LAS TIERRAS BLANCAS

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LAS TIERRAS BLANCAS

 

novela

 

Buenos Aires  -   Editorial Sopaus -   1958

 

 

 



Capítulo I

 

Odiseo

 

Odiseo se puso de pie y la Madre lo supo aunque se hallaba de espaldas, inclinada sobre la batea, lavando. Restregaba la ropa con una energía ciega, obstinada, inconciente; y el vaivén de las manos sobre la dócil prenda enjabonada parecía enajenarla, propiciando en ella un sentimiento de olvido y a la vez nostálgico. Olvido y nostalgia un poco abstractos, quizás, y no referidos directamente a días o acontecimientos ya transcurridos en su vida, pero tal vez nada hubiera en ella digno de la nostalgia, pero tampoco del olvido, de modo que ambos sentimientos, aún siendo paralelos, trataban de repelerse sin poder, empero, no acompañarse. El movimiento acompasado de las manos lograba arrullarla y en ese estado le era fácil –e inevitable- adivinar lo que hacía su hijo, aun sin mirarlo, y no solo cuando se hallaba en casa, jugando con la tierra, sino cuando salía en busca de comida que ella apenas le daba desde que Odiseo tuvo fuerzas para caminar o inteligencia suficiente para lograrla fuera del rancho por sus propios medios.

 

La Madre

 

Ahora se ha puesto de pie y mira hacia afuera, no hacia aquí, porque quizá ya tenga hambre. Le di unos mates, y eso era todo cuanto podía darle. Hoy fueron más y mejores que nunca porque su padre no estaba… No vino a dormir. Me imagino porque no ha venido. Andará por ahí, borracho todavía (no digo ni borracho, ni muerto, porque entonces ya me lo hubieran traído), al borde de alguna cancha de taba o en la puerta de algún corralón o en alguna “crujía”, y ya se habrá gastado la plata que sin duda le habrán dado en el comité para que juegue y se emborrache y para que hoy vote por ellos y no por los otros. Y tal vez se haya gastado también la que los otros le deben de haber dado por la libreta para que no vote por ninguno.

Hoy es domingo.

Domingo.

-“Hoy es domingo”- me dijo él cuando llegamos a este lugar y yo traía a Odiseo en brazos, y él, en un atado que cargaba en las espaldas, la ropa, los cacharros de cocina y hasta un banquito de tres patas para que yo me sentara a descansar (todo lo que teníamos entonces, poco menos de lo que tenemos ahora, sin duda, fuera del catre). En ese momento, cuando el me dijo que era domingo –yo no sabía, no recordaba exactamente que día era, puesto que viviendo en el camino durante dos o tres semanas o tal vez un mes, nadie, no solo yo, sería capaz de saber que día era de Dios-, acabábamos de cruzar el puente Pellegrini y el agrego:

“-Ahora estamos en el departamento de Gualeguay-“

“-Bah. ¿Y que hay con eso?”

“-Nada: que estamos en Gualeguay. Del otro lado del puente estamos en el departamento Gualeguaychú, y ahora estamos en Gualeguay, y probablemente aquí nos vamos a quedar.”

Yo pensé que no había mucha diferencia entre haber llegado a un lugar donde empezaba el departamento de Gualeguay y seguir andando por los caminos del departamento de Gualeguaychú.

“-Hoy es domingo”- volvió a decir cuando llegamos a la puerta del primer rancho (este) que encontramos, después de bajar el terraplén, en medio de las tierras blancas.

 

Odiseo

 

Odiseo se puso de pie, más volvió a sentarse en la tierra pelada, blanca. La torre o columna de la izquierda era todavía más baja que la otra, pero antes de recomenzar el trabajo miró hacia fuera (no hacia la calle, porque no había calle ni cosa que se le pareciera, sino, solamente, a setenta o quizás ochenta metros, otro cañaveral que era la parte trasera de otro rancho). Desviando los ojos un poco hacia la derecha, Odiseo miró los sauces, bajo los que se adivinaba, por cierto brillo en el aire y una diafanidad menos indecisa, el río. Odiseo detuvo su mirada unos instantes en ese lugar.

Era temprano, casi de madrugada.

Tenía tiempo, pero luego de un rato tendría que salir y esperar debajo del puente, a la sombra de los pilotes de madera.

“Esta torre –pensó- es muy alta, y me parece que se le van a caer las dos puntas antes de que yo les pegue una patada y se las tire al diablo.”

Necesitaba otro tacho de agua.

“El agua con jabón es la mejor agua para las torres. Es mucho mejor que el agua del río, porque el agua del río es muy blanda, se mueve mucho y no sostiene. Por eso uno tiene que bracear y patalear. Si el agua del río tuviera jabón, como el agua de mama, tal vez lo podría cruzar caminando, como dicen que lo cruzó el perro de Soga Negra.”

Odiseo midió la tierra suficiente en el tachito de conserva y en seguida la derramó en el pequeño estanque cavado en el suelo. Con ambas manos fue juntando la tierra suelta, como si se dispusiera a empezar un amasijo, y con un dedo abrió un agujero en la cima de la montañita de tierra inerte. Era una tierra fácil de trabajar, gomosa, plástica, algo pegajosa, estéril, gastada y lavada por la erosión, muerta; tierra buena para modelar torres, columnas o chimeneas como las que Odiseo construía. Estas llegaban por lo común a sesenta o setenta centímetros de altura, y arriba, en la cúspide, y antes de destruirlas a pedradas o puntapiés, las coronaba con una torrecilla más pequeña, de diámetro menor. Otras veces levantaba dos o tres torres en hilera, y cuando llegaba a la mitad de la altura normal, las unía con una caña; después seguía hacia arriba, y al llegar al máximo de altura, las unía con otra caña. Así formaba un armazón, esqueleto o empalizada, algo cuyo sentido Odiseo no había previsto, ni tampoco trataba de imaginar a posteriori, satisfecho al parecer con el misterioso equilibrio y la muda elocuencia del sostén. Se diría que ello veía emanar una fuerza esencialmente distinta de la que lo mantenía en pie, y que Odiseo necesitará de ella para alimentarse o conformar quien sabe que germen incipiente y voraz, hasta que, una vez ahito, debiera destruir su construcción a pedradas, antes que algún otro perro vagabundo, esperanzado y hambriento, la viniera a oler o a orinar, y antes de que su madre le preguntara: “¿Qué es eso m´hijo? ¿Qué has hecho Odiseo?” y siguiera lavando o haciendo cualquier cosa, menos interesarse seriamente en las construcciones del niño.

Volvió a ponerse de pie y otra vez la Madre adivinó el movimiento del hijo, cual si estuviera unida a el por invisibles hilos o esa tierra fuera capaz de comunicarlos, sin otra señal o convención que su propia y casi definitiva esterilidad. Sintió los pasos (no los oyó porque Odiseo estaba descalzo) que se acercaban. Después vio la mano (la había presentido antes) del niño sumergir el tachito de conserva en la batea y sacarlo chorreante de agua jabonosa.

 

La Madre

 

¿Construirá una nueva torre? Si, pero después la echará abajo a patadas. Todo es así, como nosotros…

Y ese domingo, cuando llegamos a este rancho, no detuvimos en la entrada porque al principio creímos que estaba abandonado. Tal era su aspecto. Pero de entre el cañaveral de fondo vimos aparecer un niño algo mayor de lo que es ahora Odiseo. Asomó furtivamente, echando miradas indecisas hacia atrás, como si alguien, oculto en el cañaveral, le hubiera mandado asomarse, le ordenara avanzar y el no se animara. El chico estuvo así un momento, sin atreverse a dar un paso ni tampoco a retroceder, mirándonos. Nosotros también lo mirábamos en silencio, hasta que el niño, sobrepuesto de su extraña cautela, no se acercó, pero comenzó a mirarnos con mayor firmeza, sin necesidad de apelar al cañaveral y actuando por si solo. Mi marido lo llamó con una seña y el chico obedeció, pero tras el, apareció otro muchacho y otro y un cuarto, de más edad, o por menos de mayor estatura y robustez. De cualquier manera, el primero era el más chico de todos, pero más grande que Odiseo (este Odiseo, ya crecido, y no el que yo llevaba en brazos y mamaba aun no se que de mis pechos, pues hacia varios días que no tomábamos más que mate).

Mi marido les preguntó:

“-¿Dónde esta el padre de ustedes?”

Ellos le contestaron en seguida, sin esperar haberse acercado a nosotros lo suficiente, despreocupados de que les oyéramos o no. No recuerdo cual de ellos habló primero: tal vez el más chico, el que se parecía a Odiseo.

“-No tenemos padre.”

Entonces el les volvió a preguntar:

“-¿Y la madre?”

Ninguno de nosotros dos esperábamos que nos contestaran lo que nos contestaron:

“-No tenemos madre.”

Cuando dijeron eso me pareció y me ha seguido pareciendo durante mucho tiempo que los cuatro habían hablado una a la vez y que los cuatro tenían cara de eso: cara de no tener madre; no de ser huérfanos, sino de son haber tenido nunca madre –lo cual es una estupidez-, y haber nacido por su cuenta, pero es entupido, porque ni eso siquiera era posible en esas –estas- tierras blancas, donde no crece ni el abrojo, ni el sorgo de Aleppo, ni el abrepuño, y apenas la manzanilla de perro, ni ninguna otra plaga y menos alguna planta como la gente, sacada la caña, con flor y con fruta.

Era la primera vez que yo oía semejante cosa, y nunca se me había ocurrido pensar en ello. Es probable que a mi marido le pareciera tan extraño como a mí el hecho de que hubiera en el mundo –aunque se tratara del desconocido departamento de Gualeguay- niños abandonados, sin padre ni madre. Pensábamos en lo mismo cuando el les preguntó:

“¿Murieron?”

“-No, no murieron. No tenemos, y se acabó. ¿Por qué?”

Esta vez el que habló fue el mayor. Lo recuerdo porque vi en el rostro de los otros tres el deseo de relatar algo, de contarnos una historia y revelarnos quizá el misterio de su nacimiento o de la manera en que habían perdido a sus progenitores, pero el mayor, con un gesto, se adelantó a ellos.

“-¿Siempre ha sido así?” –insistió aún mi marido. Yo mientras tanto, miraba a Odiseo, que dormía en mis brazos. Pensé, y eso alivió mi cansancio, que mi hijo era más rico, finitamente más rico y dichoso que los cuatro muchachos del rancho, que no tenían padre ni madre y que jamás los habían tenido.

“Es indudable –me dije- que todo ser humano ha nacido de mujer y necesita haber tenido un padre. Sin embargo, el hecho de no haberlos conocido equivale a no haber tenido jamás, y a eso quizás se refieren los muchachos. De cualquier modo no estamos tan mal: mi Odiseo tiene padre y madre, es decir que alguien lo quiere, y todavía lo amamanta.”

“-Siempre” -le contestaron.

Mi marido silbó, y además parecía seguir adivinando mi pensamiento, pues yo fui presa de la misma curiosidad y les hubiera hecho la misma pregunta.

“-¿Y donde comen?”

“-En el tres” –contestaron.

“¿Qué es el tres?, me pregunte yo, pero mi marido, que seguía aún adivinando mi pensamiento:

“-¿Y que es el tres?”

Y yo, que miraba a Odiseo, dejé de mirarlo, porque el hambre que tenia me obligaba, me ha obligado siempre que la padezco, a mirar donde se habla de comer, y también porque me consumía de curiosidad por saber donde comían esos muchachos –sin-padre-ni-madre, y que significado tenía ese número “tres”.

Los muchachos se echaron a reír antes de contestar. Uno de ellos se tiró al suelo y dio una vuelta carnero, mientras se destornillaba de risa.

“-¿Ustedes no son de acá entonces?” –dijo el mayor, y lanzó una nueva carcajada. Se reía de una manera extraña, desesperada. No se porque, oyéndolo reír así, que de los cuatro era el que más cara de huérfano tenía. Siguió riéndose, pero se me ocurrió sin alegría. Por el contrario, su risa me entristeció.

“-No –dijo mi marido-, no somos de acá.”

Nuevas carcajadas, entre las que sobresalía las del mayor: Parecía reír concientemente así, superando adrede a los demás y dejar sentado que no eran alegría lo que esas risas expresaban, sino todo lo contrario, una profunda e inevitable tristeza.

“-Ah, me parecía” –dijo el mayor.

Consultó a los demás con una mirada socarrona, convencional, que no se si sus amigos le entendieron, pero que de cualquier modo les provocó nuevos accesos de risa. El, en cambio, calló otra vez, tratando de dirigir a su arbitrio las actitudes de los otros, pero estos no le obedecieron y se siguieron riendo y tirándose al suelo, simulando luchar entre sí, y revolcándose como gorriones en un patio desierto. Algunos de ellos lanzó provocativamente unas palabrotas, no dirigida, empero, a ninguno de los presentes, mas dando a entender que ya no les impresionaba nuestra presencia y como para borrar definitivamente el clima de alarma y cautela que había creado entre ellos nuestra imprevista llegada. Mientras los otros revoloteaban a nuestro alrededor, mi marido y el mayor intercambiaron una larga e intensa mirada, de esas que cambian dos hombres antes de pelearse a muerte, midiendo sus fuerzas. De no haber sido el otro algo más que un niño, yo me hubiera asustado.

“¿Qué es eso del “tres”? –preguntó mí marido, no se si interesado todavía en ello o para dar fin a esa peligrosa mirada.

“-El regimiento –dijo el mayor con naturalidad, como si lo anterior lo no hubiese embarazado en lo más mínimo-, el regimiento 3 de Caballería, pero lo malo –agregó, pasando con la misma naturalidad a un tono confidencial y amistoso- es que hay que ayudar a limpiar la “morocha” después, y las mujeres se van no bien les llenan los tachos, haciéndose las que les tienen miedo a los soldados. Son unas vivas.”

Pareció que iba a hacer un gesto obsceno y me miró a mí dando a entender claramente que no lo hacía no por respeto a las mujeres que iban al regimiento, sino por mí. Se acercó y miró a Odiseo. Sus amigos corrían y gritaban alrededor del rancho, se acercaban y se alejaban de nosotros, delegando en el mayor, en nombre de todos, la conversación, pero como si quisieran controlar, de tanto en tanto, el giro que esta tomaba. El mayor parecía asumir el papel dirigente, sin un ápice de afectación o inquietud, con una responsabilidad innata y del todo serena.

“-Lo traen de lejos” –dijo.

Pero mi marido, que pensaba lo mismo que yo, le preguntó:

“-¿Me van a enseñar donde queda el regimiento?”

“-Lindo gurí –dijo el otro. No se porque me pareció premeditado su elogio de Odiseo que, pese a ser mi hijo, no creo que ofreciera en ese momento un aspecto muy saludable. El elogio, sin embargo, aunque cargado de una oculta intención, no me pareció insincero. Se me ocurre que el muchacho, por alguna razón, trataba de captarse mi simpatía, sin importarle mucho ni poco la relación con mi marido.

“-Que va a ser lindo –dijo mi marido-, pero… ¿me vas a enseñar o no donde queda el regimiento?”

“-¿Qué apuro tiene? –dijo el muchacho-. Y no me van a decir que no es un lindo gurí. ¿No señora?”

“-Yo lo veo lindo –dije-, pero soy la madre. Todos hemos sido lindo para nuestra madre. ¿No te parece?”

Esta vez el muchacho no contestó. Me miró, en cambio, pero de una manera distinta por cierto que a mi marido, con dulzura e inquietud. Solo entonces me pareció que perdía su habitual serenidad, preguntándose tal vez si el también, en esa forma al menos, había sido asimismo admirado. Trató inmediatamente de ocultar esa debilidad, y sintiéndose descubierto por mí, se dirigió a mi marido:

“-Le voy a enseñar, como no, pero mire: no hay que abusar; ya somos muchos, y a veces no alcanza para todos los que van.”

Debo suponer que mi marido esta vez también pensó lo mismo que yo, aunque nada dijo. Estuve en un tris de pedirle que nos apuráramos a fin de ser los primeros, pero supuse, y supuse bien, como mi marido, que no valía la pena ir al regimiento tan temprano, sino al mediodía o aún más tarde.

 

Odiseo

 

Odiseo caminaba en puntas de pie, atigrando el paso, a fin de no derramar el agua del tachito. Llegó junto a sus torres a medio hacer, y luego, en el agujerito abierto en la cima de la montañita, fue vertiendo el agua jabonosa. Después empezó a manipular el material hasta que logró una masa compacta y flexible. Los dedos se le hundían en la tierra, que ahora, mojada, era parda, y que se adhería obstinadamente a la piel. Odiseo parecía luchar contra esa tierra, y su rostro, brazos y piernas –sin contar las manos-, aparecían cubiertos de rastros blanquecinos, resecos. Solo mojada esa tierra cambiaba de color. Vuelta a secarse, recuperaba su blancura grisácea y áspera, retornando a su esterilidad callada y terminante. Las manos, brazos, piernas, rostro y la piel entera de Odiseo adquirían el color de esa tierra, a la que, viviendo sobre ella y no pudiendo escapar de su contacto polvoriento y duro en la sequía o pegajoso y elástico en los días de lluvia, se parecía, también, en su única virtud: el silencio. Odiseo era un niño silencioso; y nadie que lo viera por primera vez, aún vestido de harapos restregados mil veces por la Madre y mostrando siempre alguna parte secreta de su cuerpo, nadie lo relacionaría con el hambre.

Las construcciones de Odiseo, sin embargo, rebelaban un sentido que parecía simbólico: el hambre, en la primera etapa diurna del apetito cotidiano. Hasta se podía observar que llegadas a cierta altura imposible de sobrepasar. Odiseo sentía la necesidad de destruirlas. Eso ocurría en el instante en que, todas las mañanas, debía salir en busca de sustento. Al día siguiente crecían otra vez, a manera de juego. Pero era que el hambre, de ese modo, no quedaba satisfecha después de comer, aunque –lo que no era probable en esos contornos- se asistiera a un festín. El hambre no era solo una pasajera necesidad de las vísceras, sino que las trascendía y llegaba a convertirse en un estado permanente y espiritual. El hambre persistía aún después de haber comido, puesto que ningún alimento era capaz de satisfacer o aquietar la inseguridad de volver a comer cuando reaparecieran, con esa fatal terquedad de la vida (como reaparece –puesto que tienen que respirar- las cabezas de los macaes cuando bajan el río en las siestas de verano) la languidez y los dolores de estómago. Y aún cuando se los pudiera eliminar cada vez que aparecían (lo que allí era tan improbable como acertarle un tiro a la cabeza de un macá), el hambre persistiría porque ella iba incrustada en el alma. Desde antes de nacer los ha penetrado con esa avidez sustancial, contagiándoles el deseo indiferenciado de ingerir no importa que alimento ni a que hora del día y de pensar en ello, de estarse sometido a ello aún después de haber satisfecho el pasajero apetito.

Si a través de los ojos de Odiseo asomaba algún rasgo de su secreto inmaterial, podía inferirse que el color del hambre se parecía al color de la tierra que manchaba su cuerpo: una especie de bivalencia de ese color blanquecino y gris, ingrávido y fatal.

Odiseo levantó los ojos durante un breve instante, durante el que los dejó reposar en el verdor de los sauces, donde tenía colgado su tacho en el lugar más alto, y volvió a su trabajo. Aún era temprano no solo para ir en busca del tacho, sino hasta para dar una vuelta por el río, debajo del puente. Pero mientras trabajaba, de tanto en tanto, no podía dejar de mirar hacia los sauces y comprobar su dulce quietud, su fina y triste opulencia, su brillo, en medio de las tierras hostiles. No podía tampoco dejar de pensar con satisfacción en su tacho, colgado en el lugar más alto, despuntando así ese vicio superior, sanguíneo y espiritual del hambre. Miraba hacia los sauces, cada tanto, no solo con los ojos, sino con el color de los ojos, con el hambre, que era su alma.

El pequeño tachito de conserva le servía de molde. Llenaba el molde con la tierra ya trabajada y lo invertía sobre las torres, de modo que estas, invariablemente, obtenían el diámetro del tachito. Olvídose un momento de los sauces y emparejó las dos torres a una misma altura. Después las unió con una caña que tenía preparada y así formó una especie de valla. Solo le faltaba a cada torre el remate de prolongación, lo que también servía para mantener firme la caña, que quedaba entonces engastada por ambos extremos en las columnas. Necesitaba, pues, amasar otro poco de barro. Alzó los ojos y miró una vez más hacia los sauces, como si los estuviera modelando, y la Madre adivinó otra vez que se pondría de pie y que volvería a la batea por agua jabonosa.

 

La Madre

 

Aún no ha terminado, pero no es eso lo que lo detiene aquí, no son sus torres, sino la hora. Todavía es temprano, como aquella vez…

Era temprano para ir a que nos dieran sobras del rancho en el regimiento 3 de Caballería, donde tanto mi marido como yo pensábamos comer después de tres o cuatro días de no haber probado más que mate y alguna galleta dura. Era temprano, es cierto, y creo que por eso mi marido se quedó con nosotros. De cualquier modo hubiera tenido que quedarse hasta tanto se aclarara la situación de los muchachos y nuestra con ellos. El mayor dijo:

“-Lo del abuso no se los digo por hoy: Hoy no irá nadie a comer al regimiento, como no fueron ayer, y creo que tampoco ustedes irán.”

“-Muy bien –dijo mi marido-, esto si que no lo entiendo. Sin contar que no les creo que no tengan padre ni madre.”

“-Si no nos cree –los otros habían dejado de jugar y ahora nos rodeaban, curiosos- para nosotros es igual. Lo único que se decirle es que hoy no irá nadie a comer al regimiento y que usted tampoco irá. A lo mejor son capaces de aparecerse algunas mujeres, pero lo dificulto, porque no habrá muchachos para lavar la “morocha”. Son unas vivas las mujeres…”

“-No entiendo –dijo mi marido.

“-Nosotros, por lo menos, iremos al corralón. Anoche comimos allá. Había asado con cuero, empanadas, galleta fresca, vino…”

Lo que decía el mayor era tan asombroso que durante un momento –si no hubiera sido porque mi marido estaba tan confundido como yo- creí ver la diferencia entre andar por los caminos del departamento Gualeguaychú y haber llegado al departamento Gualeguay, donde había niños abandonados, pero también tantas cosas buenas para comer.

“-No se porque la gente no ha de ir a comer hoy al regimiento. Yo pienso ir…”

“-A que ustedes también van al corralón. Le juego”.

“-No se donde queda… -mi marido interrumpió de golpe su frase y se dio una palmada en la frente-. Ahora caigo –dijo-. Las elecciones, claro. ¿Cómo me olvide que hoy había elecciones?”

Los tres muchachos más chicos volvieron a reírse, a empujarse, a tirarse al suelo y a dar vueltas carnero, y nuevamente se aquietaron y se acercaron a nosotros.

Yo, después, perdí el hilo de la conversación. Sin embargo, recuerdo que mi marido hablaba con los muchachos como si fueran personas mayores. Los trataba con respeto, de igual a igual, o como si se propusiera pedirles algo. Yo conocía bien a mi marido, y sé que hablaba así, con esa voz, cuando intentaba pedir algo (y ya hacía no se cuanto tiempo que vivíamos solo de lo que pedíamos o de lo que nos daban espontáneamente, cuando alguien nos encontraba en el camino, a la intemperie, de noche o de día, lloviera o cayera el sol a plomo). Mi marido había aprendido a pedir. No pedía, en realidad, sino que ofrecía algo, a cambio de lo cual obtenía lo que deseaba. Por lo general ofrecía trabajo, sabiendo que ya nadie en el campo necesitaba gente, y que, por el contrario, hasta los que tenían trabajo buscaban la forma de dejarlo y mandarse a mudar.

“-¿No les gustaría –dijo- tener padre y madre y un hermano también?” –y señaló a Odiseo. Fue entonces por eso que yo entonces recupere el hilo de la conversación.

“-¿Para que?” –contestó el mayor.

“-¿Cómo para que? –dijo mi marido.

“-Sí, ¿para que? –dijo el mayor de los muchachos.

Siguieron conversando, y otra vez me distraje porque me puse a pensar en eso. El muchacho tenía razón, concluí, porque si hasta ese momento habían podido vivir sin padre ni madre, y si al parecer estaban preparados y eran capaces de subsistir sin necesidad de parentela alguna, y puesto que ya habían nacido, ¿para que querían ahora padre y madre? Supuse que esa sería la reflexión del mayor de los muchachos y le encontré razón. Sobre todo porque yo adivinaba que mi marido, al ofertarse como padre y al ofertarme a mí como madre y a Odiseo como hermano de esos muchachos, lo que estaba haciendo en realidad era pedirles que nos permitieran entrar en el rancho y vivir en el con ellos. O tal vez era yo la que no esperaba otra cosa. Se explica. Estaba cansada y mis piernas no daban más. Quería entrar en alguna casa, sentarme y dejar de andar por los caminos, con Odiseo en brazos, mamando inútilmente mis pechos vacíos.

 

 

Capítulo II

 

Odiseo

 

Odiseo se puso de pie, esta vez definitivamente. Había coronado sus torres con felicidad, en punta, y la caña que las unía parecía relacionar el absurdo o por lo menos secreto de cada una y conformar un nuevo ser arquitectónico, magro y estrafalario. Odiseo se puso de pie cuando el sol se levantaba por sobre el horizonte. El astro, ante los ojos encandilados del niño, resurgía desde la tierra poderosa como una desmedida naranja. Esa hora quizá era la más rica en las tierras blancas. Los grises, por un momento, cedían su predominio a unos rosados algo enfermizos, pero ciertamente definidos en el contraste de los verdes de la orilla opuesta del río; y este, al sesgo de la luz, solo comenzaba a acumular un brillo que aún era delicado, pero que más tarde se volvería agresivo. Aquí y allá, sombras alargadas de animales o de las del mismo puente, figuraban presencias de misterios aún no develados por el día. Los ranchos parecían prolongarse en esas sombras, que engañaban, como algunas visiones ópticas, acerca de su verdadera y miserable estructura. Este trabajo de la luz daba hasta la ilusión de alegría y lograba sugerir una idea de esperanza, relativa a cualquier madrugada de este mundo.

El niño no contestó cuando la Madre le dijo: -“Odiseo, ¿Qué hace m´hijo?”, pero en cambio miró su construcción y por primera vez decidió no romperla. Durante el resto de su vida Odiseo no tendría la oportunidad de averiguar o de recordar por que ese día no había roto sus torres como siempre, antes de salir. Los llamados dolorosos de su estómago llegaban en ese momento a determinado límite, y a esa hora ya el Panadero estaría camino hacía el río o tal vez ya habría llegado a la ribera, debajo del puente.

La Madre, de espaldas a Odiseo y también al rancho, seguía restregando la ropa y en ese estado podía vigilar los movimientos de su hijo.

 

La Madre

 

¿Por qué he dicho eso? ¿Por qué hable cuando iba a romper sus torres? De haberme callado, todo hubiera sido igual, y en cambio ahora será distinto.

Soy una estúpida.

No es lo mismo hablar que callarse, es cierto. No, claro que no es lo mismo, pero de eso no depende que las cosas no sucedan como siempre.

 

Odiseo

 

La Madre sabía que Odiseo había entrado en el rancho y que, subido al cajón que servía de mesa de luz (donde paraban la vela de estearina y sebo maloliente que alumbraba el rancho un rato antes de que se acostaran a dormir: la Madre y Odiseo en el catre, y el padre, cuando venía, sobre una manta, en el suelo), en puntas de pie, trataba de alcanzar con su manita el lugar donde se juntaba la pared de adobe con el techo de paja, y donde entre aquella y uno de los tirantes ocultaba la bolsita de género con cierre de jareta que ella misma le había cocido.

Odiseo, de un salto, descendió del cajón, y la Madre sabía que colgada al cinto de piola llevaba la bolsita de género, y atrás, oculto entre los pliegues o jirones de la camisa, la Madre sabía que Odiseo llevaba un cuchillito filoso, de cabo negro, que envainaba en un papel con muchos dobleces. Y la Madre, que jamás le hacía preguntas antes de salir, dijo:

-¿Para que lleva cuchillo, m´hijo?

-Voy al río.

Eran esas las mismas palabras que Odiseo decía antes de salir y que dirigía hacia las espaldas de la Madre encorvadas sobre la batea. Madre e hijo se despedían así, sin mirarse, con una tensa naturalidad, hecha de callados y difusos temores insuficientes en ella para profanar esa recóndita aprensión que le provocaba el niño. A Odiseo, por su parte, le bastaba la nítida imagen de la Madre que lo acompañaba diariamente al enfrentar al mundo exterior.

Al atravesar la puerta de alambre, y no bien dio el primer paso hacia fuera, sus ojos fueron bendecidos por esa cariñosa y discreta evocación. Lo que imaginaba no era un rostro apagado y amarillento, como el de la madre, extrañamente similar a una vieja foto, de esas que fatalmente van quedando olvidadas en el fondo de un cajón y que se tornan irreconocibles, no debido a los cambios obrados por el tiempo en la copia, sino a la insignificancia y gratuidad de la persona retratada (y no solamente el rostro, toda ella –si no fuera por las miserias de sus vestidos y la aparentemente definida imposibilidad de mejorarlos- recordaba una de esas fotos de pariente pobre, y por eso mismo lejano, que llegan a la casa de los ricos como un desgraciado y hasta un nefasto loor de virtuales muertos y, también –para los ricos-, como cínico homenaje igualitario; y nada más triste que un rostro así, propicio o contiguo al olvido, fugaz); no, para Odiseo el rostro de la Madre, transfigurado, no era como todo su ser, indefinible y provisional; para Odiseo la Madre eran aquellos ojos donde –aunque grises- vivía una luz cuando miraban a su hijo; era el rostro animado por esa luz delicada y potente el que Odiseo evocaba. Por más vulgar e insignificante, para Odiseo dicho rostro era el mejor de todos, y lo era porque solo lo conocía en ese estado de enternecimiento y certidumbre en el que se halla el de toda madre cuando mira a su hijo. Esa mujer era para Odiseo la más bella de todas, porque todavía no era capaz de advertir ninguna diferencia esencial entre lo que era la imagen concebida y el ser real que quedaba en el rancho.

 

La Madre

 

Odiseo se ha ido y lamento haber hablado. Tengo miedo. Aquella vez, cuando mi marido ofertaba a Odiseo como hermano de esos cuatro muchachos, yo no tenía tanto miedo como suelo tener ahora, pero, eso sí, lo miré a Odiseo y lo vi que en realidad no era parecido a ninguno de los cuatro muchachos. Eso bastó para tranquilizarme. Ahora no hay ninguna cosa que pueda tranquilizarme cuando sale Odiseo. No recuerdo exactamente en que momento se me ocurrió esa idea del miedo, pero algo debe tener que ver con mi descubrimiento de que Odiseo no se parecía a otros niños, y que era distinto porque había nacido de mi y no de otra madre; y también debe tener que ver con lo que le dijo a mi marido el mayor de los muchachos en respuesta a una pregunta que no escuche:

“-No, que vamos a ser hermanos.”

“-Ah.”

“-Andamos juntos, pero no somos hermanos.”

Esta vez los cuatro se echaron a reír. Los tres menores se arrojaron al suelo y empezaron a revolcarse como locos, gritando. Cuando se tranquilizaron de nuevo, no el más chico, sino quizá el que le seguía al mayor, dijo:

“-Son todas mentiras.”

Siempre recuerdo esas tres palabras pronunciadas por ese chiquilín, porque desde entonces he vivido muchas veces como una rata asustada.

“-Ya me parecía” –dijo mi marido.

Entonces yo me sentí, por primera vez, abandonada, desprotegida mejor dicho, con Odiseo en los brazos, mamando no se que, solitaria, con un hijo mío, mío, entre brazos que ya no me daban más. Eso duró solo un instante, pero desde entonces en ocasiones me parece revivirlo, con miedo.

“-La policía –dijo el mayor- anda muy ocupada con las elecciones. ¿Usted no tiene libreta?”

“-Si, ¿Por qué? –dijo mi marido.

“-Suerte –dijo el muchacho-. Si yo fuera grande como usted y tuviera libreta, a esta hora tendría plata en el bolsillo.”

La vida, recuerdo, me pareció de pronto más hermosa. Yo estaba cansada: Mi marido había puesto la bolsa de cosas en el suelo y yo, en la puerta de este mismo rancho que entonces no era nuestro, me senté en el banquito y sentí un gran alivio en las piernas. Acosté a Odiseo en mis faldas y en seguida me di cuenta de que tenia sueño y de que no tardaría en dormirme. El mayor de los muchachos seguía hablando:

“-Vaya y métase en el corralón, en el más chico, pero no se olvide de la libreta. Muéstrela, eh. Le darán plata. Yo lo he visto.”

“-Es cierto, es cierto” –decía otro, muy serio.

A mi ya se me caía la cabeza de sueño. Se que me estaba poniendo de pie cuando el mayor decía:

“-… y bueno, si quieren. De todos modos nosotros vamos a tener que rajar de aquí.”

Mi marido entró sin esperar más por la puerta de alambre, volviese y me dijo:

“-¿No has oído?”

Aún no sabía que pretendía el que yo hubiera oído, porque el sueño, el cansancio, el dolor de las piernas y el hambre ya me estaban venciendo.

Supe después que Odiseo no llego a golpearse. El me lo arrancó de los brazos antes de que me cayera, no se si desmayada o dormida, porque no sentí nada.

 

Odiseo

 

A mitad de camino entre su rancho y el río, Odiseo vio venir el carretón del Panadero, y entonces echó a correr y levantó al mismo tiempo una mano para responder al alegre saludo que le brindó el repartidor desde el carruaje. Sonriendo con picardía, el hombre trataba de apurar al caballo, en tanto echaba miradas de reojo hacia donde corría Odiseo. Era evidente que el niño procuraba adelantarse al carretón, y que el Panadero, a su vez, trataba de llegar primero a destino. Aunque se hallaba casi a la par, el camino que debía recorrer Odiseo era más directo, pero el conductor tiró repentinamente de la rienda izquierda y apartóse de la huella para atravesar el campo al sesgo y ganar terreno. Restablecida la dirección, aligeró el trote del malacara con un chistido y una caricia de las riendas. La pugna se hizo dramática porque Odiseo se había dejado estar, calculando que el Panadero seguiría por la huella. Odiseo corría a todo lo que daban sus piernas. El carretón ahora ya casi emparejaba su línea, y a partir de entonces correrían de igual a igual hasta la costa. Odiseo ya no podía andar más rápido y solo unos pasos atrás resoplaba el malacara, pidiéndole rienda a su amo. Faltaba muy poco para llegar a la orilla y Odiseo aseguró su triunfo en el último esfuerzo, sabiendo que el Panadero no tardaría en verse obligado a sujetar o que el caballo, ante la inminencia del agua, disminuiría espontáneamente el trote. Llegaron, y Odiseo se arrojó en la arena, fatigado y contento.

-Me ganaste esta vez -dijo el Panadero.

-¿Por qué lo apura tanto al malacara, si hoy es domingo?

-Ah, porque hoy tengo apuro. ¿Cómo, y vos no votas?

-Cuando sea grande.

-Vos ya sos un hombre –dijo el Panadero, y de un salto estuvo en el suelo-, lo único que te falta es edad. Hay muchos que votan y no saben por que lo hacen; son más criaturas que vos. Es decir, se creen muy hombres porque cambian el voto por un rial y un zoquete.

Odiseo lo escuchaba sentado en la arena. El Panadero calló, se quitó la blusa y se arremangó los pantalones hasta la rodilla. Después se quitó la camisa y las alpargatas negras y se acordó repentinamente de algo; subió al carretón y desde el fondo extrajo un envoltorio.

-Toma –dijo-; podes comer mientras desato. De todas maneras es temprano.

Odiseo recibió el paquete en silencio, y el hombre, que parecía no haber esperado otro trato, se desentendió inmediatamente del niño y empezó a desatar el malacara sin ningún apuro. Todo esto lo hicieron como entendidos de antemano, hasta que Odiseo, sin más ceremonia, se puso a devorar una telera larguísima de pan, sin apartar los ojos, mientras tanto, de dos tortas de azúcar negra. La callada comunicación establecida hacía un momento entre los dos pareció quebrarse con este hecho, y el Panadero lo advirtió. Después que los arreos del malacara quedaron en prolijo montón sobre la arena, el Panadero se acuclilló junto a Odiseo y se puso a armar un cigarrillo.

El Panadero era un hombre flaco, de cara chupada y pelo renegrido y lacio, chuciento. Tenía un mentón fuerte y decidido, acaso por la escasez de carne y la tirantez de los músculos. Al hablar ceceaba de una manera rara, como si gustara de las palabras y finalmente se las tragara en vez de decirlas. Hablaba como para adentro, sin necesidad de mover ni mucho ni poco los labios, que por los finitos hacían juego con toda su persona. El ceceo prestaba a su conversación un aire infantil, bondadoso, y parecía que la lengua se le pegaba al paladar. Después de un párrafo más o menos extenso que pronunciaba sin que se le escapara un solo movimiento de la boca, resumía lo dicho frunciéndola para tragar saliva, pero en realidad parecía degustar el manjar de palabras que había engullido. Se diría que a despecho de su profesión, estas constituían el único alimento de su esquelética y magra anatomía.

-No te apures, comé tranquilo –decía, tratando de dar a su voz la onomatopeya de la lentitud y el ritmo de la tranquilidad, al par que buscaba la mirada del niño, a quien el hecho de comer parecía ensimismarlo. Luego de una pausa reflexionó:

-Esta bueno. Así que pensas votar cuando seas grande. Vos sos un hombre; te hace falta la edad. Seguro que no serás, cuando votés, de esos que le venden la libreta a cualquiera y andan por los corralones detrás del rial y de la tumba.

Odiseo no sabía si negar o asentir, y recurrió, tratando de conformar a su amigo, a los más variados y elocuentes movimientos de cabeza, porque tenía la boca llena de pan y preparada en una mano la primera torta de azúcar negra.

El hombre fumaba y Odiseo comía acosado por una extraña urgencia, con prisa y temeroso a la vez de que se terminaran, junto con lo que comía, todos los alimentos del mundo. Tragaba como un perro vagabundo, rodeado por hambrientos camaradas. Miraba hacia uno y otro lado, temiendo una acechanza o como si el tiempo que le restara vivir no le alcanzara para terminar con el pan y con las tortas negras. Viéndolo tragar, diríase que el comer no fuera ya una costumbre mecanizada de sus músculos, sino un producto reflexivo y trabajado de su pensamiento. Comía con conciencia, con patética y suprema conciencia.

El Panadero, acuclillado junto a Odiseo, pitaba el armado, y desde el fondo de sus profundas y huesudas órbitas, dos ojillos retintos, maliciosos y perdonadores miraban hacía el infinito, ocultando un sentimiento de piedad, temeroso de avergonzar al niño.

Se cernía sobre ambas figuras, queriéndolas, envolviéndolas en fino tul de rosada y flamante luz, el silencio de la mañana junto al río. El caballo, liberado de los arneses, ensanchaba las narices y resoplaba en dirección a la orilla, no con sed, sino percibiendo ese secreto aroma del paisaje que solo los caballos son capaces de oler y que parecía provenir del reflejo de las aguas. El Panadero se puso de pie, acercándose al animal y lo palmeó.

-Malacara –dijo, no como se le habla a un caballo, a un perro y ni siquiera a un hombre, sino como a un niño-. Este si que es un amigo –agregó.

Durante un segundo Odiseo dejó de masticar.

-Já, un caballo –pudo decir con la boca llena.

-Si, señor: un caballo.

-Amigo. Tal vez no más.

El Pandero seguía acariciando con su diestra las crines del malacara. Sonrió, meneo la cabeza y chupó a fondo el cigarrillo. Después dejó el caballo y regresó junto al niño, que engullía el último pedazo de torta. El Panadero se sentó en la arena junto a él.

