EL INVENTOR DE SUEÑOS

Modificado el: 13/12/2019 Imprimir PDF

Es constante. Entre un blanco y un negro perdura lo oscuro. Entre zarandeo y quietud, queda lo inestable. A mitad de camino, con escasa lucidez disponible, en el limbo entre el dormir y el despertar presiento el lapsus. Simple saber automático adquirido por la obstinada repetición de las cosas. Episodio hueco. Intuyo que se escurrrirá de la memoria en la transición. Vano esfuerzo para que el sueño dulce quede pegado a la consciencia. La vejiga tensa y el priapismo son despertadores, le ganan a todo lo demás. El olvido asoma despabilado al borde del inodoro por el ruido de la micción. El alivio de la descarga no reemplaza a lo ausente. Una vez más el sueño claro, tibio, suave se escapa, arrastrado por el agua que gira en remolino llevando la cargada orina. Queda una oportunidad en el breve tiempo que resta hasta el despertar de verdad, el siguiente, el obligatorio, el de la rutina. La premonición anuncia pesadilla. Y es: una mujer anciana que conozco bien renace, señala, ordena, debo cumplir, no quiero, me domina, no quiero, me domina, no quiero, me domina, no quiero, mira y señala, es poderosa, estoy sometido, me arrodillo impotente, lloro, grito, me desarmo derrotado. La alarma del celular es la salvadora de la tragedia. Y la memoria tiene esas cosas. El desasosiego, detalle a detalle queda adherido al despertar.

Decido soñar bajo control.

El sabor amargo no lo mitiga la menta de la pasta dental ni el dulzor exagerado del café. Invento un sueño. Camino con María, tomados de la mano por una vereda de Rosario. No veo la cara pero sé que es ella, tampoco leo carteles que indiquen que sea esa la ciudad, pero tengo la certeza. Entramos a una verdulería. Frutas y verduras lustrosas exhibidas en prolijos cajones sobre las paredes. Detrás del mostrador de madera, dos hombres que tienen mandiles blancos que le cubren el pecho y los muslos. Hay dos máquinas para preparar licuados, esperamos los nuestros (me resulta natural). Miro hacia la entrada, apoyado a una de las jambas de la puerta: Angelito. A quien hace tanto que no veo. Tiene el brazo en escuadra, el codo le sirve de sostén sobre el marco y la mano a la cabeza. En la otra mano tiene un cigarrillo, ya casi fumado del todo, agarrado entre índice y pulgar, con el dedo mayor le da golpecitos rápidos para que desprenda la ceniza (ese gesto solo, sin todo lo otro, bastaría para identificarlo). Los bigotes estirados por la sonrisa destacan en la cara. De un zas reemplazo a María por él en mi fantasía, no me preocupa. Nos abrazamos, fuerte. Y nos corremos un poco por la acera. Me apoyo en un parrillero lleno de cenizas, Ángel se sienta sobre una pila de escombros. Hablamos, hablamos, hablamos. Guardo la última frase que me dice: cuidá a la Flaca. Por la convicción que usó evito preguntar a qué Flaca se refiere, temo a la vergüenza.

Debo salir para la oficina. Es hora.

Tres cuadras hasta la parada del colectivo. Aire fresco, libertad que acaricia la cara. Entrecierro los ojos y camino. Mariposas, muchas, anaranjadas. Doy pasos blandos en la huella de un caminito de campo. Olor a verde. Hacia el lado que asoma el sol vacas mansas, blancas salpicadas de negro. Curiosas estiran los hocicos. En la otra costa del camino el trigal toma el color del amanecer y danza al compás de la brisa. Cada espiga imita a todas las otras: hacen una inflexión saludando mi paso y vuelven a erguirse. Una y otra vez. Mientras me deslizo entre los revoloteos de las alas naranjas. ¿Sentirán felicidad las mariposas?, ¿cuánto les dura un día a ellas de vida tan breve?, ¿las angustiará el tiempo? No importa. Juegan, por lo tanto disfrutan. El cielo imita el color de tanta ala del lado que está el sol. Los colores se parecen a los del ocaso, pero cualquier neófito diferencia el uno del otro. El de ahora se ve alegre, el otro es melancólico. Y como si no alcanzara, flotan compases de un tango trasnochado.

