UNA FLECHA DE MÁS; UNA FLECHA SOLA

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

  La flecha rompió el vidrio de la ventana, rasgando la tela de las viejas cortinas azules. Antes de que los cristales toquen el piso y de que alguien se percatara de semejante irruptora, la punta de la saeta se adentró con rápida facilidad en el cuello arrugado del comerciante, centímetros por debajo de su oreja derecha. La cortina flameó, imitando el movimiento de un pendón de guerra que, una vez derrotado, inicia su retirada colina abajo – ninguno de los presentes en la mesa notó que, en un fugaz momento, por el agujero de la tela azul, se filtró un cordón de Sol que daba justo en la reciente picadura mortal, haciendo que la sangre, arrebatada de las venas, se viera de un rojo más brillante y, paradójicamente, de un tono más jovial–. Los retazos de vidrio golpearon el parqué, transformándose en un centenar de esquirlas que se esparcieron con rapidez por el suelo de aquella habitación sepulcral; el espectáculo de los aguijones transparentes era similar al de una madre araña que, una vez aplastada por la suela del zapato redentor, deja escapar sus crías en una suerte de ataque suicida o venganza de ultratumba. El estruendo agudo de los vidrios al romperse llegó antes que el gemido gutural del comerciante, que soltó cuchillo y tenedor llevando sus manos hacia la herida. El pardo proyectil se balanceaba entre el hombro y la cabeza torcida del mal afortunado, agitando las plumas blancas que acariciaban el mantel desde el extremo del astil. La sangre brotaba con fuerza– como si quisiera secarse sobre algún objeto dejando así su huella y no pudrirse dentro de tan avejentado cuerpo–, corriendo por el pecho y los brazos del seguro hombre muerto, pero que en ese entonces agonizaba sin comprender lo que sucedía. La confusión y la sorpresa era el plato común que compartían todos los comensales, tanto el herido como los cuatro restantes que se aferraban a la mesa sin reaccionar aún. Cuando uno de ellos se levantó de su silla, el viejo, ya muerto, cayó al piso – lo más lógico hubiera sido que el cuerpo terminase tendido sobre el almuerzo, pero al parecer su alma, una vez libre de la carne, empujó el cadáver hacia un costado, impidiendo así que la escena fuera, al menos, un poco más trágica–.

  Puertas afuera, escondido entre las ramas de un árbol abundante en hojas que se elevaba lejos de la casa punzada, los ojos del tirador sólo vieron la ondulación de las cortinas. Supo entonces que había dado en la ventana, pero se le hacía imposible imaginar lo que adentro sucedía. Si él hubiera estado adentro, de seguro se habría maravillado al ver como por el agujero de la cortina, ya quieta y muda, un puntito dorado caía sobre una esquirla de cristal –había oro y plata, Sol y Luna–, esta, a su vez, tenía una gota de sangre en su filo. Pinchada la gota por el estoque diurno y llegando hasta la fuente cristalina donde ésta reposaba, se formaba –con química celestial– un color hermoso, similar a un tempranillo rosado en una mañana sin nubes –entonces había oro, plata y rubí; Sol, Luna y Marte–.

  El tirador esperó sigiloso, acechando la casa que se dejaba ver entre las hojas verdes de su escondite. Todo estaba quieto y silencioso como una tumba; todo estaba quieto y silencioso como antes de soltar la flecha; sucede que desde esa mañana, cuando el tirador trepó al árbol, aquello ya era una tumba. Luego de un momento la puerta se abrió. Una mujer salió. Gritaba ¡Asesinato, asesinato! con todas sus fuerzas, buscando con su mirada la ayuda de algún campesino. El tirador sacó de su carcaj una saeta nueva, con la suavidad de un fumador que retira un cigarro del paquete, cuidando que no se estropee al rozar con las demás. La madera crujió al tensarse el arco y la culata de la flecha quedó junto a su mentón por varios segundos –estas plumas, a diferencia de las primeras, acariciaban la barba de quien sellaría su destino–. El blanco se movía con rapidez, y sus movimientos irregulares fueron un desafío para el arquero, que seguía con la punta de acero la silueta de la mujer. Anticipando sus pasos soltó la cuerda, que vibró lo que un contrabajo. La flecha dio en el vientre, justo en el ombligo, jugando a ser un cordón umbilical burlón y desquiciado.

  Los tres restantes corrieron la misma suerte que la mujer y el viejo. Fueron muertos de manera similar. El tirador esperó que la noche haga su trabajo y las sombras ocultaron a su manera aquel desastre. Avanzó victorioso hacia la casa y entró por la puerta. Su rostro no lo demostraba, pero estaba contento, pues su venganza había salido tal cual la planeó esa mañana. Miró al viejo comerciante por debajo de la mesa, el cuerpo de la saeta parecía seguir moviéndose, pero no le importó tal detalle. Sus botas aplastaban trozos de vidrio y se humedecían son sangre; estaba cerca de la tela azul. Se detuvo un momento de frente a la ventana, sin correr las cortinas. Lo próximo que vio fueron unas plumas en su nariz. La flecha había dado en su cuello, por debajo del mentón. Tosió sangre mientras caía de rodillas, salpicando las blancas plumas con pigmento escarlata.

  Su muerte fue tan rápida que no alcanzó a comprender. En el apuro, había olvidado su arco en el árbol. En su caso, no se trató de un muerto por una flecha, sino una flecha sola.

  Una tumba es una tumba, no lleva un nombre que la preceda; y esa casa fue sepulcro para él desde esa mañana en la que así lo decidió. En la cortina azul sólo hubo un agujero.