-Para el animal –dijo el Panadero-, el hombre es como un dios. Y ese dios puede ser bueno o malo, puede darle de comer o dejarlo que se muera de hambre, puede acariciarlo o matarlo a palos. ¿Y vos te crees que el caballo no lo sabe? Este caballo me conoce muy bien, me conoce mejor que mucha gente. Un panadero es un panadero. Yo llego a una casa, entro sin llamar con la canasta y dejo el pan en la cocina. Todos los días, igual. La gente me mira, pero no piensa en mí, como no piensa en el hombre que le fabricó los zapatos que se pone el domingo y como no piensa en que ordeño la leche que bebe. ¿Sabés como pensaría en mí, en nosotros, y nos tendría en cuenta y nos consideraría? Se un día dejásemos de hacer lo que hacemos y le dijésemos: “Bueno, ahora trabajen ustedes”. Si un día yo dejara de llevarles el pan, se acordarían de que hay un hombre que es el Panadero, que tal vez tiene mujer, hijos y todo lo demás. ¿Vos sabes lo que es una huelga? –Odiseo meneo la cabeza-. No lo sabes, claro… Una huelga es cuando los obreros, los que trabajan y producen, dejan de trabajar.

-¿Y por qué?

-¿Por qué? Porque sí. Porque necesitan más jornal y mejores condiciones para trabajar.

Odiseo había terminado de comer y lo miraba silencioso, pero no atento, sino como abstraído en su propia digestión o rememorando nostalgioso el sabor del pan y el de las tortas negras. El Panadero entendió de golpe que Odiseo no podía comprender una charla social dicha en esos términos, y por eso acabó allí su conferencia, se puso de pie y dijo:

-Bueno, ahora a trabajar. Primero el malacara.

En su respeto por el mundo de los vivos, la bondad del Panadero no establecía diferencias entre hombres, niños o caballos; y no era que repartiera entre todos equitativamente o dando a cada cual según sus condiciones de racionalidad, sino que a todos –animales o gente- les entregaba íntegro el inagotable y fluyente chorro de su ingenua pureza, hecha no solo de palabras. El Panadero era así un verdadero maestro en el arte de curar perros derrengados. Su casa, constituía un verdadero hogar de tránsito de gatitos abandonados en la zanjas de la Calle Ancha, de esos que las señoras del centro mandan arrojar encerrados en una bolsa. Era sigiloso y pulero en la tarea de robarle a su mujer ropas no tan viejas ni inservibles como él creía, para regalárselas a Taco, a Balín o a cualquier otro “pobre”; y en cuanto a su buenazo anarquismo, nos faltaría escuchar aún su párrafo final, relativo a las huelgas “chicas”, preparatorias en realidad de la huelga “grande”, esa que anunciaría victoriosa y reivindicatoria la obtención de los derechos proletarios, sin exclusión del poder político.

Odiseo se apoderó, solícito, del cabestro y el Panadero comenzó a bañar el malacara echándole baldazos de agua en el lomo. Después lo cepilló hasta dejarlo brillante. El caballo, aunque con cierta nerviosidad en los garrones que lo hacía temblar, se sometía con placer a la seguidora maniobra de su amo. Bajaba y alzaba alternativamente las orejas y movía la cabeza a capricho, consciente de la satisfacción que le proporcionaba el masaje del cepillo.

-Malacara –le susurraba de tanto en tanto el Panadero, y el caballo le respondía insinuando un relincho que acababa en fuertes resoplidos y en emisiones de una baba espumosa y lánguida que con frecuencia iba a dar en la cara de Odisea. Esto se limpiaba entre molesto y risueño en el antebrazo. El Panadero comentaba:

-Es baboso como un gurí, ¿te das cuenta?, pero no tiene madre que le limpie los mocos. A ver, Malacara –le decía e insinuaba sus manos por las nerviosas verijas del animal.

El caballo quedó limpio; ya se encargaría el mismo de secarse, revolcándose en la arena.

El hombre y su pequeño ayudante acercaron el carretón al río hasta que las altas ruedas penetraron en el agua. Odiseo con un balde y el Panadero con otro, lavaron el carretón de arriba abajo hasta dejarlo inmaculado. Bromearon mientras trabajaban. Haciéndose el distraído, el Panadero salpicaba con agua a Odiseo y este lanzaba una risotada. (Otro rasgo de la bondad del Panadero era su maestría innata en hacer reír a los niños). Odiseo amenazaba con un gesto a su imperturbable amigo mayor, pero no se animaba a devolverle la broma. El hombre sonreía.

Cuando hubieron terminado de lavar el carruaje dijo el Panadero.

-Espérame un rato. Vigila al Malacara.

Aléjose unos metros por la costa hasta llegar debajo del puente, ocúltese detrás de unos pilotes de madera y se quitó la ropa que le quedaba puesta. Como Dios lo echó al mundo, arrojóse al agua y nado hasta la otra orilla. Enseguida emprendió el regreso, pero se detuvo en el medio del río y allí dio unas cuantas zambullidas. Odiseo lo miraba gozoso. El hombre ejecutaba cabriolas en el agua, Odiseo reía cada vez que el Panadero se sumergía en la corriente y sólo dejaba asomar sus piernas flacas y blanquísimas, moviéndolas a la manera de un ciclista.

-¿Esta fría? –le gritó Odiseo.

-¿Qué?

-¿Esta fría el agua?

-No. Esta linda.


 

Capítulo III

 

La Madre

 

No sé, no recuerdo si cuando desperté del desmayo o del sueño, los cuatro muchachos del rancho ya se habían ido o si desaparecieron después. Lo cierto es que durante mucho tiempo no los volví a ver. Hasta que un día…

 

Odiseo

 

Recogió las dos monedas de veinte centavos que habían quedado como olvidadas en la arena y las tuvo en la mano durante un buen rato. Miró hacia el carretón que se alejaba y lo siguió con los ojos hasta que se perdió en la primera curva del camino para ingresar en el rancherío del “barrio de las ranas”, y aún así quédose mirando en esa dirección, fijo los ojos en un punto, donde se retrataba la imagen del Panadero, sonriéndole, hablándole misteriosamente del caballo, del reparto, de huelga y de otras cosas que no entendía muy bien, haciéndose el descuidado y salpicándolo mientras lavaba el carretón.

Odiseo, con esa mirada, trataba de expresar un sentimiento parecido a la amistad, propio de los niños, cuya calidad gratuita y un poco abstracta no vuelve a repetirse, no ya en la vida del hombre, sino en la propia niñez. Caminando ahora por la ribera, la imagen del repartidor no lo quería dejar; él mismo no intentaba borrarla y prolongaba casi a voluntad la caricia tibia, de adentro, que le prodigaba esa imagen que iba en su alma como van aún los puntos más lejanos y brillantes del paisaje en el reflejo del agua. Ya no recordaba sino como una música o una luz las palabras de su amigo. Al caminar dejaba hundir sus pies en la arena, tomando conciencia no del hecho sino de los pensamientos coincidentes. Que no eran pensamientos, pero si el retrato móvil y animado del Panadero, de su caballo y de su carretón, a los que se agregaban las dos monedas de veinte centavos que apretaba en la mano izquierda y acariciaba antes de meterlas en la bolsita de género.

Siguió en este estado caminando junto al agua, cediendo a los caprichos de la orilla, hasta que llegó a un lugar donde terminaba la playa y la ribera se elevaba suavemente hasta convertirse en una discreta barranca, pues en esa época –últimos días de verano- el río se hallaba por debajo de su nivel.

Entonces oyó que alguien lo llamaba por su nombre, y al instante, volviendo el rostro, se dio cuenta de que había pasado junto al Pescador sin verlo. Tampoco había escuchado el canto de un jilguero posado en los hilos del telégrafo que atravesaban el río, y ahora lo escuchaba, tanto que esa fue –más que la voz y el llamado del Pescador- la señal de su vuelta a la realidad.

Los pensamientos precedentes acerca de las dos monedas de veinte centavos que aún no había guardado en la bolsa desembocaron en el recuerdo de la Madre, desde que tales monedas –y todas las que juntaría en el resto del día- serían para ella. Tal era su modo de valorizar y amar el dinero. El dinero era feo y poco gracioso; no servía para jugar ni para comer. Relacionado con la madre; en cambio, se incorporaba al mundo de ella, como la batea de lata y el agua jabonosa que el utilizaba para sus torres. Desde ese mundo de la Madre provenían diversos dones, que él, directamente, aún utilizando monedas recolectadas en su diario periplo, no se hubiera atrevido a aspirar. No hubieran tenido el mismo gusto ni el mismo aspecto las cosas que, aún pegándolas él, no provinieran de la Madre, como no hubiera sido la misma un agua jabonosa que no proviniera de la conocida batea de lata.

Caminó aún dos metros más, pero ya no distraído, sino para esconder con disimulo las dos monedas en la bolsita de género. Volvió sobre sus pasos. El Pescador ya no lo miraba, sino que de rodillas, junto a la canoa encallada en la arena, encarnaba los anzuelos en un espinel. Visto desde lejos, el hombre no parecía trabajar, sino meditar u orar en algún extraño idioma silencioso o ejecutar un rito hacia cierto dios de abajo, subterráneo y profundo.

Odiseo se acercó y esta vez fue el Pescador quién no oyó o fingió no oír los pasos del niño, y cuando este se detuvo a su lado, no hizo un solo movimiento más de los que necesitaba para encarnar los anzuelos. Tampoco levantó la vista, pero era evidente que sabía que Odiseo estaba allí; y Odiseo, por algún gesto absolutamente secreto y perceptible solo por el, o tal vez por algo más misterioso aún, sabía que el Pescador sabía que estaba allí, hermanado a él, rodeados ambos por un halo de ardiente silencio, como si ellos y no el río fueran el centro de gravedad del paisaje, donde la luz matutina se concentraba y distribuía.

Odiseo espero que el hombre terminara de encarnar.

 

La Madre

 

…llegó el vigilante y golpeó las manos. No era un vigilante vulgar, según creo, porque llevaba unos galones en las mangas. Cuando lo vi pensé en mi marido. Antes de llegar al alambrado a atenderlo tuve tiempo de pensar fugazmente acerca de él, de la vida que llevábamos hacía no se ahora cuanto tiempo. Debieron ser pensamientos muy rápidos, porque desaparecieron no bien llegué a la puerta, y desde la batea al alambrado no hay más de veinte pasos. Esos pensamientos, no obstante su fugacidad, fueron muy intensos e iluminaron mi conciencia. Ante el peligro –imaginario o real- que representaba el policía detenido en nuestra puerta, me pareció que toda mi vida y la de los míos se agolpaba en ese instante con una lucidez y con una claridad desconocidas. Hasta ese día había seguido a mi marido como un perro sigue a su amo, tal como me había unido a él o pariera a Odiseo, sin habérmelo propuesto yo misma. Me pareció que hasta el momento en que vi al policía en la puerta, las cosas buenas y malas de la vida, y sobre todo las que se relacionan con mi marido, me habían llegado de afuera, sin que yo hubiera tenido oportunidad de elegirlas o acarreármelas; me habían llegado, simplemente, como le llega la lluvia o un granizo a un linar, para regarlo o destruirlo.

No se si alguna vez seré capaz de decir estas cosas que pienso o que, mejor dicho, recuerdo. En cambio se muy bien que fueron esas y no otras las que pensé en el trayecto que media entre la batea y el alambrado.

Mientras se acercaba a la puerta no traté, por miedo, de estudiar la cara del policía. Recordé de improviso, en medio de dos ideas, que mi marido les tenía rabia a los policías, que les llamaba “moros” en forma despectiva. Me replegué en esos pensamientos, como si con ellos intentara protegerme y proteger al mismo tiempo a Odiseo. Todo eso terminó cuando estuve a dos pasos de la puerta. Olvidada o abandonada de golpe por mis reflexiones, quedé como desamparada frente al hombre, mirando al suelo, sin atreverme aún a enfrentar su cara.

Pienso ahora de que si el trayecto hubiera sido mayor, quizá esos pensamientos, desarrollados convenientemente, me hubieran servido de algo. Después de eso he seguido viviendo, en apariencia, como hasta entonces. En realidad, si algo ha cambiado en nuestras vidas, ha sido para empeorar las cosas. He influido tanto o menos que hasta ese día en nuestro destino. Sin embargo, hay una diferencia que consiste en haber sido desde entonces consciente de lo que sucedía a mí alrededor, y si lo he aceptado, ha sido también de manera distinta. La cercanía del hombre uniformado pareció quitarme todas las fuerzas necesarias para actuar, aconsejar o imponerme a la voluntad de mi marido, pero no ha podido quitarme la facultad de pensar y de advertir mi propia debilidad.

Lo cierto es que ya estaba a un metro del policía, alambrado por medio, y que habiéndome abandonado las justificaciones que traté de inventar, tanto más inconscientes cuanto que aún no sabía de que nos acusaba, me sentía frágil y desvalida ante el.

Desde entonces he supuesto que esas cosas que se me ocurrieron en forma tan repentina y como despertadas por el llamado del agente eran muy importantes para mí; tanto que si lograba tenerlas conmigo, sería fuerte, decidida, corajuda; si las olvidaba, en cambio, sería débil, indefensa y cobarde. Esos pensamientos, que no me protegieron contra la miseria y la necesidad, ¿de que me han servido? No lo sé. Parece que pensar y darse cuenta al mismo tiempo de que se piensa no sirviera para nada. Quisiera poder llegar a una conclusión y saber que es lo verdadero, justo y conveniente para los míos y para todos los demás como nosotros. Pero aún sabiéndolo, creo, no habría llegado muy lejos, y aún algo faltaría.

Esto era otra cosa.

Recuerdo que una vez, poco después de haber llegado a Gualeguay, es decir, después de las elecciones (que fue lo que me llamó la atención) vinieron a casa dos hombres. El uno era viejo pero no enclenque, sino erguido y hasta parecía ágil. Andaban a pie y el viejo caminaba con paso decidido. El otro era joven, alto y llevaba anteojos. Después supe que el viejo se llamaba Olegario y que trabajaba de carpintero. Tenía un tallercito en su propia casa. Poco después me enteré también de que el joven de anteojos lo había detenido la policía. No supe más de ellos, pero algunos vecinos les recordaban porque visitaron casi todos los ranchos de las tierras blancas. Llegaron a casa como a todas partes, hablaron amistosamente con todos y tomaron mate. Angélica se extrañaba de que siendo políticos anduvieran después de las elecciones y que no repartieran plata o alguna otra cosa. A mí en cambio no me parecieron políticos, aunque al principio hablaban de las elecciones. Al contrario. Recuerdo que se burlaron y hablaron desdeñosamente de los corralones, de la taba y del asado con cuero. De esto último no como tal, “-A mí me gusta mucho” –dijo el más joven, sino como regalo electoral o como señuelo para reunir gente que se emborrachaba y vendía su libreta a los caudillejos del pueblo. Dijeron que ellos tenían otra idea acerca de la política y de las elecciones.

“-Las elecciones –dijo el más joven- no cambiarán la suerte de ustedes. Gane quien gane –dijo-, ustedes serán siempre pobres”.

“-¿Ustedes? –Pregunté- ¿Quiénes?”

“-Todos ustedes, los que viven en este rancherío, y en todos los rancheríos de la provincia o del país.”

Eso y muy poco más es todo lo que recuerdo de aquella conversación. Pero don Olegario recomendaba a los pobres de las tierras blancas que nos juntáramos para resistirles a los políticos coimeros, a los estancieros y a los ricos. Formaban parte de un partido de pobres o algo así, en el que los mismos pobres eran candidatos a gobernar. En fin, de todo eso saqué una cosa en limpio (digo saqué porque mi marido no estaba en casa, y quién sabe lo que el hubiera pensado): mi suerte a la de los míos estaba ligada a la suerte de todos los miserables que nos rodeaban, y que en tanto ellos no mejoraran, tampoco mejoraríamos nosotros. Esta idea al principio me pareció un poco extraña. No podía comprender que teníamos que ver nosotros con los demás. Sin embargo, iluminada por las palabras de aquel viejo, me fui dando cuenta poco a poco de lo parecida que era nuestra pobreza a la de los demás, y que entre todos nosotros había un raro parentesco, no de familia, sino de condición. De esa conversación, en una palabra, aprendí a decir nosotros, no para referirme solamente a mi marido, a Odiseo y a mí, sino a todo el vecindario, y aún más, a todos los pobres que hubiera en el mundo, aunque no los conociera.

Parece mentira, pero todo eso, que había aprendido hacía ya tiempo, solo me di cuenta de que lo sabía después que vino el vigilante a casa. No hay mal que por bien no venga.

El hombre me preguntó como me llamaba y que estaba haciendo ahí. Le dije mi nombre sin mirarle a la cara, y solo cuando señale la batea para mostrarle que no hacía nada malo, sino que lavaba los trapos de Odiseo, me atreví a levantar la vista.

“-¿Y los muchachos?” –preguntó.

Antes de contestar vi que por las tierras blancas venía mi marido y que se apuró al ver al vigilante.

“-Ahí llega mi marido” –le dije.

Yo volví a mi lavado, y puedo decir que hasta ese momento, salvo la nerviosidad, no me afligía ninguna inquietud, pero de repente me acordé de Odiseo y corrí, entré en el rancho y lo tomé en brazos dispuesta a no separarme de él ni siquiera a la fuerza. Desde adentro podía escuchar el rumor de la conversación que sostenían mi marido y el agente; hablaban con serenidad, así que me tranquilicé del todo, pero cuando los vi entrar juntos al rancho, no supe que hacer de miedo, salvo apretar a Odiseo hasta que el pobrecito se despertó a los gritos.

“-No están –decía mi marido-. ¿No ve que no están? ¿Dónde piensa que los puedo tener escondidos? Además…

“-Yo tengo orden. Vea doña Domitila…”

“-Sí, ya me lo había dicho” –dijo mi marido.

“-Muy bien, entonces, ¿aquí no hay nadie más que ustedes tres?”

“-Nadie más” –dijo mi marido.

“-Muy bien. Me van a tener que acompañar.”

“-Acompañar –dije yo ¿Adonde?”

“-A la Jefatura –dijo el vigilante-. Y en marcha. Usted puede llevar al chico, si gusta.

“-¿Y con quien lo iba a dejar, si no?”

“-Eso es cosa suya. Adelante.”

Mi marido y yo con Odiseo en brazos salimos del rancho seguidos por el agente.

¿Así lo habrán llevado preso al muchacho de anteojos? No. Me contaron que muchos policías llegaron de noche a su casa y entraron de sopetón cuando todos estaban dormidos. Dicen que se lo llevaron encadenado y que después retiraron de la casa varias bolsas llenas de libros. Dicen que los libros los mandaron a Paraná y que allá los quemaron. ¿Estarían en esos libros las ideas que expusieron en mi casa y en otras don Olegario y el muchacho? Tuve ganas de preguntarle al agente por que habían detenido a ese mozo. No tenía cara de ser un delincuente. Por otra parte, ¿Qué podrían andar buscando por el rancherío de las tierras blancas, que no fuera lo que nadie quiere: pobreza, miseria, necesidad?

Por nosotros, en cambio, había un motivo: “Pensándolo bien, me dije, no es nada extraño que se nos lleve presos. Ya hace unos meses que estamos viviendo en este rancho que aún no sabemos de quien es, pero que no es nuestro. Somos intrusos, pensé, y quizá los muchachos que encontramos el día de nuestra llegada nos engañaron”.

“-No te asustes –me dijo mi marido mientras caminábamos en dirección a la Jefatura-, busca a los muchachos. ¿Te acordás?

“-Sí”.

“-Y bueno. ¿Nosotros que sabemos de esos sabandijas?”

“-Y el rancho –le dije-, ¿nos quitarán el rancho?”

“-No faltaba más”.

Entramos por una puerta ancha donde había un agente de guardia y fuimos a dar a un patio con galería. Al fondo había una reja, y detrás de ella se paseaban algunos hombres barbudos y más harapientos que nosotros. Parecían animales enjaulados. Me pregunté si al muchacho de anteojos lo habrían tenido encerrado detrás de la reja como a aquellos hombres.

En el medio del patio se elevaba una palmera gigantesca y se extendía a su pie un cantero sin flores, cubierto de gramilla crecida. El agente nos condujo hasta una habitación pelada, donde sólo había unas cuantas sillas junto a las paredes,

"-Tomen asiento y esperen" -dijo.

Odiseo, por suerte, con el vaivén de la caminata se había dormido, y fue notable cómo eso me tranquilizó, porque en tales circunstancias hubiera sido un verdadero inconveniente que el chico llorara. Se me ocurrió que el estarse callado mejoraba nuestra situación, y, fuera quien fuera la persona o autoridad de quien dependiéramos, impresionaría mejor un niño silencioso y bueno que no malo y llorón. Pobrecito.

Pobre mi Odiseo. Ahí pasa de vuelta el carretón del Panadero, y va limpito y brillante como si lo hubieran pintado. Este panadero es un buen hombre y me resulta simpático. Según me dijo una vez, él es amigo de don Olegario y del mozo alto.

"-Nos tuvieron una noche encerrados -me dijo-, pero con eso no conseguirán que dejemos de luchar juntos, aunque no esté del todo de acuerdo con las ideas de don Olegario."

No he podido llegar a saber cuál era su discrepancia con el viejo carpintero. Sin embargo, parece que el panadero propiciaba una especie de huelga grande. Yo le pregunté en qué forma podría participar yo en esa huelga, no teniendo oficio ni trabajo, lo mismo que mi marido y casi toda la gente del rancherío. Me contestó algo como que la huelga no la haríamos nosotros, sino los obreros de Buenos Aires y de otras ciudades grandes.

"-¿Y nosotros?" -le dije-.

El panadero me miró de un modo raro. Me pareció que le molestaba y que no comprendía muy bien mi intromisión en el asunto de la huelga. Yo, verdaderamente, no era que me quisiera mezclar en cosas que no eran mías, pero de acuerdo con lo que habían hablado el muchacho y don Olegario, las mujeres como yo también teníamos un lugar en esa lucha contra los políticos, los ricos y los estancieros. Me pregunto a veces, si el Panadero no tiene razón. En realidad, ¿qué podríamos hacer nosotros, unos hambrientos, desarrapados e ignorantes? A pesar de todo, las palabras del viejo no fueron erradas. Nadie ha hecho nada por nosotros, ni hará, si no lo hacemos nosotros mismos. Y así era. Salvo durante las inundaciones, nadie se acordaba de los que vivíamos en estos andurriales,

No, no lloraba Odiseo; dormía tranquilamente, y yo rogaba a Dios que permaneciera así durante todo el tiempo que debiéramos estar en la Jefatura.

De tanto en tanto, alguien, que debía ser un empleado, atravesaba la habitación, pero no le llamábamos en lo más mínimo la atención y ni nos miraba siquiera. Otros empleados pasaron después, cerca de nosotros, y al igual que el primero, no se molestaron en saludarnos. Yo trataba de sonreír cada vez que alguien entraba, pero era inútil; a ninguno de los que pasaron parecía importarles un comino de nosotros. No se me ocurrió -y de habérseme ocurrido no sé si me hubiera animado- hablarles, pero tengo la impresión de que ni hablándoles hubieran contestado.

"¿Los elegirían así?", me pregunté. Por fin me olvidé de ellos, y después creo que yo tampoco les hacía caso cuando pasaban.

El niño se portó bien, por suerte, y aunque fuera doña Domitila la responsable de todo, es decir, no la responsable sino la no-tutora de los muchachos, pero sí la que había quedado con ellos por encargo de quienes quiera fueran sus padres (puesto que nadie lo sabía, ni el Comisario de Ordenes, y menos nosotros que éramos recién venidos), era evidente que Odiseo, mi marido y yo ocupábamos el rancho en ese momento, y era conveniente, pues, que el gurí no llorara.

Por suerte no lloraba y no lloró tampoco cuando uno de csus empleados medio fantasmas nos dijo:

-“Pasen”.

Los tres entramos en una habitación bien distinta, donde lo primero que vi fue un mapa colgado y después muchos muebles, un escritorio y detrás del escritorio, de pie, un hombre bajo, de bigote negro, retorcido a la antigua. Usaba anteojos, pero no como los del muchacho alto, que eran grandes y de armazón oscuro, sino chiquititos y sin armazón ninguna, ajustados a la nariz y con una especie de cadenita que se le enganchaba en la oreja izquierda.

-¿Quiénes son ustedes?" —dijo el hombre con autoridad, antes que termináramos de saludar.

Mi marido se las arregló para tragarse oí saludo y decirle en el menor tiempo posible quienes éramos, como habíamos llegado a Gualeguay y por que estábamos en el rancho, contestando a las preguntas subsiguientes del bigotudo.

Yo trataba de poner toda mi atención y de no perder un solo detalle del diálogo, pero era inútil: me distraía pensando que Odiseo podía despertarse en cualquier momento, ponerse a llorar y, de alguna manera, echarlo todo a perder. Fue entonces cuando escuché, en medio de las palabras, por segunda vez, el nombre de doña Domitila. Lo advertí porque al mencionarse ese nombre me di cuenta de que mi marido se envalentonaba y que ya no le hablaba al hombre de anteojos con temor, sino con cierta arrogancia. El hombre, por su parte, no parecía haberse conmovido en lo más mínimo por el relato de nuestros infortunios: la pérdida del campo, a vida a la intemperie. Se veía que estaba acostumbrado a esa clase de confesiones y que lo nuestro se parecía mucho a algo que ya antes había escuchado con frecuencia.

“Ah –dijo mi marido-, entonces ella les avisó y ustedes no fueron”.

-“No, no fuimos –contestó el bigotudo, luego pareció dudar, pero agregó- no disponíamos de personal, porque ella denunció el hecho justamente el día anterior a las elecciones. Pero no importa. Ya daremos con ellos. Y a propósito: ¿Votaste?”

Yo volví a atender porque me pareció que con esa pregunta el comisario ganaba terreno y volvía a su tono autoritario, en tanto que mi marido se achicaba; pero el muy ladino no respondió, ni de lejos, a lo que se le preguntaba, sino:

“-El Juez de Menores podría…”

-“El señor Defensor –dijo el otro, caso con prepotencia-. ¿Y por quién votaste?”

-“Yo hubiera votado…”

-“No votaste”.

-“No, señor. Como le decía, somos de Gualeguaychú.

-“Teníamos como llevar gente a Gualeguaychú. Seguro que has de ser medio tararira”.

-“Que esperanza, mi comisario; pero hablando de otra cosa, es una verdadera lástima que esos muchachos hayan quedado tan enteramente abandonados, y más allá que si doña Domitila les había dicho que se marcharan”.

Era evidente que mi marido se aferraba al tema de los muchachos, como si ellos hubieran de ser también esta vez nuestra salvación. Resultaba claro, a su vez, que al comisario no le convenía que se hablara de ellos y que en cambio procurara desviar la conversación hacia el tema de las elecciones pasadas y al voto de mi marido, pero antes de que el hombre tuviera tiempo de contestarle entró un empleado y se secreteó con él. Me pareció que la llegada del empleado fue muy oportuna, porque con seguridad las últimas palabras de mi marido no hubieran sido del agrado del comisario. Ahora creo que no las escuchó, no tanto porque no le convenía escucharlas como porque simplemente no podía atender dos cosas a la vez.

 

Odiseo

 

Y un minuto antes de que el último anzuelo estuviera encarnado con el último trozo de bagre amarillo, Odiseo en la canoa, instalado a popa, empuñaba la pala, como un soldado empuñaba su arma a la espera de una orden.

 

La Madre

 

Y así fue: el empleado terminó de hablar, siempre en voz muy baja, y sin esperar ninguna respuesta se retiró por donde había entrado. El comisario se quedó pensando y tardó un buen rato en volver a nosotros, así que cuando lo hizo, probablemente ya no recordaba las últimas palabras de mi marido, o quizá ya nuestro asunto no le interesaba tanto, porque dijo:

-“Bueno, pueden irse nomás… Este… Ah, y acordate que la próxima vez me voy a ocupar yo personalmente de que votés ¿estamos?”

“-Sí, señor comisario –dijo mi marido-, y por lo que se refiere a los muchachos –agregó con sorna-, fuera de lo que ya le he dicho…”

El comisario hizo una seña como para no escuchar más, de modo que mi marido no tuvo más remedio que abrir la puerta. Del otro lado, como si hubiera estado escuchando, esperaba el agente que nos trajera, y el mismo nos acompañó hasta la puerta de calle.

Salimos, pero yo, que me había quedado sin saber lo principal, cuando hubimos caminado una cuadra le pregunté a mi marido:

“-¿Y los muchachos? ¿Qué será de ellos?”

“-Nadie lo sabe –me contestó-, ni la policía lo sabe. Para eso nos trajeron. ¿No te diste cuenta?”

“-Yo no hubiera dicho nada aunque supiera”.

“-Ni yo”.

“-¿Y doña Domitila? ¿Quien es?

“-Ah, una vieja. Ella los cuidaba”.

 

Odiseo

 

Odiseo se iba con la pala en la mano, pero casi no la utilizaba, porque el Pescador, acuclillado a proa, ataba las brazoladas con carne en la madre del espinel y ello era suficiente para desplazar la canoa y detenerla un breve instante por cada piola que anudaba en la madre. Ambos conocían el oficio, de modo que no necesitaban hablar y parecía que se complacieran en trabajar callados. De vez en vez, un leve movimiento de cabeza le bastaba al Pescador para indicarle a Odiseo que diera un ligero golpe a pala a fin de aminorar la presión de la corriente sobre la canoa y la de esta sobre el espinel.

Hacia rato que el sol se había elevado sobre el horizonte. La mañana ya hecha era brillante y la jornada prometía calor.

No bien el Pescador anudo la última brazolada cerca de la orilla opuesta, Odiseo comenzó a palear de regreso, trayendo la canoa sesgada para oponerla a la fuerza de la corriente. Seguían sin hablar, y ambos parecían acostumbrados a ese trato. Se diría, no obstante, que una secreta pero elocuente comunicación los unía bajo el poderoso y brillante día de marzo, como si el silencio fuera el medio elegido para entenderse y ayudarse mutuamente, así como el sol y el agua se ayudaban en silencio para hacer las nubes, y como los jugos de la tierra, en silencio, elevan al cielo árboles y pájaros. Odiseo y el Pescador eran en ese preciso instante dos seres naturales, dueños de ideas simples, certeras y limpias, que les servían para ejecutar movimientos de probada eficacia, sencillos, y tan antiguos como la necesidad que el hombre tenía de ellos.

Navegaban, pues, de regreso, y la canoa se deslizaba dulcemente sobre el agua tranquila y agraciada por una imperceptible brisa del sur. El niño remaba con suma habilidad al punto de que sin esfuerzo aparente le daba a la embarcación, pese a su liviandad, la poderosa y serena gallardía de la marcha regular e indeclinable contra la corriente. El Pescador iba de pie en el centro de la canoa, con la vista clavada en el lugar de la ribera donde iría a encallar. Odiseo miraba hacia el mismo punto, pero de tanto en tanto miraba también al Pescador, buscando al parecer una tácita aprobación para su conducta con el remo. El hombre seguía inmóvil y estático, aunque no podría decirse que indiferente a la maniobra del niño, como si con ese gesto le concediera a su joven amigo el recóndito orgullo de llevar derecha una canoa y del bizarro esfuerzo que suponía no desviarla un milímetro del punto de mira, quedando detrás el surco y la prueba de esa guapa rectitud. Ese parecía ser el ejemplo que emanaba de la figura estatuaria del Pescador con la misma simplicidad y sencillez que pudiera emanar de su voz, puesto que uno podía imaginarla, no ya en su calidad sonora, sino como baquiana expresión del oficio de extraer del río el sustento. Odiseo parecía haber recibido cotidianamente esa lección sin palabras, no trasmitida de maestro a discípulo, ni de hombre a hombre, sino de ser humano experimentado en el ejercicio de ganar el pan (que en el caso del Pescador parecía equivaler al ejercicio de una dignidad) a otro con menos experiencia (dignidad), pero con iguales posibilidades de adquirirlas.

Durante el resto de su vida –ese viaje de un día- sería patente en Odiseo la influencia de su amigo el Pescador, así como la del Panadero.

Puede decirse que cuando alcanzaron la costa, o sea cuando llegaron exactamente al punto de mira o hubieron trazado la recta que ambos se habían propuesto, ya Odiseo había vivido lo suficiente como para que tales influencias se le tornaran decisivas, y, sin saberlo, se aferrara a ellas con la misma suavidad tenaz con que las patas de un pájaro se aferran a la rama elegida.

 

 

Capítulo IV

 

Odiseo

 

Y otra vez el hambre.

Otra vez el hambre, y es como decir: otra vez la mañana, el atardecer, el mediodía. Otra vez la primavera.

Otra vez el hambre, como si dijésemos: otra vez las nubes andan hacía el crepúsculo.

El hambre, el hambre-día, el hambre-estación, el hambre-brisa-del-Sur que lleva las nubes hacia el horizonte.

El hambre de los pájaros y de los tigres y de la marcha de las constelaciones.

No el apetito, sino el hambre: el hambre de los árboles que arraigan en la tierra y la de los peces que los lleva a remontar el río.

El hambre de Odiseo, el hambre de la luna que gira y la de las escarchas del invierno.

El hambre de los picaflores y la de los granos aventados por el labriego.

El hambre de los corderos de septiembre y la de los recién nacidos.

El hambre de los seres oscuros de la tierra.

El hambre de los ríos que desembocan en el mar y la de los vientos de marzo que traen la lluvia para el trigo.

El hambre muerta de las tierras blancas y la de las cosechadoras apagadas y enmohecidas.

El hambre de las cosas viajeras: golondrinas que vuelven y camalotes con collares de luz.

El hambre, el hambre de la tierra vieja y maternal, asesina, jugosa y obediente.

El hambre bajo las talas y algarrobos, a ras de las serpientes.

Otra vez el hambre, como si dijésemos: otra vez los hombres han arado y otra vez los caballos han vuelto con fatiga y abrevan al atardecer.

Había una vieja, universal y hambrienta unidad sublimada en el héroe, en el pastor de imágenes, en el alma de los constructores colosales y en la del niño harapiento y ensimismado que reanudaba su camino, su viaje del hambre.

Llevaba una moneda más en la bolsita de género y una determinación en sus médulas: comer.

Pero detrás algo dejaba: la Madre; las torres de arcilla levantadas con sus manos; las palabras de un panadero librepensador, solitario y bondadoso: “Sos un hombre. Edad es lo que te falta”, y la callada lección del pescador.

Ya tenía un pasado, menos de un día en el tiempo, pero algo que apoyaba su marcha: un pasado breve, cotidiano, sencillo, pero suficiente para proyectar un ser humano hacia el viaje del hambre en condiciones de tal; un pasado pequeño, nada milagroso y poco brillante; una brizna de tiempo, un breve aleteo del mundo, menos de un parpadeo de la historia. Y eso debía ser, sin embargo, un pasado, ya una tradición, ya un pedestal inconmovible, y más: una fuerza creadora. Porque en el alma de los héroes y de los niños fructifican extrañas semillas, despreciables, sino insignificantes para el resto de los hombres, pequeñas semillas de donde nacen tremendas ideas de poder infinito, troncos potentes e inmortales, causas sagradas de redención humana. Y todo ello viene de lo pequeño, de una torre de arcilla árida y gris, de una voz maternal, de las palabras de un panadero idealista o de la indómita y sencilla baquía de un pescador.

Era así como Odiseo se encaminaba hacía un grupo de sauces trescientos metros distante, río arriba, del lugar donde había quedado encallada la canoa del Pescador. Era el mismo grupo de sauces que podía ver, afinado y brillante en la distancia, desde su rancho. Cuando llegó –serían las once de la mañana- el lugar estaba desierto.

Odiseo se sentó a esperar, bendecido por la sombra.

 

 

La Madre


No sé si fue esa vez, precisamente, al salir de la Jefatura de Policía. No lo recuerdo con exactitud porque las emociones de ese día me trastornaron un poco. Parece mentira, pero el cambio que se operó en mí no me inspiró ningún reproche a mi marido, pese a que desde entonces vi clara su responsabilidad por nuestra precaria situación. Y es que algún modo, también advertí mis propias culpas en la pasividad y hasta en la indiferencia de mi carácter. No asumí ninguna actitud nueva. En apariencia no cambié y creo que mi esposo no llegó a darse cuenta de lo que me ocurría. Seguí siendo fiel a nuestra vida, dócil, callada, pero en cambio no hubo desde entonces acontecimiento, por insignificante que fuese, que no me inspirara largas meditaciones, que no le buscara los pros y los contras y que no me sugiriera proposiciones de actuar en un sentido o en otro. No puedo decir que es lo que me ha impedido salir de mi antiguo modo de ser pasivo y quieto. Se que me hubiera gustado cambiar también en lo exterior y acaso ello hubiese contribuido a mejorar nuestra vida, pero quizá la influencia de mi marido y una especie de nostalgia por el pasado trabaron mis decisiones.

Creo entonces, que no fue ese mismo día, porque mi marido tenía pocas ganas de hablar, y el mismo no estaba muy al tanto de las cosas, pero fuera un día u otro lo cierto es que llegué a enterarme, aunque no de un modo preciso, de que los cuatro muchachos que encontramos en el rancho a nuestra llegada eran hijos de otras tantas familias que habían abandonado las tierras blancas para irse al Neuquén a trabajar en la fruta.

Parece que un día llegaron unos camioneros, mandados no se sabe por quién, y recorrieron el rancherío a los gritos invitando a la gente a irse con ellos al Neuquén a recoger manzanas y a ganar mucho dinero. Anunciaron –según dicen- que pasarían de nuevo al día siguiente a alzar las familias que estuvieran dispuestas a marchar.

No me supieron decir cómo ni por qué, pero esos cuatros muchachos quedaron al cuidado de una tal doña Domitila, en su rancho. No supieron decirme si porque estaban enfermos o porque no eran hijos de esas familias, sino que a su vez ellas los habían recogido de otras que habían partido antes, no se adonde, y algunos aseguraban que dos de los chicos, por lo menos, debían de ser hermanos entre sí, aunque ni ellos mismos lo supieran o no nos lo quisieran confesar.

Alguien contó que el Defensor de Pobres y Menores tuvo cierta intervención posterior en el asunto, y que doña Domitila se constituyó en algo así como la encargada de los muchachos, si no con la aprobación oficial, al menos con el conocimiento del Defensor, toda vez que ella, doña Domitila, era una “pobre” bajo su amparo.

Nunca la he visto, probablemente jamás llegue a conocer a doña Domitila y apenas se algo de ella, mas parece ser que de entre los muchos hijos que tuvo durante su juventud, solo uno, a los años, quizá el menor de ellos, se acordó de su madre, y un buen día –el anterior a nuestra llegada al rancho (sábado)- la vino a buscar en un automóvil de alquiler, con el tiempo suficiente para preparar sus cosas y dirigirse a la estación del ferrocarril, no sin antes pasar por la Jefatura de Policía y avisar que los cuatro muchachos quedaban solos en el rancho (no habían tenido tiempo, ni los hubiera podido cazar para traerlos ella misma), a fin de que la policía se encargara de informar al Defensor.

Parece que en la policía el cabo de guardia no le hizo mucho caso o creyó que la vieja pordiosera estaría loca, pero después no se si la tomó en serio o únicamente se asombró cuando la vio subir al auto, y entonces tal vez pensó comunicar la novedad al subcomisario, pero quizá se olvidó porque era sábado vísperas de elecciones y había cosas más importantes de que acordarse (me han dicho que es en esos días cuando en la policía realmente se trabaja y se piensa en algo: como hacer, por ejemplo, para que los votos favorables al gobierno sean más que los otros, o cómo hacer, en caso contrario, para conservar el puesto).

El Comisario de Órdenes, por casualidad, se enteró del asunto ese mismo sábado, pero al igual que el cabo, no le dio mayor importancia, porque su única preocupación eran las elecciones. El Comisario de Órdenes estaba en la estación del ferrocarril ocupado en embarcar votantes inscriptos en otros departamentos y que iban a tomar un tren especial. Vio que doña Domitila también se embarcaba (no en el tren especial, sino en uno que salía más tarde para Buenos Aires, pues me dijeron que el hijo pródigo vivía en la Capital y era obrero del puerto).

Cuando pasadas las elecciones, en las que triunfaron otra vez los partidarios del gobierno, volvió al tapete el asunto de los muchachos y de doña Domitila, el Comisario de Órdenes tuvo buen cuidado en omitir decirle al defensor que el había visto partir a la anciana, y toda la culpa recayó sobre el cabo de guardia, que era el mismo uniformado que vino al rancho ese día y nos condujo a la Jefatura.

