AHOGADA

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

  ¡Tantos anzuelos para un solo pez!, y los garfios, con lombrices empaladas, seguían bajando tironeados hasta el fondo por piezas de plomo. Es la única manera de rescatar al ahogado, repetían los pescadores desde la costa. Cómplices en la trampa, los gusanos se retorcían en la turbiedad con el afán de atracarse en las branquias. Más tarde que temprano, los hilos comenzaron a tensarse. De aquellos tironéos acompasados se formaban delgados ovillos de fibra junto a las botas de los pescadores. Los cuerpos plateados chapoteaban en las piedras de la orilla.

¡Ja, puras escamas! Anzuelos de tres puntas para el ahogado, que tiene la boca grande de tanto hablar con la asfixia, ordenó el más sabio de los depredadores. Se estrujaron nuevos nudos y hubo una lombriz por cada púa.

  Con la poca fuerza que le quedaba y nadando con dificultad, el ahogado iba cortando los hilos a mordiscones, esterilizando cualquier intento de contacto terrestre. No querían salvarlo, lo sabía.

  Tenía los pulmones llenos de agua turbia, de todas las aguas: dulce, caliente, podrida, salada, nieve, bendita; todas a formar un mismo vómito, a vomitar por igual. Sus oídos comenzaron a sangrar al no soportar el ruido de los motores y de los remos que golpeaban el agua. La superficie, vista desde abajo, se poblaba con la miseria de lanchas y botes. Cuatro buzos se lanzaron al descenso. En la desesperación, el ahogado comenzó a tragar piedras y arena, destrozando su garganta que tanto temía hablar con la asfixia.

  Antes del amanecer dieron con la presa.

  Una vez afuera, el ahogado no se animó a declarar ni quiso dar detalle de las aberraciones y torturas a las que fue sometido; su propia voz le resultaba insoportable. El más sabio de los depredadores, entre aplausos y flashes, daba explicaciones a la prensa.

  Desde la furia de los márgenes, gritos femeninos retumbaban en las plazas. El ahogado era mujer.