, ese saco de aspecto harapiento y todo lo que hay en su interior me pertenecen y usted sabrá porqué. Tengo años preservándolo de los seres despreciables como quien a mi lado se encuentra, que pretenden apoderarse de lo ajeno. Hace veinticinco años lo llevo conmigo a cuanto sitio voy señor. En su interior, y usted mismo lo puede comprobar, guardo todos mis hallazgos señor, sí, digo bien honorable ministro, mis hallazgos. Son como gemas encontradas en el aire, cuerpecitos flotantes de hermosos y brillantes colores; algunos hasta cambian de color, son azules y después verdes y por las noches, amarillos y usted los puede tomar y es como sostener el sol en una mano. Brillan como una estrella, abra el saco y mírelas señor, no tiene que esperar a que concluya mi exposición para cerciorarse de mi verdad.

Las tengo que tener dentro de ese saco, porque la envidia de muchos ciudadanos de nuestra noble ciudad, como usted bien dice señor, se quiere apropiar de ellas. Como este hombre que ahora dice que le pertenece. Este hombre miente señor. Cuando salgo a la calle llevo conmigo el saco, porque a pesar de los perros y gatos que custodian celosamente los muros de mi casa, la envidia ha penetrado igual y hasta han logrado robarme varios ojos de colores que andaban siempre flotando en los pasajes del jardín. Si señor ministro, ha escuchado usted muy bien: ¡ojos! La envidia ignorante, al verlos por primera vez pensó que yo poseía exóticas mariposas y saltaron los muros de mi jardín y con redes los atraparon y se los llevaron para venderlos a los mercaderes. Luego al darse cuenta de que eran ojos y no mariposas señor, los prendieron fuego en una caja de madera aludiendo que debían ser objetos de esoterismo y que era precisa e inmediata su incineración. Aquellos hermosos y límpidos ojos gritaron adentro de la caja de madera y nadie quiso escuchar; durante dos semanas no dejo de llover en Omús, usted debe recordarlo señor ministro, fue en la primavera del año pasado.

Aquellos eran ojos del universo, ojos que venían en viajes siderales no a vigilarnos sino a disfrutar y compartir la naturaleza de nuestro planeta. Pero la envidia es imposible que comprenda algo así. Ojos como los que estos miserables hombres han calcinado, talvez nunca más vuelvan a mostrárseles a hombre alguno. Ellos habitan la transparencia del aire. Y pasarán añares señor, antes de que uno de estos ojos guardianes del universo vuelva a enamorarse de nuestra naturaleza y se acerque a mirarnos de cerca y a compartir con nosotros la inmensa belleza de su húmedo y cristalino colorido.

Por eso señor ministro, es que me veo obligado a llevar siempre conmigo este saco, porque debo proteger estos cuerpecitos flotantes de los cuales le hablo, véalos usted mismo por favor ahí dentro del saco. Cuando regreso por las tardes a mi casa puedo liberar la boca del saco y entonces salen zumbando el aire y se disparan hacia el jardín. Adoran los pasajes del jardín y por sobre todo el jazmín del cielo. Trepan el ceibo en el centro del patio y bajan en picada y entonces los gatos se desesperan e intentan con sus saltos semi-aéreos, con blandos zarpazos, alcanzarlos y revolcarse en una tibia lucha por el pasto. Pero sus esfuerzos caducan señor ministro, ya que los flotantes cuerpecitos ondulándose en el aire se escabullen entre sus manos y se remontan bien alto y vuelven en picada y a ras del suelo vuelan rozando las panzas de los gatos y estos se retuercen y cruzan la cabeza entre las patas, ovillándose hasta quedar desparramados. Es un juego por demás entretenido y por me entusiasma contárselo, al margen de exponer y describir lo que el saco resguarda señor ministro. 

Hay otras dos, señor, que no tengo la necesidad de meterlas en el saco y llevármelas siempre conmigo, no, las dejo encerradas en la casa y al cuidado de Espárrago y Bambú una pareja de perros Dobermans traídos de la Inglaterra, tan flacos como inteligentes, sagaces y rápidos. A la primera la encontré, señor ministro, y esto se lo cuento también para que sepa que comprenda usted hasta qué punto no le estoy mintiendo, estaba a la altura de la ventana de la salita de estar en mi casa. La tomé casi como con una caricia envolviéndola con las dos manos desde abajo, como si fuera una pelota de espuma de mar y la llevé al patio de invierno donde entra un buen sol por los vidrios. La dejé flotando sobre la mesita redonda de hierro, el sol le da toda la mañana y le alcanza para brillar toda la tarde; a la noche desaparece, se esconde en al aire y por la mañana regresa. Aunque llueva siempre esta ahí sobre la mesita, la redonda, no la cuadrada. Sobre la cuadrada dejé la segunda que hallé no hace mucho, la semana pasada, si mal no recuerdo el miércoles. Esta es la más linda de todas los cuerpecitos que he ido hallando a lo largo de mi vida. Es transparente, como una pompa de jabón pero de diez caras, y si usted no la busca cejijuntamente no es posible que logre verla. A diferencia de una simple burbuja, esta no se rompe, tembló entera la noche que la encontré dando vueltas alrededor de la estufa, pero no explotó. Parecía tener mucho frío, usted sabe señor ministro que este invierno en Omús ha traído consigo unas noches de aberrantes heladas que a cualquiera que lo encuentre en la calle ya entrada la noche, lo congela en pocos minutos. Así fue entonces que la cubrí con un retazo de cuero y la lleve hasta la mesita cuadrada, donde permanece desde aquella noche flotando a treinta centímetros. Se mueve en círculos señor, como regida por un eje invisible, y gira sobre si misma también. Esas dos son las que quedan siempre al cuidado de los perros.

