PARANOIA EN EL CABO

Modificado el: 16/05/2011 Imprimir PDF

Me desperté una noche, en Cabo Polonio, Uruguay, torcido sentado contra una pared junto a la puerta cerrada de una cantina a oscuras. El amigo con el que andaba no estaba conmigo; habría desaparecido mientras yo dormía. La mente iba y venía, como dislocada en ese infrecuente despertar.

A cien metros de donde me encontraba sentado y ya despierto, se levantaba el enorme faro del Cabo, no menos de setenta metros de altura. El brazo de su luz giraba y yo podía escuchar, entre el rugido del mar y la noche ventosa, el metálico ruido de la maquinaria allá arriba.        

De la luna apenas se alcanzaba adivinar el resplandor detrás de un trapo de nubes negras. El mar soplaba un viento salado y arenoso y explotaba en las rocas de la punta misma del cabo bajo el faro. El trazo radial de luz,  a cada nuevo giro me desorientaba aún más en la oscuridad.

Fue en uno de esos giros cuando apareció ante mis ojos, justo enfrente de mi incómoda posición, algo que me sobresaltó, una casa, una casa verde. El sobresalto vino porque  en ese momento me volvió la imagen de mi amigo, que no estaba allí conmigo, y porque la imagen mostraba que ahí, en esa casa, lo tenían encerrado.

Por qué me pregunté, cómo pudo pasar?!  No concebía que allí en el Cabo, y en esa noche perdida en el año... Parecía una pesadilla sí, pero me sentía realmente lúcido como para descreerlo. No dudé más un solo instante y me puse de pie y grité con todas mis fuerzas ¡Antoniooo!!!           

Comencé a rodear la casa. Ya tenía tenia piedras en mi mano. Fui hacia un costado y salté una tabla que impedía el paso hasta un piletón y no se que otra cosa más que había allí en ese espacio tipo lavadero. Pegué la cara a una ventana y era imposible ver a través hacia el interior. Grité y  golpee con el puño la madera de la ventana y el vidrio. No se escuchaba el más mínimo acuse dentro. Gritaba cada vez con más fuerza. Fui hasta la puerta del frente, retrocedí unos metros y empecé a tirarle piedras, primero al techo y gritando ¡suéltenlo!! ¡Suéltenlo hijos de puta!! Después le arrojé dos cascotazos a la puerta que astillaron la madera. Se sacudió hasta la pared y un vidrio cayó estrellándose en el porlan de la entrada. Nadie respondía. Estaba furioso y me partía la garganta gritando, pero en ese inmenso silencio poblado de naturaleza mar y vientos, la sensación de vacío y de que nadie escucharía jamás mi voz era todo lo que yo percibía instintivamente.

Me había despertado exaltado y al ver esa casa frente a mi entendí que allí lo tenían. No recordaba haber visto antes esa casa, llevábamos dos noches yendo a la misma cantina y no la había visto, una casa enteramente verde. Primero desde lejos ¡Antonio!!Antoniooo!! Estas ahí!! Estoy acá afuera!! Después me acerqué y entonces grité más fuerte ¡Suéltenlo hijos de puta!! Y creo que fue ahí cuando junté las piedras y fui hasta ese costado y salté esa tabla y golpee en esa primera ventana. Después de apedrear la puerta rompí todos los vidrios de las otras ventanas que eran tres o cuatro y nadie salió. Rodee varias veces la casa con un palo en la mano insultando y cascoteando  las ventanas. Nadie  asomó de ningún lugar.

El corazón, literalmente, me empezó a golpear el pecho, a rebotarme. Para ese entonces me encontraba aterrado, él no estaba allí, no lo tenían ¡¿que hicieron con él, que hago?! ¡Me  durmieron con algo en la cerveza, qué pasó donde mierda estas hijo de put.ANTONIO!!!   

Una mezcla de irritación y desesperación me desahuciaban y entonces empecé a correr en busca de la carpa. Hacía tres días que estábamos en el Cabo, teníamos una carpa entre dos médanos, en un pozo de arena, para no ser vistos justamente porque no es una zona de camping y las patrullas siempre andan haciendo o escondiendo algo.

Pensé en ese momento que talvez había podido escapar de la casa y llegar hasta nuestra carpa sin que lo vieran, o en el peor de los casos que también estén ellos allí ahora con él, torturándolo. Esa idea me enloquecía.  

La noche, tan borrascosa, juraría que no dejaba ver ni siquiera mis manos. La tormenta permanecía ese tiempo al filo de su desate. Entre el viento y los estrépitos del mar en las rocas, no lograba refrenar mi cabeza y concentrarme en el camino hacia la carpa.

El mecanismo de mis pensamientos en turbulencia no atinaba siquiera a intentar descifrar o adivinar el camino. Esperaba la vuelta de luz del faro y estiraba la mirada y otra vez me dejaba aún más desorientado. La luz pasaba por encima de mi cabeza como un descomunal latigazo y desaparecía automáticamente, abandonándome ínfimo en la arena. Corría y volteaba sobre mí, escrutando estérilmente a cada lado la insondable oscuridad y cayéndome varias veces. En mi enajenación percibía al faro cual gigante manchego riendo de mi trastorno, que insistía en mostrarme un pasaje que se esfumaba al instante. Podía escuchar las vueltas del engranaje mecánico y representarme su estrafalaria articulación dentada, el gigante giraba su cuello y yo calculaba su gran ojo blanco. Pero la fugacidad de la luz deslizándose era inapelable a cualquier intento mío de utilizarla a mi favor.       

A punto de olvidar esa luz y echarme a caminar, aturdido en el medio de la inclemencia expectante y obstinada, creí adivinar la posición exacta de la carpa, esperé una nueva vuelta del faro, y allí me pareció reconocer los médanos. Corrí agotando la fuerza de  mis piernas y  de pronto rodé… caí por el médano partiendo una varilla de la carpa. La había encontrado. Me zambullí dentro y allí estaba él, dormido. Debo haberme desmayado, sosegado y exhausto me deslicé al sueño como un hilo de agua silencioso. Afuera en el cielo estalló la lluvia. 

 

Fin uno

  

 

Cuando él despertó a la mañana, me dijo me siento raro. Contó que había tenido un sueño intranquilo pero que no podía recordarlo. Yo fui evocando las imágenes de la noche y hablé lo mío, le relaté lo sucedido y me sugirió ir hasta la casa. Caminamos y allí estaba el faro por supuesto, tan alto y silencioso, tan rústico y esbelto, tan solemne y tan noble con su luz para los navegantes...

La casa verde era un almacén y un joven barría los vidrios de las ventanas rotas.

En aquel momento creo, acordamos tácitamente olvidarlo. Esa misma tarde abandonamos el Cabo en medio de una imponente lluvia. Impresionaba quizá tanta libertad.       

 

Fin dos

 

 

De: Ratón Blanco (Colisión Libros. Buenos Aires. 2009)