Por nuestra parte, nosotros llegamos al rancho el mismo domingo de elecciones, pero no llamamos la atención porque ese día todo el pobrerío de las tierras blancas se había volcado en los corralones, donde se jugaba a la taba, se comía asado con cuero, se bebía vino en abundancia, y aún varios días después la gente comió asado con cuero frío y bailó por las noches en el local de la Zorra, donde la música no paraba día y noche. Lo recuerdo porque nosotros –tal como nos lo anunciaron los muchachos- comimos asado con cuero; porque mi marido anduvo medio borracho durante una semana entera y no le faltaba dinero encima, y porque recién muchos días después fuimos al regimiento a buscar comida al mediodía. También lo recuerdo porque durante esa semana que siguió a las elecciones yo aproveché la borrachera casi permanente de mi marido para sacarle el dinero que necesité para el catre.

Recuerdo, sí, perfectamente, que ese día, después de salir de la Jefatura de Policía, llegamos al rancho y mi marido se marchó en seguida sin decirme adonde y que regresó como diez días después con bastante dinero, borracho, y me dijo que había visto a los muchachos del rancho, y me amenazó con golpearme (lo que nunca había hecho) si yo le contaba a alguien que él los había visto.

Así es que por lo menos durante toda esa semana que siguió a las elecciones nadie en el rancherío se dio a pensar en los muchachos, y como cuando tuvieron tiempo de pensar en ellos nos vieron a nosotros, no se interesaron o fingieron no interesarse mucho en el cambio de vecinos ocurrido durante esos días de jolgorio, de borracheras, de comilonas, y de baile sin descanso.

Caímos bien en el vecindario, pues aparecimos como una especie de producto de esos días de loca alegría y de excesos en un lugar donde la pobreza es vecina de la pobreza –por no decir miseria-, un lugar donde los pobres eran y siguen siendo muchos y viven unos cerca de otros –que era lo que decía el viejo Olegario-, no como en el campo; un lugar, en fin, donde las necesidades no se pueden ocultar ni disimular, porque en casa vemos las del vecino y el vecino ve las nuestras en su casa.

En ese tiempo, como ahora, todo salía del río y del regimiento: pescado, ropas, dinero, comida, vicios (después supe de donde conseguía mi marido el dinero que solía traer a casa, sin contar el que el había conseguido con motivo de las elecciones, de ese que los políticos reparten en los corralones para que la gente juegue a la taba mientras espera que la lleven a votar).

Por suerte a mi marido nunca se le ocurrió traer un soldado a casa. Ahora no se si no se atrevió o no lo quiso realmente, pero un día me habló de eso. Me contó que casi todos los ranchos del barrio donde había mujeres eran visitados por conscriptos, suboficiales y que hasta en algunos de ellos habíanse visto a oficiales, y me dijo que esa gente dejaba dinero, aunque más no fuera por ir y enfiestarse con guitarra, vino y comida.

“-Yo preferiría morirme de hambre –le dije-, y si no tuviera más remedio me arrojaría al río con Odiseo en brazos.”

Nunca más volvió a hablar de eso, pero en seguida, el muy ladino, me dijo:

“-Yo les saco plata a los milicos, pero en otra forma. Ellos son los que roban. Yo vendo. Los muchachos…” –añadió, pero calló repentinamente, como si desconfiara de mí, temiendo quizá haber dicho demasiado. Me miró de reojo y se fue.

 

Odiseo

 

La sombra de los sauces fue estrechándose, replegándose sobre si misma, a medida que el sol subía en demanda del lugar más alto en el cielo, y así los pensamientos de Odiseo, sentado en la barranca, de frente al río, se iban concentrando en un punto. Olvidando detalles, voces, colores superfluos, pasos inútiles, mejor dicho no olvidándolos, sino estrechándolos como la sombra de los sauces alrededor de un núcleo denso, lograba constituir y dar sentido a esa necesidad primaria de comer que lo llevaría a moverse en demanda de algo para satisfacerla. Mientras tanto, arrojaba cascotes al río, no divertido, sino atento y reflexivo con los estallidos y el desplazamiento de la luz en el agua.

Contemplado así, entre los reflejos del agua y del cielo, daba una sensación no de inquietud sino de serenidad jubilosa y expectante. Había estrechado sus rodillas contra el pecho y abrazaba sus piernas en flexión, balanceando el cuerpo para mantener un equilibrio que parecía surgir de sí mismo y en relación directa con la sombra de los sauces llevada y traída dulcemente por la brisa del río. Si se lo hubiera mirado de cerca, a los ojos, se hubiera advertido, no obstante la pasividad de su actitud, una luz insólita, como si esperara o presintiera un viento repentino que desquiciara el lento trayecto de la sombra hacía sí misma y trastocara todo el paisaje, refugiado del sol en su propia calma.

Odiseo se hallaba sentado en el lugar de siempre, donde al menos una vez por día se reunían todos aunque no fuera más que para recoger los tachos. Pero ninguno de los otros chicos había llegado aún y los recipientes permanecían colgados, como si ese día nadie pensara utilizarlos. Miró una vez más los tachos, entre ellos el suyo, en la rama más alta, pero ése no ofrecía interés, porque él estaba allí, como todos los días y podía descolgarlo en cualquier momento y marcharse.

Río arriba, navegando junto a la orilla, avanzaba penosamente una canoa. El hombre que la conducía miró hacia la ribera y saludó al niño con la cabeza. Era un hombre viejo pero robusto, de rostro atezado y enérgico, cuyos planos bastos y pronunciados parecían haber sido moldeados a golpes de hacha. Palcaba con indolencia, sin prestar la menor atención a sus movimientos, despreocupado en absoluto al parecer de la escasa velocidad que imprimía a su embarcación, como si le diera tanto llegar, dondequiera que fuese, a una hora como a otra.

-No tiene apuro, don Bililo –gritó Odiseo desde la costa.

La canoa pareció detenerse y hasta retroceder cuando el hombre dejó de palear. Antes de responder, don Bililo creyó necesario quitarse el deshilachado sombrero gris y enjugarse la frente con el antebrazo.

-Voy hasta la boca del arroyo, no más. Pero menos apuro tenés vos.

-¿Yo?

-Seguro. Despacio se llega, aunque más no sea hasta el arroyo, pero quieto…

Desde el río, la voz del hombre llegaba con una nitidez sorprendente y divertida, Odiseo volvió a hablar solo para que el otro contestara y poder escucharle nuevamente.

-¿Y cuando uno pesca, entonces?

-Ah. Mirá que ocurrencia la tuya. Entonces uno espera el pique, y por lo tanto es una manera de andar, y de llegar también, cuando se caza algo.

-Y, bueno –dijo Odiseo-, yo los estoy esperando a los muchachos.

-Me parece haberlos visto temprano.

-¿Aquí en los sauces?

-No. Y me parece que no han de venir, tampoco. Por lo menos a buscar los tarros. ¿Para que quieren tarros hoy? ¡Ja, ja, ja!

La risa de Bililo resonó poderosa y nítida como si la hubiera emitido con un megáfono de cristal. La canoa había retrocedido visiblemente y la proa apuntaba ahora hacia el medio del río. Bililo restableció la dirección con un golpe de remo y prosiguió navegando. Cuando pasó otra vez junto a Odiseo, agregó:

-Pero vos bajá el tuyo, el tarro, y no te ocupes de ellos. Es mejor andar solo que en mala compañía… Y decile a tu madre que mañana puede ir a buscar leña.

Odiseo, sonriente, pareciera desear que Bililo siguiera hablando con esa voz clara y brillante, desde el río, pero la embarcación ya se alejaba y el hombre, sin volver la cabeza, lo saludaba con el brazo levantado.

El niño se puso de pie, subiose al sauce grande y descolgó su tacho. Antes de descender echó una mirada en derredor. Nadie. Entonces decidió ir solo, no por obedecer, aunque recordando, con la misma claridad sonora de su voz, el consejo de Bililo.

Emprendió el camino a través de las tierras blancas en dirección a las barrancas del polígono de tiro, calculando atravesarlo al sesgo y dar justo al callejón que desembocaba en la Calle Ancha a la altura de la puerta falsa del regimiento. La tierra pelada ardía bajo sus pies descalzos. El sol caía inútilmente a plomo sobre esa tierra magra, forzada hasta el límite posible de humedad, agotada y endurecida –no suelta- de tanta sequedad, en virtud de la misma razón por la cual Odiseo la utilizaba para construir sus torres, chimeneas, o lo que fuera, pero de cualquier modo capaces de sostenerse por sí mismas, sin necesidad de esqueleto o armazón interna.

No había terminado, mientras tanto, de extrañarse por la defección de los muchachos del lugar donde ocultaba los tachos, y sin que las palabras de Bililo no hubieran contribuido más que a confirmar el suceso, cuando otro elemento vino a sumarse, insólito, a su primitiva extrañeza: el silencio. No había reparado en el durante toda la mañana, y ahora lo percibía profundo, enigmático, al emprender el ascenso de la barranca más alta del polígono de tiro. Alarmose repentinamente y se detuvo a esperar. Aguardo uno, dos, tres, cinco minutos, pero no se oyó ningún disparo, y como no estaba dispuesto a dar un rodeo, ascendió reptando la barranca y asomó la cabeza sobre ella, como un minúsculo y último soldado, milagrosamente vivo después del exterminio. No solo advirtió que el polígono estaba desierto, sino que, retrospectivamente, captó el silencio en totalidad y sencillez: durante toda esa mañana de domingo nadie había disparado un solo tiro.

No tenía motivos para vincular la ausencia de los tiradores con la de los muchachos bajo los sauces, y más que la ausencia el hecho de que los primeros no se ejercitaran ese domingo y que los segundos no hubieran recogido sus tachos al mediodía, de modo que pasó de un asombro a otro sin más vínculo entre ambos que el espacio de tiempo colmado de meditación, de blanda, desordenada y profusa meditación, transcurrido entre uno y otro, como si habiendo llegado a una zanja hubiera pisado una espina, y dando un salto no solo impulsado por el dolor sino también para salvar la zanja, al caer en la orilla opuesta pisara otra espina.

Atravesó, como se proponía, el polígono, seguro ya que desde los stands nadie dispararía, y al descender la barranca lateral ya se hallaba tanto más cerca de su destino cuanto que una nueva y tercera sorpresa.

Porque cuando llegó al callejón no se le ocurrió mirar hacia delante, y por lo tanto no vió lo que vería cinco minutos más tarde y que lo asombraría por tercera vez en el término de esa mañana. En realidad fue Angélica la que lo distrajo, llamándolo desde su rancho, sin mostrarse, oculta detrás de la enramada de glicinas.

-Odiseo.

-¿Qué? –respondió Odiseo en el instante en que iba a emprender el camino por el callejón y miró hacia el rancho de Angélica y no hacia la desembocadura del callejón en la Calle Ancha, a la altura de la puerta falsa del regimiento.

-¿Querés hacerme un mandado esta tarde? –y como Odiseo se acercara, agregó: -No, ahora no; esta tarde. ¿Sabés que esta el Primo, que ha venido?

-No, respondió Odiseo.

-Bueno, por eso. Tengo que mandarte –y como Odiseo siguiera avanzando hacia la enramada de glicinas, ella agregó: -No ahora. Andá tranquilo.

Entonces Odiseo se detuvo –ya había transpuesto el alambrado-, volviese e hizo un ademán con la mano, una especie de saludo trunco y dejado así como si se propusiera completarlo cuando regresara para hacerle el mandado. Pensando en ello, en el mandado que habría de hacerle a Angélica, marchaba cabizbajo, y solo levantó la cabeza cuando llegó, junto con el callejón, a la Calle Ancha para enfrentarse con la tercera sorpresa de la mañana: nadie esperaba junto a la puerta del regimiento; tampoco estaba la fila de tachos como solía ocurrir cuando el hambre arreciaba y la gente, desde temprano, buscaba prioridad y seguridad en el reparto.

Detenido en el medio de la calle desierta, miró hacia arriba y el sol, castigando verticalmente su cabeza –pues en ese instante serian las doce-, confirmó lo nuevo, la ingente sorpresa, tanto más elocuente y abierta a sus ojos cuanto que era la tercera de la mañana. Recordó –sin vincularlas, empero, en relación de causalidad- las dos anteriores, y estas lo trajeron nuevamente a dar con la tercera, la inmediata, que aún no se resolvía en sorpresa, sino que ardía en débil y huyente duda. Miró una vez más hacia arriba, y luego –con los últimos restos de vacilación en los ojos- hacia la puerta del cuartel, donde el centinela con fusil en banderola parecía despoblarla y empobrecerla, agregando su propia soledad y logrando una mas vasta, constituyendo además -para Odiseo-, la imagen un poco abstracta, nítida y transparente del sobresalto.

Se rascó la cabeza, Pese a las palabras de Bililo, los muchachos podían haberse retrasado en ir a recoger sus tachos bajo los sauces; podía no haber oído los disparos o los tiradores haberse retirado temprano del polígono –cosas que ya eran en sí mismas sorprendentes-, de modo que se sentaría a esperar que alguien llegara al regimiento. Aún no presumía que nadie llegaría, sino que se retrasarían –salvando así la normalidad de esa rara mañana-, pero tampoco adivinó que llegaría solamente alguien para confirmar las tres sorpresas que aún no constituían una sola.

Se sentó, pues, a esperar, sin preocuparse de iniciar una fila y llegar a ser en su momento el primero. Se sentó, simplemente, y ni siquiera junto a la puerta del regimiento, a la vista del centinela, sino en la acera opuesta, a la sombra de un paraíso.

Odiseo no la oyó. La Niña se sentó a su lado.

 

 

Capítulo V

 

Odiseo

 

Odisea y la Niña se miraron y sonrieron a manera de saludo. Pasado un instante, ella volvió a su gesto anterior que en cierto modo imitaba al de Odisea: éste miraba hacia abajo, hacia su propio tacho posado en el suelo, en el breve espacio de suelo comprendido entre ambos pies abiertos. Esto le confería a su cuerpo una actitud de descanso, fatalidad o pesadumbre. Apoyaba, además, los antebrazos en sus correspondientes rodillas. Quizá la Niña no imitaba a Odisea, sino que su actitud correspondiera a una reacción común y hasta solidaria ante el agresivo y ardiente reverbero del mediodía.

Habían pasado varios minutos y ninguno de los dos parecía sentir la necesidad de hablar o de explicar nada. Estaban frente a la puerta falsa del regimiento, como todos los días, pero esta vez, solos. Nadie les disputaría una parte de la ración. Para Odiseo, esta circunstancia se agregaba, sin complementarlas, a dos anteriores igualmente insólitas. Si la Niña estaba allí, como él, era por una causa habitual de ambos. ¿Qué les había ocurrido a los demás? ¿A que obedecería ese retraso de los postulantes a una ración de sobras? Pero, además, ¿Qué se habían hecho esa mañana los tiradores del polígono? ¿Por qué su barra había desertado en pleno a la hora de recoger los tachos bajo los sauces? ¿Qué significado podía dársele, con relación a todo esto, a las carcajadas de Bililo y a sus palabras: “¿Para que quieren tachos hoy”? ¿Podía vincularse todo eso al apuro del Panadero y a que el Pescador hubiera encarnado un espinel tan temprano y a que su padre no durmiera en casa la noche anterior?

Dijo la Niña:

-Es por mi abuelita.

-Ah.

-Tuvo miedo de que fuera al corralón. Los hombres están borrachos.

Exactamente cuando la Niña pronunció la palabra “corralón”, Odiseo pudo relacionar, vincular, en un solo haz de ideas o en una terminante y grávida idea, las tres anormalidades de esa mañana y sus consecutivas y homogéneas sorpresas. No se explicó nada, sino que experimentó de repente la congruencia preexistente entre la triple deserción de los muchachos bajo los sauces, de los tiradores y de los peticionantes a la puerta del cuartel. El “corralón” –la voz, el sonido, no el significado (que Odiseo apenas entreveía)- lo aclaraba todo. De cualquier manera “corralón” era, si no la causa, al menos la idea directriz, la norma capaz de sistematizar la serie inaudita de hechos matutinos, carentes, hasta ese minuto, de sentido.

Además, había recordado las palabras sentenciosas del Panadero, referida no solamente a una conducta futura, sino también a una posibilidad inmediata –ahora lo descubría-, durante ese domingo: “No ha de ser, cuando votés, de esos que venden la libreta a cualquiera y andan por los corralones detrás del rial y de la tumba”.

No recordaba unas elecciones anteriores a esas, y, desde luego, ignoraba su significado, pero en cambio conocía el de real y el de tumba; de modo que las elecciones, es su sinónimo de corralón, donde se puede ir detrás del real y de la tumba, adquirían una acepción bien definida que hacía posible, de algún modo, su participación en ellas y…

La Niña parecía esperar que se completara el mecanismo, que cumpliera su ciclo el pensamiento de Odiseo, y esperaba asimismo una explicación de por que el a su vez estaba allí, frente a la puerta del cuartel, pero su curiosidad o su impaciencia largo rato contenida se adelantó un paso y dijo, preguntó:

-¿Por qué no estás con los otros?

-Porque no –respondió Odiseo, afirmándose esta vez en la premonitoria frase del Panadero, que lo proponía para siempre, idealmente, lejos de los corralones, y agregó: -¿Tuviste miedo?

-Yo no –dijo la Niña-; abuelita.

-¿Querés que te acompañe?

-No –dijo la Niña-, yo también iré al regimiento.

-Vamos –dijo entonces Odiseo, de manera fría, impersonal, menos invitándola que reflexionando acerca de su propia deserción de los lugares donde parecían hallarse sus amigos y la demás gente del barrio, salvo su madre, la Niña y la abuelita de la Niña. ¿Fue este un comienzo de su autoconocimiento? ¿Es necesario un complejo de circunstancias así, no habituales, para que en un momento dado un niño se sienta distinto a los demás, no como niño, sino como persona, como ser humano? La verdad es que de pronto, en el instante de pronunciar la palabra “vamos”, Odiseo descubría la posibilidad de andar por un camino distinto, propio, sin medir, empero, necesariamente, ningún asomo de posibilidad psicológica-. Vamos –repitió, callándose luego, pero agregando en su tono cálido, estimulante, lúcido: “Vamos juntos, uno al lado del otro, andemos a la par”.

El centinela los detuvo. No los detuvo, sino que ellos se detuvieron a la espera del grito ritual del soldado de guardia: “¡Cabo de cuarto! ¡Civiles a la guardia!, y ellos entraron al cuartel sin esperar la respuesta del cabo de cuarto, respuesta que a esa hora jamás se oía, y que de haberse oído hubiera constituido una nueva sorpresa para Odiseo. Asomándose en cambio el cabo de cuarto –que era un suboficial de carrera y no un mero conscripto- lanzó una carcajada, con esa apagada y uniforme intensidad militar en tiempo de paz: una risa golpeada, intermitente, reflexiva y algo interdicta o ensordinada. No era para menos su hilaridad: los “civiles” del centinela eran dos seres de pocos más de un metro y mucho menos de uno cincuenta de altura, vestidos pobres, miserablemente, famélicos (más la Niña que Odiseo), cada uno con su tachito colgando de la mano derecha, descalzos, nada limpios, serios, débiles, indefensos, inexpugnablemente silenciosos, que caminaban, entraban al cuarte, se acercaban al cabo de cuarto con pasos delicados, firmes, inocentes.

-¡Civiles! –gritó después, intelectualmente- Mirá los civiles! ¡Ja, ja, ja! –y se dejó llevar después por una risa menos atada y reglamentaria.

Varios soldados se acercaron y también dos suboficiales, todos vestidos con ese traje de fajina que les da una apariencia de penados (menos el cabo de cuarto, vestido de uniforme) o en todo caso más de civil que de militar. Todos se contagiaron de la risa del cabo.

-¿Cómo –dijo uno de los suboficiales-, a ustedes no les gusta el asado con cuero?

-No, mi sargento –dijo el cabo de cuarto- se han encariñado con la tumba de acá. Cualquier otra cosa los descompone, ¡ja, ja, ja!

Odiseo y la Niña, en lugar de contestar, se detuvieron, como si esa fuera la respuesta adecuada: detenerse, no seguir, y con ello rechazar toda risa o burla o asombro por parte de los acuartelados, mostrar con ese gesto la posibilidad de volver atrás, de salir, de dejarlos allí dentro, encuartelados y encerrados, y volver a la vida abierta –para no decir libre- de la calle, y hasta –su querían- no comer ese mediodía, pero de todas maneras mostrarles que entre el guiso cuartelero y el asado electoral, era facultad de ellos, y solo de ellos, elegir, y que puesto que ya habían elegido, no cabían de asombro, la risa, el alboroto. Estuvieron así, sin dar un paso, tal vez algo más que una fracción de segundo. Ese tiempo y el gesto de ambos fueron suficientes para que se acallaran las voces de los soldados, que ahora los miraban con otra expresión, tal vez no menos asombrada, pero ya tierna, sentimental, algo cursi, se diría benévola.

-Los únicos, mi sargento –dijo el cabo-, los únicos. Le apuesto a que nadie viene hoy. Yo lo dije.

 

La Madre

 

También esa vez mi marido estuvo unos cuantos días fuera de casa, y cuando regresó trajo menos dinero que la vez anterior. No llegó borracho, pero con señas de haberlo estado.

“-La cosa se ha puesto fiera” –me dijo.

Nada le contesté porque todavía el no me había enterado de sus andanzas y negocios. De algunas alusiones suyas o palabras sueltas que sabían escapársele, sacaba yo que se trataban de cosas no muy limpias. Esa vez lo supe.

Entró en el rancho y se puso a revisar cuando cosa o trapo teníamos para vestir, y solo cuando estuvo convencido de algo que hasta ese momento yo ignoraba, se quedó tranquilo y échose a dormir.

A casa no vinieron esos brutos, pero me enteré de que anduvieron por casi todo el barrio de las tierras blancas. Iban en carro y algunos soldados a caballo. La gente los insultaba y amenazaba, pues no se limitaban a requisar el interior de los ranchos, sino que miraban hasta lo que uno llevaba puesto encima; me dijeron que hubo quienes se vieron obligados a desvestirse en la calle para devolverles todo lo que perteneciera al ejército. No decían una palabra –era una orden, según dijeron-, y ni se molestaban en averiguar como había llegado a manos de la gente lo que ellos requisaban. Mejor dicho no se molestaban en oír, no les convenía oír.

“-Esto me lo dio el sargento tal” –decía una mujer.

“-Esto el cabo mengano” –decía otra mujer.

“-Esta manta se la compré al soldado fulano” –protestaba otro.

“-Los calcetines no –gritaba otro-, los compré en lo del turco”.

Inútil. El suboficial ordenaba y los soldados se apoderaban de todo lo que tuviera una apariencia militar y lo cargaban en el carro.

La noticia corrió por el barrio como una electricidad, y algunos intentaron escaparse para salvar sus cosas, pero fue para peor, nada salvaron. Los soldados habían rodeado el rancherío.

A casa no llegaron.

Esa mañana supe, adiviné, mejor dicho, de donde provenía el dinero que traía mi marido.

Los más perjudicados fueron los bolicheros del barrio.

Probablemente mi marido se encargaba de vender cosas, quizá incluso forrajes del regimiento. Cosas que tal vez no habían entrado ni salido jamás del cuartel, sino que le estaban destinadas, pero que se vendían y se revendían antes. El se cuidó muy bien de traer nada a casa, salvo el dinero. Se cuidó tanto de eso como de hablar, y así el episodio transcurrió para nosotros sin mayores sobresaltos, aunque después mi marido debiera ocuparse de cosas menos secretas para vivir, o simplemente no hacer nada, sin que eso nos haya impedido vivir.

Antes de decidirse a cambiar de oficio, sin embargo, debió pasar algún tiempo, el necesario para que le llegara el día en que yo tomé a Odiseo en brazos e intenté salir.

“-No vayas” –me dijo.

“-Iré”.

“-No” –dijo el.

Me dio entonces un poco de dinero, probablemente el último que le quedaba y que yo no se donde ni como había guardado.

Después no le fue difícil conseguir una canoa prestada, alambre, piola y anzuelos, pero ese no era un trabajo para el.

Lo difícil no fue calafatear la canoa, ponerla en condiciones y empezar a pescar –no digo lo difícil: lo que no le gustaba hacer-, sino salir a vender el pescado con la palanca al hombro. Había que salir temprano, pero esa no era una dificultad, porque mi marido, por mucho que nunca hubiera sido un esclavo para el trabajo, tampoco era dormilón. Cuando lo conocí no podría decir que fuese haragán. Al contrario. Yo digo que la desgracia y la mala suerte lo descompusieron, al negarle toda recompensa y estímulo, cuando nos quitaron la tierra sin ningún motivo, cuando el patrón le dijo que no podía seguir sembrándola porque se la esquilmábamos –Odiseo acababa de nacer-, entonces, digo, fue que el cambio. Mala suerte hemos tenido siempre, a pesar de que empezamos bien.

No, no era que tuviese que levantarse temprano para vender el pescado. El madrugaba, pero prefería quedarse en casa, sentado, tomando mate, mirando no se si con rabia o con tristeza en dirección del puente Pellegrini, al departamento de Gualeguaychú, hacia la Cuchilla Redonda, donde se hallaba nuestra antigua colonia (lo de colonia y lo de nuestra es un decir, un pensar: nada era nuestro, y el día en que nos lo quitaron nos quedamos hasta sin lo ajeno).

Ni mi marido ni yo creíamos al principio que nos abandonarían así, que de un día para el otro nos quedaríamos a la intemperie, casi como Dios nos echó al mundo.

No, no era eso, porque tal era la costumbre de madrugar que mi marido había adquirido en el trabajo de labriego –supongo que desde niño-, que eso no era, no podía ser un inconveniente. Lo que yo me pregunto es ¿Por qué no se animaba o no podía ir a vender el pescado que el mismo sacaba del río?

No, al principio no estábamos tan mal. Es cierto que todos los años debíamos sembrar un potrero distinto, y que no solo no éramos dueños de nada, sino que ni siquiera éramos arrendatarios de ninguna tierra. Eso, eso fue lo que nos perjudicó.

Mi marido, en realidad –yo se lo dije muchas veces y el no me lo discutió tampoco-, era un peón. Todo pertenecía a la estancia: arado, caballos, rastras, arneses, todo. Sin embargo, trabajábamos a porcentaje.

Nos íbamos nosotros y llegaban las vacas; se iban las vacas y llegábamos nosotros. ¿Por qué no seguimos así? Llegó un momento en que, aparte de no tener nada nuestro, habíamos también perdido todo derecho a seguir cultivando una tierra.

Es claro, yo le decía mi marido:

“-Vamos de un potrero a otro y no somos arrendatario de ninguno”.

Y el me decía:

“-A ellos les conviene así. Nosotros les renovamos la tierra, se la mejoramos para las vacas, y mientras a ellos les convenga…”

Y yo le decía:

“-Para eso no necesitan un colono, un aparcero, a porcentaje. Eso lo puede hacer un peón, con sueldo de peón”.

Y el me decía:

“-Vos que sabes”.

Y entonces yo me callaba, confiaba en el, suponía –pobre ingenua- que tendría alguna palabra de los patrones, que le habrían hecho alguna promesa o habrían firmado un papel.

De modo, pues, que no era madrugar lo que le impedía salir a vender su pescado, sino algo que ignoro, lo mismo que le ha impedido siempre volver a trabajar en algo honesto desde que nos quitaron la tierra… Para decir verdad, no nos quitaron ninguna tierra, sino simplemente no nos permitieron seguir sembrando ningún potrero más.

Se cumplió mi profecía:

“-Eso lo puede seguir haciendo un peón” –le dijeron. Y el les contestó:

“-¿No puedo ser yo el peón?”

“-No –le dijeron-. Usted y su familia no podrían vivir con el sueldo de peón. A usted no le conviene seguir aquí. Váyase y busque trabajo en el pueblo. Nosotros no podemos firmarle un contrato. No estamos dispuestos a que se nos esquilme la tierra ni vernos obligados a tenerlo a usted toda la vida en un potrero, sin poder desalojarlo cuando nos convenga”.

“-¿Y no podemos seguir como hasta ahora?” –les dijo él.

Y ellos:

“-No. La ley exige la estabilidad en un lugar, en un potrero. Y no podemos llevarlo de un lugar a otro, como hasta ahora, sin infringir la ley. Tendríamos que firmar un contrato de arrendamiento de un potrero, y usted ya no podría moverse de ese potrero, aunque usted mismo lo quisiera.”

Y entonces el les dijo:

“-Peor voy a estar sin sueldo de peón, siquiera”.

Y por fin ellos le dijeron:

“-Eso es cosa suya”.

Yo digo siempre que a mi marido, después de eso, algo le pasó. Desde entonces, se produjo en el un cambio: se levantaba temprano, pese a que sabía recorrer el espinel varias veces durante la noche y sacaba mucho pescado. Pero al día siguiente, en lugar de salir a venderlo, se quedaba en casa y miraba la Cuchilla Redonda, y se estaba así las horas, sin desviar la mirada de ese punto, como si esperara no se que, que alguien lo llamara y le pidiera que labrara la tierra nuevamente.

¿Pero es que quién ha sido labriego no puede hacer otra cosa en su vida?

Parecía odiar las tierras blancas. Escupía y pateaba.

“-Mirá –me decía-, aquí no puede crecer ni el abrojo grande. Con razón nadie nos hecha de aquí, ni nos pregunta si pagamos o no el arrendamiento, ni nos pide que sembremos o dejemos de sembrar. Y estas tierras blancas crecen, se agrandan, el viento y el agua las gastan, y ¿quién puede detener el viento?”.

“-Los árboles” –le decía yo, por haberlo oído de mi abuelo, acerca de unos viñedos de Europa, protegidos del viento por una barrera de árboles.

“-¿Y quien plata los árboles? –preguntaba, con los ojos tiesos, enloquecidos-. Nadie. ¿Quién de los que viven en este rancherío pueden dedicarse a plantar árboles? Y no te vayas a creer que se puede plantar cualquier árbol. Yo no sé cuál, pero se que no cualquier árbol crece aquí. Además, habría que cuidarlos, cuidarlos como si fuesen criaturas. Día y noche, invierno y verano, abrigarlos y refrescarlos cuando fuera necesario, taparlos, regarlos, no descuidarlos un solo día, un solo instante, y ningún desgraciado como yo o como los que viven por aquí puede hacer eso. Y el viento y el agua de las inundaciones, mientras tanto, se van llevando lo poco que queda de bueno. Vos no vas a creer, pero yo leí una vez que así empezaron los desiertos, así se formaron, porque antiguamente en el mundo no había desiertos. Parece que cuando se va la tierra viene la arena; se forman los médanos y después, los desiertos. Cerca de aquí hay médanos, hay una estación de ferrocarril que se llama Médanos, y hasta un distrito se llama Médanos: son kilómetros y kilómetros de arena, como un río de arena, y eso, en lugar de disminuir, aumenta. Si alguien o algo no los detiene, esos médanos se convertirán en desierto. Acordate de lo que te digo”.

“-¿Y la gente –le decía yo-, que hará la gente?”

Y él me decía:

“-¿La gente? Se mandará a mudar. ¿Qué querés que haga la gente en medio de la arena? Y menos mal que aquí, en esta provincia hay ríos y arroyos a granel, que si no… El agua y los árboles son los peores enemigos del desierto”.

¿Eran esos los tristes pensamientos que le impedían trabajar y ser como Dios manda a mi marido?

Parecía que ni yo ni Odisea le importábamos ya nada. Quizá se emborrachaba para olvidar cosas tan tristes, y yo, que era su mujer, y Odisea, que era su hijo, llegamos a molestarle, a enojarle y tal vez se proponía librarse de nosotros no dándonos de comer, esperando que un día yo me fuera con Odisea y lo dejara tranquilo. Lo digo porque alguna vez me lo dio a entender, pero se me hace que en seguida se arrepintió, y cuando yo me propuse salir, no se ciertamente a que, si a trabajar o a pedir limosna o simplemente a irme y no volver más, él me lo impidió, me dio dinero y después empezó a pescar.

Me di cuenta entonces de que no nos abandonaría jamás, que soportaría como un castigo nuestra vida junto a la suya, porque nosotros le recordábamos la antigua colonia, su chacra, que todos los años, siendo la misma, era distinta. Nosotros le recordábamos esa tierra, de la que el nunca quiso separarse, y es posible que, sin saberlo, tampoco quisiera olvidarla, pese a que sabía que jamás la recuperaría, que jamás lo llamarían para que la labrara de nuevo.

Yo llegue a pensar que lo que le convenía era olvidar esa tierra y convertirse en un hombre distinto, aprender otro oficio e instalarnos en una ciudad como la gente, con fábricas, calles y hombres y mujeres decentes. Se lo dije, y el nada me respondió, pero me di cuenta de que no se podría olvidar su tierra, que tanto yo como Odisea no hacíamos más que recordársela, que le servíamos para eso.

Llegue a sentirme culpable de su desgracia, y probablemente ese fue el origen de la idea de irme, pero el me lo impidió, se opuso enérgicamente a que yo saliera de casa y hasta me dio un dinero cuya existencia yo ignoraba y que seguro no se proponía darme.

¿Será que el hombre pobre persigue su propia desgracia?

Madrugaba, entonces, mi marido –jamás lo he visto dormir, salvo raras ocasiones, después de salido el sol-, y miraba hacia el Este, hacía las primeras luces, como si el amanecer no fuera para el una cosa vista tanta veces como días tenía de vida. Miraba em dirección a Cuchilla Redonda, en realidad. Eso parecía detenerlo, impedirle cualquier decisión que no fuera ir al boliche de Estévez y emborracharse hasta no dar más, hasta caerse y revolcarse y quedar hecho una piltrafa babosa y repugnante.

Al principio no lo conocí. Después cuando habló, me acordé de el. Reconocí sus rasgos y me costó creer que fuera el mismo. Había crecido mucho, sin duda, y ya no vestía harapos como cuando lo vimos aparecer junto con los otros tres sabandijas de entre el cañaveral. Había llegado a pie y debió golpear dos veces las manos antes de que yo lo escuchara. Después me pareció mentira que hablara y me saludara con respeto y que ya no se tirara al suelo y diera vueltas carnero y no se burlara de mi marido por no saber donde quedaba el cuartel. Por cierto que habían pasado unos años desde entonces, no muchos, pero tan importantes para el como que lo habían convertido en una persona mayor, en un hombre, por así decirlo.

“-Vos sos el mayor –le dije-, el mayor de… ¿Y los otros tres? ¿Qué fue de tus amigos?”

“-No se, señora” –me dijo.

(Tuve ganas de llorar. Esa respuesta me produjo una tristeza que pocas veces he vuelto a sentir. ¿Por qué el incierto destino de esas criaturas me causaba tanto dolor cuando yo prácticamente las había olvidado? Insistí, traté de saber algo de los otros, pero fue inútil. A los pocos días de abandonar este rancho decidieron separarse a fin de no caer juntos en manos de la policía y no volvieron a verse jamás. Aún espero que, como este, algún día lleguen los otros tres. ¿Qué será de ellos?).

Mi marido lo invitó a pasar y yo les cebé mate.

Odisea ya caminaba, pero sin apartarse de mi falda.

(Cuando Odisea empezó a caminar, y aún antes de que diera el primer paso, su sostén era mi pollera. Luego, durante un tiempo, caminaba junto a mí, tomado de mi falda, y después, aunque ya podía sostenerse solo y caminar por su cuenta, siguió pegado a mí, y hubo durante un largo período durante el cual no se me apartaba, fuera donde fuera).

Al llevarles un mate, el muchacho le decía a mi marido:

“-El primo, me dicen”.

Parece cuento, pero hasta el día de hoy ignoro su nombre y apellido. No hay vez que venga a Gualeguay que no nos visite –Odiseo es un regalón-, pero aunque parezca raro, siempre lo he oído nombrar como “El Primo”, y ha sido tal la costumbre de llamarlo con ese apodo, que no solo a mí, sino también a mi marido y a todos los que por aquí lo conocen no se les ha ocurrido pensar en su verdadero nombre. Seguro que hoy, siendo domingo de elecciones, vendrá a visitarnos; si no me olvido, le preguntaré como se llama.

Bien, llegó en ese día, tomaron mate con mi marido, conversaron mucho, se entretuvo con Odiseo (que en seguida se le aquerenció, y fue, creo, desde ese día, que el chico aprendió verdaderamente a caminar sin necesidad de mis polleras). Por este detalle relacionado con mi hijo, el Primo me pareció de entrada un hombre de esos que la gente se ve obligada a seguir o a imitar. Solo después conocí otros rasgos de su carácter, y algunos de ellos, que en un comienzo parecieron desmentir mi primitiva observación, no hicieron en realidad más que confirmarla. Ahora me doy cuenta de que el dirigía, cuando niño, a sus tres amigos, no tanto porque fuera el mayor, como por ser quizás el más capaz y el más desdichado.

Como llegó de mañana, cerca del mediodía, al rato salieron con mi marido y regresaron con un asado, vino, y una botella de caña. Después de siesta los dos volvieron a salir. Mi marido regresó a la noche, solo, bastante borracho.

“-¡Que bárbaro este Primo!” –dijo.

Fue entonces, recuerdo, cuando la palabra hombre (no en el sentido de hombre o mujer, sino de persona formada) referida al Primo me pareció inadecuada. En esa época tendría diecinueve o veinte años. De cualquier no le venía bien eso de “hombre bárbaro” con que lo calificaba mi marido. No obstante su aspecto cambiado, el Primo –no se por que- seguía siendo para mí algo de aquel gurí rotoso, pícaro y sucio que comandaba a otros tres muchachos de su misma condición y apariencia. Lo concebía en mucho tal cual era entonces, aunque ya crecido y limpio, y sobre todo lo vinculaba a la circunstancia de que carecía de padre y madre. Ese día, lo primero que hice fue recordarle aquella conversación:

“-Sí, claro –me dijo-, yo nunca conocí padre ni madre. Y no haberlos conocido, creo, es como no haberlos tenido”.

“-Pero antes de que doña Dimitila…”

“-¡Ah! ¿Supo, entonces, lo de doña Dimitila? Mire, si yo supiera hoy donde se encuentra mi madre, haría lo mismo que el hijo de doña Dimitila: la iría a buscar y me daría ese alegrón. Vale la pena. ¿No es cierto?”

“-Pero antes de que doña Dimitila…”

“-Sí, mi gente se había marchado a Neuquén, pero esos no eran mis padres, si no, me hubieran llevado con ellos al Sur. Me dejaron por eso, porque pensaban que tal vez mis padres volverían alguna vez a Gualeguay a buscarme (mis padres, según parece, se habían ido antes, cuando yo era muy chico y me habían dejado con ellos). Pensaron tal vez que si me llevaban al Neuquén jamás me volvería a juntar con mis verdaderos padres, y por eso me dejaron con doña Dimitila. Ya ve, mis padres no han vuelto, que yo sepa, y quizá no vuelvan nunca. Yo he regresado pensando en ellos, esperando verlos aunque sea una vez antes de…”

“-¿De que?” –le pregunté.

“-Ni yo mismo lo sé. Antes de cometer una gran zoncera tal vez, o antes de morir… Vaya uno a saber, pero…”

¿Es raro que por todo eso yo no pudiera figurármelo hombre al Primo?

Precisamente por no conocerlos, el Primo me parecía demasiado hijo de sus padres. Deseaba él tanto ser hijo de alguien, necesitaba tanto serlo alguna vez (“aunque fuera una vez antes de…”) que me parecía que eso le impedía ser un hombre. Hubiera sido necesario que los padre del Primo aparecieran algún día, los conociera él, y desde entonces sí, aunque volvieran a marcharse para siempre, desde ese día sí, el Primo comenzaría a ser un hombre, al menos para mí. Mientras eso no ocurriera seguiría siendo una criatura (ya crecida, es cierto), pero una criatura en su condición de hijo de alguien, papa poder, inmediatamente, convertirse en hombre.

He aquí el miedo, el miedo inexplicable y tonto que yo sentí aquella vez cuando conocí al Primo y a sus compañeros. Ahora comprendo que en realidad yo tenía miedo de morir antes de que Odiseo fuera capaz de conocerme, de saber que yo, yo, era su madre. (El miedo de morir, en aquella oportunidad, no era infundado: ¿se comprende lo que es andar durante días y días a la intemperie o el hambre, sino al desamparo, el tremendo desamparo en que vivíamos. Eso era lo peor, el desamparo).

