LOS FANTASMAS TIENEN SED

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

El viejo perro de tres patas saltó al fondo del aljibe con la esperanza de saciar su sed antes de morir ahogado

               

  En aquella ocasión, a Ariana le tocó dormir bajo el deseo de una noche viuda. Hundida en el colchón y naufragando entre las sábanas, soñó que, arrastrada por una fuerte ola de aguas turbias, se dirigía a gran velocidad en una suerte de jangada hacia un rompiente de cristal. Cuanto más se acercaba a esa extraña barranca de cuarzo, más crecía el tamaño de la ola. Despertó, como siempre ocurre, un segundo antes de la desgracia.

  Abrió un sólo ojo, recortando así la mitad de su habitación. La pesadilla no la había turbado hasta que recordó un detalle fugaz: en el momento del “impacto”, o sea, antes de despertar, cuando la distancia entre su rostro y el rompiente era notablemente estrecha, justo antes de que una minúscula parte de aquella elevación quedara empañada por el hálito que acompañó al grito, vio reflejada en el cristal una figura, un hombre tal vez, que iba detrás suyo manejando el timón de su precaria embarcación. No logró ver su rostro y no supo si conocía o no a aquella persona.

  Decidió volver a dormir. Tal vez ahora llegue a la costa dijo para sus adentros dándole fin a sus pensamientos. Repitió unas líneas de un cuento, uno que quizá ella misma había escrito años atrás: El río aminoró su marcha y la observó; luego siguió su curso con elemental rapidez. No valía la pena detener las aguas.

  En la habitación del al lado una gotera. ¿Cuál de todas esas gotas será la última?¿cuál fue la primera que le dio valor a todas las otras? Se preguntaba Ariana, que estaba más cerca del plano onírico que del de la vigilia. ¿De qué mundo vienen esas gotas?- ¡De ambos!, hubiera contestado yo, pero yo no estaba ahí-. Volvió a abrir un sólo ojo y vio una mancha de humedad en la pared, junto a la cabecera de su cama. Conocía bien ese dibujo y descubrió que había cambiado de forma desde la última vez que pegó los párpados. La mancha estaba más sólida y se le había acercado. El ritmo de las gotas aumentó en la habitación contigua y Ariana decidió solucionar el problema. Los fantasmas tienen sed, susurró, y en el intento por levantarse se quedó dormida.

 

  Sin embargó, el eco de su último ladrido se sintió seco

 

  Ariana volvió a despertarse. La mancha seguía en la pared, firme en sus intentos por acercase a ella; las gotas no paraban de caer. Recordó el sueño de la ola y el rompiente de cristal; intentó retener la imagen con los ojos cerrados. Miró en el reflejo del cristal y encontró detrás suyo al desconocido. Ese extraño tenía por rostro una macha que ella bien conocía: la mancha de su pared. Habrás estado mirando mucho esa mancha antes de dormir, Ariana, eso es todo le hubiera dicho su madre. Pero Ariana no era tan inocente como su madre para caer en esas explicaciones. De todos modos, hubiese sido feliz escuchando esas palabras maternales. Estoy segura que, de todas esas gotas que cayeron, una tuvo piedad de mí y no quiso saltar al abismo, pero las que venían detrás la empujaron con violencia dijo para sí y la gotera pareció dar tregua.

 

  Nadie, ni los vivos ni los muertos, se animó a dar un paso hacia el aljibe. La idea de que no hubiera más que un perro moribundo los paralizaba.

 

  Sin darse cuenta y esperando que las gotas reanuden su ritmo, Ariana se durmió largo rato. Volvió al sueño del rompiente de cristal. Se encontró esta vez aferrada al pié de la elevación, luchando para no ser arrastrada por las olas. No podía mirar a sus espaldas y lo único de la realidad que descubrían sus ojos era un recorte de aquella gigantesca roca incolora. Su pelo, pesado y oscurecido por el agua, interrumpía su visual y caía sobre sus hombros con movimiento espeso, como algas que se deslizan sobre las escamas de un pez ya muerto. En sus pechos sintió una viscosidad, luego en todo su cuerpo. El líquido de naturaleza pegajosa que la tenía por presa y se burlaba triunfante en la inmensidad de ese sueño no era sino saliva. Ariana se sintió humillada, moriría ahogada en saliva humana, en el escupitajo de alguien que, pensó, la estaba mirando desde no tan lejos. En el reflejo del cristal no vio más que un horizonte nublado. Pasó un tiempo y tuvo frío, entonces sintió una mano aún más fría que subía lentamente por su entrepierna y acariciaba su vagina.

 

  En la quinta noche el dueño del perro imaginó que su mascota encontró la muerte lamiendo las paredes húmedas del fondo del pozo. Sintió envidia hacia el animal y le contó esto a su padre que había muerto días atrás. El viejo le respondió que ese perro, ya sin amo, no iba a dejar que nadie ponga un pie en el aljibe.-¿Y si allá abajo no hay siquiera una gota de agua dulce?- protestó el muchacho. –Si es así, con más razón aún- y diciendo esto calló.

 

 Ariana se encontró en su cama empapada en sudor. La transpiración era abundante para ser suya; el sudor era de ella y alguien más, alguien que había dormido y soñado y compartido su cuerpo. La joven sintió un calor mojado en sus piernas acompañado de un olor fuerte que salía por entre las sábanas; se había orinado dormida. Y lo hubiera hecho en la cama aún estando despierta antes de ir al baño y ver las gotas multiplicarse al golpear contra la cerámica, pensó. Pero la gotera ya no existía sino en su mente.

  Tiró la almohada al piso y se dejó caer de la cama, escapando así del charco de orina que se secaba rápidamente mientras los fantasmas bajaban a beber del colchón. Acostada en el suelo miró debajo de su cama y encontró saliva en el zócalo. Siguió con los ojos la espesa ruta de baba buscando el comienzo, la escupida original. En el centro de la mancha de humedad, en la pared junto a la cabecera de su cama, el dardo de saliva había hecho blanco. Ariana sonrío al darse cuenta que esta vez la mancha dibujaba su rostro; el escupitajo, no cabía duda, lo había soltado ella. Son capaces de cualquier cosa con tal de saciar su sed, dijo carcajeando bajo y dirigiéndose, naturalmente, a los fantasmas.

  El más pequeño de todos los espectros bajó hasta el regazo de Ariana y se quejó. Los otros no han dejado ni una gota para mí y lo único que conseguí te lo traigo para vos, y diciendo esto sacó una piedrita de cristal y se la regaló a la mujer. No te pongas mal, le contestó Ariana, vos vas a dormir conmigo.