RECUERDO DE LO QUE NO OCURRIÓ

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

  Sopla un fuerte viento, la puerta se mueve y va a cerrarse con violencia; azota contra el marco de madera. Se quiere mejor así, cerrada, sin invitar a nadie porque no hay nadie afuera. El viento que entró antes del choque, como si mi habitación hubiese inhalado una bocanada desesperada de aire -¿acaso temía a la asfixia?-, volteó unos papeles de mi escritorio, nada más. Ahora piso esos papeles, están repletos de números y por eso pienso que son importantes; todo lo importante tiene números. Levanto el pié del papel, como haciendo un chiste, estaba pisando mi firma; nada importante tiene mi firma. Mi suela vuelve a caer sobre la hoja y ahí se queda.

  En el estante superior de mi pequeña biblioteca está el libro de Dios, flanqueado por dos grandes tomos de la Enciclopedia Británica. Es un libro juvenil y yo soy viejo, no llegaría a entenderlo, las palabras envejecen con uno, se gastan, inclusive la palabra de Dios. Debería regalárselo a uno de los chiquitos que van a la escuela de la cuadra de mi casa. Hay uno que siempre pasa con su mamá y me saluda. Pero hoy el tiempo está de tormenta, las aulas seguramente vacías y el asta sin bandera. Siempre imaginé que la lluvia son fragmentos de cielo que caen a la tierra; allá arriba siempre está mojado. Un día, cuando era chico, llovía mucho y yo fui a la escuela, era el único. Mi maestra se fue por un momento, dejándome solo, y yo la dibujé en el pizarrón para que esté ahí, después sentí vergüenza y la borré. Ella llegó y quise que se vaya otra vez. Ahora la recuerdo mejor al ver a otras maestras pasar por mi vereda renegando con sus paraguas.

  Otra vez el viento, uno nuevo. Los postigos de mi ventana se abren haciendo chillar las bisagras, las cortinas se sacuden con elegancia. Una pizca de la poca luz que hay afuera entra en la habitación. Carajo, esa maestra va sin paraguas, con el pelo oscurecido por la lluvia y el guardapolvo empapado, casi transparente. Le daría mi piloto y una taza de café, pero soy viejo ¿qué pensaría de mí? Puedo hacer tan poco a mi edad que ya nadie piensa nada. Quiero acercarme con timidez y, entregándole una tarjeta de mi primera comunión, decirle: señorita... Ah, ya no sé nada. Le rogaría que me dejase entrar al aula… seño, yo sí hice la tarea, ¡la hice solo! La hice mal, de todos los útiles solo nos queda un lápiz desafilado.

  Ahora que vuelvo en estos recuerdos me doy cuenta de que yo nunca hice la tarea, que no fui a la escuela ni tomé la comunión, que la única vez que entré a un aula fue para dibujar en el pizarrón una maestra que no tenía. Me había olvidado que después llegó la directora y me echó; sentí por primera vez el olor a tiza, estornudé. Esa escuela que me quitaron y la hostia que me negaron pueden irse a la mismísima mierda. Ya no me acuerdo a quién le di un papelito escrito por mí con torpe manuscrita, aquel que decía recuerdo de mi primera comunión. Lo habrán pisoteado al igual que yo a estos papeles que cayeron del escritorio.

  Me viene a la mente un poema de Machado, Recuerdo infantil. Lo recito con dificultad, a voz temblorosa, buscando la imagen de algunas palabras olvidadas

 

Una tarde parda y fría

De invierno. Los colegiales

Estudian. Monotonía

De lluvia tras los cristales.

 

Es la clase…Caín… Abel… ¡Qué ya no entiendo el libro de Dios, soy viejo!

 

  No encuentro las palabras, mis ojos se empañan. Mil veces ciento, cien mil / mil veces mil, un millón. Las cosas importantes siempre tienen números. Con timbre sonoro y hueco / truena el maestro. ¿Truena? Sí, llovía también adentro del aula, ahora me acuerdo, ¡ese viejo metió la lluvia justo antes de que se azotara la puerta!

  Ahora recuerdo y me doy cuenta que lo único que sucedió en verdad fue la vejez, ¿y esta senectud no será solo el olvido de todo aquello que –precisamente- no ocurrió?