VICTOR JUAN GUILLOT INVADIÓ MIS CLASES, POR MARÍA ISABEL BANCHERO

Modificado el: 12/10/2017 Imprimir PDF

Hay ocasiones en las que la pasión por los libros o la literatura emparenta misteriosamente a ciertas personas. Fue así que Víctor Juan Guillot irrumpió en mis clases. Esto sucedió por sugerencia de dos colegas muy particulares, Omar Lagraña y Martín Ortelli, y gracias a la osadía de un editor, Mariano Buscaglia (Ediciones Ignotas).
De ese modo e instintivamente, me embarqué en el proyecto de recuperar a este escritor concordiense. Invité a mis alumnos para que juntos realizáramos un recorrido por algunos de sus cuentos, con la única intención de “llenar un hueco bibliográfico en nuestra literatura, hacer justicia a los autores relegados…” (Mariano Buscaglia). Afortunadamente, ellos accedieron y se involucraron en seguida.
Así, lenta y sigilosamente, pero de modo sustancial, Guillot fue ingresando y apoderándose de mis clases. Revolucionó a mis estudiantes y armó un revuelo en la biblioteca de la escuela. De pronto, varios alumnos, en diferentes horarios, solicitaban el libro de este escritor y se lo llevaban a sus hogares para continuar leyéndolo. Comenzaban a trazar sus informes de lectura y comentaban sus impresiones con sus compañeros, en clase y en los recreos. Repentinamente, todos hablaban de Guillot.
Como ya lo mencioné, Victor Juan Guillot llegó a través de Ediciones Ignotas, mediante El vampiro y otros cuentos de horror y misterio (2016). Se presentó con “El vampiro” y, al igual que a Aliaga, nos dejó estupefactos y sin poder mencionar lo sucedido, ya que, en cualquier circunstancia, “hablar de vampirismo […] es el mejor recurso para hacerse llevar a un manicomio” (p.19). Al arribar a la estación, aunque lo intentamos, no nos pudimos bajar del tren y acompañamos a Rosauer, mientras se le iba el efecto de la “Anestesia”, para que se despidiera de su compañero Alcázar.
Y, como nunca antes, seguimos viajando en tren. Junto con el narrador, nos quedamos “sin aliento, sintiendo un sudor frío…” (p.66) al leer la carta de Rinaldi y comprobar que lo que este le había dicho era cierto.
Luego nos sorprendimos con Linares al advertir los hechos sobrenaturales que le ocurrieron aquella noche en “Bajo la tormenta”. Al instante, en el “Vado”, volvimos a encontrar a este protagonista, ya casado e instalado en la propiedad de un amigo, y fuimos testigos de los acontecimientos extraños que le ocurren en una noche de tormenta.
Después nos quedamos con la incertidumbre de saber si Bernard tuvo algo que ver con la muerte de los colonos en “El misterio de los tres suicidas”.
Más adelante, en “Parábola del hombre que poseyó la lámpara”, recordamos a Aladino y a su lámpara, pues hubo un hombre que teniéndola decidió desecharla.
A continuación, interrumpimos una entrevista entre alguien (un detective o periodista) y un asesino. Este último describe el acto homicida como algo maravilloso, pero simple, y no monstruoso como lo consideramos en realidad las demás personas.
Unas hojas después, hallamos deambulando a alguien muy especial, “El perro de Ardelli”. La extraña actitud del animal y el epígrafe del cuento nos condujeron a reflexionar sobre la teoría de la reencarnación.
Posteriormente, en “Terror”, luego de ver al viejo Cetrini, que agonizaba producto de una enfermedad que azotaba la región, notamos el mismo estremecimiento que Corrales. Él “[…] nunca había sentido aquella aguda sensación de temor que lo asaltó en las primeras sombras de la noche” (p. 86).
Más tarde, junto con Castillo, sufrimos también de “Insomnio” y nos deja atónitos su determinación, sabiendo que él amaba la vida.
Seguidamente, escuchamos el relato de un sepulturero y nos atrapa la historia que él nos narra. El relato enmarcado se roba toda la atención del lector en “Una historia de muertos”.
Y, al finalizar el libro citado, Guillot se despide con “El guardarropa”. En él, Castro Gómez y su esposa, obsesionados por poseer ciertos muebles, llegan a vivir la peor experiencia de sus vidas.
De esa manera, a medida que fuimos avanzando con la lectura de cada uno de los relatos, gustosamente pudimos ir conociendo a este escritor concordiense.
Sus cuentos no te permiten distracción, debes estar atento para detectar cada detalle brindado o indicio aparente. Necesitás realizar conjeturas junto con sus personajes; comprobar hipótesis y lidiar con las incertidumbres o el sinsabor de no poder cambiar el destino de algunos de sus protagonistas. En cuanto al lenguaje empleado, presentan un vocabulario exquisito que exige tener cierto capital de palabras para poder ir comprendiéndolos. Sin embargo, esto no es un impedimento para que te dejes llevar por sus historias. Discretamente efectúan vínculos intertextuales, minúsculos pero importantes, que demandan a un lector con un recorrido previo por grandes obras de la literatura. Pero no es requisito excluyente para comprender la trama. Y, de acuerdo a sus características, se enmarcan dentro del género o modo fantástico, del de terror o del policial, por lo que, cautivan la atención del lector desde el inicio hasta el final. Sus protagonistas son seres comunes, ninguno con dotes espectaculares, pero que no dejan de sobresalir en los lugares que transitan. En general, se los ve en movimiento, interrelacionándose con otros personajes y, a partir de esos encuentros, se desencadenan los acontecimientos más significativos de cada historia narrada. Las acciones que realizan se desarrollan en zonas rurales, en pintorescas ciudades europeas o en algún medio de transporte en particular, escenarios apropiados para los hechos narrados.
Podría seguir aportando datos sobre la riqueza de sus textos, pero me detengo aquí, para darle lugar a sus propias lecturas. No dejen de leerlo, redescubran a este escritor concordiense. Guillot es un autor singular que merece ser rescatado del olvido.