LOS MACHOS NO PICAN

Modificado el: 13/06/2017 Imprimir PDF

Estaba en el patio de casa tomando fresco y un mosquito se posó sobre mi antebrazo. Una estrategia que desarrollé hace muchos años es la de dejar que el mosquito trate de picarme y, una vez que me pincha y queda inmovilizado unos segundos, lo aplasto con un manotazo. Estaba por dar ese manotazo cuando escucho una voz apenas audible que me dice pará pará pará pará pará pará. Pensé que la voz estaba dentro de mí. A veces logro escuchar mensajes que me da la imaginación, pero no, en este caso, la voz provenía del mosquito. Que ahora, en lugar de pretender chuparme la sangre, estaba con las alas sobre la cabeza escondiéndola entre los hombros y atajándose de mi mano que se detuvo apenas unos centímetros antes de aplastarlo. 

Yo no sabía que podía hablar con los animales, mucho menos con los insectos, no sé, los insectos me parecen más alejados de los humanos que otras especies. Tal vez era el mosquito el que tenía la facultad de comunicarse conmigo. Tampoco somos el ombligo del mundo. 

-¿Me hablaste? le pregunté. 
-Sí, sí, fui yo, por favor, no me aplastes – Ahora había desplegado las alas y asomaba la cabeza como una tortuga, mirándome a los ojos (aunque esto último no puedo precisarlo). 
-Sí, ok le dije levantando la mano- pero convengamos que querías chuparme la sangre. 
-Sí, sí, tenés razón, es verdad si bien el volumen de su voz era muy bajo y el tono bastante agudo (qué puede salir de esa caja de resonancia tan pequeña, pensé), sonaba amable- disculpame, pero de eso vivo, es mi naturaleza. 
Pensaba en explicarle que entre los humanos está muy mal vivir de la sangre de otros, que es una metáfora de la explotación del hombre por el hombre, pero dudé en que un insecto pudiera entender de plusvalía o de metáforas de explotaciones, quizás su vida era un eterno y envidiable aquí y ahora. 
-Sí, eso puedo entenderlo, porque entre los humanos también hacemos cosas propias de nuestra naturaleza que pueden causar daño. 
Por suerte no pidió ejemplos. 
-¿Y se reprochan esas conductas? ¿Se dan manotazos? preguntó. 
Se notaba que era un mosquito poco observador, o la capacidad de su cerebro no alcanzaba para almacenar muchos datos y relacionarlos. 
-Sí, claro, hay reproches, manotazos, revoluciones. La naturaleza no es un paraíso en sí, querido amigo lo sentí muy cercano. 
-Amiga corrigió-, los machos no pican. 
-Ah, ¿sos hembra? 
El cambio de género me alteró un poco, como si invitara a expresarme de otra manera. 
-Sí dijo- igual podemos ser amigos ¿verdad? 
Era evidente que quería evitar que la asesinara, ya no podía a partir de ahí llamarla mosquito. Empecé a llamarla ella, porque no sabía su nombre y no quería o no sabía si preguntar. Además, mosquita, me suena a mosquita muerta. 
-Claro, pero por lo que sé ustedes no viven mucho tiempo… 
-Ah, vivimos lo necesario. 
Ella tomó la posición de loto con sus cuatro patas traseras plegadas, mientras que las delanteras caían como brazos sobre los muslos y las alas, flácidas, transparentes, se apoyaban alrededor del cuerpo como si fuera una capa y me hacía cosquillas en el antebrazo. 
-¿Pero no sabes en días humanos cuánto viven? 
-No, no es algo que me preocupe. 
-Y qué te preocupa. 
-El equilibrio del Universo, eso de que si matás un mosquito en Concordia, puede haber un terremoto en Tokio. 
Era razonable… algo había leído de eso, pero en el ejemplo usaban una mariposa. ¿Qué diferencia habría? 
-Tengo que confesarte que pensaba matarte antes de que me picaras, conozco gente que deja picarse para luego ver cómo estalla la sangre, a mí no me da para tanto. 
-Percibí que eras otro tipo de persona. 
-Gracias. 

Mi vanidad es bastante lábil al halago. Seguimos conversando sobre otras cuestiones como los repelentes de moda, pero ya oscurecía y yo debía ir a preparar la cena, mientras que ella tenía que desovar y para eso necesitaba mi sangre. 
Una picadura de mosquito no mata a nadie, es verdad, es un simple pinchazo más suave que el de una inyección, y los seres humanos no debemos ser tan egoístas. Cerré los ojos y dejé que lo hiciera. Una vez que se sació, sin decir palabra, remontó un vuelo pesado con mi gota en su vientre. Imaginé que era un vuelo feliz. Después, me quedé pensando en si no había sido muy débil de carácter: alguien a quien un par de razones en labios de una hembra lo convencen demasiado pronto. 

 

(Editado en "El diario" de Paraná, domingo 11/08/2013)