A LA CRÍTICA CRETINIZANTE.

Modificado el: 02/09/2017 Imprimir PDF

Carta definición a Elizabet Azcona Cranwell

 

EL CRETINO: “No soy Dios para condenar”

EL POETA: “Pero tampoco eres Dios para salvar”.

Cuando un crítico se acerca a la obra de un poeta no tiene derecho a una fácil ingenuidad, la ingenuidad en un crítico es ignorancia.
No se busque concesiones en mi poesía.
Mi poesía es un difícil aprendizaje para encontrar habitable y hasta bello el caos. La claridad es una acotación marginal al mundo de la poesía. La condición de “ser ahí” a cuenta del alemán; el “sentimiento del absurdo” tengo conciencia que en última instancia es una actitud pueril; la “dura realidad” vaya para los líricos.
El vacío como movimiento de la vida no es angustiante. La poesía (del “vacío”) en su movimiento, digo, es un movimiento que acaba con su iniciación, arrasa su propio fin, su propio principio; su fin no es algún fin, es un fin sin paréntesis, un absoluto y sin continuidad fuera de su absoluta redención del movimiento ejecutado por el cuerpo en movimiento… un cuerpo incandescente con su alma dentro, violentado por su pasión de querer el movimiento de sí mismo. Es la vivalencia (no ambivalencia) de la pesadilla-vacío. ¿Por qué el vacío siempre asociado a la angustia absurda? El vacío es punto de tensión entre la vida, la muerte y el mundo; el descenso de la presión atmosférica engendra los vientos, las hermosas y destructoras tormentas deprimen la mediocre claridad; la falsa poesía se denuncia sola, viene tejida de pueriles equivalencias. A nivel de la conciencia poética, “adivinar” es constatar. Niego la trascendencia, la fragilidad de la vida es absoluta, constato su presencia de fuego y compruebo maravillado que la oscuridad no es un defecto, sino realidad profunda, a veces lenta en su total revelación aterradora, bella y oscura. Lo claro no exige revelación, toda revelación no es clara; de ser así, para qué la revelación.
La necesidad es esencial a la poesía, y ésta un gesto de libertad total, es trágica y no dramática; me repugna el drama cristiano con su fácil solución.
Usted no entiende nada de los mitos, donde hay una solución busca una clave; “fijar” es la metamorfosis del verbo estático en acción, “soga, danza, escalera, árbol”, ver tratado de mitología. No se da usted cuenta de que no me conmueve el ilusionismo del bello solitario, sino la verificación de la vida y su eclosión; la trascendencia o la inmanencia son conceptos gastados.
El absurdo es un ser humano sin piel. “Vivimos el vacío refrescante de la vida”, es la vida desprovista de razones suplementarias; se convive con los terrores y se los encuentra bellos; desde la base giratoria del pozo.
Siempre la verdadera poesía se encuentra en las palabras inadecuadas. Mi confianza en el futuro es nula, me interesa la vida, toda mi poesía está bajo sus ojos como un movimiento de amor. La poesía es magia, deshacerse de la magia es practicarla: vivir su conocimiento, la reiteración en esta poesía es importantísima, siga su movimiento. El esfuerzo del poeta es la lucidez total o todo es una infamia. No hay derecho al equívoco, el mal ya no se puede hacer (ni por ignorancia), dijo Lautreamont. Su referencia a la poesía automática es malsana, oculta una intención gratuita. ¡Cuidado! Usted para salvar su falta de imaginación usa la expresión “obra inteligentemente controlada”. ¡Si soy un guijarro abandonado en la selva amazónica! Usted no escucha al poeta y es un mal al que nadie ya tiene derecho. Las tapias oyen, usted es sorda, lo lamento por usted.
Le ruego no superficializar con una ingenuidad que peca de idiota el texto de un poeta que está muy lejos de ignorar con qué materias experimenta.
Mi responsabilidad me obliga a no admitir se diga cualquier cosa a propósito de la poesía. Para mí, la poesía es lo importante, se está con ella o se está en contra de ella. No le doy el derecho al equívoco.