Cuando vuelvo a mi casa y abro ese saco que tiene a su costado señor ministro, centenares de cuerpecitos que flotan salen y adornan el ambiente, prefieren el patio de invierno, por la luz del sol que atraviesa los ventanales. En primavera y verano salen al jardín y vuelan entre las plantas y juegan con los perros y los gatos y los chorros de agua de la fuente. Como se imaginará usted señor ministro, tengo una gran casa al fondo de la calle Sandéredes, esto también puede comprobarlo. Y me parece que, de seguir así esto y estos hombres con este tipo de comportamientos, también tendré que meter mi casa dentro del saco señor, pues hombres como este aquí presente  no me dejan en paz ni un solo minuto de un solo día. Por eso le pido a usted señor ministro, que se haga justicia, por mí y principalmente por el bienestar de mis hallazgos, que como usted bien ha sabido comprender son seres vivientes.¡Este hombre debe pagar por su envidia!, no por su ignorancia, que de eso no es culpable, pero sí también debe pagar por su delito de asesinar aquellos ojos e intentar robarme sistemáticamente todos mis hallazgos. Sí señor ministro, y discúlpeme si es un atrevimiento el mío, pero usted sabrá como proceder.

 

El ministro de justicia después de haber escuchado atenta y por momentos extrañadamente el relato de este hombre, dirigió su vista al otro, y con un gesto de la cabeza le indicó que era su turno.

 

Y Eusebi dijo:

Nada de eso es cierto señor ministro, yo he sido toda mi vida liberador de mariposas y pájaros, y lo que hay dentro de ese saco no son ni cositas que flotan, ni ojos del universo ni nada de eso, son “Maripas” señor. Las Maripas son una remota especie precedente a las mariposas que hoy tanto usted como yo y como cualquier ciudadano reconoce. Las Maripas nacen y habitan el monte de Lisándriaba, y este hombre las ha desterrado para ofrecerla a los mercaderes. Créame señor ministro, escuche lo que le diré. Durante miles años, unos horrendos enanos narigones y patones se encargaron de mantenerlas cautivas en ese altísimo monte con fines que aún no he dilucidado. Nada de guardianes del universo, ni burbujas decagonales ni nada, son Maripas y me pertenecen porque yo las he liberado. Mi profesión es ser liberador de pájaros y mariposas, lo hago desde que tenía doce años y tengo sesenta y tres, y durante mucho tiempo me avoque al estudio de diferentes leyendas en las que se hablaba de las Maripas. Analicé textos geográficos indecifrables para localizar la montaña el monte de trece mil metros de altura “Lisandriaba”. De allí, decían las leyendas, eran estos extraños y hermosos seres. Lo encontré, fui hasta él,  milquinientos kilómetros. Atravesé selvas, cientos de culturas desconocidas hundidas en la espesura de la selva, he visto tantas  mezquitas desconocidas mi señor… Asia oculta muchas más cosas de las que creemos señor ministro. Yo he liberado a las Maripas y a mi me pertenecen, a mi tienen que ser devueltas para que yo las expanda por nuestra ciudad y por las demás ciudades asiáticas, occidente no las merece, ellos no serían capaces de verlas.

Y este hombre señor ministro, él tiene que pagar por su envidia y por su deshonestidad, a él se le debe cortar la lengua y secar los ojos. No tengo mas para decir señor ministro, usted sabrá como debe proceder.

 

El ministro de justicia abrió el saco y rodaron de su interior cientos de pequeñas piedras pintadas. Un niño irrumpió súbitamente en la sala y emocionado recogió las piedras, las ofreció por dos monedas cada una y sin conseguir vender ninguna, salió corriendo feliz por haberlas recuperado. Saján Y Eusebi quedaron en silencio mirando el piso. El ministro de justicia los liberó. Sentenció no juzgar, nunca, la imaginación de los hombres.

De: Ratón Blanco (Colisión Libros. Buenos Aires. 2009)