UN DON JUAN CON NAZARENAS

Modificado el: 02/02/2018 Imprimir PDF

 

  Calandria, tocayo de aquel cantor de 1870, es joven, rubio, matrero: el don Juan de Montiel. Pelea siempre. No mata nunca; porque es el novio de la vidalita y como la «toca» no quiere mancharla con sangre. Tiene un enemigo «Carandá», policía. Viejo rastreador: el gran baqueano de Montiel.

  Sus apodos los pintan: uno es pájaro y canta. El otro, perro y gruñe. Sólo guitarrea cuando se rasca sus malas pulgas.

  Son rivales en el conocimiento del monte. El Don Juan de las lloronas, roba fletes y polleras con mozas adentro. Algunas noches, el rastreador le ha sentido cantar casi en el patio. Y su hija Rosa es gaucha: un poco flor de cerco en el camino de los payadores. Sí. Calandria cortejó a la moza para torear al padre. Y robar esa flor. No pudo. Su rancho la defiende. Junta las manos de la cumbrera. Ora. Pide a Dios que ampare a la paisanita. Lo consigue. El cielo enciende los malvones. Las flores arden. Queman el anca del pangaré. Calandria no consigue arrimar el pingo a la ventana. Y ese fuego perfumado, trasmuta las intenciones del Don Juan: Calandria se enamora. Carandá lo sabe. Y espera: esta noche el galán canta al pie de la reja. Un agua azul corre por los canutones del poncho. La boca de su guitarra es la luna, arañita colgada de seis hilos, medallón de un recuerdo nostálgico, laguna de sauces que llora en el bordoneo, lazo del camino donde Calandria arrolló la huella para llegar a lacita.

  Una milonga garúa presagios en el fondo del romance. Rosa teme al tata. El novio la acuna en las vidalitas. Ella se adormece entre sonrojos, como la tarde. Entonces Calandria aprieta el cuello de la vihuela. Callan. Si un ruido lastima el silencio, lo cosen de prisa los grillos. Y cuando el horizonte se aclara en el cielito del último triste, Calandria apaga una a una las estrellas, monta y parte por el borde del camino, sobre el terciopelo de los yuyos; porque, sin el distanciador del galope, se va… y no se va.

  Pero este amanecer, Carandá reúne la perrada y lo atropella. Calandria busca el monte. Su amigo: viejo huraño de barba cerrada. Esa puerta la abre una palabra: gaucho. Al oírla Montiel hace una hendija. Deja pasar al criollo. Y cierra otra vez. La llave es heredada con el facón y la marca. Muchos la pierden sobre los surcos. Calandria la guardó en el escapulario y se hizo el árbol andariego de Montiel: esa nombradía ofende a Carandá. El matrero ya pisa el monte. Huye entre las palmas. Gambetea. Es un hilván de árboles. Baraja con los troncos. A media rienda. El flete a los saltos sobre los suspensivos de los albardones. Entre piales de lianas y acoso de bolas. Junto a su cabeza zumba el hachazo de los ramajes. Y se golpea la boca. Los policianos desisten. Carandá no, husmea los atajos. Se arrima. El matrero no puede herir al padre de Rosa. Le vuelca su pistolón por sobre el anca. Desprende al perro de los garrones yhuye.

  Pero ahora el viejo sonríe. Lleva el triunfo en la mano: el sendero que Calandria tomó no tiene salida. Es una calle ciega. Donde muere, se para un espinillo que hace espaldas en el alambrado, desenvaina sus punzos y lo espera. Un flete en pelo, acosado, podría saltar la valla. Con el peso del gaucho, no. Si Calandria lo intenta resulta un maturrango. No vale el rencor del viejo ni el cariño de Rosa.

―¡Entriegate! ―le grita.

  Calandria se golpea la boca. Rápido, porque el tiempo es angosto, desprende el cojinillo. Arroja el vellón. Lo tiende sobre las espinas para defender y dar coraje a su caballo. Con unos balances prueba el elástico de los garrones.

―¡Entriegate, gringo! ―grita Carandá muy cerca.

  Entonces Calandria, que sabe tanto como su perseguidor, amartilla el caballo. Lo levanta en un «¡hup!» y dos espuelas; Y en el aire, mientras el flete salta por sobre el espinillo, el gaucho salta sobre el pangaré. Por ese doble arco de triunfo, ganan el campo libre.

  Así se le fue, dejando el cojinillo, unas plumitas de calandria en las fauces del perro Carandá.

  Y la noche siguiente, Rosa le espera en la ventana, de codo sobre aquel cojinillo.

―¿Y eso, mi flor?

―Me lo dio tata pa que te lo entriege ―le responde―. Dice que sos bien gaucho, Calandria, el montielero que soñó pa novio mío…

 

De Poemas Chúcaros (Inéditos)