Y bien, la orfandad de esos cuatro muchachos me hizo pensar en lo que sería la orfandad de Odiseo; me pareció que si yo moría en ese momento Odiseo sería toda la vida no solamente un niño sin madre, sino algo menos que eso, y aunque llegara a viejo de cien años, no llegaría jamás a ser un hombre, puesto que para serlo era necesario haber tenido conciencia de los padres y saber por lo menos el día que se los había perdido. Sin que se cumpliera esa condición (me parecía), nadie podría convertirse en hombre, porque uno es hombre –o mujer- cuando tiende a separarse de sus padres, o alejarse de ellos –aunque no sea en distancia-, es decir, ser uno mismo por su cuenta; y no lo es, no puede serlo, mientras anda en busca de quienes separarse para adquirir responsabilidad.

Aunque para mí sea doloroso, creo que Odisea será hombre el día en que de cierta manera se sienta separado (no por el cariño y el respeto que nos debe) de mí y de su padre, cuando se sienta solo y enteramente responsable de sí mismo, aunque viva a nuestro lado y no llegue a separarse nunca de nosotros. (Tendrá hijos, pongo por caso, y ya le importarán más los que ha engendrado que quienes lo engendraron, y a sus hijos les ocurrirá otro tanto). Más para eso, para separarse alguna vez de mí y convertirse en hombre, tiene que haberme conocido, saber con sus ojos que ha existido, que lo he querido y amamantado. (Cuando uno pare, separa al hijo de sí para que sea hijo, de lo contrario seguirá siendo un tapichí. Cuando el hijo se hace mayor, uno tiene que parirlo de nuevo, tiene que dolerle a uno de nuevo para que sea hombre).

Ahora estoy contenta y no tengo miedo a nada porque creo que ya me conoce, creo que ya me conoce para toda la vida, ya sabe con sus ojos que yo he existido, que lo he querido y amamantado. Y por eso ya no tengo miedo. Mi Odisea será un hombre y podrá decir, aunque yo este muerta: “Recuerdo que mi madre…”.

En cambio el Primo, no. De ahí mi piedad por el. Tanto, que me hubiera gustado convertirme en su madre el día en que mi marido se lo propuso a el y a los otros tres, y que Odiseo se convirtiera en hermano suyo. (El Primo –estoy segura- lo quiere a Odisea como a un hermano). Me hubiera gustado –repito- servirle al Primo de algo para que lograra su hombría. (Me gustaría convertirme en la madre de todos los huérfanos que haya en el mundo, de todos cuantos la necesitan para ser hombre y para que puedan decir: “Mi Madre…”).

Por eso me sonó rara la palabra hombre referida al Primo.

“-¿Por qué?” –le pregunté.

“-¡Que bárbaro! –repitió mi marido-. ¡Como le gusta bochinchear! Si no hubiera sido por mí, lo mata, seguro que lo mata sin asco. Ya había sacado el cuchillo y yo me lo crucé. Me miró muy fiero y creí al principio que no iba a detener la mano aunque yo estuviera en el medio, así que me encomendé al cielo. No sé por que se detuvo, mirá. Así como no sé por que se sulfuró. El otro no le había hecho nada. Creo que ni siquiera le habló, sino que dijo algo, pero no a él, que yo no entendí, y que muchos tampoco vieron la relación que esas palabras podrían tener con el Primo. No sé si se creyó o se hizo el ofendido, pero lo cierto es que cuando nos acordamos, el Primo ya le había acomodado un planazo y ya medio lo tenía acorralado como para achurarlo, cuando yo alcancé a intervenir y se contuvo. Mi miró, sabes, de una manera feroz, como reprochando, y al rato agradeciendo que yo me metiera. Se me ocurre que se acordó de vos y de Odiseo y por eso no me dio a mí la puñalada que iba dirigida al otro. No tardó en calmarse y en pedirle disculpas a Estévez, y no me hubiera sorprendido de que quisiera hacerse perdonar por el otro también. Pero el hombre, asustado, ya no estaba allí”.

Después de esa, hubo otras ocasiones en que también supe que el Primo había armado bochinche. En el barrio se lo conocía como “malo” y pendenciero, aunque se dijera también que le faltaba un corazón bueno y generoso, amigo de gastarse plata con cualquiera en un boliche, de ayudarlo aún sin conocerlo ni preguntarle quién era, pero también de darle una puñalada, son motivo aparente. (Digo sin motivo aparente porque las personas como el Primo, que tienen muchos niños, pueden tener motivos que los demás no entienden, y por lo tanto, como los niños, suelen hacer cosas incompresibles, que a veces para nosotros están bien, y a veces están mal).

Desde ese día en que nos visitó por primera vez, no se olvidó de nosotros. Se que empezó a ayudar a mi marido, de esa manera primitiva y simple que el tiene de ayudar ala gente: dándole dinero. (En eso también el Primo se parece a un niño). El Primo, sin embargo, llegó más lejos en su generosidad. Cuando vio que mi marido gastaba ese dinero en alcohol, no le dio más, sino que, en secreto, me lo dejaba a mí, pero sin decirme una palabra. Aprovechaba cualquier distracción nuestra para dejar la plata sobre el cajón del rancho, debajo del candelero para que yo lo recogiera y mi marido no se enterara. Eso sí, le pagaba las copas, con frecuencia se emborrachaban juntos y en muchas ocasiones mi marido evitó que se peleara. El Primo parecía respetarlo, y yo sostengo que lo respetaba por eso, porque necesitaba de él a manera de sustituto de padre y de mí como madre, y por eso me dejaba dinero.

El Primo, pues, había hecho fama de pendenciero, así como mi marido la había logrado de borracho e indolente, de hombre sin trabajo. No intento siquiera pensar en que eso me favoreció durante algún tiempo, que eso pudo obrar en mi beneficio. Debo admitir, sin embargo, que las personas que se acercaron a nosotros en ese tiempo lo hicieron impulsados por la piedad que le inspirábamos a causa del abandono y la miseria en que vivíamos, según ellos, por culpa de mi marido (en lo que les faltaba tanta razón como culpable era yo también de nuestra situación). Angélica, por ejemplo –una buena amistad (pese a todo lo que de ella se diga o sea en realidad)-, fue por ello que vino por primera vez a casa.

Sería poco antes de la madrugada de un domingo cuando me despertaron unos gritos de borracho y no tardé en reconocer la voz de mi marido. No me levanté en seguida, sino cuando sentí que alguien lo acompañaba y trataba de calmarlo hablándole en voz baja. Una de esas voces era de mujer.

 

Odiseo

 

Cada uno con su correspondiente tacho colmado de guiso colgando de una mano y una galleta en la otra, la Niña y Odiseo traspusieron la puerta falsa del regimiento y salieron hacia la Calle Ancha. Salieron, en silencio, a la hora ardiente, callada y sonora de la siesta, ensoñada en la quejumbrosa melancolía de las palomas, cuyo canto solo de dos notas en contrapunto, repetido hasta la monotonía, colmaba el aire quieto y era el único signo viviente de un contorno de muchas cuadras a la redonda. Ese gemido o lamento o simple canto, pero con algo de humano, tierno, sangrante, desgarrador y largo, parecía venir de todas partes y poblar el mundo solo de tristeza y soledad. Sobrecogía el alma de los niños, y los grandes no lo escuchaban jamás sin recordar viejas historias de brujas, del Cuco y la Solapa, pareja de fantasmas domésticos encargada de obligar a los niños a quedarse en casa y dormir la siesta en habitaciones sombrías y perfumadas con magnolias, jazmines y glicinas, o nardos guardados largo tiempo en los roperos o en los cajones de antiquísimas consolas.

El Coco y la Solapa formaban una pareja terrible y siempre andaban juntos: hacían verdaderos estragos entre los niños desobedientes, malcriados y llorones. Su hora era la de la siesta, y el canto de las palomas anunciaba su paso.

La Solapa era una mujer flaca, alta y negra, de larga nariz y revuelta cabellera ceniza. Calzaba chancletas y atravesaba patios y galerías cuidando que ningún niño anduviera al sol después de comer. La Solapa se llevaba a los niños que intentaban escapar de la cama una vez acostados.

El Cuco, por su parte, era un hombre viejo, encorvado y borracho; llevaba siempre una bolsa cargada a la espalda y dentro de ella un niño desobediente. El Cuco y la Solapa se comían a los niños porque su carne era tierna y ellos eran viejos y tenían los dientes gastados. Ambos vivían juntos en el monte, en un rancho destartalado y viejo. Los niños casados eran obligados a traer desde el monte la leña con que luego serían cocinados en una olla de tres patas, grande y negra.

(En cada casa se relataba una historia similar, y en las más pobres, donde a falta de otra cosa sus moradores poseían mayor imaginación, el cuento se complicaba y enriquecía con diálogos, peleas, arreos, viajes y cosechas, así como con pájaros, caballos, perros y serpientes. Los animales, salvo las serpientes, intervenían en defensa de los niños, que, con esa ayuda, lograban derrotar a la pareja de viejos y salvarse de ser comidos. Pero no era fácil arriesgarse hasta ese punto, siendo preferible en general dormir la siesta a desafiar la bolsa del Cuco y la risa feroz de la Solapa).

Ciertos niños como Odiseo y su compañera no tenían más remedio que andar afuera a la hora del peligro.

Atravesaron la calle sin decir una palabra, presas de un recóndito temor, y al llegar a la entrada de uno de los callejones, donde debían separarse, la Niña se detuvo, indecisa, a la espera de un gesto de Odiseo o de algo que la ayudara y la animara a proseguir sola su camino.

-No andan a esta hora –mintió Odiseo-. Ni vos ni yo hemos comido todavía.

-Tengo miedo –confesó la Niña.

-Bueno –dijo Odiseo.

En lugar de separarse, siguieron juntos por la Calle Ancha.

Por lo visto, ese día el viaje de Odiseo no sería normal. Ahora andaba fuera de su ruta, en dirección al rancho donde la Niña vivía con su abuela. Nada más ni menos sencillo que un cambio en el itinerario, algo así como lo que los marinos a vela denominan una bordada o lo que los ajedrecistas, una variante: ni el azar ni lo imprevisto, sino la conjuración de sangre, voces y convenciones humanas capaces de obrar lo nuevo, repentino y distinto; lo que, por ello mismo, ha dejado de alentar en lo secreto e invisible del discurso.

-Gracias –dijo la Niña cuando hubieron llegado a la puerta de su rancho.

Esa palabra debió penetrar en Odiseo con inconmensurable fuerza, barriendo hasta los últimos vestigios de su miedo al Cuco y a la Solapa. Esa palabra, acompañada de una sonrisa y un brillo menos gris en los ojos de la Niña, y, más que espontánea, súbita en sus labios, y por ello adecuada, transparente, imprecisa en lo físico, dramática, temporal; esa palabra, inservible aún a su conciencia, lo conducía al menos a palpar una nueva y primaria certidumbre de acto propio, deliberado y no fatal.

Quizá no revistiera tanta importancia este cambio inesperado en su itinerario. Ciertamente no alcanzaba a desviarlo de su destino final, sino que, como la bordada en la navegación y las variantes en el ajedrez, servía a ese destino con un movimiento de aparente lateralidad, pero que en lo cierto lo conducía hasta él por el camino más corto que permiten los vientos o el adversario.

Se había encontrado de pronto con una niña a la que había acompañado y hasta cierto punto protegido, y esto era nuevo con relación a experiencias anteriores, tales como la palabra de la Madre, las torres, las frases del Panadero o la compañía del Pescador; nuevo, pero no yuxtapuesto, sino agregado a manera de temple o cualidad, y pasado al instante, olvidado, quedando solamente su huella de luz o de sombra.

Con la niñez a cuestas, atravesaba su zona tensa, atropelladora, solo capaz aún de respirar a la conciencia, y por ello incapaz de los recuerdos. Era la Madre quién ahora recordaba por él y para él, así como antes lo había amamantado hasta con sus débiles jugos. De ese modo, recordando, la Madre le abría paso a su paulatina toma de conciencia, completaba su ciclo espiritual y empujaba su andanza. La Madre tenía para el recuerdos que le pertenecían desde antes de nacer, como si tales recuerdos fueran aún la penúltima etapa del parto, si es que se ha de admitir que, para la madre, un hijo nunca termina de nacer…

 

La Madre

 

Me levanté rápidamente, pero en seguida volví al catre y abracé a Odiseo. Me pareció que así lo protegía de un peligro que en ese momento era mucho más terrible de lo que habían sido la intemperie y el hambre.

 

 

Capítulo VI

 

Odiseo

 

Odiseo se hallaba ahora de nuevo en el itinerario previsto; mejor dicho, de vuelta en su ruta por el camino de la Calle Ancha, viniendo desde el racho de la Niña hacia la entrada del callejón que lo llevaría, atravesando nuevamente el sesgo –pero en sentido inverso- el polígono de tiro, hasta el conocido grupo de sauces, junto al río.

Llegó al callejón, se internó decididamente en él y al pasar frente al rancho de Angélica, sin interrumpir su marcha, detuvo su mirada tratando de descubrir la presencia humana a través de la tupida enramada que servía de antesala o vestíbulo. Angélica, probablemente, dormía la siesta o se preparaba para recibir a alguien. Quizá estuviera ocupada también en atender a su hijo enfermo.

Odiseo podía imaginar el aspecto de la única habitación del rancho de Angélica, no mucho más rica que la suya, sin lugar a duda, pero arreglada con cierta prolijidad que podría calificarse de excesivamente femenina, a cuenta de la severa inocencia de Odiseo. Había en el centro una mesa cubierta con una carpeta roja, tejida, en cuyos bordes colgaban flecos azules y sedosos. El centro de la mesa lo ocupaba una antiquísima lámpara de tubo, pero siempre muy limpia y brillante, con una pantalla blanca con bordes dorados. A su lado, la cama, inexplicablemente ancha, con respaldares de madera oscura, y al otro, demasiado lejos, una mecedora de junco donde reposaba el pequeño. Además había un ropero, del que colgaban diversos adornos, tales como un almanaque, una bailarina y un monito peludo. Un cajón servía de mesa de luz, peo estaba forrado con cretona, y al parecer no desempeñaba otra función que la de sostener un retrato de sepia de la dueña de casa. En un rincón, además, había una especie de alacena, de cuyo contenido Odiseo únicamente había podido distinguir, a través del cortinado blanco, una palangana con su jarra de loza. Lo demás encerraba un misterio que Angélica vedaba celosamente a otras miradas que no fueran las suyas, al menos durante las horas y circunstancias en que Odiseo podía franquear esos umbrales, generalmente después de la siesta y en ocasión de recibir órdenes o regresar de algún mandado. Por lo demás, cierto perfume o hábito tibio y cariñoso tentaban el olfato del niño cada vez que visitaba a su amiga. Solía permanecer más tiempo del debido en ese interior solo por cantar, o quizá, llegado al punto de saturación, por sentirse o adivinarse rodeado e inmerso en ese aroma de intimidad. Tal vez fuera el perfume lo que le daba a la habitación de Angélica ese carácter femenino que los niños suelen rechazar, pero al mismo tiempo los atrae a confrontaciones de cálido sabor maternal. Odiseo no solamente podía, sino que con frecuencia deseaba imaginar ese interior, sus colores y aroma, entregándose a ello con secreto placer durante sus solitarias andanzas por la orilla del río o atravesando las callejuelas del rancherío en busca de monedas para su bolsita de género. Su casa era más pobre que la de Angélica, pero sobre todo menos femenina en su arreglo, no obstante el predominio doméstico de la Madre, y carente en absoluto de olores que no fueran decididamente familiares, anodinos y opacos.

Para Odiseo, el recuerdo de la sala de Angélica, cuyo piso de tierra, como el de su casa, le parecía más limpio y hasta brillante, obraba no como antídoto al compararla con su propia y miserable vivienda, sino que asumía caracteres propios y lo inundaba de una especie de tierno sueño de felicidad. Sentía la vaga caricia del perfume y del orden un tanto misterioso que privaba en la casa de su amiga como un estímulo a cuya acción despertara un oculto ideal de belleza y armonía plástica. Quizá no llegara a ser este el régimen inicial de una vocación incipiente, pese a las torres de arcilla, pero aunque lo fuera, aunque Odiseo estuviera destinado al ejercicio de la plástica como arte, los colores, perfumes y formas, esa alegría melancólica relativa a la casa de Angélica estimulaba más bien en el otro tipo de primeriza insatisfacción, una necesidad más fundamental y no por eso menos delicada: establecía un claro contraste entre la miseria de su mundo exterior y todo cuanto lo rodeaba, pobre y hasta grosero por un lado, y, por otro, no precisamente el rancho de Angélica sino el mundo de Angélica, ideal, que con tan definida elocuencia sugerían sus perfumes y sus cosas, sometidos a al regla de ese espíritu señaladamente femenino y además –ahora lo digo- dudosamente célibe.

Ese recuerdo no obraba comparativamente, sino por contraste, verbigracia, con el tacho colmado de guiso cuartelero que ahora le pesaba en el brazo derecho. Establecía una especie de falso equilibrio entre la realidad y la fantasía, concentrando de un lado todo lo feo de la realidad y en el otro todo lo agradable que trascendía de las cosas de Angélica. Probablemente, entonces, más que un indicio vocacional, amenazaba ser un comienzo de torcida o falsa educación, que tendía a hurtarle de su pobre mundo todas las bondades, aunque fueran escasas, y, lo que era más grave, sus posibilidades de desarrollo pugnaz y triunfante. Era así, sobre todo, por la indiferencia con que Angélica parecía arreglar su casa, como si ese arreglo fuera una cosa extraña a ella misma y a sus preocupaciones cotidianas. Se diría que todo ese arreglo era gratuito y hasta excesivo, si se lo comparaba con las necesidades de Angélica, que para Odiseo eran notablemente similares a las de su madre y a las de otra gente del barrio, a las que también servía en mandados, y que en cambio no se tomaban el trabajo ni la preocupación de la prolijidad, como si tal trabajo y preocupación fueran inadecuadas a un medio tan miserable, donde el primero y también el último problema debía ser el de la subsistencia. El ambiente de Angélica, ajeno a lo que ella tenía de igual a las demás personas, en Odiseo parecía obrar como un vicio como que en la misma Angélica parecía ser un vicio.

En el niño, sin embargo, los estragos de ese vicio podían ser aún meramente exteriores. La realidad era tan agresiva y difícil, que no respetaba ensoñaciones, ni a quienes a su arrullo se dejaban estar, sin contar que ella misma –la realidad- se empeñaba en otorgar, junto a sus dificultades, la inenarrable fuerza de sus cambios eternos e infinitos, aunque en algunos casos mezquinara a ciertos hombres los cabos de la salvación.

Ahora mismo, Odiseo, llegando a pie de la barranca lateral del polígono de tiro, acordándose de Angélica, pensó que no valía la pena ascenderla, bordear los fosos, y enfrentar la última, más alta, y aún caminar como cuatro cuadras bajo el sol a través de las quemantes y encandiladas tierras blancas, para llegar a al sombra de los sauces y comer solo. Pero no se detuvo, pese a todo. Arrullado aún por los pensamientos inmediatamente anteriores, escaló la barranca, descendió, bordeó los fosos y ya estando a pie de la barranca más alta, cambió de mano el tacho e inició fatigosamente el nuevo ascenso, llegó a la cima y allí quedó paralizado con súbita alarma.

En seguida se dio cuenta –aunque los otros aún no hubieran comenzado a gritar- de lo que había visto. Muy pronto ovo los gritos, los gritos, las risotadas, los aspavientos y volteretas que parecían dar los cinco a un tiempo. Pensó que ya no había manera de escapar si quería salvar el tacho de guiso y que tampoco tendría tiempo de comérselo antes de que ellos llegaran. Además, no podría huir cargado con el tacho. Sería una excesiva ventaja para cualquiera de los otros, que corrían tan ligero como el: de modo que descendió la barranca dispuesto a enfrentar el peligro y a pelear en defensa de su guiso.

 

La Madre

 

Era un peligro mayor –me parecía- ese que provenía de la voz femenina que el de la soledad y la intemperie que habíamos soportado, más que enfrentado en los caminos. Y ese peligro imaginario, pero concreto y al parecer inminente, se me ocurría mayor no porque mi marido no estuviera con nosotros, sino porque, viniendo de la calle junto a esa mujer, se había puesto de parte del peligro, lo ayudaba y estimulaba en su amenaza.

Era la época en que yo me sentía culpable de su desgracia y mala fortuna, y, también, en parte a Odiseo lo consideraba culpable; mi ánimo, pues, se hallaba propenso a entrever peligros o amenazas de su parte, como venganza por nuestra sola presencia a su lado.

Abracé con todas mis fuerzas a Odiseo, y mientras esperaba, indefensa, las manifestaciones de ese peligro, juré irme, abandonar a mi marido, liberarlo de mi presencia y de la de Odiseo. Pero un gallo cantó anunciando la madrugada, y yo cobré ánimos. Se me ocurrió que el canto de ese bendito gallo adelantaba el día y que ya las luces no tardarían en aclarar el horizonte. Esta visto que no cumplí mi juramento. Acaso debí formular un voto.

El canto del gallo coincidió sin duda con la llegada de las tres personas –o las que fueran, además de las tres cuyas voces yo había escuchado, incluyendo la de mi marido, es decir, sus gritos- a la puerta del rancho. En ese momento las otras dos voces, una de ellas femenina, consiguieron hacer callar a la de mi marido. La voz femenina era persuasiva y adormecedora. Al escucharla se me ocurrió recordar o pensar en la mía, y entonces no se que palabras cariñosas le susurré a Odiseo, dormido en mis brazos. Me dejé estar influida por la magia de la ininteligible conversación que se desarrollaba afuera. Me dejé estar, soñolienta y hasta dichosa, como cuando niña, durmiendo la siesta en la penumbra de nuestra casa, escuchaba las voces que venían del corral o de la cocina y gozaba con sentirme incluida y fuera de ellas al mismo tiempo. En ese entonces me parecía que la gente aprovechaba mi ausencia para hablar de ese modo ensordinado y lejano, como si hablaran del tema de mis secretos y yo pudiera confiárselos, desde el silencio de mi cuarto, estableciéndose entre ellos y yo una confianza tan sublime que me hacía lagrimear.

La voz femenina era muy propicia al contraste con los gritos de mi marido. Cuando se emborrachaba, ahora que vivíamos en las tierras blancas, gritaba de un modo especial, inconfundible para mí, a la manera campesina cuando se arrea una tropilla. Era un grito trepidante y agudo, que se asemejaba o tenía el efecto de un latigazo sobre las ancas de los animales que huían despavoridos delante del tropillero, y que no se detenían, y enderezaban hacía la tranquera del corral porque el grito los alcanzaba y fustigaba por más rápido que huyeran. (Linda tropilla teníamos en la colonia; lástima que no era nuestra, sino de la estancia. Eran buenos caballos tanto para el arado como para cualquier otro trabajo).

Yo reconocía ese grito desde los tiempos de la chacra, porque diariamente se lo escuchaba, de madrugaba, cuando echaba a la tropilla. Nos despidieron, y ahora ese grito le servía no más que para asustarme, pues no lo lanzaba ya sino cuando estaba borracho. Antes ese grito era para él, como para cualquier paisano, una herramienta de trabajo y, cuando menos, una diversión; como herramienta, la única que los de la estancia no le supieron quitar porque era suya, traída desde la cuna, como la traen todos nuestros hombres. Y ahora esa herramienta no le servía para nada (así que es como si se la hubiesen quitado también): como no tenía trabajo en que pudiera serle útil, la usaba al ñudo, por pura diversión, cuando se emborrachaba; y yo, que antes, al oírlo gritar, me alegraba, ahora me moría de miedo y abrazaba a Odiseo.

Cuando el gallo cantó, digo, ellos ya estarían junto a la puerta de alambre, pero el lanzó de repente otro alarido, como rebelándose de las suaves voces que intentaban acallarlo, y yo me estremecí de nuevo y me dieron ganas de huir, como si mi miedo fueron sus caballos y el los quisiera arrear hacia no se que potrero lejano. Las otras voces consiguieron hacerlo callar nuevamente, pero el volvió a dar, implacable, un tremendo alarido, donde yo esta vez reconocí el odio, un odio sangriento, pero no ya contra mí ni contra Odiseo y –al menos especialmente- ni siquiera contra los patrones de la estancia que habían inutilizado su preciosa herramienta, sino contra alguien más grande, más poderoso y más culpable de nuestra desgracia; pero sin duda su grito solitario resultaba impotente contra tales enemigos, y lo único que consiguió fue asustarme y despertar a Odiseo.

Hubo un instante de silencio y luego alguien asomó a la puerta del rancho. Era la mujer.

“-No se asuste, señora” –dijo.

Yo me incorpore del catre, sin soltar a Odiseo.

“-Me llamo Angélica –dijo-. Soy amiga del Primo. El esta con nosotros y su marido viene mal…, pero…”

No dijo más.

Dijo “mal”, en lugar de decir borracho, y por eso tal vez me fue simpática en seguida. Solo entonces me levanté, dispuesta a atender a mi marido, que sin duda ya no podría sostenerse sobre sus piernas, aniquilado por el alcohol.

 

Odiseo

 

Cuando Odiseo dejo su tacho de guiso en el suelo y se colocó delante, decidido a defenderlo, los cinco muchachos ya se acercaban a todo correr dando gritos. A mitad de camino se detuvieron, pero sin dejar de gritar, y Odiseo vio que lo llamaban, haciéndole señas con las manos. La algarabía y los aspavientos de sus amigos salían de lo común. Durante un segundo eso excitó la imaginación de Odiseo, pero muy luego recuperó su actitud vigilante y desconfiada. Nada bueno podía esperarse de semejantes exageraciones. Por otra parte, ninguno de ellos había ido al “tres” a buscar comida, se habrían entretenido por ahí y ahora pretenderían comer todos de su tacho. Odiseo endureció el cuerpo, cerró los puños. Los otros ya estaban a un paso. Se detuvieron, callaron un instante sin entenderse; después, los cinco arremetieron contra Odiseo.

-¡Vení, pavote, vení!

-¡Mirá lo que tenemos!

-Dejá esa porquería.

-¡Vamos!

Los seis forcejeaban a no poder más. Dos le sujetaban los brazos, uno lo ceñía por la cintura, en tanto que un cuarto trataba de bloquearle las patadas. El quinto, como un general, ordenaba:

-Agarrale las patas. A ver. Las patitas, las patitas, para que no cocee el bagualito.

Su estatura era mayor, casi el doble, que la de los otros. Hubiera bastado su intervención para dominar a Odiseo, y acaso por ello mismo se mantenía al margen de la lucha. En cambió se apoderó del tacho de guiso, y esquivando como pudo los puntapiés que aún podía lanzar Odiseo, le acercó el recipiente a las narices.

-Mirá –dijo en un tono divertido, casi bondadoso.

Ese tono del grandote, que no se metía en la pelea pudiendo decidirla en cualquier momento, conmovió a Odiseo, que se echó a llorar de rabia e impotencia, pero sin dejar de hacer fuerza. El otro le mostraba el tacho de guiso y bailaba a su alrededor. Solo entonces, y presumiendo lo que ocurriría, Odiseo percibió un olor raro en la respiración jadeante de los que intentaban sujetarlo. El grandote volcó ceremoniosamente el tacho de guiso a los pies de Odiseo.

Era ya inútil seguir luchando, pero la subsiguiente y repentina tregua, pareja a la extinción de su ira, aludía en Odiseo no solamente a la desaparición del guiso de la discordia, sino también al inesperado impacto de ese olor que provenía del aliento de los camaradas. Era un olor bien conocido por Odiseo: el mismo que solía despedir su padre, y que se hallaba en relación directa con cierto rasgos aparentemente invisibles y melancólicos del carácter de su madre, pero que Odiseo podía adivinar detrás de las palabras, los movimientos, las miradas o las caricias que ella, en tales ocasiones, casi exageraba en prodigarle. No solía ocurrir que la Madre protestara o se entablaran discusiones ni se aludiera directamente a nada concreto, pero su ir y venir en los quehaceres, su paso algo más vivo que de costumbre, sus ojos apagados y empequeñecidos, parecían tocados, conmovidos, por una sorda indignación; y sus maneras un tanto bruscas, definitivas y cortantes –nunca violentas- acentuaban una deliberada resignación o falta de rebeldía. El padre, entonces, invariablemente, se marchaba.

Odiseo no había podido suponer hasta ese momento que muchachos como el, sus camaradas, y por lo tanto el mismo, pudieran emborracharse –cosa de grandes- o que en ellos la bebida obrara iguales efectos que en los mayores. Dejo de llorar, más estupefacto que calmado, cuando el quinto muchacho, el mayor, llamado Quique, emprendió el regreso en dirección a los sauces, dando saltos y revolcando el tacho de Odiseo, volviendo de tanto en tanto para dirigirles sincopadas señales con ambos brazos, como una especie de mísero y estrafalario tambor mayor a una tropa de rotosos, enseñándoles el camino. Los otros cuatro lo siguieron imitando sus gestos que ahora todos a una dirigían a Odiseo. Este los observaba inmóvil aún, pero ya divertido. Los otros saltaban, corrían y los llamaban, se acercaban y se alejaban de el como danzarines tribales en torno a una víctima propiciatoria. Odiseo, en contraste, caminaba lentamente, la cabeza gacha, agobiado por la sorpresa y una secreta curiosidad o esperanza estimulada por lo irreparable de su apetito frente a la intencionada despreocupación de sus amigos y a su manifiesto y elocuente desprecio por un tacho repleto de apetitoso guiso.

Cuando sus amigos llegaron a los sauces, culminó la loca algarabía, pero ya Odiseo había intuido el motivo y corrió hacia ellos aún sin ninguna certeza. Cuando llegó no pudo evitar que una risita patética y menuda se sumara al escándalo de sus amigos.

-¡Abriboca –le gritó el tambor mayor-, esto es comida y no pelecho!

-¡Mirá, mirá –le decía el segundo-, asado con cuero, empanadas calientes, galleta –llegó a un tacho más grande, lo levantó y gritó-: ¡vino, vino! Tomá.

Bajo los sauces se desparramaban los restos de un festín, y todavía sobraban, intactos, zoquetes de asado con cuero para muchos, y el segundo muchacho le iba mostrando una lata llena de empanadas y una bolsa de cartón rebosante de galletas, y el tambor mayor blandía en una mano el inservible tacho de Odiseo mientras que con la otra empinaba uno de vino. Después todos callaron y habló el tambor mayor:

-Nosotros nos vamos –dijo, extrayendo de entre los harapos que vestía una bolsita de género, muy parecida a la de Odiseo, pero repleta de monedas. La colocó ante las narices de Odiseo, como antes lo había hecho con su tacho de guiso y agregó: -¿ves? Nosotros volvemos a la cancha del vasco. Comé y te venís vos también. Ah, guarda con los perros. Cuando acabes de comer, mete todo adentro de la bolsa y la colgas del sauce grande, para esta noche.

Mientras escuchaba, Odiseo llevó lentamente la mano a la cintura y la detuvo cuando vio y oyó la rica bolsa de su amigo. Palpó la suya, casi vacía. Después prolongó el movimiento hasta dar con el cabo negro y lustroso de su cuchillo, y lo extrajo envuelto en su vaina de papel.

-Bueno –dijo, mirando su arma.

Con lentos modales restregó el cuchillo en el pantalón, como para lustrarlo; después lo examinó y no conforme aún repitió cuidadosamente la maniobra. Quique no había guardado todavía su bolsa. Odiseo se refirió a ella con un movimiento de cabeza, y dijo:

-¿Tanta plata, buscando pelotas?

-Ja. ¡Ni una pelota hemos corrido hoy!

-¿Entonces?...

-La taba.

-¿La taba? ¿Jugando?

-Que jugando. Juntando las posturas; llevando y trayendo plata: los que ganan te dan un rial por parte baja.

¿Cómo?

-Vas a ver. Primero come y después te allegas a lo del vasco. No te va a sobrar bolsa, no, para tanta moneda como vas a agarrar hoy. Chau.

El tambor mayor partió a la carrera y los otro cuatro lo siguieron. Odiseo los siguió también con la mirada, incrédulo aún y esperanzado; los vio finalmente ascender en fila india la barranca grande del polígono de tiro –desde cuya cima saludaron- y desaparecer.

 

La Madre

El Primo y Angélica me ayudaron a acostarlo, y desde ese día ella se transformó, de un peligro imaginario y terrible, en una buena amistad. Poco me importa lo que haga y como se las arregle para ganarse la vida. ¿Es que en estos andurriales se pueden tener ciertos escrúpulos?...

Ya amanecía y por eso me puse a encender el fuego, y ellos no se marcharon en seguida porque yo los invite a tomar unos mates, que les irían muy bien después de una noche de chupandina –a buen seguro- y de baile.

…Ella es una mujer sola y no tiene como defenderse, ni quien la sostenga (aunque un hombre a nuestro lado no sea las más de las veces una ayuda). Y un hombre es un hombre, si no es un trompeta…

Se quedaron hasta después de la salida del sol.

…Yo se lo perdono (me refiero a su medio de vida) porque además ahora tiene un hijo que mantener y que cuidar, y si yo se lo que eso significa para una mujer, ¿Qué no será cuando ella es joven, soltera y buena moza? Me da lástima que siempre lo tenga enfermo y le haya salido medio raquítico, ¿pero que otra cosa podía esperarse de una vida como la suya para un hijo que solo Dios sabe quién se lo dejó alguna noche junto con dos o tres pesos?...

Y mi marido se levantó al poco rato, pese a la borrachera, porque esa era su costumbre, y tomó mate con nosotros.

…Va y viene la pobre de su casa al dispensario y del dispensario a su casa y mientras tanto no gana ni para los remedios y alimentos del gurí. Yo pienso que más le valdría alimentarse ella y darle el pecho, que no quitarse el pan de la boca para cambiarlo por los remedios del niño, como quién dice, sin contar con los que le saben dar en el dispensario…

Al fin y al cabo aquella fue una mañana de optimismo. Antes de que el Primo y la Angélica se fueran, quedó arreglado que mi marido iría a trabajar con él en el arreo de haciendas. Odiseo dormía, mi marido y el Primo proyectaban trabajar juntos, y la Angélica, que resultó ser una muchacha dada y simpática, charlaba conmigo. Yo pensaba que si no lo era, se convertiría en la mujer del Primo y me alegré por él y por ella. Pero yo no estaba al tanto de la situación ni conocía aún la historia ni las costumbres de Angélica. Lo cierto es que mi miedo de aquella madrugada, cuando escuche los gritos de mi marido y por primera vez la voz de Angélica, fue tan infundado y pasajero como casi todos los miedos que una siente. Yo he aprendido, después de golpes tan duros como los que la vida me ha dado, que los peligros y los males vienen siempre del otro lado, del que uno no los espera, y en esos casos el miedo no nos sirve para nada, como no sea para agravar los males y peligros.

…Así que después nada iría a ocurrir entre la Angélica y el Primo que ya no hubiera ocurrido. Y la clase de relación que los une hasta el presente, si es que algo los une, no ha variado. Yo supongo que el la visita cuando viene al pueblo, como tantos otros, al fin y al cabo, la visitan. Me engañé, por cierto, aquella mañana. Después del temor pasajero, y ante la perspectiva de que mi marido empezara a trabajar, todo me pareció hermoso y factible, y por eso me inventé yo misma una buena historia, dada como soy a pensar y a imaginar, entre la Angélica y el Primo, sin advertir que entre ellos mismos no se consideraban más que amigos de paso y que no se proponían nada en común, fuera de esas entrevistas periódicas… Ella, sin embargo, hubiera precisado un hombre que la salvara de eso… Y ahora me pregunto y me he preguntado siempre desde que la conozco si es realmente un hombre por el hecho de serlo, lo que una mujer necesita para salvarse de eso y de muchas cosas. No estoy segura. Tal vez sea algo muy distinto lo que una necesite, algo que nos endurezca y nos haga parecer fuertes ante la gente, algo de que nos libere de que por ser mujeres tenemos que ocupar cierto lugar, y realizar ciertos trabajos u “oficios”.

De eso también hablaron aquella vez don Olegario y el muchacho de los anteojos. Mencionaron el “problema de la mujer” y yo supuse en principio que lo hacían en atención a mí, ya que mi marido no estaba en casa; pero después comprobé que conocían a fondo nuestra vida de mujeres pobres, tanto lo que había sido antes como lo que era en la actualidad. En esa conversación me vi tan bien retratada yo como Angélica. Sin saberla, esos dos hombres parecían haber adivinado nuestra historia, y lo más notable era el parecido de mi vida con las de todas las de este vecindario, que ellos llamaban al rancherío de las tierras blancas. Si en todas partes dijeron lo mismo, no lo sé, pero la semilla que dejaron, si a todos les ocurrió lo que a mí, fue muy profunda. Quizá nada ocurra ahora y en mucho tiempo, pero yo, por lo menos, jamás olvidaré esa conversación. De ella saco que la mujer no es hoy lo que debe ser, es decir, un ser humano igual que el hombre. Por eso muchas mujeres corren el peligro de terminar en lo que la Angélica ha terminado.

Don Olegario y el muchacho de anteojos, pues, hablaron de mi vida y de la de Angélica como si las conocieran.

“-¿Qué de raro tiene que a ustedes –decía el más joven- les haya sucedido lo que les sucedió, cuando gente con más medios que ustedes y hasta propietarios se convirtieron en vagabundos, sin otra vivienda que el camino? Y otros –agregó-, sin llegar a ese extremo, perdieron su tierra (o la que arrendaban, que para el caso es lo mismo) y se marcharon y quién sabe donde han ido a parar. Y otros –dijo, porque al parecer se las sabía todas- abandonaron la tierra sin que nadie los echara porque se cansaron de trabajar inútilmente sin llegar jamás a pagar en el verano, con el porcentaje de aparcería o con el precio de su propio cereal, las deudas contraídas durante el invierno?”.

De lo que el muchacho y don Olegario decían, resultaba que las familias campesinas se divirtieron para no volverse a juntar, y yo se que Angélica pertenece a una de esas familias deshechas. Y esa gente así desbandada, aventada, pierde la costumbre y las ganas de enfamiliarse otra vez, aunque Dios y la vida manden que el hombre y la mujer deben juntarse bajo un mismo techo. No es extraño, por lo tanto, que la Angélica y el Primo no parezcan querer juntarse, y juraría que ni siquiera se les ha ocurrido esa idea porque ambos llevan hasta en la misma sangre el recuerdo doloroso de la disgregación y la ruptura, de los adioses con lagrimas al lugar donde nacieron; y piensan, sin duda, o no lo piensan, sino que les tiembla en el corazón el miedo a juntarse, porque sospechan que al cabo de los años se verán obligados a separarse y disgregarse como antes para subsistir, a abandonar a los hijos y a darlos –como hay tantos, y el Primo es uno de ellos: dado, abandonado, recogido y vuelto a dejar-, porque se les haría difícil darles de comer, vestirlos, sin pensar ya en educarlos. La gente, pues, tiende a irse, a separarse, y yo, como don Olegario y el muchacho de anteojos, pienso que debiera ser al revés. Porque si a todos, al revés, se les diera por juntarse (pero todos), y por no abandonar las tierras que labraron, no veo, como no veían don Olegario y el muchacho corto de vista, que fuerza sería capaz de disgregarlos y aventarlos.

“-Vea las perdices y los horneros –decía el más viejo-, que siempre andan en parejas, y que nada que no fuera la muerte sería capaz de separarlos; vea las golondrinas que vienen y se van todas juntas, y vea las bandadas de biguases asentadas en los troncos flotantes que se lleva el río y volando en hilera, de punta, encabezados por un guía; ¿y por que? –decía- hasta los chúcaros se juntan y marchan detrás del cencerro de la yegua madrina?”.

De lo que decían esos dos la gente habrá sacado sin duda –y por eso será que los han llevado presos- que debiera también haber bandadas de hombres, mujeres y chiquilines dispuestos a resistirse, todos a una, contra la fuerza ciega de la disgregación. Es un verdadero milagro -¿pero a que costa?- que nosotros hayamos permanecido juntos frente a la desgracia. No deja de ser una suerte. Temo por Odisea, sin embargo, que desde tan chiquito se ha tenido que acostumbrar a andar fuera de las casas y se ha hecho tan caminador que no para desde la mañana hasta la noche…

Y ellos –la Angélica y el Primo- se fueron por fin.