Llego a la esquina. Viene el cinco. Coordinadamente, en el mismo instante, levanto mi mano y el chofer acciona los frenos. Podría prescindir de la seña, pero no estaríamos cumplimentando el ritual. Alguien se cuela sobre mis hombros. No espera a que termine de elegir asiento para soplarme a la oreja. Dudo: este, no, aquel, el del fondo, la butaca individual. El tipo es molesto, no para de susurrar, trato de quitármelo. Parece pegado. Pretende enseñarme, obstinadamente, algunos trucos para mejorar mis sueños. Insiste. Dejo que se despache, que diga todo lo que tenga que desembuchar. Noto que queda vacío, así que le explico: cada uno sueña a su modo, intentar guiar a alguien en su sueño es encerrarlo en una modalidad que le es ajena, si el aconsejado sigue el consejo abandona su estilo particular. Vuelve al ataque, pongo mi oído en piloto automático, lo asimilo a un ronrroneo de gato, es una intención dulce que no tiene sentido razonable. El tufo a encierro del ómnibus lo derrota y se calla.

El badén me señala que la próxima es mi parada.

En la oficina la locura, yo con mi frágil cordura. Aprieto el sensor del reloj biométrico como si matara un bicho, burlona, la voz latosa replica “inténtelo de nuevo”. Repito la maniobra, desplegando más extensamente las rayitas del dedo. Se vuelve a resistir al apretón desaprensivo y devuelve la frase monocorde. La tercera es la vencida, aplico el cariño que reclama. Por fin: “acceso correcto”. Transformo el pasillo de siempre en un agradable paseo en auto descapotable por un camino de montaña con pendientes fáciles. Las oficinas no lo son en el sentido estricto, tienen límites bajos, cercando los puestos de trabajo. A la derecha hay un hermoso valle, profundo, tiene un río acaracolado, que a veces se esconde entre el follaje. Hacia el otro lado la pared rocosa del cerro. Debo girar y entrar, el cartelito dice “Gervasio Méndez -Asesor-“. No hay fotos, el lugar no las merece. Cuelgo el saco, el perchero puede tolerarlo, yo no. Caigo sentado sobre el sillón con rueditas, retrocede por la embestida. Lo devuelvo a su lugar. Yo también me arrastro al escritorio. Con el dedo del fackyou le pego a la barra espaciadora, para que la máquina se despierte. Contraseña: gervasiomendez1975. La hoja de cálculos resucita para seguir persiguiéndome como ayer. Un maldito walkingdead. En la otra ventana el correo electrónico con cuarenta y cuatro mails sin leer. Cuarenta y cuatro problemas que esperan solución. Retomo el camino de la montaña. Necesito una música de fondo. Ahí va: empieza con un obstinato de re-re-do. Se le agregan otros dos compases fa-fa-mi. Suman cinco: re-re-do/fa-fa-mi/fa-fa-mi. Con esas notas salta a una nueva escala persistente. Luego viene una escala descendente y se estaciona en un valsesito que parece música de calesita. La escucho desde el lado de adentro de los tímpanos. Los números y letras de la planilla Excel se mueven siguiendo el ritmo. Se excitan y envalentonan, saltan de una casilla a otra. Las secuestro con un “cortar/pegar” y las miro fijo para que se den cuenta que pueden bailar, pero cada uno en su lugar. Entienden. La melodía se enriquece con la percusión del teclado y los sonidos de las notificaciones de las aplicaciones.

Al mediodía el estómago reclama. Voy a la cantina un piso arriba.

Lo de elegir es relativo. Depende de a qué puedo acceder por el contenido del bolsillo y lo que se ofrece. Quiero jamón crudo, puedo paleta cocida. Quiero jugo de pomelo, hay de naranja. Ocupo la mesa del rincón para comer el sánguche, el que podría engullir de un bocado, sin embargo opto por la lentitud, para observar, por debajo de las mesas. No presto atención a los zapatos ni a si tienen medias o pies desnudos, no, me interesan los movimientos. Si cruzan o descruzan piernas, si están abiertas, recatadas o desparramadas, si respingan con nervios o si están mansas. Y hago que dancen a mi voluntad, dejan de ser los pies y las piernas de otros, ya son mías. No veo las caras, pero imagino los ojos de sorpresa y las bocas de preocupaciones por no poder controlar sus extremidades bajo las mesas. Se me terminó la escueta comida y la botella se vació.

Vuelvo a mi puesto de trabajo.

