ODIO NATURAL

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

De: "El Hombre Incompleto"

Cuentos. Editorial Prensa. Paraná. 1954

 

Es curioso -pensaba yo- cómo se podía odiar a una persona sin tener nada contra ella, sin que personalmente me haya causado perjuicio de alguna especie. Y sin embargo lo odiaba profundamente, con todas mis ansias. Sin desearle mal alguno, ni experimentar un deseo de venganza, únicamente eso: odio, y nada más que odio.

La historia tuvo sus orígenes en la recepción que la semana anterior habíase ofrecido en la Embajada de Italia, oportunidad en que el Conde Salvatore Césare me presentó al nuevo Agregado Cultural, en cuyo honor se realizaba la fiesta.

-Señor Pezino -dijo, dirigiéndose a mí- le voy a presentar el nuevo Agregado Cultural de la Embajada, Doctor Vicente Liccendrini.

Era un hombre de estatura mediana, bronceado, de facciones regulares, pero con un algo que llamaba la atención en él, eran sus ojos. Pequeños, huidizos y con un ligero tinte de ironía. Al hablar con él uno se desconcertaba, se encontraba molesto y todo a causa de aquellos ojos que me recordaban algo inexplicable.

Comencé odiando esos ojos.

Después de charlar con él unos momentos sobre temas triviales sentí que lo odiaba del todo. Tal como era.

Me di cuenta de que ese odio era recíproco.

Nos separamos. Cada uno fue por su lado, recorriendo los salones de la Embajada y tratando de evitarnos.

En una oportunidad había salido al balcón para aspirar el aire de la noche. El tiempo se mostraba amenazante de lluvia, nubarrones de plomo negro se deslizaban silenciosamente sobre mi cabeza. Como el balcón estaba en ángulo decidí observar el cielo por el otro lado. Al llegar a la esquina tropiezo con una persona que evidentemente tenía las mismas intenciones que yo' en la oscuridad me disculpé y cuando volvimos al salón comprobé que era Liccendrini el de mi ocasional encontrón.

Decidido a no seguir amargándome la noche, fui a despedirme del Conde, con el firme propósito de retirarme a mi casa.

Llego a la puerta de calle y allí lo encuentro al Agregado Cultural y, sin que pudiera evitarlo, tuvimos que compartir el auto que el Embajador había puesto a nuestra disposición. Hubiera preferido ir caminando. Durante el viaje no nos dirigimos la palabra: un seco "Buenas noches", fue la despedida.

Esa noche tuve una horrible pesadilla; soñé que Liccendrini y yo estábamos en el infierno: Lucifer nos había colocado en una celda en que hacía un calor horrible, asfixiante. Ambos nos habíamos colocado en una esquina de la celda observándonos, sus ojos le ocupaban toda la cara y su nariz y su boca las tenía bajo el mentón y me miraba, miraba, miraba ...

Desperté bañado en sudor y con fiebre· Llamé al médico y me dijo que era congestión y que con unos días de reposo me iba a curar. Y así fue pero sólo a medias. Seguía odiándolo.

Hoy se cumplía una semana de la estada de Liccendrini en nuestra ciudad, día por día, contados con odio, hora por hora.

¿Cómo se sentiria él? Esa era la pregunta que me carcomía. ¿Gozaría con mí odio? ¿Sufriría como yo?

Me dí cuenta que el odio puede ocupar por entero a una persona, achatarla, concentrarla en ese sentimiento. Nunca lo había sentido, había deseado que por venganza sucediera tal cosa a una persona, o hacerle daño a alguien pero eso no era nada comparable, simplemente odio, odio natural, espontáneo. Como un hombre ve a una dama que le agrada, que le despierta amor, pasión, deseo o lo que fuere son cosas avasalladoras. Al estilo me acaeció con Liccendrini.

La solución al amor de una mujer es amarla ¿Era la solución al odio de una, persona odiarla? No lo sabía, pero lo hacía.

Estaba perdiendo peso y me hallaba más demacrado.

Mis pensamientos fueron resbalando hacia la pendiente del suicidio lenta, pero muy lentamente, como quien cae en un letargo de opio, en que la visión de un mundo de ficciones felices impide el esfuerzo de sobreponerse a ellas. ¿Y quién se sobrepone a la felicidad, aunque más no sea en ficciones?

Esa noche decidí matar el odio. Matarme a mí mismo.

Era un sacrificio que valía la pena.

Serian las 22 aproximadas, tomé una silla y fui a la terraza. También en esta oportunidad el cielo amenazaba tormenta.

Sobrepesé el arma y cuidadosamente, como quien cumple un acto muy delicado, "en que me va la vida", apreté el gatillo...

Un trueno acogió el estampido en su seno.

En los diarios del día siguiente apareció la siguiente noticia:

CURIOSO DOBLE SUICIDIO: DOS FUNCIONARIOS DE LA EMBAJADA ITAILIANA ANOCHE A LA MISMA HORA

Anoche, aproximadamente a las 22 horas, se suicidaron en sus respectivos domicilio dos funcionarios de la Embajada de Italia, se trata del nuevo Agregado Cultural, Doctor Vicente Liccendrini y del señor Federico Pezino, Secretario de la misma embajada.

