SI SE EMBALSA EL RIO

Modificado el: 01/12/2016 Imprimir PDF

Entre la primavera del 62 y el invierno del 71, Luciano tuvo siete hijos. Ya transcurrido el primer trimestre del embarazo número cuatro decide, mujer mediante, encajonar su guitarra criolla manufacturada en el 53 y el acordeón que escasamente recuerda dónde y cómo consiguió. Se inicia en la labor de la albañilería, con un pesar mayor al de aquel que despierta una mañana sabiéndose esclavo, y se enfila en la incertidumbre de saberse hombre fértil y rutinario.

Por suerte, el pueblito crece y la mayor parte del trabajo la realiza sobre las costas del río. Ranchos de fin de semana, ampliaciones en chacras, su propia casa. Andá a saber si eso le importa. Lo que sí, cerca de la costa es mejor siempre. Al menos hay verde, al menos hay azul, al menos el río corre y Luciano no sabe si desemboca o mucho menos dónde. Eso es muy bueno. Porque Luciano piensa entretanto que el chamamé viene del norte, y viene bajando con un cúmulo de brisa sabor pez hasta donde está él, laburando. La brisa, el pez y el agua se mezclan con el resplandor amarillo blanquecino del sol en las piedras. Y la brisa, el pez, el agua y la luz se mezclan con la transpiración del entrerriano trabajando, que deposita la mezcla en su cerebro y la vuelve un Sirirí.

De vez en vez, le toca preparar el mortero para revocar. Y piensa en todo eso. En mezclar, principalmente. Piensa. Que si dejara que los instrumentos se vayan con el chamamé. Que si la negra los encuentra ella sola, los hace plata. Que si se habrá escuchado bien la mezcla en el Trío. Que qué pena que el Tato se casó. Que de tanto casamiento amenizado el Añoranza se divorció. Que antes se sentía el río formando los saltos. Que ahora quieto está como las rocas. Que la música quedó sorda en la cabeza y el agua se la trae, se la canta y se la lleva. Que echó raíces pero no es libre como el sauce de copa que danza el Sirirí del Uruguay con incesante corriente. Y mañana con suerte otra vez a mezclar.

A la noche no corre con la vida mucho más rápido que durante el día. Tiene mucho miedo al hacer el amor, de repente siente que todo su cuerpo cumplió los ochenta y en el espíritu ya no se fija. Mientras su esposa duerme, mira su vientre en reposo. Suavemente se mueve al respirar y con sus músculos las precarias frazadas con que se tapan. Comienza a dudar si la respiración será verdaderamente suya o si será de un retoño que jamás quiso salir y vive solamente de mover el abdomen materno y alimentarse de la energía de los dos esposos. De lo que sí gusta mucho, es de levantarse para ir al baño aún sin tener la necesidad de orinar y corroborar que los ocho integrantes duermen, para saberse por fin solo. Entonces, va al patio a silbar y fumar un armadito de tabaco. Asegura su plan futuro. Que ya van a volver, dice bajito. Se ríe con los ojos y piensa en guitarras, acordeones y casamientos ajenos.

Ese día del 79 le toca edificar con ladrillo hueco. No se despierta con la radio. Ni lo despierta la negra. Silencio absoluto en el alba frío del campo y nadie hay que contemple su marcha apenada mientras va yendo a trabajar. No recuerda cuándo despertó. No el mate cocido y las manos heladas. La memoria lo sorprende en la vigilia de la madrugada anterior, pero ya al lugar de trabajo costero llegó. Y el cajón de sus instrumentos con algo de tierra divisa en lugar del ladrillo.

¿Saldrá la luz a refulgir sobre las grandes piedras? ¿El agua apacible a saltar?

Frena, siente como sus pies se vuelven troncos en la tierra y el agua lo va tapando. Una clásica procesión federaense no va tras la Virgen. Los pies en procesión llegan a casas nuevas delante del agua. Luciano desde abajo como un árbol bajito ve el cajón flotar hacia el sur; aunque lento, mucho más lento. Y la Iglesia de la plaza y todas las casas se vuelven más grises, más pobres bajo el agua. Y hay vegetación secándose.

Ya van a volver, sigue pensando sonriente, mientras sus instrumentos se alejan flotando. No todo sigue su curso luego de determinados años. Muchísimo -y no sólo Luciano- fallece extraño ahí.

Al tiempo que se embalsa el río, tantas otras cosas quedan quietas con él.