La pantalla tiene el paisaje anodino. Pulso la barra espaciadora con el mismo dedo de hoy. Contraseña: gervasiomendez1975. Reaparece la hoja de cálculos, aburrida, estática. ¿Cómo era la melodía?, ¿cómo hacen los músicos para no olvidarse de las notas? Surge. Qué cosa. ¿Los músicos harán de la misma manera?, ¿tendrán la cabeza vacía de ritmo hasta agarrar su instrumento y ejecutar la primera nota?, ¿cómo hacen para recordar tanta variedad de músicas? Retoman el baile. Ya está, es hora de irse. Falta poco, me quedaré hasta finalizar. Los zapatos se marchan, sus ocupantes me saludan por encima del nivel de mi mirada: chau, hasta mañana, nos vemos. Sigo indiferente. Si no fuera por el reloj que está abajo a la derecha no me enteraría que son las diecinueve treinta. Archivo, guardar como, archivo, guardar como, archivo, guardar como, en cada ventana. Lo relevo de la responsabilidad de portar el saco al perchero, lo tiro sobre el hombro derecho. Asomo a la vereda, está fresco, lo uso.

Espero el colectivo de regreso.

Dos veces vi el mismo par de zapatos. Una vez en el pasillo en la hilera que marchaban en la despedida. La otra, bajo una mesa al mediodía. Color raro al que no sabría ponerle nombre, entre uva y mora, maduras ambas. Puntas finas y tacos altos. Los tobillos eran finos, enfundados en medias transparentes. Imagino que las piernas seguirían hacia arriba enfundadas en el mismo tul. Sus rodilla deberían ser acordes a los tobillos y las pantorrillas, por lo tanto apenas más gruesas, como si fueran un mínimo nudo en una cuerda. Los muslos irían creciendo en diámetro, muy progresivamente. No los vería completos, a mitad de esos segmentos anatómicos empezaría la falda. De una tela que caería haciendo dobleces ondulantes verticales, casi a plomo. Bermellón. Escalando la mirada veríamos que la pollera remataría en una cintura de una circunferencia menor al que se puede dibujar con dos manos uniéndose por los pulgares y los índices.

Suspendo por un momento, viene el cinco. Ocupo el mismo lugar que a la mañana, sólo que esta vez carga más personas.

Sigo. Los zapatos de tacones con esa pollera roja que contienen un cuerpo de mujer que hasta ahora llega a la cintura se alejaría. Prolongo la mirada para seguirla. El saco que tiene es corto, como el que usan los toreros, del mismo color que la prenda que ya le conocemos, mangas ni largas ni cortas, por debajo del codo, apenas. Parte de la espalda la tiene descubierta. Balancea sus manos con cadencia reglada al paso, tintinea la pulsera que se sacude en la muñeca izquierda. Escucho: taco-tintineo-taco-tintineo-taco, degradándose, por la distancia que va aumentando. Elevo la mirada y veo la cabellera, lisa, azabache. Queda el perfume, voluminoso, entra por la nariz e invade todo, no deja lugar para otro olor. Se detiene, gira, clava unos ojos negros inmensos en mí. En mí, sí en mí. Me señala con dedo alargado por la uña roja-roja, lo dobla, lo estira, lo dobla. El gesto es: vení. Miro para atrás, para confirmar quién. Sonríe, me descubre en la duda. El aroma me tiene enganchado de las narinas, es una soga invisible que me arrastra. Por una calle oscura, hasta llegar al departamento. Piso cuatro. El ambiente está ocupado por una luz tenue y un blues suave. No habla, las señas son precisas, no debo hacer nada. Comienza por el saquito, lo deja en el piso, camina, la blusa también un poco más allá, sigo las pistas que va dejando, la pulsera, un zapato, el otro.

El bondi vibra al pasar sobre las vías del tren, debo bajar en la próxima.

El cielo se está estrellando, aún falta oscuridad para que brillen bien. Repaso los faroles que están encendidos y los cuento. Camino siguiendo la ruta que marcan las baldosas, una hilera para el pie izquierdo, la otra para el derecho. Al pasar a la vereda siguiente corrijo el paso para respetar la línea. Igual en cada una.

La casa tiene olor a soledad. Enciendo las luces, voy a la heladera que contiene una botella con agua y nada más. Tomo un trago, por tomar. Dormitorio: sobre la cama sin tender están el joguin y la musculosa, me desvisto y me los pongo.

Necesito ir al baño. Me siento al inodoro. Uso el tiempo a todo su largo mientras leo sin leer una revista guardada ahí para la ocasión. Pienso, no sueño. Saltan recuerdos, mezclados. Dudo que sean veraces. Permito que progresen, hasta que se me agota la paciencia para estar sentado sobre esto que no es asiento.

Veo el libro que tengo abandonado sobre la mesa. Voluminoso, escrito con sangre no con tinta. Estoy en la parte de los crímenes que no se terminan, asesinatos de mujeres, en México. No sé adónde pretende llevarme Roberto Bolaño. Debería retomarlo para averiguar. Será, no sé si pronto.

Llego a la cama, hora de dormir. Me amedrenta la pesadilla que aguarda bajo las sábanas, la que mañana me habrá poseído