ENTRE ESCALONES

Modificado el: 22/05/2017 Imprimir PDF

 

―Acá tiene la llave de su pieza; habitación número 44, cuarto piso. El ascensor no funciona, señor, mañana lo arreglan. Va a tener que usar las escaleras. Sepa disculpar.

 

  Cómo en toda escalera, los escalones pares estaban notablemente más gastados que los demás. La gente anda apurada hasta en los hoteles de dos estrellas. Yo solamente hice mi primer paso largo y fuerte, como el peón que abre partida.

  Algo me hacía ruido y no sabía qué. Imaginé que si el ascensor hubiese funcionado, encerrado yo ahí dentro, me miraría en el espejo y sería derribado por mí mismo al descubrirme tan buen imitador. Este pensamiento era el único que tenía forma, lo demás era turbulencia. Con la mente en el ascensor y los pies en la escalera, subí un piso de más, hasta el quinto. Vi un cinco grande pintado en la pared y la luz se apagó; supe que me había equivocado. Fui hacia el interruptor, que brillaba anaranjado, y el corredor se iluminó nuevamente. Quedé un momento parado frente al pasillo del quinto piso y vi el ascensor. Estaba con la puerta abierta y un cartel que decía ‘Fuera de servicio’ en letras grandes. Miré la botonera y, excepto el cuatro, ningún otro número se leía de tanto dedo que había pasado por ahí.

  La luz volvió a apagarse y acudí, otra vez, al botón anaranjado. Mantuve el índice haciendo presión por varios segundos, rebobinando, hasta que vi el cinco grande por primera vez. Di la espalda al pasillo y comencé a bajar los escalones. Mientras descendía me topé con el eco de mis pasos anteriores que, lentamente, iban recién llegando al final. Los sonidos me aturdieron al acoplarse y casi perdí el equilibrio.

  En el descenso intenté concentrarme en mis pasos y no pensar en nada más. Contaba los escalones con la esperanza de no caer en un círculo vicioso mental, pero grande fue mi decepción al descubrir que los números se repetían. Cuando creía contar el paso catorce recordaba el sexto y, a su vez, se me figuraba que mis pies reconstruían la forma de los primeros –del uno, el dos y el tres-. Así, perdía la cuenta y el sentido de la orientación.

  Llegué a un nuevo pasillo y me recibió un número Tres pintado en la pared. ¡Otra vez me pasé de largo!, pensé. El ascensor estaba ahí, con un cartel que no pude entender lo que decía. Mis ojos fueron directos a la botonera y me sorprendió encontrarla del lado opuesto a donde la había visto anteriormente en el quinto piso. En un golpe de inesperada  lucidez, descubrí algo que se me había pasado por alto: lo que estaba pintado en la pared no era un tres, sino un cinco dado vuelta. Todo estaba invertido de lado en el quinto piso.

  ¡On, adréim! Exclamé y no pude tolerar los sonidos que salieron de mi boca. Corrí hacia el ascensor, cerré la puerta y apreté repetidas veces, como un loco, el número cuatro. Mantuve la cabeza gacha, con los ojos fijos en los botones. De ninguna manera estaba dispuesto a mirarme en el espejo, solo imaginar lo que podía reflejarse bastaba para entumecerme completamente. Salí del ascensor tirando del picaporte con violencia. El estruendo dibujó un cuarenta y cuatro en la puerta que tenía en frente. Era mi habitación y las llaves estaban en mi mano.

  Entré con suma desconfianza, sigiloso, como quien avanza por los ambientes de una casa ajena esperando toparse con un extraño. El cuarto era pequeño, de empapelado ocre y alfombrado gris. La puerta del baño estaba abierta; no tenía ducha. Haciendo juego con la cama, casi en una esquina, había una mesita de luz. En cuanto cerré la puerta sonó el teléfono, punzante y estridente. Era un aparato viejo de esos que no tienen luces; parecía muerto, frío. Levanté el tubo y aguardé en silencio.

 Se escuchó:

― ¡Ah, qué bueno que atendió! Era solamente para saber si había llegado a su cuarto porque me confundí al indicarle el piso. Su habitación se encuentra en el último, en el tercero. Para no perderse por las escaleras, puede bajar del quinto utilizando el ascensor que ya funciona correctamente. Sepa disculpar mi error. ¿Señor, me escucha?