EL CERROJO

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

  Dos ojos se encontraron en la misma cerradura, separados por el filo de una madera pesada. El que miraba hacia adentro era celeste y de pestañear sereno. El otro –que quería mirar hacia afuera– era marrón, de párpados nerviosos.

  Los dos compartieron el fracaso. Bebieron, al mismo tiempo y de la misma copa, el jugo de la frustración. Era molesto para ambos, ya que se ocultaban el misterio que habitaba tras la puerta, destruyendo, así, dos universos: el afuera y el adentro.

  Pasó el tiempo –entre guiños y pestañas, lágrimas y telarañas– y acabaron por acostumbrarse. El ojo oscuro navegaba en la profundidad de las aguas más puras jamás vistas, mientras el otro –el más claro– se divertía escalando una montaña de cumbre negra, luego se deslizaba hasta el borde blanco, como quien acaricia el lomo de un pardo corcel.

  Fueron tantos los viajes y horizontes descubiertos que el amor no tardó en llegar. Ninguno de los dos –ni el celeste ni el marrón– anhelaba ver otra cosa, pues en cada uno descansaba lo que el otro buscaba –mar y montaña, cielo y tierra, sal y arena–.

  Ambos ojos conservaban sus mundos, sus valles y pantanos, pero la niebla comenzó a ser cada vez más espesa; las montañas eran azotadas por tormentas de nieve y en los mares avanzaba la bruma. De esa manera avisaban los dos mundos la extinción de su estrella.

  Un día, la nave marrón navegaba por las albinas aguas, abriéndose paso con dificultad entre algodonales salados. Cuando se encontraba cerca de la parte más profunda, la marea lo expulsó de su lecho.

  El celeste estaba triste. El párpado caía débil y el ojo se cerró lentamente –similar a un libro que, una vez terminado, cierra el lector con especial nostalgia–. Una pestaña se filtró por el cerrojo, regalando una caricia. Una gota resbaló.

  ¿Cuánto tiempo esperó el otro? No sé si fueron horas o años, pero fue mucho, ya que esperó cuanto pudo, así hayan sido segundos. Antes de que la avalancha derrumbara la montaña, que él no conoció, se sintió feliz porque había visto y sentido más de lo que esperaba en un principio. Luego se acordó de celeste y se apagó.

  Nunca nadie abrió esa puerta, ni se vio lo que yace adentro ni afuera. Solo existe una manera de burlar la cerradura: se necesitan dos llaves, una marrón y otra celeste, que duermen ocultas detrás de sus párpados, despojadas de su color original.