CUANDO NADIE PUDO ENTRAR

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

  Llegué a mi casa en el atardecer. Intentando, con la mirada, sostener al Sol, que caía lejano, tímido, despojado de su fulgor. “Que se vaya –dije para mis adentros–, nunca es el día que yo quiero".
  Entré en mi casa pero ya no era mía, estaba abandonada, fría. En la esquina de la mesa, la taza sucia del café de la mañana; la borra decía algo pero no me importó qué. Atrás, una botella de vino riojano a medio tomar. “Por desgracia todo está en su lugar”– pensé.
  Me acosté con la idea de que alguien, en ese mismo momento, quería entrar en mi casa y que yo se lo estaba negando. ¿Qué clase de anfitrión puede dormirse dejando a su huésped en la crudeza de la noche y con la mirada perdida, y hasta humillada, por la caída del Sol?
  Abrí la puerta y me senté a esperar. Por la abertura entraba una luz mezquina, tenue, más burlona que cobarde. Afuera todo callaba: ni ladridos ni sirenas; nada. Los guardianes del silencio hacían dormir la cuadra para que yo esté en vigilia. No obstante, el sueño abrió sus fauces y cerré los párpados.
  Me despertó un portazo y luego escuché el ruido de la llave girando en la cerradura. Todo estaba oscuro. Alguien había cerrado la puerta desde afuera.