Nos hace falta, estaba pensando, el cencerro que reúne a los chúcaros.

…Los ví marchar zonzamente ilusionada de que juntarían y formarían familia, pero nada de eso habría de ocurrir.

Sería necesaria una campana grande –y no un cencerro-, que llamara a todos los pobres y los reuniera alrededor de una idea que ignoro, porque desgraciadamente aquellos dos hombres me visitaron una sola vez y después no he vuelto a saber de ellos, pero tendría que ser una idea de pobres, inventada por ellos, en la cual todos coincidieran sin engaños como coinciden los biguases en vuelo o sobre los troncos que el río se lleva, una idea como esa que lleva y trae a las golondrinas, una idea que los pobres tienen que aprender.

…Antes de que se fuera la invité a que me visitara de vez en cuando, y la pobre apareció dos días después con unas bombachas de regalo para Odisea. Desde entonces me ha visitado casi diariamente. Jamás hablo, por respeto, de lo que hacía para vivir, y aunque yo lo supiera y adivinara, nunca se lo di a entender tampoco. Así que siempre nos hemos respetado y, porque no decirlo, querido. Ahora Odisea sabe hacerle algunos mandados y ella no deja de darle moneditas por cada changa, aunque yo le haya dicho y repetido que lo mande cuando lo precise, no más, sin pensar en darle nada, pero ella sabe que Odisea me trae todo lo que recoge por ahí, y para ella es una manera de ayudarme.

Estuve con ella cuando tuvo el gurí.

…Mi marido su fue al río después de que el Primo y la Angélica se hubieron marchado, y regresó pasado el mediodía con una sarta de bagres, y ese día comimos pescado otra vez…

Pensé que el niño podría ser del Primo, pero ni siquiera se lo insinué –mujer zonza-, ni le deje ver tampoco mi engaño de esa noche cuando los sentí llegar juntos a mi rancho acompañando a mi marido borracho. Siempre he sido medio corta para dar consejos (a veces ni siquiera me atrevo a aconsejar a Odisea. Por ejemplo, no me gusta que use cuchillo aunque lo necesite. El cuchillo, que es como una parte del hombre, me intranquiliza en las manos de un chico. Sin embargo, no se lo he aconsejado. No le he dicho: “No use cuchillo, m´hijo. Trae desgracia”. No, no se lo he dicho, como tampoco le aconseje al Primo y a la Angélica que se unieran). No. Se que las cosas no ocurren por el solo hecho de que uno las desee o sucedan en la imaginación. Es como esa idea que yo me hice después de escuchar a don Olegario y a su joven acompañante: en el caso de que fuera una idea verdadera no bastaría con pensarla. Ellos andaban difundiéndola, metiéndola en las cabezas y en los corazones de la gente, a fin de que no muriera con ellos, y no como yo, que estándome callada, me llevaré a la tumba esto que pienso.

He dicho que ellos parecían haber adivinado nuestra historia pasada, nuestras desgracias y quebrantos. Y, cosa rara, tengo la impresión de que yo misma, sabiéndomela de pe a pa, la ignoraba, y que fueron ellos mismos quienes me la revelaron, o por lo menos me infundieron una idea nueva acerca de nuestra vida. Pero este es otro cuento…

Hoy es domingo de elecciones, como aquella vez, y el no ha venido. Tampoco vino anoche a dormir, y desde hace un tiempo…

 

Odiseo

 

Había ensartado un trozo de carne en el cuchillito que empuñaba con la mano derecha, mientras que con la izquierda procuraba asir una galleta y una empanada al mismo tiempo, porque no deseaba comer allí, sino descender la barranca y sentarse junto al agua, donde los sauces proyectaban su regalo de sombra, y algunos de sus lánguidos brazos se dejaban acariciar por el propio reflejo. Estaría más fresco, menos visible y al mismo tiempo entretenido, contemplando el río mientras comía, y mirando los camalotes, troncos o macaes desde que aparecían por la curva del Minguerí hasta que se perdían entre los reflejos, hacia el Sur, y doblaban en la nueva curva del arroyo muerto. Sería lindo también saludar a los pescadores que paleaban contra la corriente, en busca del pique de los dorados, o a los canoeros que bajaban cargados de leña; comer tranquilo, con la espalda al resguardo de la barranca, escuchar los rumores del agua, dejarse llevar por esa fresca luz serena y silenciosa, aquietar el alma en los profundos, claros y misteriosos cielos del agua, adornar el paladar con el aroma de los limos densos que las corrientes traen desde el Norte, y que pasan indiferentes y pesados frente a las tierras blancas, dejándoles un rastro inmaterial y nemoroso de su antiguo poder y agotada fertilidad; imaginar, viendo correr el agua, distancias imposibles y claros tiempos de amor, no de abundancia, sino de plena satisfacción o de ninguna inquietud; en una palabra, confundir el presente, en posesión de ese trozo de carne fría, sin desollar, baquianamente asada, con otro tiempo igual y eterno de la infancia; olvidar la mirada –en tanto que comería- en un punto donde las ondas juegan a brillar y a apagarse alternativamente; comer tranquilo, y al menos una vez, sin hambre, con apetito regular, ocupando solo el espacio y la breve intención que le están destinados; detener un rato el viaje para dejarse alcanzar por las luces del río como si fueran de su leve pasado y aquilatarlas secretamente en dones de la vida y para la vida del hombre que habría de ser, aún sin esperarlo ni desearlo; no recapitular, sino dar bruscamente con cosas ya experimentadas, pero ahora luminosas como la flor del agua; esparcir flamantes y buenos pensamientos acerca de su madre, del Panadero, de Angélica, del Primo, del Pescador, de sus amigos; no recordar, sino –como los niños recuerdan- escuchar de nuevo la palabra gracias dicha por la Niña y ofrecerle compañía otra vez y volver a oírla y así hasta el infinito y eternos de luces y sombras en el río; pensar en el regalo del buen Díos que mencionaba su madre por las noches, y expandir sobre la dulce imagen de su totalidad generosa una mirada de posesión, proyectada desde esa desconocida trama infantil, más cercana todavía del nacimiento que de las otras contaminaciones de aquella vida.

Dos o tres veces se empinó el balde de vino, y cuando del zoquete no quedó más que el pellejo chamuscado, subió la barranca para aprovisionarse de nuevo, pero esta vez embolsó y colgó del sauce grande lo que sobraba, cumpliendo así las instrucciones de Quique, el tambor mayor. Al terminar el “segundo plato”, el sueño había hecho presa de el, y antes de haber engullido totalmente la segunda empanada, se durmió, acunado por la brisa del Sur –que a fines del verano se adelanta unas horas en la tarde.

Los primeros en aparecer fueron el Cuco y la Solapa. Bien pronto se alejaron, pero ambos, que eran muy desconfiados, echaron una mirada incrédula sobre el ángel dormido: “un niño de siete años apenas –pensó la horrible pareja en un rapto de comprensión-, no vestido, sino mezquinamente cubierto por una camisa arratonada y un pantalón a media pierna sostenido por un tirador del mismo género que le cruza de derecha a izquierda, sin contar el cinto de piola, donde cuelga un magro botín de tres monedas en una bolsita. En cuanto al cuchillo, se entiende que es para comer”.

Odiseo, por su parte, recostaba la cara en el musgo que medraba al pie de la barranca y su cabellera se prolongaba en la propia tierra grisácea y dura.

Después apareció Taco, más el pobre tonto había recuperado u obtenido el don de la palabra:

“¿Oíste hablar alguna vez de Balín? ¿No? Entonces escucha: Balín era un viejo pordiosero como yo al que le llamaban “Pechuga”. En sus últimos tiempos solía ocuparse también de asustar a los chicos, pero su oficio en la vejez era hacerle algunos mandados, que no llegaban a ser changas porque el viejo ya no tenía fuerzas, al bolichero don José Candiotti, que tenía tanta edad como Balín, pero agraciada por los dones de una bonita fortuna. Después de los mandados, Balín recalaba todos los atardeceres en el despacho de don José y se quedaba allí, sentado, hasta la hora de cerrar. A tal punto era hombre aquerenciado a la casa, que tenía su silla propia, en la que ningún otro parroquiano osaba sentarse. Es probable que de tanto en tanto ambos viejos cambiaran alguna palabra, aunque en rigor, como se conocían tanto, no tenían por necesario hablar para entenderse. Por otra parte, como los dos eran muy viejos, habían hablado ya mucho en esta vida.

“Don José, a poco de llegar Balín y sentarse según era su costumbre, le servía diariamente, sin cargo, una copita de coñac, y el, a su vez, se servía otra. Ambos prolongaban ese deleite exactamente hasta la hora de cierre. Esa escena, como te digo, se repitió diariamente durante muchos años. Un mal día, Balín se enfermó de gravedad, o mejor dicho, de vejez, que suele ser la más grave de todas las enfermedades, desde que es incurable. Balín debió ser internado en el hospital de caridad. Ya desahuciado por los doctores, Balín sintió llegada su hora, y así dicen que lo reconocía con serenidad ante las enfermeras.

“Don José –contra lo que se pudiera pensar- no fue nunca a visitarlo al hospital, y no creas que por maldad o ingratitud, sino simplemente porque no consideraba a Balín más importante que un viejo mueble de su almacén, de esos que un buen día se descalabran de tan antiguos, y de los que no hay más remedio que desprenderse para siempre.

“Mientras tanto, Balín se extinguía poco a poco como una vela de sebo. Y tanto se extinguió que una tarde las enfermeras no lo hallaron en su lecho, como si realmente se hubiera esfumado. La verdad, sin embargo, era otra. Nadie, en este mundo, desaparece en esa forma. Al atardecer, a la hora de siempre, Balín llegó con sus últimas fuerzas al boliche de don José y se sentó en su silla. Don José sirvió las acostumbradas copitas de coñac, que ambos saborearon hasta la hora de cerrar. Después, como siempre, don José retírose a su casa y Balín llegó por sus propios medios al hospital. Eso sí, hubo que acostarlo. Una hora después falleció, casi al mismo tiempo que don José Candiotti”.

La imagen de Taco se extinguió con su propio relato, pero una voz desconocida, no proveniente de ningún cuerpo, sustituyó a la del limosnero tonto:

“Ella también es una niña buena –decía-; obedece a su abuelita, no va donde hay hombres borrachos. Después de comer, duerme la siesta como los chicos buen criados. Ellos se llevan solamente a los que andan bajo el sol a la siesta”.

“Gracias… Gracias”.

Estas últimas palabras fueron dichas por la Niña.

Después…

Un círculo brillante de sol, como una moneda de platino dirigida por un rayo que atravesaba la fronda del sauce grande, se fue acercando a la cara del ángel. Traspuso la matita de musgo, tocó su sien, ascendió hasta rozar el párpado y luego cubrió el ojo. El niño se despertó pensando en el mandado que tenía que hacerle a Angélica.

 

La Madre

 

Ahí llega la Angélica. ¡Trae una cara! ¡A que le ha pasado algo al nene!

(Angélica –Buenas tardes, señora- 1

Madre –Buenas, Angélica. ¡Que milagro! Domingo y por aquí.

Angélica – (Tiene los ojos bañados en lágrimas). ¡Oh, señora, estoy preocupada, arrepentida, algo terrible! No he tenido más remedio que mandarlo a Odisea.

Madre -¿Odiseo? ¿Qué le ha pasado a Odiseo? ¡Pronto, Angélica, dígame! El padre no esta…

Angélica -¿A Odiseo? Oh, nada, pero tuve que mandarlo a…

Madre -¿A dónde lo mandó? No me engañe, Angélica, se lo pido por…

Angélica –No ha vuelto del mandado…

Madre -¡Pero donde, donde fue! (Llora también). ¡Dígame, dígame, Angélica, donde lo han llevado!

Angélica – (Respuesta ante el llanto de la madre). Por favor, señora, no se trata de Odiseo. Se trata de mí y de mi nene. ¡Que vergüenza! Soy una marmota: lo mandé a la farmacia.

Madre – (Severa). ¡A la farmacia! ¿No estaba lastimado, no? ¡A la farmacia! ¿A comprar que? Es un chico, Angélica…

Angélica –Nada, a comprar nada. ¿Qué quiere que compre en la farmacia ni en ningún lado? Usted sabe que cuando el Primo anda en Gualeguay…)

 

Odiseo

 

En la farmacia se encontró ante una dificultad inesperada. El procedimiento, en efecto, no fue como otras veces, en que el hombre de guardapolvo blanco lo despachaba sin chistar, bien que le echara unas miradas que para el niño no eran ni de piedad ni de benevolencia, sino de una vaga y genérica agresividad, propia de personas mayores que no fueran la Madre, el Panadero, el Pescador y a veces la propia Angélica. En esas oportunidades Odiseo sabía lo que iba a comprar, ya porque Angélica se lo hubiera dicho o porque el mismo lo adivinara, en cuyo caso el trato con el idóneo se tornaba más igualitario. Esta vez, en cambio, ignoraba tanto el pedido escrito en el papel como el contenido de un envoltorio, que según órdenes de la Angélica debía entregar al boticario. El boticario tomó ambos encargues. Leyó uno, miró el otro, volvió a leer y a mirar, dos, tres veces. El niño seguía con los ojos furiosos y cada vez más veloces movimientos del boticario. Este, por fin, devolvió el paquete. Odiseo ya se había preparado para escuchar la blasfemia que por último lanzó el comerciante.

-… ¡Vos mismo, ahora me acuerdo, viniste con la orden del dispensario! ¿No es así?

-¿Yo?

-¡Si, vos!

-Yo, no.

-¿Cómo que no! Y ahora me traes el tarro otra vez.

-¿Yo?

-No, vos no tenes la culpa. Es esa grandísima p…, que ni siquiera lo ha abierto. ¿Sabés –gritó- que dice este papel?

-Yo, no.

-Eso me pasa por no preguntar, por no exigirles el documento. Después se quejan. ¿Quién te mando?

-La Angélica.

-¿Qué Angélica?

-La Angélica.

-¡Mire un poco! –leyendo-: “Señor boticario: Hágame el fabor –favor con b larga- de cambiarme este tarro de leche en polvo en efectivo, y de ese efectivo me manda un lápiz de ruye del más barato que tenga y la plata que sobre se la envuelve al chico en ese pañuelo”.

-Despácheme –dijo Odisea débilmente-, que estoy apurado.

-¿Qué? ¿Qué te despache? ¡Válgame, Dios, y todavía pretenden que uno lo despache! ¿De quién era la orden? ¡Que vas a saber vos!

-¿Yo?

-Claro, mandan a las criaturas –decía mientras ojeaba furiosamente un libro de recetas-; ellas no se animan a venir, no. Pero ahora vos le vas a decir que venga, ¿sabes?

-Si, señor.

-Es una vergüenza. No tiene nombre. El dispensario les da leche en polvo para que alimenten al hijo, y ellas, las muy arrastradas, la mandan a cambiar por rouge y dinero. Me pregunto por que el dispensario no le suministrará rouge a esas señoras, y polvo, y crema para el cutis, y también debería darle órdenes para las peluquerías, a fin de que se hicieran la permanente. ¡Aquí esta: orden del doctor G! Ya hablaré con el. Le mostraré este papel de puño y letra de esa… ¡Tomá –gritó-, decile a la Angélica esa que digo yo que esto es para el hijo, y que si lo quiere matar de hambre es cosa de ella, pero que yo no se lo cambio por rouge ni por plata. ¿Entendiste?

-Esto es lo que traje… La Angélica me dijo que usted me iba a dar plata. Que me la atara en este pañuelo.

-¿Plata? Sí, como no, pero decíle que venga ella, ella a buscarla, ¿sabés? Por ahora llevá eso, no más.

Odiseo obedeció, miró durante un breve segundo al idóneo y salió del negocio. Por la calle pasaba en ese momento un camión repleto de electores que iban a los gritos vivando a un partido y vitoreando a un general.

 

La Madre

 

(Angélica -… Yo no puedo trabajar. No es que le tenga miedo ni que el me exija nada, sino que no me animo, andando el por aquí. ¡Es tan loco! Y temo que por ahí se le de por llegar borracho y se encuentre con alguien).

Mujer zonza, esta también. Ah, ya se que es lindo sentirse celada por un hombre o figurárselo. ¡Pobre muchacha!

(Madre -¿Y que hay con eso?)

Angélica –Hace como tres días que se que anda por aquí, que ha venido del campo. Ni siquiera lo he visto. No ha ido por casa todavía, pero no me animé a… Y me he quedado sin un centavo. ¡No he tenido más remedio!

Madre -¿No ha tenido más remedio de que?

Angélica –Después, después que lo mandé me arrepentí…

Madre -¿Se arrepintió de que?

Angélica -… Salí a llamarlo, pero ya había desaparecido. El pobre me dijo que andaba apurado por no se que cosa de ganar mucha plata, que tenía que hacer no se donde.

Madre -¿Odiseo?

Angélica -¡Oh, pobrecito! No se preocupe por el. Usted no me va a creer… Lo mandé entonces con el tarro de leche en polvo que me dieron en el dispensario para el nene. Lo mandé a la botica. (Llora). Para que me lo cambiaran por el importe y… Usted se imagina (llora)… En estos tres últimos días no he ganado un peso, y me he quedado sin nada en casa. Ni yerba casi (llora). No tengo ni siquiera con que pintarme.

Madre -¡Pero! … Bueno, Angélica, no se preocupe. Mire, deje de llorar. Ahí tengo cinco pesos escondidos.

Angélica – (Sin dejar de llorar). No, no, por favor. No faltaba más. No he venido para eso.

Madre – Ya sé. No sea zonza. ¿Cuántas veces usted le ha dado plata a Odiseo?).

Mis cinco pesos. Monedita a monedita juntados por el. Con eso y lo que juntara de aquí hasta fin de mes pensaba comprarle un pantaloncito. En fin…

 

Odiseo

 

De vuelta al rancherío, llevaba en una mano el mismo tarro envuelto en el mismo periódico manoseado y rugoso, y en la otra, la rueda de hierro y el alambre. No hacía rodar el aro. Se esforzaba por llegar a una conclusión aceptable y verosímil acerca del oscuro delito de la Angélica que había desatado la ira del boticario. No hallando ninguna explicación, echó a rodar el aro, corrió tras el y comenzó a impulsarlo con el alambre. El aro cantaba metálicamente en la acera baldosada. Odiseo fue aligerando paulatinamente el paso hasta que anduvo a la carrera. Ahora pensaba en la bolsa del tambor mayor repleta de monedas y en como podría el también llenar la suya. Sumergiose en la inefable dicha de imaginar su regreso al rancho, por la noche, cargado de monedas, y dejándose ya acariciar por la sonrisa de miel con que lo recibiría su madre.


 

Capítulo VII

 

La Madre

 

Se marchó al fin con los cinco pesos en una mano y el pañuelo con el que se secaba los ojos, en la otra. Esos cinco pesos eran todo mi dinero (de Odiseo, mejor dicho). Yo le exigí que los aceptara y ella, la pobre, no fue capaz de rechazarlos. Le debo tantos favores, que quizá trató de hacerme uno más aceptando el dinero, no ignorando que era todo cuanto tenía. No es difícil que haya querido darme la oportunidad, con este sacrificio, no de pagarle tantos servicios que me ha hecho, sino de quedar en parte tranquila con mi conciencia y retribuirla en algo. Además, no creo que le hayan dado algún dinero a Odiseo, no creo que ningún boticario le va a cambiar un tarro de alimento infantil por dinero. En las casas de comercio, jamás devuelven la plata, sin contar que ella no compró ese tarro de leche, sino que se lo recetaron gratis en el dispensario.

Es cierto que esos cinco pesos eran todo cuanto tenía, pero también es cierto que yo a la Angélica le debo mucho más que eso. Odiseo y yo le debemos la vida, casi, y el que hayamos salvado de la inundación las pocas cosas que teníamos en el rancho cuando las aguas avanzaron.

Nadie me avisó.

Fue la única que se acordó de mí esa noche, porque sabía que yo no estaba acostumbrada a las inundaciones y que no conocía las traiciones del río. Hablando con ella una vez, le dije que aquí en Gualeguay, por primera vez, había vivido junto a un río. La Angélica, además, se acordó de que mi marido no estaba. Se acordó porque el se había marchado con el Primo cuando empezaron a trabajar juntos en el arreo de hacienda. Yo estaba sola con Odiseo y de no haber sido por ella nos hubiéramos ahogado o por lo menos hubiéramos perdido todo pese a que este río suele crecer lentamente y le da tiempo a escapar a quien lo conoce.

Esta vez aprendí para siempre que los ríos no crecen como quien ignora su ley se lo pudiera imaginar. Así ocurre con muchas otras cosas en la vida. Las aguas no avanzan parejas, en una línea, y ahora están aquí pongo por caso, y dentro de diez horas están diez metros más allá. Cuando ella vino a darme el alerta, recuerdo que en seguida miré hacía el río, calculando que las aguas vendrían desde ese lado, pero no fue así. No es así. Los ríos no crecen como yo creía, ignorante de sus mañas. Todo lo contrario. Las aguas avanzan en punta, como una bandada de biguases; se detienen en las partes altas, se dividen y las rodean. De tal modo que esa vez las aguas venían, no del lado del río, sino que nos estaban rodeando. ¡Que susto! Sí, estoy seguro que esa noche Odiseo y yo hubiéramos muerto. ¿Para que lado hubiera corrido yo de no haber estado la Angélica con nosotros? Para allá. Y bien, no. Había que escapar en sentido opuesto, y aunque parezca absurdo, no disparar alocadamente delante del agua, sino buscar el refugio en el terraplén. Ahora lo veo claro. Las tierras blancas son completamente bajas, y a no ser por el terraplén que prolonga el puente Pellegrini, no habría otra parte donde refugiarse en caso de creciente.

Por eso digo que cinco pesos, aunque sean los últimos que uno tenga, no son mucho dinero a cambio de ciertos favores y de todo lo que gracias a Angélica salvamos aquella noche. Además, quizá me los devuelva pronto, y yo pueda, de todas maneras, comprarle a Odiseo su pantalón.

…Cuando llegamos al terraplén, de noche, nos encontramos con algo inesperado por mí. Temblaba una verdadera multitud de sombras, refugiados como nosotros, muertos de frío, mojados, cada familia junto a las pobres cosas que había logrado salvar. Llovía a cantaros y hacía un frío de mil diablos.

“Es una desgracia –pensé- que estas crecientes vengan en invierno”.

Mientras tanto iba llegando más gente. Algunos en canoa, desde muy lejos. Otros a pie, con el agua que ya les daba a la cintura, entre los que yo reconocí a algunos vecinos. Recuerdo también a una viejita que estornudaba continuamente y de una manera muy rara. No parecía estornudar, sino toser o quejarse. Desembarco de una canoa que según decían venía del otro lado, sola, hecha sopa, sin ningún bulto, como si fuera la propia imagen del desamparo. No la volví a ver, porque la llevaron directamente al hospital. En el corralón circulo después la noticia de que se había muerto. El recuerdo de aquella viejita sería inolvidable para mí, como lo son todos los sucesos de la primera inundación que padecimos.

Durante dos noches no dormimos. La primera, cuando vino la Angélica a anoticiarme de la creciente que se preparaba. Esa noche aprontamos todo, pero no nos fuimos porque no teníamos a donde ir, y porque algunos decían que la creciente había parado. La gente desconfiaba, sin embargo, y ninguno durmió vigilando las estacas en la orilla del agua. El río parecía tranquilo y avanzaba con mucha lentitud. Llegó el día y la noticia se confirmó. El río apenas había alcanzado la altura de la barranca, pero ya el agua se volcaba en las hondonadas y algunos ranchos se habían inundado. Durante todo ese día nosotros y los demás no hicimos otra cosa que mirar hacia el agua hasta que llegó el atardecer. A esa hora parecía estacionaria, y yo decidí por mi cuenta, sin atender a los consejos de la Angélica, poner todo en su lugar. Deshice los bultos y volví a meter todo dentro del rancho. Al caer la noche comenzó a llover, y poco después llegó la Angélica. Antes de que dijera una palabra, con solo verle la cara me asusté. Debido a la lluvia, yo no había vuelto a salir del rancho, y tenía el agua a dos metros de la puerta, viniendo desde el cañaveral. Loca de espanto, tomé a Odiseo en brazos y traté de huir por el lado opuesto, para alejarme del río. Angélica me detuvo, de haber seguido, me hubiera ahogado. Es claro que con el apuro no alcanzamos a salvar lo que se dice todo… Lo primero fue marchar con Odiseo y algunas cosas hasta el terraplén, chapaleando el barro pegajoso y resbaladizo de las tierras blancas. En cuanto al agua, no parecía haber venido de parte alguna y menos del río, sino de todas o haber brotado de la tierra.

Las canoas iban y venían del terraplén. Llegaban cargadas de gente y bultos, colchones, sillas, ropa suelta, gallinas. Descargaban y volvían a perderse en la noche, bajo la lluvia. En una de ellas fue que vino la viejita, tosiendo y tiritando, y se quedó allí con las manos cruzadas en el pecho. Y he aquí algo que tampoco olvidaré: los que estábamos más cerca esperábamos sin duda que la anciana vendría acompañada; nadie pudo imaginar al principio que la habían traído a ella sola; pronto nos dimos cuenta de lo contrario, y la Angélica se le acercó. No se que habló con ella, pero vi que se quitaba el abrigo para dárselo, aunque estaba tan mojado como el vestido de la anciana que se le pegaba a las carnes.

Antes de eso la Angélica debió volver sola al rancho a traer lo que habíamos dejado. Sus cosas estaban a salvo, porque las había trasladado con tiempo a la casa de una amiga. Hubo otras gentes, sin embargo, que con ser de aquí fueron menos previsoras que yo, y no se movieron hasta que el agua las rodeó por completo, y entonces hubo que salvarlas en canoa, porque ya ni los carros del regimiento podían llegar. No obstante, ahora se que no fueron tan imprevisores como yo pensaba entonces. A los inundados recién se los salvó cuando se hallaron en peligro. Mientras el río no crecía y amenazaba ¿quién se acordaba de esa gente? Aunque yo, por ejemplo, hubiera previsto lo que nos iba a ocurrir, no hubiera tenido donde refugiarme. No tenía amigos que pudieran hacerme un lugar en su casa; no todos tenían una amiga como la de Angélica que se aviniera a recogerla con tanta anticipación, de modo que solo cuando la creciente ya era irremediable y peligrosa se movilizaron los soldados y la policía, y condujeron a la gente a barracas y galpones improvisados. Pero nadie pudo ir a refugiarse allí antes de que la inundación hubiera comenzado; y la gente, aunque sabían que las aguas se venían, se quedó hasta el último momento, hasta que el ejército y la policía no tuvieron más remedio que socorrerla.

En medio de la confusión y de la oscuridad, todos querían ser los primeros en subir a los carros, y mis cosas casi se me perdieron. Subimos a un carro que comenzó a andar inmediatamente sin dar tiempo a que la Angélica me alcanzara los bultos. Yo empecé a gritar como todos y me arrojé del carro con Odiseo en los brazos. Me mantuve de pie no se como y volví al lado de mi amiga. Estaba dispuesta a no moverme de allí hasta que no nos cargaran con todo, pese a que estaba celada de agua hasta los huesos y que no cesaba de llover. A Odiseo lo tenía envuelto hasta la cabeza, y no parecía un niño sino un paquete más. Vino otro carro, pero no subí hasta que mis cosas no estuvieron arriba. Angélica debió ayudarme a cargarlas, porque yo, con el nene, apenas podía levantar nada. Todos protestaban, gritaban, y se esforzaban por subir los primeros. Por suerte, una vez que el carro estuvo repleto y no cabía ya un alfiler, alguien, un soldado tal vez, echó sobre nosotros un encerado y nos tapó, pero no como si fuéramos gente, sino mercadería o algo más valioso aún. Por lo menos la lluvia ya no caía sobre nosotros y pude destapar a Odiseo. No podía verlo en la oscuridad, pero me daba cuenta de que el movimiento, la sorpresa, y también el susto lo mantenían despierto y podía imaginar sus ojos grandes, asombrados, llenos de temor. Además, estaba mojado, porque el agua había traspasado la bolsa que lo envolvía. Todo estaba mojado. El aire mismo parecía destilar agua. Nadie podía decir que tenía una sola prenda seca. El carro marchaba dando tumbos por el terraplén del puente Pellegrini y nadie, salvo el que manejaba, sabía donde íbamos.

…¿Qué son entonces cinco pesos comparados con la vida que le debemos Odiseo y yo a Angélica? En realidad nuestra vida no vale mucho. Sin embargo es la única que tenemos y para nosotros vale tanto como la de un estanciero. Además, como me decía don Olegario, cada uno de nosotros quizá no valga mucho, y más siendo tan pobres como somos, pero uno al lado del otro hacen multitud, y entonces si, juntos –decía- valemos más que todos los estancieros…

Ella fue muy servicial. No se separó de nosotros hasta que no estuvimos instalados en la barraca de la Defensa Agrícola, utilizada recientemente como depósito de cereales, pero que antes había servido también para aislar a los enfermos de viruela, durante una gran epidemia que yo no llegué a conocer, pero de la que sentí hablar en Cuchilla Redonda. En la barraca, que era de techo de zinc y piso de tierra, habían esparcido aserrín. No se permitía encender fuego y no teníamos como secar la ropa. Yo abrí el catre para que se oreara un poco. Toda la gente hacía lo mismo. Se tendieron cuerdas para colgar la ropa, y la barraca se convirtió en una especie de muestrario de la miseria. Pasamos una mala noche, y esa fue la segunda que no dormí. Poco antes de la madrugada cesó la lluvia y la Angélica pudo salir.

…Eran mis únicos cinco pesos… pero ella volvió, horas después con una frazada y algunos vestidos y trapos viejos, pero secos, con los que pude envolver a Odiseo y cambiarme yo misma. Por suerte estaba oscuro aún, y como que era invierno, amanecía tarde y el tiempo no era bueno. Algunos habían encendido velas. En la barraca se olía aún a cereal, a cuero podrido y a excremento de ratón.

Angélica no se separó un momento de nosotros, aunque ella tampoco había dormido. Y todo eso lo hizo sin que se lo pidiera y sin dejarme ver tampoco el favor que me hacía, sino con la más bondadosa naturalidad, como si cuidar de nosotros fuera su única ocupación. En la barraca parecía una refugiada más, y no una visita. Recuerdo que estaba muy junto a mí, quizá para darnos calor entre ambas, cuando la mujer gritó, y nosotras nos tomamos fuertemente de las manos. Si no me hubiera dado otras pruebas de su bondad, diría que fue en ese gesto de cariño mutuo y protector donde concebí, puede decirse, la verdadera cualidad de Angélica. Es decir, me permití quererla sin tener en cuenta ni estar prevenida contra su medio de vida y sus costumbres.

La mujer, mientras tanto –probablemente una de las últimas, de las que se habían instalado al fondo de la barraca-, gritaba:

“-¡Una rata! ¡Una rata!”

Algunos hombres se echaron a reír. Nosotras no nos movimos. La gente se congregó alrededor de la mujer que gritaba, y nosotros podíamos ver sus sombras y oír las risas y las conversaciones. Cuando regresó una de las mujeres que se había instalado al lado nuestro, nos informó que al parecer la mujer había gritado porque descubrió que una rata enorme husmeaba cerca de su hijo, que dormía en el suelo. Nadie más vio la rata, y cuando todo parecía tranquilizarse y la gente volvía a sus lugares, otra mujer empezó a vociferar acusando a todos de haberle robado un vestido que había colgado para que se secara, aprovechando la confusión ocasionada por la rata. El vigilante apostado en la puerta oyó los gritos de:

“-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Me han robado mi vestido!”

El vigilante entró en la barraca y otra vez la gente se arremolinó cerca de la que gritaba, pero con más recelo que antes, pues, aunque no se trataba de una rata, la mujer dirigía sus acusaciones e insultos a los que tenía más a mano y repartía el cargo de ladrón a cuantos se le ponían a tiro. Las discusiones fueron interminables, pero el vestido no apareció. Ya amanecía. Algunos le pedían al vigilante que requisara toda la barraca, pero eso no era posible. Había demasiada gente y mucho desorden.

…De modo entonces que no tengo por que lamentar haberme desprendido de nuestros únicos cinco pesos. Ya los volveré a juntar de un modo o de otro. Yo estaba obligada con la Angélica, y en el estado en que se hallaba no hubiera podido negárselos. Pude haber dicho que no tenía un peso encima y ella me lo hubiera creído, sin tener en cuenta que al principio se negó rotundamente a recibir el dinero y que me hubiera bastado no insistir más para que no se lo llevara. ¿Podía yo negar sin embargo que tenía esos cinco pesos guardados, aún suponiendo –como creo- que no viniera a pedirme nada, sino simplemente a contarme la barbaridad que había cometido al mandar a Odiseo a la farmacia a devolver ese tarro de leche en polvo para que se lo cambiaran por dinero? No, no podía.

Recuerdo que ya entrada la mañana aparecieron los soldados. En un carro como el que habían utilizado para salvarnos de la inundación y transportarnos a la barraca traían un enorme tacho humeante con mate cocido y una bolsa de galleta. La gente se apretujó a la entrada. Varios soldados descendieron del carro y los empujaron hacia el interior. Un cabo nos gritó que mientras no guardáramos el orden debido no repartirían la galleta y el mate cocido.

La gente obedeció. Formamos fila.

Las mujeres con chico, primero; las demás mujeres, después; luego, los hombres, y aún entre ellos, un soldado elegía a los más viejos para colocarlos adelante. Así es la ley militar, según decían.

Me parecía asistir a una escena de náufragos de esas que solía leernos el abuelo por las noches. Empezamos a desfilar. Éramos verdaderamente una comparsa de zaparrastrosos o sobrevivientes de un naufragio. Yo pensé que nada podía venirnos tan bien como una taza de mate cocido caliente y una galleta, pero era tal la fuerza de ese espectáculo de promiscuidad y de miseria, que en seguida me pareció insuficiente el mate cocido. Algo raro sentí que solo después de hablar con don Olegario y el muchacho de anteojos supe que era. Me pareció –sin duda- que solo el hambre momentánea y el frío podía sacarnos la taza caliente y la galleta de cada uno esperábamos, pero que esa no era, no podía ser, nuestra salvación; que la taza de mate cocido y la galleta no nos bastaban –y no porque no fuera lo que realmente necesitábamos en ese momento-, sino precisamente porque siendo algo pasajero no bastaba para modificar nuestra condición de desamparados, de náufragos, de inundados, y no solo de eso, sino de pobres, sin otro recurso que el de la caridad. Y probablemente sentí que eso era insuficiente para nosotros, que éramos tan hijos de Dios y tan seres humanos como cualquiera. Esa taza de mate cocido y esa galleta nos hicieron mucho bien a las tripas, a las entrañas heladas y vacías, pero a mi me entristecieron sobre todo cuando le daba su parte a Odisea, al darme cuenta bajo que mal augurio crecía y a que mundo lo había traído. No se si las otras madres que allí habían pensaban como yo. Yo misma en ese momento no hubiera podido ser capaz de expresar mis sentimientos, y estoy segura de que ninguno de los que me vio allá en la barrera pudo imaginar o adivinar lo que yo pensaba. O tal vez, no; tal vez todos pensaran algo parecido y les ocurriera callar como a mi.

¡Que duro era el silencio! ¡Que duro me pareció aquella vez cuando no me animé a gritar yo también, no por una rata o por un vestido, sino por el mate cocido de los pobres soldados!

Se hubieran reído de mí. Me hubieran tomado por una loca, o me hubieran preguntado por que lo bebía, por que se lo daba a mi hijo hambriento y tiritante. Pero, a mi, ¡Dios mió!, me parecía que tenía razón, me parecía y me sigue pareciendo que ese mate cocido era, pese a su desagradable calor, una mentira, un dolor más que se agregaba a todos nuestros dolores, porque era la confirmación de nuestro desamparo y de nuestra miseria. Porque de ser nosotros gente como Dios manda, ¿hubiéramos estado en esa barraca? ¿hubiera habido necesidad de que unos soldados nos hicieran formar fila para darnos mate cocido y que al día siguiente unas señoras de la Beneficencia vinieron en comisión a regalarnos unas cuantas frazadas?

Ah, los náufragos del abuelo eran gente bien distinta. Se trataban de personas pudientes que viajaban por placer y que se habían topado con una catástrofe. Luego, semidesnudos y harapientos, llegaban a una isla donde los salvajes se compadecían de ellos y les daban de comer y de beber. Para empezar, en cambio, las inundaciones del río Gualeguay no serían catástrofes si no vivieran en sus riberas anegadizas gentes destinadas a ellas. También los náufragos pudiera ser que estuvieran destinados a serlo, pero ellos habían podido elegir entre viajar o no en ese barco, tal como le ocurrió a aquella hermosa muchacha que lo eligió por el nombre –El Edén-, cuando en realidad sus padres le aconsejaban viajar en otro que ofrecía mayores comodidades, que se llamaba el Cabo de Hornos. Pero ella quiso viajar en ese porque le gustaba el nombre. Su historia no fue triste, por cierto. Conoció a un joven, compañero de viaje, que la salvó de morir ahogada, y con el cual se caso en la isla, donde se realizó una gran fiesta de acuerdo con los ritos aborígenes. Es cierto también que entre los náufragos había u sacerdote para que bendijera su unión.

Nosotros, en cambio, estábamos condenados sin remisión a sufrir la creciente y a padecerla. Porque ni siquiera era posible salir de las tierras blancas uno o dos días antes de que el río se desbordara del todo. Algunas familias lo hicieron y se instalaron en el terraplén y a lo largo de la Calle Ancha, pero se las obligó a volver a sus casas. ¿Qué hacían allí –habrían dicho tal vez las mismas damas de la Beneficencia- esos vagos? Solo fueron salvados cuando estuvieron con el agua al cuello, y no antes, ni siquiera una hora antes de que el peligro no fuera verdadero e inminente. Entonces aparecieron los soldados, los carros, el mate cocido caliente por la mañana y las señoras con sus frazadas. Antes nadie nos fue a preguntar como y de que vivíamos o a ponernos en guardia contra el río que podía crecer. Por suerte ninguno se ahogó o por lo menos nosotros no nos enteramos.

…Yo creo que sí. Creo que todos, en el fondo de su alma, cuando formábamos fila para recibir la taza caliente, pensaban en algo parecido. Es claro que ninguno, como tampoco yo, hubiera tenido no solo el valor, sino ni siquiera las palabras adecuadas para decirlo, y porque además hubiera sido injusto no agradecerlas a los pobres soldados el mate cocido y mostrarse insolentes con ellos. De todas maneras el mate cocido me entristeció, así como ahora me hace pensar, y no tanto cuando era yo la que lo bebía, sino cuando se lo daba a Odisea.

 

Odiseo

 

La vida, como si quisiera transcurrir fugazmente en un solo día parecía empeñada en no darle en su camino más tiempo que el imprescindible para hallar unos seres conocidos, tratar con ellos el asunto de apremio y dejarlos atrás. Así habían quedado el Panadero, el Pescador, y ahora Angélica, con un rastro de lágrimas y arrepentimiento. El niño apenas podía pensar en ello, no tanto por la fugacidad de tales acontecimientos y personas como por una idea que se les interponía y que se relacionaba de algún modo con la comparación de su propia bolsa con la del tambor mayor, repleta de monedas. Casi no aspiraba a llenar la suya, sino a descubrir el procedimiento con la que el otro lo había logrado. Como todos, a esa edad, deseaba más las experiencias por sí mismas que por los resultados –a la manera adulta- que se espera obtener de ellas. ¿A que edad deja uno de vivir de ese modo?