El Doctor Liccendrini hacía pocos días que se había hecho cargo de su puesto, en el que había demostrado en el breve tiempo que lo ocupó, gran visión para las delicadas funciones asignadas. Lo mismo el señor Pezino, era persona que gozaba de gran estima en el círculo de sus relaciones. Había recibido menciones especiales por diversas tareas cumplidas desde su cargo.

Las causas que motivaron la tan trágica resolución de ambos y la extraña coincidencia de haberlo llevado a cabo a la misma hora, permanece envuelto en el más intrincado misterio. En las cartas dejadas al juez no se hace mención al motivo que les impulsó a suicidarse.

El sepelio se realizará ...

 

Dos días después de la noche fatal el Conde Salvatare Césare volvía a su despacho de la Embajada. Entre su correspondencia encontró un sobre con el membrete de la embajada y que venía dirigido a él con el agregado de "personal", escrito con letras rojas a un costado de su nombre.

Lo abrió y buscó la firma. Mucho se sorprendió al encontrar al pie de la misiva el nombre de Vicente Leccindrini

Comenzó a leerla:

Estimado Conde:

Dejo en sus manos el destino que quiera darle a la presente. Mi voluntad personal ya no podrá influir en Ud., pero como amigo desearía que la quemara o la hiciera desaparecer sin dejar rastros, sobre todo que Pezino nunca se entere del contenido de ella.

Mucho le habrá sorprendido mi suicidio, pero más me sorprende a mí el haber buscado la determinación de eliminarme; pero era el único camino que me quedaba, lo odiaba a Pezino y él a mí, me convertí en un asesino, en un asesino de él y de mí mismo.

Le contaré una historia que comenzó hace muchos años en una villa sita a pocos kilómetros de Roma; mi padre había perdido a la persona que más amaba, es decir a mi madre. El y yo quedamos solos en el mundo, apesadumbrados y con la ausencia de esas dos grandes cosas: el cariño de una esposa y el amor de una madre. Mi padre resolvió contraer segundas nupcias, porque no podía continuar así, era su temperamento que le obligaba a tal actitud. Por el mismo tiempo había quedado una mujer viuda, tenía una criatura, se llamaba Pezino y su hijo Federico, cuatro años menor que yo, que tenía siete. Mi padre se casó con la Pezino.

Sucedió entonces una cosa extraña. Mi padre se olvidó de mí y sólo para agradar a su nueva mujer se prendó del pequeño Federico, a la vez que la madre de éste, con idénticos propósitos, comenzó a prodigarme atenciones en demasía. Eso despertó celos entre nosotros.

Un dia, hacia los tres meses del casamiento, Federico, que estaba comiendo bananas, dejó las cáscaras tiradas en el suelo y cuando mi padre se acercó para levantarlo, resbaló en las cáscaras con tan mala fortuna que chocó su cabeza contra la pared, sufriendo un derrame cerebral que le ocasionó la muerte. En mi mente infantil acusé a Federico de la muerte de mi padre y tal pensamiento persistió. Al mes, envenené a mi madrastra sin que nadie se diera cuenta de ello y su muerte fue natural para todos. No quiero contarle todo.

Heredamos y fuimos puestos en colegios distintos.

El tiempo avanzó y cuando fui mayor de edad salí con destino a la Facultad. Me recibí y antes de hacerlo me cambié el nombre y el apellido, dispuesto a olvidar todo. Me enteré que Federico se hallaba en América, pero no sabía precisamente dónde, supe esos datos en el Colegio en que se había educado. También me informaron que a los dieciséis años había sufrido un golpe que le produjo amnesia, de la cual no se había recuperado.

Luego me nombraron Agrega Cultural en esa embajada y fui. La noche del baile que dieron  en mi honor me lo presentó a Pezino y vi con horror que Federico me reconocía y me odiaba por el asesinato de su madre y en mi se despertó su "asesinato" de mi padre. Comprendí que para mí la existencia había acabado. Nos odiábamos tan profundamente que la existencia hizo imposible y resolví tomar esta determinación.

A las 22 me pondré el caño del revólver en la sien y apretaré el gatillo, faltan treinta minutos, tengo el tiempo suficiente de echar esta carta en el correo y volver. Ha sido ésta para mí una manera de confesión conmigo mismo y que llegará a sus manos y desaparecerá por intermedio de ellas.

Reciba mi agradecimiento como ocasional confesor.

VICENTE LICCENDRINI

 

Finalizó la lectura. Dobló cuidadosamente el papel y lo repuso en su sobre. Jugueteó luego a misiva, mirando pasar unas nubes indolentes; luego, impulsado quizás por un deseo de voluble descuido, la tiró en dirección del hogar apagado; prendió un cigarrillo y el fósforo aún prendido describió una extraña parábola hasta caer sobre la carta, y ésta se consumió como el cigarrillo en su destino de cenizas.

El conde volvió a su correspondencia, mientras las nubes seguían su marcha indolente.