RAÍZ DE ESTUPOR

Modificado el: 25/12/2015 Imprimir PDF
El día era de agua y Malgaro volvía a su casa del trabajo menos cansado que de costumbre, ya que a causa de la lluvia –acontecimiento poco común en la ciudad de El Mástil– los obreros de la mina, por cuestiones de seguridad, se vieron obligados a realizar actividades livianas lejos de la excavación.
 
  La vida de Malgaro era aburrida, pero en el tedio de su trabajo como minero encontraba el medio para llegar a su hogar cansado, con ganas de comer un plato ligero y hacerse con la siesta.

  Ese día llovió en El Mástil, lo que aportó cierta novedad, transformando el paisaje silencioso y aburrido en una feria de sorpresas mojadas. El cielo se mostraba como una enorme fuente de cemento rebalsada, qué quién sabe hace cuanto tiempo retenía en sus manos toda aquella agua que golpeaba las calles y los techos desprevenidos de las viviendas. En las esquinas se formaban pequeñas lagunas donde los niños –y algún que otro adulto sincero– jugaban a saltarlas, riendo ante el fracaso de caer en ellas y salpicar su risa, que se unía con las demás gotas descendentes. Los hombres festejaban libidinosos mirando a las jóvenes que la lluvia había tomado por sorpresa, haciendo de sus ropas un velo transparente que revelaba sus naturalezas. A Malgaro todo esto le importaba poco, pisaba cuanto charco se interponía en su camino y sonreía cordialmente a las mujeres que luchaban por ocultar sus vergüenzas, aunque la inocencia ante tal situación las divertía moderadamente.

  Llegó a su casa empapado, detalle que no le importó en lo más mínimo, y abrió la puerta como todos los días, con esa esperanza lúdica de encontrar algo nuevo del otro lado –si no fuera así ¿para qué existen las puertas?–. Al girar el picaporte, una ráfaga de viento entró a su casa antes que él, agitando las cortinas y haciendo que la aldaba de hierro golpee la madera con violencia inanimada. La puerta se abrió de par en par, provocando el crujir de las bisagras viejas que parecían no estar preparadas para tal embestida. Malgaro entró a su casa e intentó cerrar la puerta con un empujoncito desganado, viendo que así no funcionaba, tiró con fuerza. Pensó que el viento le había obsequiado tanta pesadez a la puerta, ya que está permanecía trancada pese a sus intentos por moverla. Cuando pudo, finalmente, cerrarla, se dio cuenta de que entre el marco y la puerta había una raíz, la cual brotaba del zócalo más cercano de la abertura. Supo, entonces, que lo que entorpecía el deslizamiento de la puerta no había sido el viento, sino esa silenciosa y pálida raíz que abrazaba el metal de la bisagra inferior. Malgaro no la había notado antes, tal vez porque nunca abrió la puerta en su plenitud, tal vez porque nunca había visto llover. Decidió seguir la ruta transitada por aquel tentáculo vegetal. Avanzaba con el dedo índice, siguiendo el relieve de las rajaduras por las paredes de su casa. La raíz se extendía ocupando todos los rincones de la cocina y de su habitación. Malgaro notó que en la cabecera de su cama, donde el papel tapiz tenía el dibujo de un rombo marrón sin gracia, la raíz se ensanchaba formando un montículo de vida detrás de la lámina. Con un cuchillo rompió el papel de la pared y descubrió un nudo de raíces que atravesaban los ladrillos de su habitación. Corrió hacia afuera y comenzó a seguir a la invasora por el campo, bajo la lluvia y los tímidos rayos de sol que cada tanto se abrían paso entre las nubes, como una  delgada aguja que pincha una tela de considerable grosor.

  La lluvia removía la tierra a su gusto, pues no se había olvidado del campo. La tormenta aflojó el suelo y, gracias a eso, Malgaro pudo ver con mayor facilidad la raíz que estaba siguiendo. Esta última, estando a cielo abierto, había creció de tamaño y su aspecto ya no era ruin, sino fuerte e imperante, avanzando voraz entre la negrura de la tierra y el filo de las rocas. Ya lejos de la casa de Malgaro, abrazada por unos tristes pastizales de color crema, que en aquel momento se regocijaban por gracia de la lluvia, la raíz se levantaba como un monumento natural, pareciéndose más al tronco de un gran árbol. El minero se acercó a ella. El lomo áspero de la madera llegaba hasta su cintura. Dio un salto y caminó unos pasos por esa peculiar muralla marrón. Luego se resbaló y cayó sobre el barro, ya que la superficie estaba mojada. Malgaro alzó la vista y vio frente suyo como esa gran raíz se enterraba nuevamente, volviendo a su tamaño original.  Avanzó varios minutos más, guiado por los codos marrones que cada tanto salían a la superficie. Cuando creyó haberla perdido de vista, notó que, junto a una barranca, la raíz emergía nuevamente, abrazándose con ternura a una piedra colorada de medianas proporciones. Malgaro fue a su encuentro y acarició la piel color ladrillo de la roca. Nuevamente, siguió la raíz con su índice hasta dar con el fin de tan extraña travesía. Contrario a lo que él esperaba, lo que brotaba de tan extensa raíz era una pequeña plantita que contaba con tres hojas de un verde menta. Malgaro sonrío, pues no había entendido nada en absoluto, y arrancó aquella planta, llevándosela como recuerdo, ya que el título de trofeo le pareció indigno para tan ínfimo objeto.

Malgaro llegó a su hogar y cuando abrió la puerta la casa se derrumbó por completo –si no fuera así, ¿para qué existen las puertas?–. Había cesado de llover.