Marchaba en dirección al almacén, cancha de pelota y corralón en tiempo de elecciones, del famoso vasco, donde era cierto que diariamente solía ganar algunas monedas buscando pelotas que sobrepasan el frontón e iban a dar a la calle o al terreno baldío de enfrente. Eran menos difícil hallarlas que disputárselas a los otros chiquilines que practicaban el mismo oficio. Algunas los engañaban y toda la banda de buscadores echaba a correr, pero la pelota, oscura, pequeña, furiosa, daba en el alambre tejido y volvía a la cancha. Otras, en cambio, parecían ir bajo. Sin embargo, volaban como un gorrión por encima del alambre y se perdían del otro lado; la banda, tomada de sorpresa, revoloteaba como un avispero del que partía una vanguardia en punta, seguida por el grueso agitado y murmurador. Al llegar a la calle todos parecían perros de presa. Buscaban con los cinco sentidos, y, además, con esa especie de cálculo de probabilidades que, ahincadamente, lograba con frecuencia prever los ágiles e inesperados saltos de algo tan azaroso como una pelota de goma, botando en un terreno desparejo. El primero que la descubría saltaba sobre ella como sobre una pepita de oro. A veces eran unos cuantos, llevados y conducidos al lugar por el mismo cálculo o instinto, y entonces todos rodaban por el suelo. Dos manos llegaban juntas a la pelota y comenzaba una lucha feroz, en la que había que dar trompadas, puntapiés, forcejear y vencer. Después, al término del partido, la pareja ganadora repartía monedas entre los más conspicuos buscadores, pero cuando las paradas eran grandes, se imponía una tarifa: veinte centavos por pelota, que el rayero pagaba y que luego descontaba del paco de los jugadores, como que era el depositario de las apuestas.

Pero de ese modo no se sabía de nadie que hubiera logrado llenar de monedas una bolsita como la del tambor mayor ni mucho menos.

Y esa era la idea que lo preocupaba, mientras atrás quedaba Angélica, llorando, arrepentida, con su pequeño en brazos, mostrándole como enloquecida el tarro de leche en polvo que Odiseo había traído de vuelta de la farmacia.

-¡No lo vendí, querido! Odiseo lo ha traído, ¿ves? Ahora podrás tomar la papita que te recetó el médico…

En ese momento llegó el Primo. Odiseo ya andaba queriendo despedirse, como avergonzado y pudoroso por algo así como una piedad infantil ante la desesperada y tambaleante dignidad de Angélica, que al desnudar sus lacras ante Odiseo, se creía a salvo de testigos; Odiseo se avengozaba por ella, por su falta de discreción. Angélica ignoraba que el, como cualquier niño, sabía captar, sino los detalles, al menos el clima en que desenvuelven sus debilidades o donde simplemente claudican los adultos. Para Odiseo había muchos puntos oscuros en el asunto de la farmacia, pero no tan oscuros como pudiera imaginarlo Angélica, ni tan indefinibles como para cerrar el paso a esa institución vergonzante. Ella no se cuidaba de ocultar su claudicación, y, por el contrario, la ponía de relieve con esas palabras que como su hijo no podía entender, le parecía que tampoco Odiseo pudiera entenderlas por el solo hecho de que no iban dirigidas a el. No se equivocaba, sin estar, empero, en lo cierto. Odiseo no las comprendía, pero sonaban en su oído peyorativamente acompasadas con las del idóneo.

La llegada del Primo fue un alivio. No tanto porque ya serían dos para escuchar el absurdo y vergonzoso palabrerío de Angélica como por esta se calló, trató de disimular y enjugó sus lágrimas.

-¿Dónde esta mi revolver? –dijo el Primo después de saludar con una especie de gruñido convencional-. Creo que la vez pasada lo deje aquí, ¿no?, o que usted me lo sacó, mejor dicho.

-¿Y para que quiere revolver ahora?

-Ya voté, ahora voy a tentar la suerte a la taba y más tarde tal vez ande por lo de Estévez. Juegan al monte.

-¡Ah!

-¿Por qué?

-¿No piensa venir? –dijo Angélica.

-Después. Me quedo hasta mañana.

-Lo espero, entonces.

-Como guste.

-¿No quiere unos mates?

-Y, bueno. Tome, Odiseo, cómprese lo que quiera. Sus amigos se están haciendo el día en lo del vasco. ¿Y que milagro usted…?

-Le hice un mandado a la Angélica.

-¡Gua, Odiseo! Vaya, no sea zonzo, no se pierda esa bolada: la gente anda empedo y con plata. Los riales corren de un lado para el otro como las cucarachas por el suelo.

El niño se apoderó de las monedas que le entregaba el Primo y las introdujo en su bolsita. El Primo lo despidió con estas palabras:

-Y cualquier cosa, ya sabe, ¿eh? Tomo unos mates y voy para allá. Dígales que se apronten.

El Primo remató esta última frase con una risita vaga, casi tediosa, lanzada como para corroborar algo poco convincente o solo por ceder a su uso en ciertas conversaciones que sirven más para ocultar lo que se trae que para revelarlo. Esto, con respecto a la risa. Pero a Odiseo tampoco se le escapó la deliberación con que el Primo anunciaba su propósito de ir a jugar a la taba.

-Bueno –contestó, ya afuera, pero con una sonrisa más lúcida en el pecho que formal en los labios.

Aún para Odiseo, la visita del Primo a la casa de la Angélica, a esa hora, solo para recoger su revolver, resultaba no inoportuna ni intempestiva, pero, tal como la risita final, más demostrativa que convincente. Sin embargo, otros pensamientos lo preocupaban, y al menos por el momento ninguna sospecha le sugirió profundizar su propio descreimiento. Porque en el fondo todo parecía normal, y solamente uno podía desconfiar de las apariencias, no por contradictorias, sino, al revés, por demasiados ajustadas, vaya a saber por que, a los propósitos enunciados: habiendo ya votado, el Primo llegaba a la casa de Angélica a recoger su revolver para ir a jugar a la taba, donde las armas pueden ser necesarias. Pero ¿era preciso anunciarlo, proclamarlo de ese modo un tanto fanfarrón y hasta pretender que Odiseo se le adelantara a llevar la noticia? ¿Qué raro había en que un hombre como el Primo calzara un revolver en esos días y jugara a la taba o al monte? Odiseo sabía que los hombres hacen ciertas cosas en silencio, o, mejor dicho, sin anunciarlas previamente, porque todo el mundo las hace y son una costumbre.

Promediaba la tarde, y Odiseo caminaba por el medio del callejón. Hacia delante, el sol iba descendiendo, llevándose un día que era como toda la vida, cuyos instantes, aunque fugaces, se jalonaban unos a otros plenos de sentido, de aprendizaje y de experiencia. A esa hora y a esa edad no se advertían los términos ni los límites del tiempo. Liberado de presentimientos, satisfecho por añadidura con los mates dulces con que lo convidara la Angélica, el niño saboreaba ahora una idea jubilosa y brillante acerca del revolver del Primo. A esa brillantez y a ese júbilo no eran ajenas las monedas que había embolsado y las que todavía esperaba obtener. Ahora trataba de ponerle objeciones al revolver. El revolver era un arma que los hombres llevaban en la cintura, como el cuchillo, pero que, a diferencia de este, no servía para nada. El jamás se molestaría en llevar un revolver, aunque según decían fuera divertido dispararle a los caranchos en vuelo o a las lechuzas posadas en los postes. También en el polígono de tiro, hombres serenos y parsimoniosos disparaban sus pistolas, fusiles o pistolas sobre blancos colocados a cierta distancia. Se divertían callados disparando sus armas inútilmente. Había escuchado los comentarios en los que se habla de puntería, de puntos. Los soldados también iban al polígono a disparar armas largas, y los estampidos y el olor a pólvora se mezclaban con los gritos que daban los suboficiales instructores, utilizando unas palabras que parecían pertenecer a un oficio: cerrojo, disparador, mira, culata, alza, como otras que pertenecían al oficio de pescador o de panadero. Las voces del polígono relativas a las armas parecían ser tan útiles como cualesquiera en la práctica de un oficio. Vinculaba esas escenas con el Primo por su valor de contraste, sabiendo que el Primo no era de esa clase de personas que van a un polígono a probar puntería o a ensayarla, sino de los que simplemente llevan un arma en la cintura, más no para gastar un tiro contra un blanco inanimado y ex profeso, sino obligatoriamente con voz y con sangre. El Primo… Gente armada… Hermanos y amigos indómitos. Y escuchaba otra vez: “y cualquier cosa, ya sabe…” Claro, era demasiado evidente que las palabras de un hombre como el Primo no podían ser otras, y le inspiraban un inquieto, pero tibio y heterogéneo sentimiento: seguridad, confianza relativa, riesgo. El Primo, gracias a su inmadurez, era un hombre de quien se podía esperar lo imprevisto, menos el uso deportivo, solemne o gratuito del arma; podía esperarse, verbigracia –y eso, de algún modo, Odiseo podía captarlo-, el sacrifico de la propia vida, sin excluir tampoco, no la amenaza, pero si la puñalada o el balazo injustificado y el arrepentimiento silencioso y hosco. Todo ello podía esperarse de un hombre como el Primo –el rito, la sangre y las lágrimas-, cebado como estaba en las riñas, el desamparo y la ignorancia, jamás tranquilo, maniobrando siempre en la punta de nervios ardientes y tendidos hacia la lucha individual, desigual e inorgánica, sin principios, entre su lacerada soledad y el mundo rapaz o ajeno, pero siempre hostil; un hombre enceguecido y supersticioso, ignorante de la invisible trama de la solidaridad hasta cuando la practicaba el mismo, bien que en forma de regalo u homenaje de su saltarina y a veces intempestiva o pesada generosidad, que aún solía suceder a la agresión. Además estaba el trato: “Ya sabe…”, con que se le había dirigido a el, como si el Primo no hubiera transpuesto aún, pese a la diferencia de edad, la etapa en que los hombres dejan de hablar de igual a igual con los niños. Odiseo se sentía como abrumado por una extraña responsabilidad proveniente de las palabras del Primo en las que radicaba no exactamente falsedad, sino cierta deliberación: “Ya sabe, cualquier cosa…” en las que se admitía la posibilidad de acudir en su ayuda, no como puede acudir un hombre en ayuda de un niño, sino de otro hombre. Pero repentinamente dejo de pensar en el Primo y hasta en Angélica cuando estuvo cerca de la cancha del vasco y vio la multitud de caballos atados a los postes, los carros y los camiones estacionados y oyó el vocerío que provenía tanto de la cancha de pelota como del despacho de bebidas o del baldío contiguo, donde sus amigos andarían a la pesca de monedas y donde el tambor mayor había logrado llenar su bolsa.

 

La Madre

 

…Porque yo sé que ella debió despojarse de algunos de sus poquísimos vestidos –y aún se hubiera despojado de muchos más- para que Odiseo y yo pudiéramos cubrirnos con algo, creo que la Angélica es una de esas personas que no le ponen límite a la generosidad y padecen un desenfrenado afán de dar. Digo padecen porque el mundo no sabe recompensar a tales personas como debiera, y, por añadidura, hasta suele condenarlas moralmente. Es que mucha gente se muestra inclinada a ver defectos allí donde encuentra méritos tan insólitos en personas como la Angélica. ¿Qué son, entonces, mis cinco pesos, aunque ellos sean los únicos que tenía? Es claro que por eso mismo valen más, pero tampoco Angélica se limitó a traernos ropas secas, sino que siguió ayudándonos mientras la creciente persistió y debimos permanecer refugiados en el corralón.

Durante los primeros días, la calle estuvo permanentemente repleta de curiosos que venían a ver a los inundados, hasta que la policía decidió no dejarlos acercar más hasta que una cuadra. Los curiosos disminuyeron, pero no desaparecieron por completo. Es cierto que constituíamos un llamativo espectáculo y además se nos traía comida dos veces por día desde el regimiento. Por eso algunos de los que se acercaban no eran simplemente curiosos, sino postulantes a nuestras sobras. Gentes que por no haber sido afectadas por la inundación, no merecían el socorro, y toda vez que, a causa de nosotros, en el regimiento ya no sobraba mucho ni poco del rancho.

Ella solía venir a la barraca a cuidar a Odiseo, mientras yo iba a buscar leña de la que traía la creciente, porque, después de mucho pedir, las autoridades nos concedieron a las familias que teníamos criaturas la franquicia de encender fuego durante el día. Franquicia que se extendió a todos los demás, viendo que ello no ocasionaba un gasto adicional, ya que la leña la obteníamos por nuestros propios medios. ¿No era curioso que al salir del corralón hubiera quienes se acercaran a pedirnos –a nosotros- las sobras de las dos comidas diarias que nos traían los soldados?

Como digo, yo solía ir a la orilla desbordada en busca de troncos, ramas y de esas miserias que arrastraban las aguas desde quien sabe donde, tales como respaldares de sillas, caballetes, puertas deshechas, cabos de guadaña, de escobas o de hachas.

En el corralón había un hombre con un hacha.

No nos cobraba nada por partir lo que nosotros llamábamos leña, es decir, nada en dinero, porque nadie tenía dinero allí. Ni el se ofreció ni nosotros se lo pedimos. El hombre estaba allí, simplemente, y el hacha también. No se porque ahora me da por pensar que el hacha no era suya. Algunas mujeres que tenían con quien dejar a sus hijos más chicos se aparecieron una mañana con una cantidad de troncos, maderas y otras cosas para quemar, y el hombre, sin que nadie lo llamara, se acercó al grupo con el hacha y comenzó a trabajar. Al poco rato la leña estuvo partida, y cada una de las mujeres cargó con lo suyo, pero entre todas le dejaron al hombre una brazada. Un día la Angélica llegó por la mañana temprano y vió los fuegos encendidos.

“-¿Y usted?” –me dijo.

“-¿Y yo que?”

“-¿No prende fuego?”

Se ofreció, pues, a cuidar a Odiseo mientras yo no estuviera en la barraca.

Atravesé el pueblo y llegué a la costa.

Nunca había visto cosa semejante.

Fue esa la primera inundación que vi en mi vida, aunque todavía no haya visto la última, si Dios quiere. Yo iba a buscar leña solamente, pero me entretuve más en la pena de contemplar la creciente. El agua, por lo general, orillaba la Calle Ancha, pero también la cortaba acá y allá, en los lugares más bajos. Los callejones que desembocaban en ella se prolongaban en un reflejo gris, y los ranchos, cercos y garabatos emergían de ese reflejo.

Todavía, sin embargo, no había visto nada.

El agua parecía tranquila, dulce y estacionaria. Lamiendo las embarradas huellas del bulevar. Mucha gente iba a mirar la inundación, gente del centro, a esa a quién los desbordes del río no solo no le molestaban, sino que hasta parecía entretenerla. Era un domingo, recuerdo, y algunos habían ido en automóviles. Había vendedores de pasteles.

Yo atravesé la calle en el lugar donde viene a terminar el famoso terraplén salvador del puente Pellegrini. No tuve que caminar mucho por el para ver lo que jamás había visto. El agua se extendía quizás muchas leguas a la redonda, aunque tal vez no fuera tanto, porque una neblina casi imperceptible de cerca que se iba espesando a lo lejos, borraba todo posible horizonte. El agua allí ya no era tan dulce y tranquila. Es claro que el terraplén detenía la corriente, pero esta, cuadras más adelante, había abierto un boquete, y después otro, otro y otro. Por esas aberturas el agua se precipitaba con fuerza y estrépito. Contrastaba esa violencia con el derredor gris y melancólico. Los techos de los ranchos que aún resistían en pie y que no habían sido tapados por el agua, parecían flotar y obstinarse contra la fuerza de la corriente. Miré hacia el lugar en que suponía podía estar el mío, pero no pude reconocer nada que me orientara o me ayudara a ubicarlo. Las aguas parecían haberse llevado el paisaje que yo tanto conocía y haber instalado otro en su lugar, extraño, desolado, y si no más pobre que el anterior, mucho más triste en cambio. Los postes del telégrafo que corrían junto al terraplén, pelado y enjutos, que en los días ardientes no parecían obra del hombre, sino el magro fruto de las tierras blancas, se sumergían uno a uno cada vez más hasta desaparecer debajo del agua o de la niebla. El mismo puente, ocultos por la inundación sus potentes pilotes de quebracho, estaba desconocido. Parecía flotar en el ámbito gris, en el que por obra de la neblina se confundían los límites del agua y del cielo. Uno mismo parecía caminar no por tierra firme, sino entre una nube fría, a la que, sorpresivamente, los árboles sumergidos, los techos y los restos flotantes sujetaran a una tierra invisible.

De estos restos flotantes nosotros obteníamos cosas para quemar. Venían árboles enteros, ramazales y camalotes, pero también muebles destrozados y otras cosas humanas, pedazos miserables de enseres domésticos, en los parecía viajar también la angustia de sus dueños, gente como nosotros –pienso al recordar palabras de don Olegario- de quien sabe que lugares lejanos tan parecidos a nuestro rancherío, como la pobreza de un hombre se parece a la de otro aunque viva a muchas leguas de distancia, hable otro idioma y vista ropas distintas.

Algunos obreros municipales y gente comedida habían intentado taponar el primer boquete para restablecer el tránsito a través del puente, pero la fuerza del agua les llevaba la tierra que arrojaban los tumberos uno tras otro. No cesaban de echar piedras atadas con alambres a unos troncos gruesos, pero lo único que lograban era embravecer el agua que se obstinaba en destruir lo que ellos hacían. Cuando yo llegué estaban tratando de afirmar el techo intacto de un rancho, que venía flotando y que no pasaba por el boquete, pero el agua poco a poco les iba deshaciendo la quincha.

“-Hasta que no baje un poco…” –dijo uno de los hombres.

Toda la furia del agua se encontraba allí y a mi me pareció que sería, muy difícil sujetar algo que provenía de tan lejos y que se había ido preparando subrepticiamente en esa inmensidad para desembocar incontenible y desenfrenado en ese boquete del terraplén. Toda esa agua que venía juntándose desde el fondo del paisaje nebuloso, melancólico y al parecer inofensivo me hace pensar ahora en cosas dichas por don Olegario y su joven amigo. Los pobres somos como esa agua desparramada en una infinita extensión borrosa y agrisada por cierta neblina. Viéndola así, como yo la había mirado desde la entrada del terraplén, nadie podía sospechar la fuerza tremenda del agua cuando convergía en un punto y hacia el forcejea toda junta. Era un triste ejemplo el de la inundación, porque de ella éramos nosotros, los pobres, quienes salíamos perjudicados. También para don Olegario, como entonces para mí, la cuestión residía en encontrar el punto conducir todos los declives del pobre, el lugar hacia el que todos estuvieran de acuerdo en empujar, y una vez lanzados, no retroceder ante ningún obstáculo como no retrocedía esa agua enfurecida y rabiosa. Mientras tanto, mientras los pobres se hallaren en la inmensidad borrosa y no en ese punto, todos estos pensamientos serían pensamientos en el aire, que cualquier brisa despejaría. La gente sabía conformarse con una taza de mate cocido ofrecida a tiempo o con el albergue que le daban cuando el agua los corría de sus ranchos. Parecía quedar satisfecha con eso. Lo mismo les ocurría a las aguas si antes de llegar al boquete del terraplén se las fuera deteniendo poco a poco, desviando de su curso y no permitiendo que todas juntas atropellaran por u solo lugar. A la gente se las desviaba con regales y con caridades cuando la fuerza de la necesidad amenazaba con lanzarla a destruir todos los terraplenes de la vida, los terraplenes que separaban las tierras blancas, por ejemplo, con el resto del mundo. Contagiada por las palabras de don Olegario y del muchacho de anteojos yo se que a mi ya no me podrán conformar con una taza de mate cocido de regalo o con un oscuro barracón donde me alberguen de la intemperie por caridad. Se que esas cosas me han de herir siempre, con más dolor que la propia intemperie.

Presa de esos pensamientos, empecé a recoger ramas y maderas diversas entre las que depositaba el agua a orillas del terraplén, pero bien pronto entendí que poco sería lo que podría llevar yo sola hasta la barraca. Me pregunté entonces como habían hecho las otras mujeres para transportar tanta cantidad de leña, entre la que iban algunos troncos grandes y pesados. Muy pronto sabría como.

“-¿Más leña quieren?” –oí que alguien decía a mis espaldas. Me di vuelta y vi que desde lo alto de un tumbero me miraba un muchacho que no tendría más de doce años. Sin esperar respuesta hizo virar los burros y arrimó el carruaje junto al agua.

“-Este trabajo es medio peligroso –dijo, señalando el agua con el arreador-, porque una zambullida sería la última de cualquier cristiano, por más nadador que fuera”.

Yo todavía no había entendido cual era el trabajo peligroso: si el mío, de juntar desechos del río, el de los hombre que trataban de componer el terraplén, o el suyo de conducir los burros en una franja de tierra por la que no pasaban dos tumberos uno al lado del otro.

“-Lo que es que yo –le respondí- no me pienso bañar hoy. ¿Hubo algún accidente?”

“-Como haberlo, no hubo, pero anoche a gatas me salvé de irme al agua con tierra y todo. Será mejor que le ayude, porque usted sola no va a cargar mucha leña, no”.

“-Estaba pensando –le dije- como llevar un poco de leña a la barraca de los inundados, pero ya veo que no será mucho lo que lleve”.

El muchacho ya estaba en el suelo.

“-No vaya a creer. Entre los dos podemos cargar bastante”.

Dicho lo cual, no esperó más. Tomó la iniciativa y fue cargando el tumbero con cuanta cosa que pudiera servir de combustible encontraba en la orilla. Yo lo seguí. Trabajando con rapidez, muy pronto el tumbero estuvo colmado de ramas húmedas, maderas y troncos.

“-Suba” –me dijo.

 

Odiseo

 

El Primo se quedó, pues, un rato en casa de Angélica después que Odiseo se hubo marchado. Se quedó a tomar mate, pero como accediendo menos a la invitación de su amiga que a un propósito anterior, traído de afuera consigo. Pidió el revolver mientras se calentaba el agua, lo miró, desembarazó el tambor de seis balas, lo hizo girar y lo volvió a su lugar. Después calzase el arma a la cintura donde quedó muda y quieta, no inofensiva sino apacible y sórdida, acompasando la misma eficacia potencial y amenazante de todos y cada uno de los tranquilos movimientos del Primo.

 

La Madre

 

Había algo de lo que yo me había dado cuenta con mucha anterioridad, pero fue en esos días de inundación y de ajetreo, viviendo afuera del que ya consideraba nuestro rancho, cuando me fue palpable. Descubrí en la gente como nosotros, en la Angélica, en el muchacho del tumbero, en el hombre del hacha, algo que luego me confirmaría don Olegario. Lo descubrí en ese deseo que era como una inclinación natural de toda esa gente, de hacerse favores, de ayudarse entre sí. Tal como al principio me pareció, el caso de la rata y del vestido robado contradecían mi convicción al ver que la gente se burlaba de la desgracia ajena, pero después del viaje que hice en el tumbero municipal –uno de esos carruajes con que se recolecta la basura-, de vuelta a la barraca con la leña, me di cuenta que esas burlas no significaban maldad alguna, sino, por el contrario, bondad, y en todo caso, alegría en medio de la desgracia. La gente se reía de la mujer que gritaba por su vestido, pero al mismo tiempo la ayudaban a buscarlo. Quizás la mujer estuviera trastornada y no hubiera perdido esa ropa. Y en cuanto a la rata, muchos se mostraron dispuestos a perseguirla, y solo cuando comprobaron que ya no estaba en la barraca o que la rata en verdad no había existido sino en la imaginación de la mujer, fue que comenzaron a reírse y a hacer bromas. Y me dije que si la gente es capaz de ayudarse con buen humor en las cosas pequeñas, también habría que ser capaz de ayudarse en lo grande. Todo dependería de la oportunidad.

Cuando regresábamos con el tumbero cargado de leña tuve esa sensación contradictoria de lo que la gente solía aparentar y de lo que en realidad guardaba en su interior o detrás de las palabras, por más agresivas que parecieran. Al dejar el terraplén y cuando atravesábamos la Calle Ancha, un hombre detuvo el carruaje. El muchacho me advirtió:

“-No se asuste, es pura boca”.

Y el hombre:

“-¿Qué haces con ese tumbero por acá?

“-¿No ve?”

“-Ya te dije ayer que nadie te ha ordenado andar acarreando porquerías con ese tumbero. Ahora mismo te vas al corralón y largas esos burros. Que no te lo tenga que repetir. ¿Has oído?”.

“-Sí, señor, si, pero la gente de la barraca precisaba leña…”.

“-Si esos quieren leña –contestó mirándome a mi-, que la acarreen por su cuenta. Ya bastante se les da… Y vos lo que tenes que hacer es lo que te mandan y no andar zangoloteando esos burros que han trabajado toda la noche”.

“-Pero si no tienen ni un pingo viejo, cuantimás carro para llevar la leña”.

“-¿Y a mi que me importa? Sin burros nos vamos a quedar nosotros para el terraplén como sigas acarreando leña. Y ya te estas yendo para el corralón. Que no te vuelva a ver para el lado de la barraca”.

El hombre siguió su camino en dirección al terraplén.

“-Es el capataz de la Municipalidad –dijo el muchacho-. Me parece que van a tener que conseguir otra cosa para llevar la leña. Este es capaz de quitarme las riendas y llevarse el tumbero con leña y todo para el corralón municipal si me pilla otra vez. Es un buen hombre”.

Yo no sabía que decirle, pero hasta en la severidad del capataz había podido descubrir el sentimiento contrario. En ningún momento me pareció el hombre dispuesto a quitarnos la leña o a impedirnos que la llevásemos a la barraca. Nos habló con dureza, pero se marchó exactamente en el momento en que sus palabras podrían comprometerlo a cumplir su amenaza. Hasta podía adivinar la sonrisa del hombre que iba a reanudar su duro trabajo, embarrado hasta la cabeza. El muchacho siguió hablando.

“-Mi padre trabaja con los del terraplén, y ahora yo le manejo el tumbero. Estoy acostumbrado a manejarlo de cuando juntamos la basura, mientras el vuelca los cajones. Ahora todos los peones andan ocupado con la creciente, ¿no?, y a mí me dieron el tumbero para acarrearles tierra y piedras. Pero que… todo se lo lleva la correntada. Hemos andado toda la noche yendo y viniendo. Y es cierto: los burros deben estar cansados. Resulta que tenía que ir a cambiar la yunta y en vez de eso vengo y les cargo leña. Pero no se aflija. Después se olvida”.

Fue así entonces como las mujeres habían conseguido llevar tanta leña el día anterior, y el descubrimiento me ayudó a entender eso de la bondad natural de la gente, aún cuando aparezca mala o demasiada enérgica como el capataz de la Municipalidad. Por eso no siento ni que me importa haberme desprendido de esos cinco pesos, que eran los últimos. En realidad, ahora vengo a pagar con ellos, un poco tarde quizás, no solo a la Angélica, sino a todos los que me ayudaron esa vez.

 

Odiseo

 

El Primo sorbió en silencio el primer mate y el segundo. Cuando Angélica le sirvió el tercero, dijo:

-Odiseo…

-¡Ahá!

-¡Que gurí! Hace un mandado como conserva un secreto. ¿No es cierto?

-No se por que –dijo Angélica-. No se que secreto.

-Me refiero a que no suelta el pico así no más –agregó el Primo-. A veces se parece al padre y a veces, a la madre.

-Eso sí.

-Ahí estuve con ella –dijo el Primo por fin-, con la madre, digo.

-¿Con ella? –dijo Angélica.

-Sí, con ella. Déme otro mate.

Angélica se había quedado tiesa, como si la hubiesen descubierto in fraganti delito de la más espantosa iniquidad. Ya no sabía que hacer con unos gestos que le avasallaban el rostro, ni con las manos, que iban desde el pelo a la cintura sin más objeto aparente que el de no estar quietas. El mate vacío que le entregaba el Primo era una salvación. Fue hasta la cocina y de allá volvió algo más compuesta. Entonces el Primo vio el campo orégano y le dio suelta a toda la socarronería de que era capaz.

-Anda pobre.

-Y, como siempre –dijo Angélica.

-Como siempre, claro, pero más que otras veces.

-Todos, quién más quién menos, andan pobres ahora.

-Ese no es un secreto –dijo el Primo.

-¿Y cual será el secreto, entonces? –dijo Angélica.

-Que tal vez andes más pobre que otras veces, y que no me gustaría ser culpable de…

Angélica aquí, en el cambio de trato, pareció ganar terreno o haber encontrado algo en que afirmarse, cuando dijo:

-Vos no podes ser el responsable desde el momento en que no sos mi marido.

-No, pero…

-No, pero que…

 

La Madre

 

De cualquier modo las aventuras de ese día no terminaron allí, y yo acabe de convencerme de lo que ya sospechaba acerca de la gente. La desobediencia del hijo del basurero fue reveladora.

En la barraca hubo susto y jarana a la vez.

Fue una suerte, tanto para y para el muchacho de las riendas como para los que descargaron el tumbero, el que la víbora solo apareciera cuando el hombre del hacha empezó a partir la leña.

Al principio me pareció que por diversión, pero después descubrí que había cierto rasgo generoso y solidario en el afán que pusieron todos los hombres de la barraca en matar la víbora. El que descubrió la yarará en la cima de la pila de leña fue el hombre del hacha. No dijo nada al principio, pero el animal adivinó que lo habían sorprendido y se ocultó un segundo antes de que el hombre descargara el golpe. Solo al ver que había errado, gritó:

“-¡Guarda! ¡Una víbora!”.

Yo también grité, pues me hallaba muy cerca. Fue un grito raro, según dijeron. La gente, después, se reía de mí, y yo también me reí de mi grito inútil y tal vez ridículo, porque no había gritado por el peligro inmediato, sino por el riesgo anterior que habíamos corrido inocentemente, tanto el hijo del basurero como yo. En ese fugaz instante pensé, con más rapidez de la que emplearía en decirlo, que la víbora pudo haber picado al muchacho o a mí cuando cargábamos la leña y cuando la traíamos en el carro. De ahí la rareza de mi grito.

-Entre varios fueron sacando uno a uno y con mucho cuidado los troncos, ramas y maderas apiladas. De pronto aparecía la víbora, pero volvía a hundirse en el montón.

“¡Guarda! –Volvió a advertir el del hacha-. Cuando no haya más leña donde esconderse querrá juir”.

Los demás procedieron entonces con más cautela y lentitud, a fin de no asustar a la víbora. Esta ya no aparecía, y yo leí en los ojos del hombre del hacha la incertidumbre de que el animal ya hubiera huido o anduviera arrastrándose entre las piernas de la gente. Comprendí también que el hombre no decía nada para no asustarnos, pero dejó de vigilar el montón de leña que quedaba y lo rodeó lentamente por detrás de los que sacaban los palos, maniobra que aprovechó para ordenar a los curiosos, sin ninguna violencia, que se retiraran unos pasos.

“-¡Ahí esta!” –gritó alguien.

El golpe fue instantáneo. El hacha quedó clavada en la tierra, pero a un lado la cabeza y al otro el resto del yarará, parecían viborearle a la muerte.

Entonces estalló el griterío y a el le siguieron las bromas. Uno levantó la víbora muerta en un palo y con ella anduvo asustando a las mujeres. Después se la entregó a los chicos.

El del hacha nos dijo:

“-Linda leña nos ha traído la señora. ¿No? Por poco cocinamos con víbora”.

“-En lugar de puchero iba a salir gualicho –contestó uno de los que apilaban de nuevo la leña-. Dicen que las brujas cocinan con grasa de yarará”.

“-¿Y usted, yarará… ande ha visto?” –le contestó la mujer del vestido, que por lo contenta parecía haberlo recuperado.

“-Yaros no he visto, pero de brujas uno vive rodeado, y en especial pa las crecientes”.

Hubo una carcajada general.

Recuerdo todo esto porque pienso en Odiseo. Los desvelos de Angélica durante la inundación, la historia del hijo del basurero y la de la víbora, siendo tan sencillas, me enseñaron –parece cuento-, que en la gente de estos lados, pese a su mala apariencia y a veces peores costumbres, no se por que, hay un fondo de verdad y de hermosura. De esto no me cabe la menor duda, y me pregunto como haré para enseñárselo a Odiseo. Yo lo he venido a aprender tal vez algo tarde, y no me gustaría que el viviera tanto tiempo engañado como yo. Es cierto que casi toda esta verdad y esta hermosura se desperdician, se gastan en cosas sin mayor importancia, y que el mundo no las sabe aprovechar. Si así no fuera ¿viviríamos tan mal, alejados los unos de los otros, no nos ayudaríamos más y quizás no mejoraría nuestra situación? La Angélica, por ejemplo, es lo que se sabe, pero solo por fuera, sin convicción y porque no tiene o no ve otro remedio. La verdadera Angélica es otra: es esa que se despojó de sus vestidos para que Odiseo y yo nos abrigáramos, la que pensó en nosotros cuando las aguas nos amenazaban. ¿Qué relación existe entre una Angélica y otra? Vaya uno a saber.

¿Y mi marido? En esa época trabajaba. Andaba de tropero con el Primo. Ahora, no. Se emborrachaba y vaga durante días y semanas por las crujías y boliches. Hay dos hombre en el, y en ocasiones recuerda nuestros días de Cuchilla Redonda y piensa de veras que alguna vez podrá volver a cultivar la tierra.

¿Y el Primo? Es tan capaz de ayudar a un cristiano, de dar la vida por el, como de herirlo y de matarlo sin asco por una bagatela. ¿Se puede condenar a ciegas el lado malo sin tener en cuenta el bueno? ¿Cómo hacer para aprovechar el lado bueno de toda esa gente?

Me preocupa Odiseo, pero yo trataré de hacerle entender estas cosas poco a poco, a medida que crezca. Le iré contando nuestra historia, sin olvidar detalles y haciéndole ver la parte buena de las cosas, personas y sucedidos. Por eso me gusta refrescar la memoria con todo lo que nos ha ocurrido desde el día en que nació, y aún de antes. Me parece que los malos ejemplos le servirán para elegir los buenos. Nada le ocultaré. Todo lo sabrá por mi boca.

 

Odiseo

 

-Mirá –dijo el Primo cambiando de actitud y usando ahora un tono confidencial-: tengo el proyecto d´irme.

-¿D´irte?

-No al campo

-¿No?

-A Buenos Aires… -el Primo hizo una breve pausa como para arrepentirse por adelantado de lo que iba a decir. Después agregó-: Cuando yo era chico, mi gente me abandonó para marcharse no se adonde. De repente, y después de cambiar varias veces de padrastros, la vieja Domitila quedó a cargo nuestro, y eso es todo lo que yo se de mi primera infancia. Después ella también se fue. Quedamos cuatro chiquilines, sin más amparo que la policía, que no nos buscó durante esos días porque había elecciones como hoy. Y nosotros, los muchachos, no votamos todavía, de modo que carecíamos de interés. Echamos a rodar y nos fuimos al campo. ¿Para que hablar de las vueltas que da el mundo? Lo peor sería quedarte en estos andurriales. Eso sería la muerte. Conversando con ella…

-¿Con ella?

-Sí, con ella, la madre del gurí, me ha salido la idea de agarrar para el lado de Buenos Aires, pero…

-Ahá.

-…no solo. Con alguien. Con mujer. Con…

-Ahá.

-Dicen que conviene ir con plata.

-¿Y vos tenés plata?

-Se donde hallarla.

-Yo también –dijo Angélica-, pero no es mía.

-La plata de juego, digo, de la coima. La que a uno le saca el “aviador”, es plata de todos. Ni siquiera es plata jugada, es plata manoteada.

-¿Paraíso lleva revolver?

El Primo también abandonó el tuteo.

-Primero escuche, y si le gusta…


 

Capítulo VIII

 

La Madre

 

Le he dicho al Primo finalmente, que de ese modo no hará más que ir en busca de su propia ruina, y, lo que es peor, arrastrará con el hacía la desgracia a quien lo acompañe o lo siga, porque el dinero…

Viene y me habla de Angélica. El la conoce mejor que yo, pero no hay duda de que necesitaba contárselo al alguien, descargar su conciencia, no de culpa –porque nadie es culpable por adelantado-, sino de eso que, en lugar de cobijar, desnuda a los hombres de estos pagos, esa especie de vergüenza o pudor que llevan consigo cuando se trata de…

“-Si no la quiere –le digo- es mejor que no lo haga, y es mejor que no lo haga de ninguna manera, y menos que se pierda por alguien con quien al fin y al cabo no va a compartir más que miserias”.

“-La quiero –me dice-. Se quien es, pero yo no soy mejor”.

“-Si la quiere –le digo-, es mejor que no lo haga tampoco, o al menos de ese modo. Como si fueran pocas las cargas que lleva, encima la va a complicar en un…”

“-No es eso –me dice-; no es lo que usted cree. ¿Adonde piensa usted que van a parar los pocos pesos que la gente trae del campo para las elecciones y los que reparten los políticos, adonde? Vuelve a ellos mismos, pero primero pasa por allí. La plata va y viene, como la taba. Pero al revés de la taba, la plata tiene rienda. Parece que algunos ganaran y que otros perdieran. Pero lo cierto es que todos pierden, menos ellos. Todita va a parar a sus manos. En cuanto a el…, no es más que un peón, un instrumento. Un canalla, eso sí. Usted creerá tal vez que el banca solamente en el boliche de Estévez. No. Y aunque fuera así, ¿usted sabe lo que se lleva por cada postura, sin arriesgar mayormente nada, sin trabajar mucho, con solo trasnochar, bostezar y barajar trampeando? No. Se me ha puesto entre ceja y ceja”.

Nada le contesté.

¿Habrá creído que le daba la razón? ¿Qué podía decirle, sin embargo? ¿Qué es plata ajena? El lo sabe. Bien que lo sabe.

Le digo.

“- Más vale que se vaya sin verla, que la deje tranquila o si quiere ayudarla hágalo de otra manera. Antes –le digo- pensaba que entre usted y la Angélica… En fin… ¿Se acuerda de aquella madrugada en que la vi por primera vez, cuando entre ustedes dos trajeron a mi marido borracho? Bueno, me pareció lindo pensar que entre usted y la Angélica pudiera haber algo. Después me convencí de que eso no era posible. (No por lo que sea o deje de ser Angélica –que al fin y al cabo es una buena mujer, noble y servicial, siempre dispuesta a ayudar y a sacrificarse por los demás, siendo como es tan pobre, y ahora más con el hijo-. No, sino por lo que somos todos en estos andurriales: gente como de paso, traída por miserias y por maldades que conozco muy bien porque las he padecido; gente medio agitanada para vivir; siempre a los saltos y con una mano atrás y otra adelante). Créame –le digo-, yo he conocido otra vida, y por eso se apreciar la diferencia. Y usted, que mal que mal es tropero, lo sabe muy bien. Aquí no hay ninguno que gane lo suficiente como para mantener una familia. ¿Pueden llamarse familias las que viven en este rancherío? ¿Puede llamarse familia la mía? Usted lo ve: mi marido, que ni ha venido a dormir; y mi hijo, desde la mañana hasta la noche por ahí, detrás del mendrugo que yo no puedo darle, o de algún rial que otro…”

El Primo esta vez no supo que contestarme, pero yo adiviné que mis palabras lo habían emperrado más en su loco capricho y que terminaron por afirmarlo en lo suyo, por esa fuerza contraria que tienen las palabras de sugerir lo opuesto, cuando se comete la torpeza que yo cometí de oponerme tan bruscamente a su confidencia y no responder a ella como el esperaba sin duda, quizá para abandonar su descabellado proyecto y proceder normalmente con la Angélica y con el mundo. Se llevó las manos a la cintura y acarició el cabo de su cuchillo.

Había venido a verme un momento después de que se hubo ido la Angélica. ¿Es una desgracia o una suerte que no se hayan encontrado aquí?

Dijo:

“-Le dejé mi revolver la vez pasada. Se lo dejé o me lo sacó la Angélica por consejo de su marido”.

“-¿De mi marido?” –le dije.

“-Si, de su marido. Porque le iba a meter un tiro a uno. Ella me lo tiene guardado en el ropero. Es un Esmihueso 38, seguro y liviano como el solo”.

