LA PEOR COSTUMBRE

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

 A Estequermo le había costado más de la cuenta llegar a Sarimé, donde su mujer lo esperaba hacía ya dos meses. La ruta que debía seguir bordea la costa oeste de la Gran Isla Sur hasta chocar con el bosque oxidado –el cual lleva este nombre por el extraño color de su vegetación–. El asfalto se abre paso entre los ferrosos árboles, como una gran sierpe entre la maleza, hasta dar con el mar, allá, en el extremo sur.

  La carretera es muy tranquila –y en aquel entonces lo era más aún–. Estequermo tuvo otro problema: su camino se había llenado de sus más viejas costumbres. Cada paso que daba en dirección al sur, decenas de hábitos y caprichos se escapaban y colmaban la senda, haciendo de la vía un patético carnaval de vergüenzas secretas. Lo invitaban a dormir, a volver en sus pasos; lo invitaban al abandono, al fracaso. Él se dejaba seducir por alguna de ellas. Y fue así que tardó más de dos meses en llegar hasta Sarimé.

  Una vez en su ciudad, necesitaba una excusa para presentarle a su mujer. Se le ocurrió una: le diría que se había extraviado en el bosque oxidado y, una vez allí, unos bandidos lo tomaron por cautivo. Pero entre las costumbres de Estequermo estaba la de perderse, como así también la de meterse en problemas con otros hombres. Es inútil –se dijo pateando la tierra–  ella nunca me va a creer. Decidió, tras haber fracasado en la invención de su mentira, tomar coraje, entrar en su casa, y decir toda la verdad a su mujer. Pero el coraje no estaba entre sus costumbres y cualidades más destacadas. Por lo que entró cabizbajo, como un perro que vuelve a su amo tras haber recibido un golpe.

  Su mujer lo saludó como quien recibe a un extraño. ¿Acaso no me quiere? Pensó el recién llegado. La verdad es que no se hubiera podido afirmar tal cosa, ella simplemente se había acostumbrado a no tenerlo.

–No sé dónde vas a dormir –dijo su mujer con tono un poco bromista–. La casa está llena de mis costumbres, no hay más lugar. La única manera sería que dejes las tuyas afuera. Si es así, tal vez puedas dormir en  el sofá, junto a mi costumbre de encender y apagar la lámpara cada una hora. Y vas a tener que despertarte temprano, pues un capricho mío corre el sofá al amanecer, así la alfombra queda libre el resto del día.

–¿No puedo dormir con vos, en  nuestra cama matrimonial? –preguntó Estequermo como un enamorado arrepentido–

–Al menos por un tiempo, no. Mis fantasías nocturnas son la costumbre más fuerte que tengo. Necesitan mucho espacio.

 Estequermo tomó la oferta del sofá. Todas las noches, a cada hora, la lámpara se encendía y luego se apagaba. Cuando creía haberse dormido el horizonte ya clareaba y el sofá se movía, haciéndolo caer de lleno contra la alfombra.

 Entre las costumbres de su esposa no estaba la atender a su marido, antes siempre lo había hecho, pero desde que se ausentó por dos meses las cosas habían cambiado. Nada de maldad; era una mujer buena y fiel, pero sus hijas eran terribles y manipuladoras.

 Al cabo de unos meses Estequermo murió. Los doctores dijeron que se trataba de inanición y deshidratación. Su cadáver tenía el aspecto de un vagabundo, fue entonces cuando su esposa se dio cuenta que desde que había llegado nunca se había bañado ni cambiado la ropa.

 La mujer lo lloró tres noches y dos días. ¿Por qué? ¿Por qué dejaste entrar tu peor costumbre? ¡Te dije que todas afuera! Se repetía en sollozos para sus adentros.

 Cuando volvió a su casa hizo la cena, pero apenas probó un bocado. Se vistió de gala –con un fino vestido color borgoña que jugaba con el oscuro de su cabello y la claridad de su piel–. Luego de arreglarse se acostó en la cama, abrazando a Estequermo como nunca antes.