Calló de pronto, porque tal vez vio en mi cara el poco amor que les tengo a las armas. Y después agregó, medio socarrón:

“-Lo tengo para entretenerme con los chimangos del camino…”

Estuve a punto de reanudar la conversación anterior al darme cuenta de que mis palabras habían surtido el efecto contrario de la intención que llevaban, pero me asustó verlo tan tranquilo y casi alegre. Su gesto nervioso había desaparecido, y en cambio adquirió una serenidad y un domino de si mismo, que por muy fingido que fuera hubiese sido difícil descubrirlo. Al afirmarse en su decisión y viendo que mis argumentos no llegaban a convencerlo, se agrandó, se sintió aún más hombre y más capaz de cualquier hazaña. No era que anteriormente le faltara seguridad. Pero yo se que el Primo es uno de esos hombres que actúan impulsados por fuerzas arrebatadoras y repentinas, y difícilmente son capaces de planear un hecho violento con serenidad y premeditación a menos que sea una reverenda y descabellada barbaridad. El Primo esta perdido porque es demasiado noble y necesita del estímulo de la provocación para cometer un delito. Esta perdido además porque una vez lanzado a el será juguete de su pasión, pederá la astucia y no sabrá retroceder a tiempo. Si no fuera hombre capaz de hacerlo todo subrepticiamente, tal vez pudiera salir triunfante. Pero es el amigo de pelear, y donde hay bochinche ningún delincuente puede salir con la suya (algo de esto le di a entender en el instante de la despedida. Espero que al menos en esto me hará algún caso).

Si le llamo delincuente al Primo es porque creo que lo es o que puede llegar a serlo. Nadie tiene derecho a andar con la espada de la justicia en la cintura y repartir los golpes a diestra y siniestra sin equivocarse y sin sucumbir víctima de su propia estupidez. No se da cuenta de que el no es el dueño de la justicia. Son los otros los que la tienen en sus manos, como tienen la plata, y el solo no basta, por muy hombre que sea, para arrebatársela. Estoy segura que don Olegario diría lo mismo y que llamaría delincuente al Primo. El Primo debiera hablar con don Olegario alguna vez. Le haría bien.

 

Odiseo

 

Cuando Odiseo llegó –por curiosidad no más- a la primera cancha –la que estaba más cerca del alambrado-, la taba caía, y cayó con suerte. El hombre que sin duda la había arrojado gritó el primero.

-¡Agarren una pala!

Y tras el, otros también gritaron.

Uno de sus amigos, el menor, que esperaba el desenlace, comenzó a moverse de un lado a otro. Llevaba y traía plata. Un hombre puso en las manos de Odiseo un montón de dinero y le dijo:

-Tome, déle a aquel de la gogilla punzó.

Odiseo atravesó la cancha al sesgo y cumplió el mandato. El hombre de la golilla punzó recibió el pago y lo guardó sin contarlo. Pero antes de que Odiseo tuviera tiempo de pensar o hacer otra cosa, ya el hombre le había puesto en la mano varias monedas.

-La comodidad hay que pagarla –dijo, y en seguida le gritó al que había perdido-: Va lo mismo.

-Pago –contestó el otro.

Palabras similares se entrecruzaban, iban y venían, corrían de boca en boca por toda la concurrencia. La taba, mientras tanto, seguía aún en el mismo lugar, rígida, clavada, con el lado de la suerte mirando al cielo, pero algo inclinada hacia delante.

Cuando el hombre la fue a levantar, el que la había arrojado antes le gritó con sorna:

-Déjela, paisano, ¿no ve que tiene sed?

El hombre no hizo caso. Se colocó frente al otro, a unos seis metros de distancia, y comenzó a botar el hueso hacia arriba, haciéndolo girar sobre su eje, y abarajándolo sin mirarlo, con los ojos fijos en un lugar del cielo, un poco más arriba del horizonte, donde con seguridad situaba a un dios propicio, numen de su fortuna.

El de la banca jugaba su plata –cincuenta pesos en billetes de diez, cinco y uno-, no sin antes haber extraído la coima, pero el hombre, que era zurdo, ni lo miraba siquiera. No apartaba sus ojos del lugar donde los había fijado, como si allí hubiera de arrojar el hueso con su calce brillante por el roce de la tierra y la caricia de sus manos. Seguía botando la taba y abarajándola con movimientos rítmicos. La taba daba una vuelta completa y caía en su mano semiabierta, con “el lado de la yeta” para arriba y el filo del calce hacia sí. La taba subía y bajaba y el hombre parecía concentrar en ella su pensamiento, como si tratara de infundirle un fluido de voluntad más poderoso que el azar.

Los circunstantes convenían las apuestas, y los chicos esperaban que el hombre se decidiera a arrojar la taba. Entre los jugadores cercanos entre sí, el dinero de las posturas se depositaba en el suelo, y uno de ellos, o algún tercero mirón, lo pisaba. Entre los que se hallaban lejos, la convención era de palabra o por señas, y aquí era cuando los chicos entraban a tallar, encargándose como verdaderos ángeles de dar cumplimiento con el mandato del dios de la suerte, al tiempo que embolsaban la propina siempre generosa del ganador. No contamos aquí los que jugaban con la banca, es decir, con la plata del que tiraba, porque para eso se había instalado un cajón que hacía las veces de buró, donde las diversas apuestas, hechas contra la plata de la banca se apretaban con piedritas y eran recibidas, vigiladas y distribuidas por el que allí le llaman “el aviador”. Mientras la banca no estuviera copada, no se podía arrojar la taba. El juego libre solo era permitido a condición de que por lo menos los que tiraban la taba jugaran por intermedio de la banca y su correspondiente “aviador”, cuya misión era la de sacar el porcentaje o coima. La banca operaba obligatoriamente en todas las canchas. Al vasco, propietario del lugar, le correspondía una parte de la coima; el resto iba más arriba; no sin antes pasar por las manos del personaje a quien el Primo se había referido en su conversación con la madre de Odiseo. La banca, o más bien la coima, se introducía en los corralones con la fuerza del permiso para jugar, lo cual equivale a decir que provenía de alguna autoridad capaz de propiciar la impune trasgresión de la ley de juegos prohibidos. Esa autoridad, cuyas decisiones –dicho sea en su honor- eran inspiradas y luego tamizadas por el comité, endulzaba la mano del que proveía las instalaciones y el despacho de bebidas, obligada institución colateral del juego a la taba, y cebo político no menos eficaz.

Dentro del corralón había un corral más chico para los que aún no habían votado, donde era introducido todo postulante a los dineros del partido. De allí los postulantes, a cambio de una primera entrega de garantía, iban siendo retirados para ser conducidos al lugar del comicio que les correspondía. Al regresar con la constancia del voto en la libreta, se les entregaba el resto.

El hombre de la taba, aunque copada ya la banca, demoraba el juego, no tanto para dar tiempo a que se concretaran las apuestas de los más remisos, como tratando de afinar el pulso, y menos preocupado al parecer por los cincuenta pesos que por la inminente parábola del hueso en la que volaría también algo suyo, desprendido en el postrer intento de doblegar, no tanto la fortuna como el puro movimiento de la taba, mandada por su mano, pero que, ya en el aire, sería libre, inexpugnable y predestinada.

Cumpliendo un rito, el hombre hizo caer por última vez la taba en su mano, detuvo el movimiento un segundo y luego se prolongó hacia abajo para tomar impulso o para respetar el anhelo grávido del hueso. Después la mano llevó la taba hacia adelante, alimentando su próxima huida por el aire. La acompañó apretada con el pulgar, y llegando a una línea horizontal, el resto del hombre, que había doblado las rodillas encogiéndose en actitud felina, se enderezó y siguió adelante hasta empinarse más allá del punto de equilibrio. De modo de cuando la taba salió, el hombre dio un paso al frente como para seguir al hueso en su vuelo –y en verdad lo seguía-, pero aquel, más rápido, traspuso la zona neutral dando una vuelta y media sobre su eje, asediado por unos cuarenta pares de ojos. Cayó, centímetros más allá de la línea reglamentaria, y el filo del calce se clavó en la tierra. Pero un miligramo más de la fuerza necesaria o una magnitud de menos muy pequeña para la vuelta y media perfecta, hicieron que la tierra húmeda cediera y la taba iniciara un débil movimiento de rotación hacia adelante que bastó para otorgarle la suerte al adversario del que tiraba.

-¡Culo!

La aguda y salvaje explosión de los agraciados por lo que en esas circunstancias no era una obscenidad, ahogó el leve desconcierto de Odiseo, que no había apartado su mirada del hombre de la taba, siguiendo no el curso del juego en su conjunto, sino aisladamente los movimientos del jugador, esa concentrada estrategia ritual, ahora fallida y en derrota.

Habiéndose dejado llevar y convencer por los gestos teatrales o circenses del perdedor, Odiseo, creía, o simplemente descontaba, no ya triunfo sobre el azar, sino el éxito correlativo a tales maniobras de apariencia esforzada y diligente. No se trataba de movimientos naturales, y acaso por ello mismo fue que los aceptó fantásticamente, como más propicios que las maniobras sencillas y cotidianas de otros hombres que conocía: el Pescador y el Panadero, por ejemplo. Si estos, con movimientos y gestos habituales y nada extraordinarios lograban fácilmente un objetivo: encarnar un espinel (y el mismo), llevar derecha una canoa a través del río, conducir un carretón o atar a las varas de un caballo, ¿Qué no debiera haber logrado aquel hombre encogiéndose, estirándose, ejecutando esa especie de baile, con los ojos poseídos, el brazo derecho abierto para mantener el equilibrio mientras arrojaba el hueso con la zurda? Odiseo se sintió defraudado porque le había apostado su fe, una fe distinta de la que acostumbraba a depositar en sus otros amigos, una fe repentina y brillante, divertida, y en cierto modo maravillosa, como las que se les otorga a los acróbatas o ilusionistas, una fe que solo se alimenta del buen éxito o persiste únicamente en el. Pero si el acróbata no lograra ejecutar el ejercicio propuesto o el ilusionista no consiguiera extraer nada de su galera, experimentaríamos un sentimiento parecido al de Odiseo en esos instantes.

El niño no podía extraer ninguna conclusión de lo que acababa de ver, pero sí experimentar si colisión. Si los gritos no lo hubieran arrancado de ella tan rápidamente, quizá se hubiese sentido inclinado a ofrecerle al hombre nuevamente la taba para que repitiera el tiro, pero ya uno hombres le pagaban a otros, y el mismo se vio envuelto en la barahúnda subsiguiente a la caída del hueso, en el ir y venir llevando y trayendo dinero, enriqueciendo su bolsita con las fáciles y descuidadas monedas de los afortunados, de modo que las piruetas del jugador derrotado quedaron en su alma definitivamente descalificadas por el fracaso potencial de que estaban viciadas y porque no eran capaces de superar lo torpe y desgraciado de quien las ejecutaba. Le quedo, eso si, grabado para siempre el fraude de aquella fantásticas gesticulaciones, su mera apariencia, su debilidad, y después, horas más tarde, su monotonía.

Durante algo más de dos horas anduvo de una cancha a otra ejerciendo ese oficio de mensajero de la suerte, hasta el momento en que su bolsita estuvo llena; después, como si sus ambiciones hubieran acabado allí o tuvieran la exacta medida de la bolsa, se apartó de las canchas de taba.

Parecía no divertirle ya en absoluto ese modo tan fácil de ganar monedas.

El trabajo consistía únicamente en llevar y traer apuestas, pero tanto el como sus amigos que desempeñaban la misma función estaban excluidos del juego. Al revés, exactamente, de lo que ocurría en la vida cotidiana, donde eran los grandes los que estaban excluidos del juego. A Odiseo, en el que pese a la miseria y el hambre aún no anidaba la ambición, esa absurdidad terminó por irritarlo y finalmente aburrirlo. El logro de esas monedas, tan poco válidas en si mismas para el, no dependía en medida alguna de un esfuerzo y ni siquiera del azar de la taba. Ganara quien ganara, había que llevar las apuestas de un lado a otro, y la propina devenía automáticamente. Odiseo recibía propinas a diario, pero de maneras y por motivos distintos en esencia, en que si bien se confundían los límites del trabajo y del juego, jamás podía excusar su participación activa y dinámica. Le ayudara al Pescador o al Panadero, le hiciera mandados a Angélica o recogiera pelotas perdidas en la cancha del vasco, entre las monedas y la bolsita mediaba la secreta y hasta divertida lógica de un esfuerzo suyo, de su participación protagónica; mediaba, en una palabra, la eterna continuidad del juego (trabajo), que era su vida. Jugaba (y léase también trabajaba) lavando el carretón, remando, disputando las pelotas que sobrepasaban el frontón del vasco, de la misma manera que jugaba y trabajaba construyendo sus columnas de arcilla. La taba, en cambio, estaba absolutamente reservada a los hombres, quedando para los niños los despojos del juego, sus desechos, tal como si los grandes comieran la manzana y dejaran la monda para los niños. Pero tampoco era envidiable la situación de esos hombres, endiabladamente tontos y poseídos por el influjo magnético del hueso arrojado. Inconsciente de lo mucho o poco que arriesgaba cada jugador –así como era inconsciente del valor del dinero- aquellos hombres perdieron todo su atractivo para el chico, pero en dicho juego no había heroicidad ni destreza, o al menos estas eran de una especie tal que el margen de voluntad y hombría era igual que el de azar y de misterio, y se sabe que los niños solo aman el misterio cuando existe la segura probabilidad de develarlo aunque sea en forma de moraleja.

Por eso, después de colmar su bolsa, pensando en los besos que la madre le prodigaba esa noche, pensando en merecerlo a cambio de la bolsita llena (puesto que la madre lo acariciaba todas las noches antes de cerrar los ojos para dormirse), Odiseo se acercó al frontón. Aunque ya no cupieran más monedas en la bolsa, sería bueno, porque sí, solo por jugar, correr detrás de alguna pelota, hallar alguna que los jugadores y el rayero dieran por perdida, y a la espera del golpe malo, de la falsa maniobra del jugador, presenciar el partido; una verdadera lucha –por parejas-, una especie de pelea a través de la enigmática y esta vez sí deliciosamente misteriosa pelotita azul. Seguirla con los ojos y escuchar su chasquido agudo en la paleta y el rebote algo más ronco en el poderoso y estoico frontón.

Quedaba una hora escasa de luz.

El manco Severo y Adrián jugaban contra Berete y Cabrera. El manco Severo era, además, rengo. En realidad tenía la pierna izquierda más corta que la derecha, pero movía ambas, y lo que le faltaba de pierna le sobraba en algún lugar tan cercano del instinto como de la inteligencia, desde donde se irradiaba para fortalecer y agilizar el resto sano de su cuerpo. La parálisis, eso sí, le mantenía encogido por completo el brazo izquierdo, pero la fuerza de este –y algo más quizá- había trasvasado al derecho, que era así bastante más largo y doblemente más poderoso en el juego a la pelota que cualquier otro brazo derecho conocido por allí. Por lo demás, su cuerpo era esmirriado y tirante, “puro nervio”, como suele decirse. El manco no servía para otra cosa, pero jugaba tan bien a la pelota como a las cartas, a las que barajaba con diabólica habilidad con su única mano servicial. En el truco era invencible como a la pelota. El manco era un bicho bien conocido en cuanto cafetín o crujía medraba en la Calle Ancha y sus adyacencias, entre el hipódromo y el parque.

El manco jugaba adelante, cerca del frontón, y a cambio de su pierna corta, poseía la facultad de adivinar o prever el destino de la pegada con mayor precisión que el intento del mismo adversario, de modo que ya estaba allí cuando alguien, en vez de levantar, se arriesgaba a cortarla a la zurda, engolosinado por la tiesura de su izquierda. Daba entonces con la derecha al revés, con tanto poder, que aunque lo conociera, el zaguero contrario siempre era sorprendido y muchas veces quedaba fuera del alcance de la pelota.

Del otro lado, el enemigo era Berete.

Adrián y Cabrera iban de contrapeso y constituían una ventaja o lastre que Severo y Berete se daban mutuamente, para hacer el partido de cuatro, por más que el público y ellos mismos lo consideraban un duelo mano a mano.

Berete, cuyo apellido quizá fuera Beretervide, aunque nadie lo supiese a ciencia cierta, era un negro grandote y fornido, con una boca vueluda, medio africana y medio quichua, que le ocupaba gran parte de la cara, dejando muy poco espacio para la frente y casi ninguno para los ojos, aunque su nariz se defendiera a fuerza de aplastarse y ascender.

Cuando Odiseo llegó, sacaba el manco, y Berete, casi al extremo de la cancha, sin esperar el pique, volvió de aire. Su golpe recto, alto y poderoso, destinaba la pelota a Adrián, que era zaguero como el. Desde el medio de la cancha, también de aire, este cortó a la izquierda, para Cabrera, el otro chambón, quién debió correr y esforzarse para restar a duras penas, pero sin poder levantar, de modo que la pelota fue para el manco. Severo revoleó la paleta como si fuera una cuchara y la sacudió con poder terrorífico. La pelota fue a dar un centímetro sobre la marca de la lata, hacia el lado derecho, donde ni Cabrera, por demasiado a la izquierda, ni Berete, por muy atrás, podían llegar.

El negro Berete bufó como un cochino, y al sacar nuevamente el manco, lanzó un venga que más parecía una blasfemia. Ya al sentir el chasquido y el peso de la pelota en su paleta Berete advirtió que se excedería en la altura. La pelota sobrepasó el alambre tejido y desapareció. El rayero lanzó otra pelota en dirección al manco.

 

* * *

 

Taco dormitaba allí, junto al alambrado, en el extremo de la posesiones del vasco, prolongando todavía la siesta, a la espera del apetito para volver a comer, como si le pareciera absurda la necesidad del apetito para comer, toda vez que en la bolsa tenía por lo menos cuatro pedazos más de asado con cuero, dos empanadas envueltas en papel de estraza y un número insólito de galletas solo viejas de un día.

Taco metía todo en la bolsa.

Taco olía a bosta, y a pescado frito en el invierno. Y en el verano, sin excluir lo anterior, a perro o a gato muerto. Taco embolsaba todo, sin discriminación de ninguna especie, siempre que la cosa o la parte de ella que encontrara tuviera algún atractivo, lo cual en el caso de Taco sería tan difícil definir como pretender arrancarle una sola palabra.

Al llegar a mediodía, junto al río, clasificaba todo en dos grupos: lo comestible y lo no comestible. Por la tarde recorría nuevamente el pueblo y al caer la noche repetía la operación. A veces, por ejemplo, entre los objetos de su bolsa aparecía un zapato viejo. Taco se lo calzaba en el pie correspondiente, siempre, por cierto, que cupiera (no obstando por el contrario el hecho de que le fuera demasiado amplio), en sustitución del que llevaba, de tal modo que nadie en las tierras blancas cambiaba calzado con tanta frecuencia como Taco. Jamás pedía nada, pero llegaba el momento en que los trapos ya no le cubrían totalmente ciertos lugares. Era entonces cuando alguna ama de casa arrojaba, después de haberse escandalizado, algún pantalón viejo que Taco no tardaba en ponerse sobre el anterior y ajustárselo a la cintura con una piola.

* * *

 

En ese momento había comenzado a rascarse

Con los ojos turbios ya podía animársele de frente al sol del crepúsculo y dejarse encandilar. La operación de rascarse resultada mucho más agradable si al mismo tiempo miraba el sol de frente, porque la dulce y somnífera ofensiva de luz ayudabalo a concentrar todos sus pobres sentidos en el movimiento de los dedos que iban y venían por la piel, estimulándola, provocando y restañando a un tiempo el prurito. Absorto en ese supremo menester de su intimidad y de su higiene, no vio venir la pelota, y esta, para hacerse notar, tuvo que pegarle en el pecho.

Taco dejó de sonreír. Tan solo el miedo y el sueño eran capaces de borrar en su boca la sonrisa, que era como la flor, la rosa que encendíase su pensamiento oscuro y blando. Alargó la mano cuando estuvo convencido de que no se trataba de una víbora, ni de un ratón, cuando ya eso, en su quietud, no podía dañarlo porque estaba ahí, propicio y débil, a veinte centímetros de su rodilla derecha, y cogió la pelota, la introdujo en la bolsa y volvió a sonreír, volvió a mirar los restos sanguinolentos del sol que quedaban sobre el horizonte y siguió rascándose, dándose placer, hasta que oyó:

-¡Eh, Taco, Taco!

-Ah, ah, ah, eh, eh.

El niño se acercó audazmente. Odiseo era todavía de los que seguían creyendo que Taco era pariente del Cuco y de la Solapa, y que los ayudaba durante las siestas de mucho calor en la caza de niños malcriados, toda vez que resultaba verosímil cualquier acción de Taco destinada al logro de comestibles. No obstante, esta versión ya le inspiraba algunas dudas por el hecho conocido de que algunos muchachos no mucho mayores que el hubiesen maltratado a Taco, desnudándolo, cubriéndolo de barro y arrojándolo al río, atado de una soga y volviéndolo a sacar medio muerto, gemebundo y aterrorizado. Odiseo recordó de pronto el curioso episodio –que mantuvo a Taco mucho tiempo alejado de las tierras blancas- y se acercó unos pasos más. Taco lo miraba, sonriéndole, y persistiendo no ya en la sonrisa sino en el rictus de los labios, sin dejar, empero, de sonreír, porque ni la mirada ni la actitud del niño parecían amenazarlo todavía.

-Taco, ¿no has visto una pelota que cayó por aquí?

-Ah, ah, eh, eh.

-¿Qué?

-Eh, eh.

-¿Qué decís?

-Ah, eh, ah.

-¿Dónde? ¿Más allá? Hum. Estoy seguro de que vino a dar por aquí. ¿Eh, Taco, no la viste?

-Ah.

Taco maniobró indefiniblemente con el brazo, trazando y borrando al mismo tiempo una señal que bien podía indicar una dirección como otra. Sabía ya, sin duda, que el niño buscaba eso que el acaba de recoger, pero que ya no extraería de la bolsa hasta el momento de la clasificación, o, para decirlo más claramente, hasta la hora de comer, porque la bolsa era como una parte de su cuerpo, algo así como el buche de los pájaros o el cuajar de los rumiantes, una etapa en el camino de los alimentos hacia el destino que la fisiología les tiene reservado. La bolsa era el lugar donde todo se juntaba y de donde nada podía sacar si no era a ciertas horas y en determinada etapa del proceso de selección de lo que servía y de lo que no servía. La bolsa de Taco era tan inviolable como podrían serlo su corazón o sus intestinos.

Taco dejó imprevistamente de sonreír porque la actitud de Odiseo, sin haber cambiado, tornabase ya amenazante en su mera persistencia.

-¿Y, Taco, me ayudas o no a buscar la pelota? ¿Seguro que no la viste?

-Ah, eh, eh.

Odiseo acordándose del suelo de esa tarde y miraba al pordiosero casi extrañado de que no hablara como el resto de los mortales, de que la inteligencia de Taco se detuviera allí donde se originan las palabras, y como esperando que de un momento a otro Taco se decidiera a proseguir el relato acerca de la vida y la muerte de Balín. Ese relato, puesto por los suelos en la boca de Taco, se lo había contado a Odiseo otra persona, un viejo llamado don Mártires, un verdadero rapsoda de boliche, un maestro en cuentos de almacén. Odiseo lo recordaba perfectamente, pero no le era insólito que cosas aprendidas de un modo se le aparecieran de otro modo distinto en sueños, a manera de repaso y vertidas con cierta congruente y quimérica imposibilidad. No trepitaba la liberalidad de sus sueños en hacer hablar al propio Taco. ¿Es posible que Odiseo haya llegado a preguntarse cual de los dos Tacos era el verdadero? Acaso sospechara que Taco ocultaba por conveniencia su facultad verbal ante los demás. No faltaba en el barrio quienes atribuyeran a Taco una inteligencia expresiva que el –según ellos- ocultaba deliberadamente para obtener limosna y vivir de la caridad pública. ¿Probaba algo el sueño de esa tarde? En todo caso probaba que Odiseo no era del todo indiferente a esa versión.

Aproximose y con un ademán fingió querer apoderarse de la bolsa. Taco puso una cara tan parecida a la de una tigra que ve amenazados sus cachorros, que Odiseo se vio obligado a retroceder.

-Ah, la tenés ahí, ¿no es cierto?

-Ah, ah, eh.

Se entabló, pues, entre el niño y el pordiosero, una lucha sorda, una guerra silenciosa a base de actitudes y amagos demostrativos de más de una acción, en la que Taco iba y venía entre el gesto feroz y la sonrisa, y Odiseo avanzaba y retrocedía en la amenaza de hallar un claro entre ambos para llegar a la bolsa donde presumía que estaba la pelota. Para esto el limosnero no se había movido de su lugar y permanecía sentado junto a un poste del alambrado. A lo más, rotaba el torso siguiendo, como un girasol, los desplazamientos de Odiseo, que giraba a su alrededor como un carnívoro en torno de su víctima.

Esta curiosa escena se desarrollaba en un lugar solitario, con el anochecer a cuestas, donde llegaban disminuidas y entreveradas las voces de los jugadores de tabla y pelota, y donde el terreno se elevaba suavemente. De allí era posible contemplar un miserable panorama de ranchos desperdigados y sin orden desplegándose en las tierras blancas, con el lujo inaudito del río y su corona tangencial brillante, que tras de limitar con una especie de rúbrica lo habitable, propiciaba después el hirsuto paisaje de ceibos y espinillos, donde retrocedía el pasado aborigen y matrero de la soledad entrerriana. Mirando hacia la cancha de pelota uno podía comprender que se estaba jugando los últimos tantos del partido, las tabas volaban de un lado a otro, peor la gente iba raleando. Tiraba para los mostradores y parrillas. La primera luz que se vio encender fue la del boliche de Estévez, alrededor de cuyo billar, convertido en mesa de juego, la gente se arremolina al conjuro del monte criollo, bancado por un aviador forastero, apellidado Artaza, impuesto a Estévez por el comité. Desde la lomada donde disputaban su extraño juego Taco y Odiseo se veía con claridad cuanto ocurría en el interior del local, iluminado cuando todavía no era necesario en rigor. La circunstancia de ser esa aún la única luz encendida de las cercanías daba al boliche de Estévez y a su personaje central, el aviador Artaza, una apariencia de polo rector de cuanto ocurría en sus vecindades, como si desde allí partieran rayos magnéticos que atrajeran, repelieran y ordenaran a su antojo. Reproducíase al parecer, gráficamente, el panorama de la influencia de Artaza que el Primo concebía en sus conversaciones con la Madre y con Angélica. Todo parecía demostrar que el Primo tenía razón, y que Artaza, desde el boliche de Estévez, no solo centralizaba el juego de monte que se desarrollaba sobre el billar, sino todo el contorno de vicio y libertinaje que tenía lugar en barriada miserable. Y así era en verdad. Artaza controlaba, mediante personeros a sus órdenes, el juego de los corralones del barrio, y a sus manos venía a parar todo el dinero de la coima.

Artaza, aún desde el lugar donde se hallaban Taco y Odiseo, podía verse que era un hombre alto y delgado, de pelo renegrido y abrillantado por algún cosmético. El bigote grande le daba un aire apaisanado, pero su lente blanco, volcado, y con el monograma rojo a la vista, lo hacía orillero son llegar a urbanizarlo del todo. Era un instrumento de políticos de segundo orden, que a su vez lo eran de otros hasta llegar al caudillo departamental, y más arriba desde luego.

Odiseo se había desentendido ya de Taco, y este, recostado a su poste, cercano a un joven espinillo, no cesaba de mirar al niño, de sonreírle con piedad, como si después de haberle negado la franquicia de revisar su bolsa, lo compadeciera por la inútil búsqueda de la pelota. La tarde estival se resistía con blandura a la noche inminente. Diversificaba sus luces y a medida que retrocedía en el horizonte, su ejército de colores retrogradaba con serena dulzura, cediendo poco a poco a la ofensiva de los ocres y grises. Cansado de buscar, el chico recostose al alambrado y miró hacia los callejones por donde la gente se desparramaba. Pero un hombre, vestido de paisano, que Odiseo reconoció al instante, caminaba en sentido opuesto, como si se propusiera exactamente lo contrario de los que abandonaban el corralón del vasco.

 

La Madre

 

Han estado aquí los dos, uno después del otro: la Angélica y el Primo. Yo los he aconsejado como lo hubiera hecho con mi propio hijo, como me propongo hacerlo con el cuando tenga la edad suficiente como para recibir consejos. Soy un poco enemiga de los consejos, ¿pero que otra cosa puede ofrecer a sus amigos una mujer como yo, ignorante, sola y pobre? Le hablé, sobre todo al Primo, de mi propia vida, de cosas nuestras que tal vez se parezcan a las de el, como se parecen entre sí las vidas en la pobreza. A nadie como al pobre, le dije, le cuesta tan caro eso que don Olegario llamaba dignidad. Y el me lo sabía explicar muy bien. Decía don Olegario que la fuerza del pobre, y por lo tanto su dignidad, no solo es individual; no la poseen ni pueden poseerla separadamente cada uno, sino que todos deben participar de una fuerza y dignidad general de la que no conviene salirse, porque entonces uno se encuentra desamparado frente a las de los ricos, sostenida por el dinero y el poder. El Primo, por ejemplo, en nombre de su propia fuerza, se propone hacer algo por su cuenta, individualmente, y que, tal cual lo planeado, tiene que salirle mal. Y el Primo, en el fondo, se parece a mi marido. El defecto de ambos es el de que una vez en la vida, por hache o por be, los ha desviado del camino que ellos creían haber elegido, ya no saben volver a el. Intentan retomarlo, pero lo hacen tan solitarios y violentos, que se desvían nuevamente, y así van a los tumbos, zigzagueando entre la buena y la mala senda, sin ser ninguno de ellos, en el fondo, malos. Ni la Angélica al Primo, ni yo a mi marido –ahora lo comprendo- les servimos de arraigo o de brújula, como lo es la tierra, por ejemplo, para mi marido. Podrán o no permanecer junto a nosotras, nos llevarán o no consigo a donde vayan, para bien o para mal, pero eso no les evitará perderse y encontrarse en el azar, que es su única guía.

“-Me quedaré aquí –me dijo mi marido cuando ya los patrones lo habían desahuciado-, no daré un paso afuera de esta tierra”.

“-Esta bien –le dije-, nosotros estaremos con vos, esa donde sea”.

Se veía que los patrones, al principio por lo menos, no emplearían la violencia con nosotros, sino que se proponían reducirnos por hambre, sitiar el rancho, no adelantándonos nada a cuenta de la cosecha e impidiendo que mi marido trabajara.

“-Muy bien –le dijeron-, usted sabe lo que hace pero tenga en cuenta que su hijo y su mujer se morirán de hambre”.

“-Si se mueren –les dijo-, es preferible que se mueran aquí y no en otra parte”.

Ellos le habían ofrecido en préstamo y a devolver cuando pudiera un carro y caballo para que nos fuéramos donde quisiéramos, pero mi marido, con su actitud, renunció a ello. Yo entonces lo apoyé, pero no solamente porque era mí deber, sino por algo que ahora, después de haber hablado con don Olegario y con su amigo, me parece mucho más importante y profundo que el mero deber de esposa. En primer lugar, me pareció que así defendíamos nuestro derecho a la vida, sin contar con que secretamente alentaba la esperanza de que, manteniéndonos firmes, resistiendo, alguien vendría por fin en nuestra ayuda o se solidarizaría con nosotros.

Nadie vino, y la cosecha anterior no había sido buena.

Yo en ese tiempo sabía de mucha gente desalojada u obligada como nosotros a abandonar sus tierras. Los que todavía no la habíamos perdido nos considerábamos afortunados y algo peor aún: superiores. De un modo u otro esos desalojos quedaban justificados. La tierra no producía como antes. Los precios no compensaban, no ya el esfuerzo desplegado en cultivarla, sino la plata que se echaba encima, de modo que cada año los colonos poseían un caballo menos y una deuda más. Para eso, nos decíamos, es preferible mandarse a mudar. Nadie quería mostrar su hilacha. Algunos mandaban un hijo a Buenos Aires, y desde allá se hacían llamar. Por lo general, los últimos en marchar eran los viejos. ¿Qué ha sido de todos ellos? Vaya uno a saberlo. Lo único que se es lo que nos ha ocurrido a nosotros y a unos cuanto que conozco, tales como la Angélica. ¿Dónde esta el secreto, entonces? La cosa, tal como la planteaba el viejo Olegario, era muy clara: cada uno se redujo a si mismo, a su débil fuerza o dignidad individual frente al poder y el dinero de los ricos, pensando que todo terminaba allí donde cada uno fracasaba, sin darse cuenta de que en ese mismo punto comenzaba la vida –la de los semejantes- calcada en el mismo molde, y de ese modo fueron aniquilados uno a uno. ¿Hubiera sido posible derrotarlos a todos juntos? Don Olegario afirmaba que no, y yo no tengo razones apara no creerle o por lo menos para no imaginar esa probabilidad, ya que era la única que nos quedaba a los pobres.

Pero nadie hizo la punta. (¡Ah, don Olegario debió haber andado por allá en aquel tiempo!).

Yo llegué a pensar, viendo que mi marido y yo no cedíamos, que los patrones se avendrían a un arreglo que permitiera quedarnos de algún modo dentro del campo, aunque fuera a sueldo y no a porcentaje. Tras el rastrojo había comenzado a crecer el pasto, y yo me dije que los patrones no tardarían en hacer echar hacienda al potrero.

“-Nos tendrán que aguantar –le dije a mi marido-, y al final nos considerarán como puesteros”.

“-Mientras tanto –dijo-, dirán que somos unos agregados”.

“-Que digan lo que digan” –le respondí.

Desde ese día mi marido no habló más del asunto. Hasta que…

 

* * *

 

(A mi no me parecía mala persona el patrón. Jamás había hablado con el, pero lo conocía como un hombre alto y bien puesto, montado siempre a un tordillo muy mestizo, fino de patas y redondo de ancas. (La educación se le ve a un hombre hasta en el modo de sentarse a caballo). Ese día, como era su costumbre, andaba de recorrida y no se porque se le ocurrió bajar en casa. Nuestro rancho se hallaba en el linde esquinero de los cuatro potreros que sabíamos sembrar alternativamente. Al principio me dijo cosas que no entendí –después del saludo- o que no recuerdo bien, porque en el apuro –yo tenía atada la lechera- me preocupaba más por el desorden del rancho que por escuchar lo que decía. Mencionó la tierra, las leyes, los contratos.

Mi marido no estaba.

Sus buenos modales, que entre cierta gente parecen cosa de mujer, no lo desmentían como hombre, y, al contrario, parecían muy propios de su gran estatura y de la elegancia de las botas lustrosas. Me hice la idea, equivocada parece, de que siempre es posible llegar a algo con buenos modales, y que las palabras, dicha de una manera suave y hasta regalona, mejoran su significado y en todas se emparejan en lo bueno de su dulce sonido. Pero esta visto que una, estando en casa, pensando y pensando, pero sin ver el mundo, termina por fantasear, por hacerse ilusiones, y que lo que vale es la experiencia. Yo comencé a tener experiencia no cuando salí por última vez del rancho aquel, con Odiseo en brazos y cargando mi marido y yo todo lo que podíamos llevar, sino durante esa visita, y, después, cuando don Olegario y el muchacho de anteojos estuvieron aquí en las tierras blancas.

Estaría el ya junto a la puerta de la cocina cuando el niño comenzó a llorar y yo corrí al dormitorio para calmarlo. Cuando volví el patrón me miró de arriba abajo y pareció como arrepentido de algo. Dio media vuelta y se marchó. Yo seguí con la mirada el galope del tordillo hasta que se perdió a lo lejos).

 

* * *

 

…Estaba segura de que mi marido resistiría hasta el final, que nos quedaríamos allí contra viento y marea.

Pero le conté a mi marido la visita del patrón, y de pronto, cuando menos lo esperaba, algo sucedió. ¿Fue un capricho, una idea loca, una biaraza? Fue algo que no he conseguido explicarme.

“-Juntá todo lo que podamos llevar” –me dijo.

“-Lo que podamos llevar como” –le contesté.

“-¿Cómo?”

“-Sí, como, en qué”.

“-A pie” .me dijo.

“-Esta bien”.

Eso lo dije sin pensar, sin poder imaginar en ese instante lo que tal cosa significaba. Aunque alguna vez hubiéramos pensado en ello, era distinto a todo cuanto hasta ese momento nos había sucedido, y es lógico que yo no haya podido prever inmediatamente las consecuencias. Estas habrían de ser demasiado nuevas, demasiado inesperadas para mí, que al fin y al cabo no era ni soy una gitana, que había vivido siempre en una casa, sin pensar en otros viajes que los que se hacen al pueblo, una o dos veces por año, en carro y, cuando era niña, en el viejo Ford de mi abuelo. Sin embargo, eso fue lo que dije: “Esta bien”, no solo porque era una costumbre mía obedecerle sin discutir, sino porque me pareció que la visita del patrón era la causa del cambio repentino de mi marido, y en cierto modo me sentía responsable por esa dignidad suya que tan bien supo definirme don Olegario, pero cuyo verdadero significado en ese entonces yo aún no comprendía.

Hasta el momento de partir yo viví tal vez una especie de olvido o niebla que me impedía ver más allá de mis narices y lo que iría a ser de nosotros tres no bien dejáramos el rancho y en el la mayor parte de lo que teníamos. Así nos costó de cara nuestra dignidad. El no quiso nada. No solo no aceptó en préstamo el carro y los caballos, sino que encima le dejó de regalo todo lo que no pudimos llevar a pie, teniendo en cuenta que uno de mis brazos lo ocupaba Odisea. Pero no se nos ocurrió pensar, ni a el ni a mí, que la visita del patrón bien pudo ser una maniobra y hasta una amenaza, un ataque a nuestra dignidad, y que nosotros no supimos resistir, sino que aflojamos y nos dejamos derrotar al primer golpe. Yo no supe decirle que el patrón podría venir cuantas veces quisiera al rancho a fin de herirlo. Yo era y soy su mujer, y ningún estanciero, ni siquiera a la fuerza, hubiera sido capaz de… Y el no supo decirme que confiaba, como en realidad confiaba, en mí. No. Simplemente se sintió herido, y al final no hizo más que lo que el patrón quería.

Le desocupamos el potrero.

Por eso digo que en el fondo mi marido y el Primo se parecen. Se parecen en que no saben salir de un apuro sin cometer desatinos. Para corregir un mal lo aumentan y agregan las suyas como si no bastaran para dolerse las cosas que quieren suceder por sí solas. La dignidad los invade de pronto y no vacilan en convertirse hasta en asesinos y ladrones, aunque otras veces no miren ni por ellos ni por su familia, los que la tienen.

 

Odiseo

 

Odisea corrió hacia el, se le apareó y se puso a caminar a su lado, midiendo su escasa estatura con la del Primo y andando a paso de grande. El Primo solo mostró haber reparado en el con una rápida mirada de reojo.

-Llega tarde para la taba –dijo Odisea.

-No pienso jugar a la taba –dijo el Primo, y agregó como sin pretender que Odiseo entendiera-: hoy día voy a pura ganancia, sin arriesgar no más que el cuero, ¡ja, ja, ja!


 

Capítulo IX

 

Odiseo

 

El Primo, sin embargo, se detuvo en el boliche del vasco. Cuando Odiseo lo vio transitar por el callejón, el Primo caminaba a paso vivo, decidido, como si se dirigiera a cumplir una tarea muy especial y no pensara sino en un destino prefijado; y así siguió junto al niño cuando este se le apareó, pero unos metros antes de llegar a la puerta del almacén y despacho de bebidas –por donde se entraba también a la cancha de pelota-, sus actitudes cambiaron radicalmente y Odiseo lo advirtió. Su andar se hizo lento, despreocupado, paseandero, no como si sus pasos hubieran cambiado de destino, sino como si ya no tuvieran ninguno. Como paseando llegó a la puerta y saludó del mismo modo, pero antes de entrar echó un vistazo rápido y filoso hacia delante, hacia el almacén de Estévez, dos cuadras más al Norte, donde se jugaba al monte. Nada de eso se le pasó por alto a Odiseo.

En el interior del boliche, el vasco despachaba cerveza fresca a la pareja victoriosa. Adrián y el manco Severo, acodados al mostrador, sudorosos y contentos, se repartían el dinero, y como que del negro Berete y de Cabrera no quedaran ni rastros, algunos circunstantes y mirones festejaban el triunfo palmoteando a los ganadores. El ciego Altube rasgaba una viola grasienta y aguardaba el instante propicio para cantar por centésima vez su vieja y deshilachada elegía:

 

En Santa Amalia vivía una niña

buena y hermosa como un clavel;

la pobrecita se mantenía

cociendo ropa para el cuartel…

 

Odiseo se había sentado en el umbral sin esperar nada, simplemente por mirar a los que habiendo dejado las canchas de taba pasaban por el callejón. Entre ellos, los que conservaban todavía algún peso, iban derecho a dejarlo en lo de Estévez. Los que no, mironeaban de un lado a otro, sin esperanzas ya, las manos en los bolsillos, por donde habían transitado los míseros reales de la propaganda electoral y algunos otros que Dios sabe como habían ido a parar a sus manos, como no fuera también por causa de las elecciones, mediante una de esas changas inverosímiles que salen durante esos días extraordinarios. Odiseo los miraba sin ver -¿pensaba?- y a su lado fueron juntándose dos o tres chiquilines más. Uno de ellos fue a ofrecerle sus servicios al ciego en el momento de pasar la gorra, pero Altube, sin suspender la canción, le largó un puntapié en cuanto lo adivinó cerca de sus propias monedas.

La gente parecía cansada, y no había gritos en el almacén.

Ahí estaba la diferencia –lo que vaga y sordademente preocupaba a Odiseo- entre los demás y el Primo. El día, que para muchos terminaba a esa hora, en el Primo parecía comenzar: primero en su marcha vivaz y luego en la estudiada indiferencia. Además, lo sintió rodeado de un hálito tibio que hacía recordar lejanamente a un perfume.

“Eso –díjose el niño-, ahí esta: lleva el perfume de la Angélica. ¡Ta que mujerengo!”

Un día como ese –no diré una noche-, entre las tierras blancas y la Calle Ancha, no era el más indicado para visitar mujeres. Aparte de votar, los hombres se sentían arrastrados a revolear el hueso, a hartarse de vino y de asado con cuero. Los comicios eran concebidos aún como una celebración esencialmente masculina y reservada a ejercicios de hombría, como jugar, beber, discutir y pelear.

¿Qué había sido del Primo, un hombre tan parecido a los demás, casi un prototipo de loa andurriales gualeguayenses, durante ese día?

Es cierto que había votado, pero Odiseo sabía ya que también había visitado a su madre en el rancho, probablemente para hablar del padre. Habría estado consolándola, hablándole con ese modo rápido y distraído de esa juerga nocturna y despreocupándola de que el marido no hubiera dormido en casa esa noche. La Madre lo habría convidado con mates, y allí habría estado perdiendo el tiempo, mientras todos los demás se divertían como estaba visto que debía hacerse durante las elecciones. Habrían hablado de el (de Odiseo), y la Madre le habría llenado la cabeza con las cosas del gurí y se habrían quejado de la pobreza y del hambre. No sospechaba Odiseo que el Primo hubiera tenido una conversación tan alejada de los temas comunes con su madre, precisamente con ella. La extrañeza del niño provenía necesariamente de lo que el mismo podía observar, porque, no conforme con eso, el Primo había estado con la Angélica, las huellas de cuyo perfume –de no haberlo visto con sus ojos- lo hubiera proclamado. Y ahora, después de pedirle en la cancha que lo anunciara en las canchas de taba, se aparecía ya avanzada la tardecita y declaraba que no jugaría. Para colmo había entrado al boliche del vasco sin otras palabras que un saludo bajito, ineficaz, como si buscara el, nada menos que el Primo, no llamar la atención y pasar inadvertido.

Miró hacia adentro y casi no lo vio, escondido como estaba en un rincón, sentado sobre unos cajones. El viejo don Mártires le contaba algo –como era su costumbre-, y Odiseo pensó que el Primo resultaba un extraño auditor de don Mártires, que ya no precisaba oyentes para sus historias, porque la vejez parecía tenerlo casi separado del mundo. Las miradas del Primo y de Odiseo se cruzaron, y ambos mantuvieron firmes los ojos en un difícil minuto, durante el que pareció romperse el secreto de una oscura complicidad. El Primo hizo callar a don Mártires con una seña, y llamó a Odiseo en voz alta. Cuando el niño estuvo cerca, dijo:

-Pida lo que guste; y usted, don Mártires, sírvase algo. ¡A ver, vasco! Usted, ¿masitas o caramelos? Las dos cosas para el. ¿Y usted, don Mártires?

-Lucera.

-Es una bebida muy estomagal, como decía el finado Soga Negra –dijo don Mártires-, y será no abusando, digo yo.

-¿Soga Negra? –Odiseo había abierto los ojos a no dar más-. ¿Es cierto que era mágico y que una vez hizo que el perro atravesara el río caminando?

-Supieron circular muchos cuentos del finado, pero ese del perro caminando sobre el agua no lo conozco. Lo que se fue que una vez la pasó mal por algo que parecía mágico, pero que no era más que memoria de un bolichero amarrete, y una especie de locura de mujer.

El Primo y don Mártires habían estado conversando de otra cosa hasta la llegada del niño. Los dos hombres se miraron y entendieron que el asunto quedaba pendiente, y el Primo, con una sonrisa, estaba ya concediendo franquicia para el nuevo relato en homenaje a Odiseo, y preparándose el también a escucharlo. Dijo don Mártires:

-Resulta que supo vivir en Gualeguay un bolichero muy viejo, platudo hasta decir basta, pero agarrado como el solo.

-Ya sé –saltó Odiseo-, don José Candiotti, el amigo de Balín.

-No. Este era otro. No solo don José ha tenido boliche en Gualeguay, pueblo favorecido por el italianaje chacarero, y también, en otro tiempo, por gente de yunque y de martillo, pero me he de permitir callar su nombre, porque aunque ya es finado, el cuento no lo favorece.

“Tenía a su mujer en la miseria; y los hijos –que no tuvo muchos-, cansados de pasar necesidad, no tardaron en escapársele y tomar cada cual por su lado”.

“Recuerdo haberlo visto al viejo comiéndose la costra del queso rallado y las butifarras descompuestas que le quedaban de sobras en la fiambrería. En fin, prestaba plata con usura, pero en el almacén jamás le fiaba un centavo a nadie. Como no tenía cuentas, tampoco llevaba libros, pero eso sí: todos los años contrataba un escribano que le arreglaba las cuestiones del impuesto y del balance. Cuando a cada muerte de obispo algún cliente no pagaba al contado la mercadería que retiraba, el viejo no necesitaba apuntar. Tenía una memoria de avaro”.

“Soga Negra, que hasta carro llegó a manejar, fue siempre mayormente peón, y si alguna vez dejó de ser pobre, fue solo para morir. Soga Negra, como digo, le hacía algunas changas, y el viejo se las pagaba en gasto de almacén, que es como decir vino, yerba y cigarros (porque Soga Negra no parecía consumir otra cosa). Pero una vez el negro tuvo necesidad también de un par de alpargatas, de modo que lo que había ganado se le fue en eso y en un atado de cigarros, de esos azules –me refiero al papel-, que traían cinco toscanitos, y Soga Negra podía quedarse sin yerba tal vez, pero no sin vino. (El sabía tomarse unos “potrillos “que se servían en unos vasos de medio litro). Después de mucho discutir, el viejo consintió en fiarle los dos reales de un potrillo, a descontar de la próxima changa”.

“Ocurrió, sin embargo, que a la noche siguiente el viejo se comió unas butifarras medias podridas y se agarró una indigestión de san puta”.

“Cayó en cama”.

“A lo primero, cerró el boliche; pero después, viendo que la cosa iba para largo y enfermo como estaba, le ordenó a al mujer que abriera y se encargara de todo. El, desde la trastienda, que era también dormitorio y depósito, la dirigía a gritos. En lugar de mejorar, el viejo se empeoró y hubo que llamar a los hijos, porque el hombre, en opinión de los doctores, no tenía vuelta”.

“Mientras tanto –y no digo que fuera por maldad- Soga Negra tal vez aprovechó la coyuntura para olvidarse de la deuda. Sabía, porque conocía sus costumbres, que el viejo no había anotado el gasto en ningún papel, y consideró sin duda que por la gravedad de mal tampoco se acordaría”.

“Paso un mes y el viejo se puso tan grave, que el médico aconsejó llamar al cura. Los hijos y la mujer hicieron venir también al escribano. Y así, ya en gracia con Dios y con el diablo, el viejo se dispuso a morir. Pero a último momento la llamó a la mujer. Ya no le quedaba aliento. Con el suspiro final dicen que le dijo:

“-Soga Negra debe veinte…”

-¿Y entonces? –preguntó Odiseo.

-¿Y entonces que? –dijo don Mártires.

-¿Qué hizo… Soga Negra?

Don Mártires riose hacía adentro y prosiguió imperturbable.

-La mujer no lloró mucho tiempo al viejo, aunque lo lloró. Tres o cuatro días después del fallecimiento, no se sabe si con intención o no de pagar su deuda, Soga Negra entró al boliche atendido por la viuda y el menor de los hijos. Había dos o tres personas junto al mostrador tomando copas. Entonces si que ocurrió algo raro. No le envidio el momento que pasó el pobre Soga. La viuda, no bien lo vio entrar, perturbada vaya a saber por cuales pensamientos, largó una descompuesta carcajada, tanto más llamativa cuanto que de luto no llevaba una semana. Cierto que aquella risa no parecía de alegría, sino más bien ajena, pero es que la mujer se siguió riendo a voz en cuello, del modo que se ríen los nerviosos o los con miedo, sin poder parar, mismo como si Soga Negra fuera propiamente un aparecido y no un cristiano. Los marchantes del mostrador no dejaron de sospechar que la mujer se había vuelto loca y lo atribuyeron al disgusto por la pérdida. Pero después la mujer, sin dejar de reírse, empezó a gritar:

“-¡Soga Negra debe veinte! ¡Soga Negra debe veinte!

“Dicen que no hay cristiano más jodido que el negro para las brujerías, así que a Soga Negra no le gustaba aquella forma tan rara de ser recibido en un boliche y de recordársele una deuda. Dicen que lo vieron con ganas de apretarse el gorro y salir disparando, pero el mismo susto parece que lo mantuvo quieto”.

-¿Y entonces? –volvió a preguntar Odiseo.

-Oh, ta que sos apurado. Entonces que.

-¿Qué hizo Soga Negra?

-¿Soga Negra? –y el viejo recomenzó o siguió inventando-. ¿Sabes lo que hizo?

-No.

-Bueno, sacó veinte centavos, lo dejó en el mostrador y se retiró. Después la gente solía embromarlo, y años más tarde hasta los chiquilines por la calle, cuando el hombre ya era un viejo inservible, le gritaba: “¡Soga Negra debe veinte! ¡Soga Negra debe veinte!” Y el pobre se enfurecía, trataba de perseguirlos, les arrojaba piedras y lagrimeaba de rabia y de impotencia. Yo una vez lo encontré en esas circunstancias y me pareció que temblaba, como si temiera el ánima del bolichero muerto. Entonces juraba por Dios y María Santísima que los veinte centavos se los había pagado a la viuda”.

Una buena parte de la concurrencia, a medida que avanzaba el relato de don Mártires, fue rodeando el grupo que este formaba con el Primo y Odiseo, así que al final, virtualmente todos los oídos del boliche se hallaban pendiente del desenlace, aunque la mayoría también, el que más o el que menos, hubiera conocido u oído hablar de Soga Negra, del bolichero amarrete y de la historia de los veinte centavos.

 

La Madre

 

Antes de irse, el Primo estuvo hablando de mi marido. Trató de sonsacarme, pero yo poco le dijo acerca de mis verdaderos y más secretos pensamientos, no sin antes asegurarme de que el Primo no lo había complicado en su plan. Después considere ridícula esta idea. El Primo no es hombre de complicar a nadie en los peligros que el desata, y si bien piensa alzarse con la Angélica después de… en realidad ella ha quedado al margen de la urdimbre.

Curiosa idea. ¿Por qué no tiene cómplices el Primo? Yo pienso que tampoco tiene compañeros, como no lo tuvimos nosotros ni ningún colono en el momento de resistir el desalojo. La acción del Primo estará al margen de la ley. Y nuestra resistencia –si alguien hubiese pensado en ella- ¿también hubiera estado al margen de la ley? El Primo necesita cómplices, no cómplices, sino compañeros, no para lo que piensa hacer esta noche, sino para… ¿para que? Nosotros también debimos haber tenido compañeros, sin perjuicio de haber urdido un plan, como el Primo, aun contrariando la ley, para conservar las tierras que ocupábamos. Esto es distinto. Pero el Primo, como siempre, como todos los de nuestra condición, atropellará solo y se estrellará contra los alambrados de la ley, aunque quizás logre aniquilar algunos enemigos.

También nosotros, por el capricho de mi marido, atropellamos solos la intemperie. Y de habernos quedado, también hubiéramos tenido que resistir solos la fuerza que nos impulsaba hacia afuera, hacia el camino. La soledad del Primo, esta noche, se parece mucho a nuestra soledad de hace seis años, y a la soledad de todos los que, como nosotros, abandonaron los rastrojos para ir a dar con los huesos a cualquier parte. Y aquí viene la parte en que don Olegario daba en el clavo. El conocía mejor que nadie esta soledad que ha desbandado en derrota a nuestros hombres, que los ha llevado a arremeter furiosos y débiles contra un enemigo férreo que fatalmente los destruirá. Don Olegario conocía nuestras necesidades y sabía cual era el remedio, pero el verdadero, el profundo; no un remedio que se parezca a una taza de mate cocido que los conscriptos repartían entre los inundados, sino uno que nos libre para siempre de las amenazas del río y de cualquiera otra que no podamos resistir y vencer por nuestros propios medios. El decía que nadie debía poseer un solo pedazo de tierra que no fuera capaz de cultivar. De ese modo no habría quien pudiera echar a ningún hombre de su tierra, porque nadie querría desalojarse a si mismo.

“-¿Y esto es tan difícil? –preguntaba su joven amigo-. Fíjese que no estábamos hablando del paraíso terrenal, que en esa forma cada cual tendría que trabajar duro y parejo, que vendrían años malos y que los campesinos, dueños de su tierra y todo, tendrían que pasar las suyas. Y le digo más: quizás algún día, esos mismos campesinos, considerando que solos y aislados producían poco y ganaban poco, decidirían juntar sus propias tierras en una gran tierra de todos, de la que todos fueran dueños, y trabajarla en común para sacarle mayor provecho. Fíjese, entonces, que no hablamos siquiera de algo definitivamente bueno, sino de algo que, aún logrado, habría que seguirlo haciendo con trabajo, con mucho sudor y hasta con sangre”.

Me gustaba eso de que nada caía del cielo, sino que los hombres lo lograban con su propio esfuerzo unido al de todos los demás. Me gustaba porque ni don Olegario ni su joven amigo prometían nada, sino que simplemente proponían al hombre algo que el mismo debía prometerse y conseguir.

Ahora se que porque el Primo fracasará; ahora se porque nosotros también hubiéramos fracasado cuando nos pidieron el potrero, tanto quedándonos como yéndonos. Los pobres se hallan y se han hallado siempre entre la espada y la pared, y aparentemente derrotados en todas partes. Digo aparentemente, porque aún les queda por emprender el camino señalado por don Olegario y su amigo.

Yo podía callar porque sabía de antemano todo lo que el Primo pudiera decirme de mi marido. El me hablaba del mal vicio que es el alcohol para el hombre, de la mala suerte, de la pobreza y de la desgracia que persiguen al hombre como fieras hambrientas, pero yo sabía que todas esas cosas eran engendros de otras mil veces más terrible y poderosa. Contra ellas nuestros hombres han dado batallas ciegas, desesperanzadas, desiguales. Hay quienes sin saberlo han tirado contra sus propios compañeros; y también hay quienes, creyendo defenderse, solo sirven de escudo al gran enemigo contra el fuego de sus hermanos. De una de esas absurdas batallas, mi marido es un soldado solitario, como lo es el Primo, librado a su propia suerte. De esto proviene la situación que padecemos.

El Primo es un gran corazón. Se que ha estado ayudando a mi marido, y una vez hasta le ofreció trabajo. Es probable que mi silencio lo haya sorprendido.

“-Usted es una buena mujer –me dijo-; todo lo ha soportado y sigue junto a el como si nada les hubiese ocurrido”.

“-No se olvide –le dije- que tengo un hijo”.

Pero en verdad no era eso lo que pensaba exactamente. No le dije –porque no hubiera sabido como, con que palabras- que mi lealtad no provenía solamente del hecho de tener un hijo suyo, sino de haber ido comprendiendo poco a poco, de haber llegado a la conclusión de que tanto el como yo, además de ser marido y mujer, somos también hermanos en una lucha no emprendida, en una lucha que esta pendiente, y de cuyo resultado final don Olegario no tenía dudas. Se muy bien que tanto el como yo hemos ido retrocediendo hasta llegar a este estado de miseria y casi de abandono, en estas tierras blancas que tanto se parecen a quienes viven sobre ellas en su infinita pobreza. Desde aquí hacia atrás ya no podemos retroceder un solo paso si no es para ir a dar con la propia muerte. Sin embargo, ¿cuántos pasos nos quedan para dar hacia delante? ¿Quién lo sabe? Todos, quizá. Todos los pasos que se pueden dar en este mundo. ¿Cuántos Olegarios no saldrán de aquí? ¿Si yo, que soy una pobre desgraciada, no he olvidado sus palabras, y, por el contrario, cada día me parecen más claras y numerosas como si tuvieran el don de reproducirse y engendrar nuevas verdades, que no les ocurrirá a otros con más inteligencia que yo, tanto para decirlas como para llevarlas a la práctica?

“-Su marido –me dijo- no vendió la libreta”.

Y el creyó tal vez que no comprendería el significado de esa actitud. Por eso lo noté gratamente sorprendido cuando le respondí:

“-Ya ve como todavía le quedan cosas buenas”.

El ignoraba que yo sabía cuan digno de su parte era tratar de consolarme con esas palabras, es decir, con algo que honrara de manera distinta a mi marido y no con una simple excusa o con una mentira bondadosa. En otro caso, esas palabras no me hubieran consolado, porque no faltan mujeres en este barrio que les exigen a sus hombres la venta de la libreta para contar con unos pocos pesos más durante las elecciones, pesos que a veces se necesitan para comer y otras para divertirse, pero que para el caso es lo mismo. ¿Sabe el Primo que clase de mujer soy yo? ¿Lo se yo misma? He pensado que el suele mirarme con ojos un poco infantiles, buscando en mi lo que la vida le ha negado de maternal. Quizá por eso haya considerado inútil engañarme y haya buscado en mi marido un mérito como el de negarse a vender la libreta para enaltecerlo, y contraponerlo a su borrachera casi permanente de estos días y a su falta de voluntad para luchar por la vida. El sabe que en realidad no tengo muchos motivos, por no decir ninguno, para estar orgullosa de mi marido. ¿Pero sabía o no que su decisión de no vender la libreta podía enorgullecerme? Con esa frase el Primo me ha hecho pensar en ello, en mi condición de mujer y en el orgullo que las mujeres muestran por sus hombres.

 

Odiseo

 

-Bueno –dijo el viejo Mártires, dirigiéndose al niño, que no cesaba de mirarlo-, ya sabe el cuento de Soga Negra. Lo del perro caminando sobre el agua, aunque me parece medio fantástico, se lo contaré otra vuelta. Ahora váyase a comer sus caramelos afuera.

Los demás de la rueda entendieron la insinuación y se apartaron. El Primo y don Mártires quedaron solos en el rincón más oscuro del boliche, junto al mostrador, frentes a sus respectivas copas de lusera. Dijo, don Mártires, reanudando una conversación anterior:

-¿Así que se enteró lo que me pasó en el sexto?

-Al principio no quise creerlo.

-Mire, Primo, cuando me enteré de que el hombre andaba por aquí, a pesar de mis años, me entraron unas brutas ganas de tomarme venganza, porque fíjese, es cierto que yo he sido un analfabeto de padre y madre –como decía un oriental que conocí en Paysandú por decir que era ignorante y huérfano-, pero la gente me ha respetado siempre.

-Son unos trompetas, don Mártires.

-Bueno, por un lado me hicieron bien. Ya no quedaba nadie en el pago, ni menos gente nueva o forastera que me precisara. En cambio aquí, cuando no es uno es otro el que ha abandonado la campaña y me pide que le teche el rancho en estas tierras blancas que ni para sembrar espinas sirven.

-¿No le digo que cuando lo vi por aquí me pregunté que donde serían las carreras? ¡já, já! Porque, si habrá sentenciado en su vida ¿no? ¿Quién ha conocido un juez de raya como usted, don Mártires?

-Bah, ya he perdido la vista y las ganas para la diversión. Pero todavía me las arreglo con la paja y el alambre fino.

“Me echaron también. ¿Sabe por que? No me lo dijeron, pero yo lo se muy bien. Pregúnteme que les podía importar esa punta del campo que me concedió el patrón viejo. No sabría que responderle. Pero, sabe, no había que dejar ni rastros de la gente colona. Si los echaban a ellos, no me podían dejar a mí de recuerdo, como seña de lo que en otro tiempo era ese pago, cuando se levantaban las ranchadas que era un contento, y la gente iba y venía y yo no daba abasto y hasta peones tuve que tener.

“Bueno, he visto voltear los mismos ranchos que yo levanté hacía no se cuantos años. Y me echaron porque yo no hubiera sabido tirar cosas al suelo para darle paso al animal, como hicieron ellos. (A mí que me manden a revolver el adobe y a enchorizar paredes, pero que no me pidan que queme –sí señor, que queme- lo que tanto trabajo cuesta levantar, y no, como usted sabe, para construir algo mejor, sino para que no se convirtieran en taperas, y para que no quedara el señuelo de que allí había habido familias que pisaron y durmieron donde ahora crece la ortiga y el cardo, porque ni siquiera la alfa).

“Yo no era colono y no les ocupaba ni media hectárea, pero como si lo fuera, como si lo fuera, Primo. Cuando todos se fueron, me mandaron llamar de la estancia. Me dijeron que tenían un trabajo para mí. ¿Sabe cual? ¡Hum! Deshacer todas las ranchadas vacías de ese inmenso campo. ¿Qué le parece? Me ofrecían la mantención y la mitad de cuanto poste, alambre o chapa en buenas condiciones quedara. ¿Se da cuenta? Romper, voltear lo que yo mismo había hecho y me había acostumbrado a ver lleno de gente como yo.

“No, les dije. Se construir, pero en los años que tengo no he aprendido a destruir para que engorden los ricos. (Por suerte me hicieron hablar con el capataz). Y ahora no se si arrepentirme, porque, ¿sabe lo que hicieron esos bárbaros? Le prendieron fuego a todo”.

-Lo supe, sí –dijo el Primo.

-Bueno, resulta que como trabajaban de noche, casi se les va la mano y hasta me queman el rancho conmigo adentro. Me salvaron los perros.

Odiseo, desde la puerta, escuchaba como si comprendiera no ya el significado de lo que decía don Mártires, sino el efecto que producían en el Primo esas palabras lentas, masticadas, que parecían destinadas a herir una por una el pensamiento.

(En un período de veinte años, don Mártires supo ser el juez de raya más conocido en los andariveles del departamento. Siempre había sido un hombre chiquito, movedizo y ecuánime, y tan apreciado por la serenidad de sus fallos como por la solidez y lindura de los ranchos que sabía techar como ninguno. En sus manos, la paja brava era una seda, pero a fuerza de años se le habían agrietado y encallecido. Sus dedos cortos, semiparalíticos, conservaban o más bien obedecían aún la forma del manojo, y todo lo agarraban –fuera el naipe, la mujer o la copa- en esa forma particular, buscándole la vuelta para no encontrar un borde áspero y dentado. De modo que así de rudas, sus manos andaban como acariciando. Siempre fue pobre –hasta cuando tuvo peones- y analfabeto “de padre y madre”, pero en su tiempo la gente sabía respetarlo y creer en el. Ahora se arrastraba hablando solo por los andurriales de Gualeguay, y solía vérsele en el rincón más oscuro de los boliches, al atardecer, tomando una lusera).

Odiseo podía pensar en el efecto de las palabras de don Mártires, y también en que el viejo no era una compañía adecuada para el Primo, pero es que esa tarde el Primo no parecía ser la misma persona.

-Sería lindo volver alguna vez –decía el viejo-, y empezar de nuevo.

-Sería lindo –dijo el Primo, como si hablara de otra cosa con las mismas palabras de don Mártires- empezar desde ahora mismo, quitarles algo de lo tanto que han robado.

-¿Lo conoce al Artaza, entonces? –dijo don Mártires.

El Primo casi no pudo disimular un sobresalto ante el viejo, pero a Odiseo, que lo observaba implacablemente, no se le escapó.

-Al Artaza, el aviador de Estévez –volvió a decir el viejo.

-¿De Estévez?

-Bueno, es un decir: que esta en lo de Estévez.

-¿Y porque habría de conocerlo yo?

-No digo que lo tenga que conocer. Por ahí lo ve. Ahora banca el monte.

-Si solo fuera el monte…

-Era de los que dirigían la quemazón.

-¿La quemazón? –dijo el Primo.

-Sí, lo que le acabo de contar.

-Ah, sí, la quemazón del sexto. ¿Qué me cuenta?

-Claro, pues.

-¿No ve? –dijo el Primo, partiendo desde sus propios pensamientos-. Ahora lo tienen para desplumar a la gente. Por lo visto ese no agarra oficio bueno. Antes les quemaba los ranchos en el Sexto; ahora los despluma en el monte… ¿Usted me preguntaba si lo conocía? Le diré: lo conozco, sí, lo conozco desde hace mucho, y me esta pareciendo que con el tengo una cuenta pendiente. Ahora que usted menciona la quemazón del Sexto, me acuerdo de algo, ¿sabe? Pavadas…

-Bueno –dijo don Mártires-, como le decía, este Artaza era el más encaprichado de todos. De a caballo, no más, mandaba a los otros que le metieran fuego a mi rancho. Yo tenía un perrito medio bayo y otro, por suerte, cruzado con policía. Cuando lo oí torear y abalanzarse, salí afuera. Como me vieron armado, se sofrenaron los del fuego, pero ese Artaza, de a caballo, les ordenaba que quemaran no más. Le juro, Primo, que si le llegan a obedecer, más de uno ahora no podríamos contar el cuento…

-¿Sabe una cosa, don Mártires? –dijo el Primo-. Me gustaría haber estado con usted esa noche. ¿Casualidad, no? –agregó entusiasmado con una idea oculta, pero que parecía habérsele ocurrido de repente.

-¿Casualidad? –preguntó el viejo.

-Casualidad… digo… hubiera sido estar haciendo noche esa vez, con algún arreo, en su rancho… ese Artaza… Como que andaría de “aviador” hoy día.

 

La Madre

 

Mi marido.

 

Odiseo

 

Porque los acontecimientos de esa trágica noche comenzaron así, por lo menos en su apariencia objetiva. Es claro que la génesis de esos hechos culminantes era anterior, pero ¿quién sería capaz de averiguar no su antigüedad general –coincidente con el drama infinito y aún inconcluso del hombre-, sino el origen específico? De cualquier modo quizá la procedencia remota no tenga más importancia o sentido que el que necesitan sucesos semejantes a fin de no aparecer circunstanciales y anecdóticos en extremo. Una raíz inmediata puede hallársela en la entrevista que tuvieron Angélica y el Primo, de la que solo conocemos una parte. Sabemos que de allí salió el Primo con paso decidido hasta su encuentro con Odiseo. Para el niño, en cambio –y esto es lo que importa-, todo comenzó en el extraño cambio de actitudes que observó en el Primo al ir a reunírsele. Conviene insistir que desde ese instante preciso, el Primo se convirtió para el en un objeto de ininterrumpida y minuciosa observación, que más tarde se transformó en vigilancia. Prueba de ello es el hecho de que Odiseo se quedara en el umbral del almacén del vasco aún después de obtener caramelos y masitas, y que permaneciera allí y rehusara la invitación de su compinches para ir a los sauces, donde aún quedaba asado con cuero, empanadas, galleta y vino. Para Odiseo, por alguna misteriosa, patética y fatal inclinación, el Primo se había convertido en algo más importante que todo eso, y, por lo que hacía a los víveres ocultos en los sauces de la ribera, Odiseo aún podía desdeñarlos, sin contar con que los caramelos y las masitas lo excusarían del hambre durante algunas horas más.

A don Mártires, por su parte, nada le había parecido extraño, y, sin quererlo ni saberlo, se presentó magníficamente a desempeñar su papel en el plan del Primo. Y no es raro que así sucediera: don Mártires se hallaba en esa etapa de la vida en que la suspicacia duerme, por así decirlo, en un lugar oculto del corazón bizarro pero envejecido, más acostumbrado, por lo demás, a animar el valor personal que la desconfianza o el recelo. En primer lugar, don Mártires comenzó a relatar una historia (la del incendio) propicia a ese plan, y, luego, completo su contribución aceptando la invitación del Primo a beber otras luseras, no ya en lo des vasco, sino en lo de Estévez, donde Artaza manipuleaba el naipe.

La historia del viejo le otorgó al Primo una especie de apoyo moral o justificación, toda vez que necesariamente se vería obligado a improvisar sobre el terreno cierta etapa fundamental de su plan. Y no conforme con eso, el Primo recurrió a la presencia carnal de don Mártires, invitándolo a que lo acompañara.

Todo, pues, venía de perillas. Pero algo, en última instancia, debía fallar, o, dicho con más precisión, entró a funcionar algo con lo que el Primo no contaba, una cosa insignificante, por no decir inexistente para el: la pequeña, pero incisiva y pertinaz psicología de un niño. En ningún momento el Primo se sintió observado y más tarde vigilado por Odiseo del modo descripto. Entre otras cosas por ser el mismo un niño –como decía la Madre- e ignorar por lo tanto que estos fueran capaces de observar así, aún advirtiendo –como lo hizo- que Odiseo les iba detrás cuando se dirigían al boliche de Estévez. Don Mártires no vio eso siquiera. A su edad, hecha no solo de años, sino de inenarrable vida –una sencilla, difícil e ininterrumpida contrariedad-, le bastaba y sobraba un interlocutor, un receptor, para el relato de su ciega experiencia, cuya eficacia se parecía a la del arte tanto como su objetividad ingenua, gratuita y elocuente. En su búsqueda de interlocutor (como un artista en la búsqueda de la expresión que lo lleva implícito), a don Mártires le ocurría a menudo, de puro confiado, no saber a quién hablaba y no saber, tampoco, que sus palabras pudieran servir a fines imprevistos e insospechables. El niño y el anciano, pues, no podían representar a maravilla los símbolos de principio y fin del tercero –el Primo-, forcejeaban sin saberlo: uno por el fracaso y otro por el éxito del plan, aunque para la Madre este se hallara social y hasta razonablemente descalificado.

Los tres, entonces, a una hora señalada anterior a las diez de la noche, salieron del almacén del vasco. Ni siquiera al pagar la consumición dejó el Primo que se interrumpiera la charla con don Mártires. Detalle que a Odiseo no se le pasó por alto.

-¿Qué le pare, don Mártires, si damos una vueltita por lo de Estévez? –preguntó el Primo.

-Como guste, Primo, pero yo al monte no…

-Yo tampoco, don Mártires, pero me gustaría ver que cara pone…

Don Mártires no reparó en que la frase del Primo había quedado trunca. Después, es cierto, lo recordó al relatar la historia, así como otras palabras o frases del Primo que de momento le parecieron insólitas. (Don Mártires, de haberlo advertido, según el mismo declaró, quizá no hubiera podido evitar que ocurriera lo que sucedió después, pero si al menos impedir que Odiseo los siguiera).

Odiseo iba detrás de ellos engullendo masitas. En tanto masticaba un elefante, una graciosa rana con las patas abiertas esperaba su turno, en la mano derecha, y ya los ojos del niño –cuando lograba apartarlos de la espalda del Primo o de don Mártires- habían podido elegir en el interior del envoltorio un robusto guanaco dorado. Algunos caramelos quedaban en reserva en el bolsillo. Don Mártires y el Primo, charlando, caminaban muy lentamente, de modo que Odiseo podía comer, elegir las mejores figuras de animales y vigilar a los dos hombres. Además podía pensar en ellos, sentir que el uno era viejo y el otro, joven, no solo porque los conocía, sino porque les miraba las espaldas. Eso aprendió en los diez minutos que mediaron entre almacén y almacén, y también, que caminaban lentamente no tanto porque don Mártires fuera viejo, como porque el Primo, aun siendo joven, no tenía apuro o eso quería aparentar.

 

La Madre

 

Esta madrugada Odiseo y yo nos hemos levantado al mismo tiempo. Lo vi ponerse su camisa deshilachada y el pantalón que ya estaba pidiendo a gritos otro que lo sustituya. Mientras el se demoraba en la bomba, yo encendí el fuego y preparé el mate. Después lo dejé sentadito en la cocina mientras fui al excusado y me lavé la cara. Del pelo, ni hablar. Nos tomamos íntegra una cebadura, y yo me puse a lavar mientras el construía sus eternas torrecitas de barro. Se fue, vi pasar de ida y vuelta el carretón del Panadero y a mediodía comí un pedazo de asado con cuero frío que ayer me trajo la Angélica. Supongo que Odiseo no habrá ido al regimiento. Comida es lo que sobra hoy día en las tierras blancas, tal como aquel domingo de hace casi siete años en el que llegamos aquí. Después vinieron Angélica y el Primo. No dormí la siesta pensando en la Angélica, y, más tarde, el Primo se descuelga con ese alocado proyecto de… Bueno, de todas maneras tomé mate a la tarde y empiezo a creer que mi marido no vendrá tampoco esta noche, seguro como esta de que hoy no puede faltar comida en esta casa gracias a las elecciones. En definitiva, ya ha caído la noche de un día más, que sería tan igual a los otros sino fuera porque es domingo y hemos comido asado con cuero. Prenderé el fuego porque Odiseo no debe tardar y quiero tener preparada agua caliente. Todavía me queda un poco de carne y he reservado dos empanadas para que se las coma antes de acostarse. No puedo esperar que hoy venga ni siquiera a la hora de siempre. Me dijeron que lo del vasco estaba lleno de gente, y en lo de Estévez habrá… ¡En lo de Estévez! Pero no, a esa hora Odiseo ya estará en casa.

Mi marido.

El Primo me ha hecho pensar en el con sus cosas…

¿Qué hubiera sido de el de haber estado en casa aquella tarde en que vinieron don Olegario y el joven de anteojos? Yo se lo conté, pero no supe o no pude relatarle con mucha fidelidad esa entrevista. Después he callado, y ahora pienso que es triste para una mujer llegar a perder el orgullo por su hombre. Es curioso, peor ahora la persona de mi marido podría ser también la de mi hermano y no habría ninguna diferencia.

¿En que punto de la vida me encuentro? ¿Hacia donde voy con estas ideas que no cesan de brotar, que no respetan mi tranquilidad, que me persiguen y que me acosan a toda hora?

Me parece que ya he tomado una decisión o que he sufrido un cambio profundo, peor no se en que consisten la desición y el cambio. Es probable que yo antes pensara que lo mejor era soportarlo todo y resignarse, tal como lo he oído sin cesar por ahí. El mismo Primo cree que yo soy una mujer resignada.

Sin embargo, cuando veo a la gente resignada y sufriendo, me siento distinta de ella, advierto que ya no soy ni podré ser jamás lo que cree el Primo.

Yo conocí a mi marido en épocas bastantes duras, pero en ese entonces las dificultades eran distintas. Quedamos huérfanos siendo yo una jovencita, cuando mis finados padres debían entregar, por contrario, las setenta hectáreas que habíamos cultivado los últimos cinco años. En la estancia permitieron que yo me agregara de peona en el tambo. A cambio de esa facilidad, les tocó a mis dos hermanos disponer de lo que nos quedaba, que no era mucho: aperos de labranza, arneses y una tropilla regular. Mis dos hermanos se fueron al Sur con el dinero que se obtuvo de la venta de todo eso, peo dejaron en la estancia, a mi nombre, y sin yo saberlo, doscientos pesos que debían serme entregados cuando yo me retirara o me casara.

 

 

Capítulo X

 

Odiseo

 

Cuando los tres llegaron al boliche de Estévez, ya era de noche, tan de noche como puede serlo en los alrededores de las tierras blancas –a mediados de marzo- a una hora que nada les impide a las estrellas brillar a toda luz. Y, tal como suele ocurrir en un lugar donde se juega al monte, nadie advirtió la llegada de los nuevos concurrentes, es decir –y así se comprobó después, en el sumario policial-, ninguno de los que rodeaban el billar convertido en mesa de juego supo precisar, ni siquiera con aproximación, el momento en que llegaron el Primo, don Mártires y Odiseo. A lo más, algunos recordaron no haberlos visto cuando el juego se suspendió brevemente para encender el farol y colgarlo sobre el billar; pero el farol, como se sabe, lo habían encendido cuando su luz todavía no era necesaria, por lo menos para distinguir las cartas.

Artaza, es cierto, no pudo declarar, pero don Mártires aseguró que el “aviador” no solo no dio muestras de haberlos visto entrar, sino que, por lo menos al Primo, no lo reconoció.

-A mí el Artaza me saludó –dijo-, es claro que con la cabeza, cuando ya hacía más de media hora que estábamos allí. Después, tal como las cosas ocurrieron, me doy cuenta ahora de que al Primo no lo conocía. Digo ahora porque en ese instante no recordé que el Primo, unos momentos antes, me había dicho que lo conocía o que lo recordaba a través del relato que le hice del incendio de las ranchadas vacías en el Sexto, y que, además, decía tener con el una cuenta pendiente.

-¿Y usted cree que lo conocía? –preguntó el comisario.

-Ahora –y el viejo seguía subrayando la palabra ahora, como si de ella hubiera dependido el suceso e incluso la veracidad y eficacia de su declaración- creo que no. Creo que ni el Primo conocía al Artaza, ni el Artaza al Primo. Pero creo también que el uno por demasiado corajudo y el otro por muy cobarde, se conocían o adivinaban entre sí. Por lo menos el Primo sabía por mí que laya de trompeta era ese Artaza.

-No se conocían, entonces –concluyó el comisario-. Y si es así, ¿cómo explica usted lo que sucedió?

-Vea –dijo don Mártires-, lo del chico fue casual.

-Ya se; pero lo de Artaza, no.

-¿Lo de Artaza?

-Sí, lo de Artaza –insistió el comisario, todavía con algún resto de paciencia.

-Mire –dijo don Mártires, después de una pausa que, con el pretexto de encender el cigarrillo, le sirvió para meditar-, pensándolo bien, la cosa empezó de un modo bastante raro. La primera rareza de todas fue que el Primo se acercara a conversar conmigo en lo del vasco y me pagara las copas. No porque el hombre no sea atento, y generoso, como lo es, sino porque dese cuenta: yo soy un viejo, esta bien que cargado de experiencia, pero también lleno de amarguras, como lo estará cualquier cristiano pobre que, como el que habla, haya conseguido vivir muchos años. El es un muchacho, a gatas un hombre. Pregúntese usted ahora que interés podía acercarlo a mí. Y sin embargo, ahí tiene: desde que me encontró en lo del vasco, hasta que el asunto se produjo –el primer asunto-, habrán pasado unas tres horas, y en todo ese rato no se separó de mí y creo que no hablo con nadie más, sin contar al chico. El Primo –concluyó lentamente, con peregrino orgullo-, para mí, andaba buscando algo, pero algo mucho más lindo y no tan violento como lo que encontró esa noche.

-Ajá. ¿Qué cree que buscaba? ¿Plata?

-No –dijo don Mártires-, usted no me entiende.

 

La Madre

 

Dudo, sin embargo, de ser tan distinta –como a mí me parece- de esas mujeres resignadas. ¿Se algo acaso de lo que ellas piensan en la intimidad? Las veo sufrir diariamente las mismas necesidades que yo sufro; y ellas, con el mismo derecho, podrían decir de mí que soy una resignada, una pobre mujer que ni sabe cual es el lugar que ocupa en este mundo. Toda apariencia dice que es más el parecido que la diferencia; porque mis actos son notablemente similares a los suyos. ¿Y sin tan parecida a ellas soy en el exterior, no ocurrirá también que me parezca por dentro? ¿No ocurrirá que ellas piensan las mismas cosas, y que, tal como a mí me sucede, no sepan o no se animen a revelarlas?

De modo que si yo pienso en estas cosas relativas al mundo y la vida de los pobres, lo más probable es que esas mujeres tan parecidas a mí, también piensen como yo. ¿Qué temor puedo tener entonces en conversar con ellas acerca de todo esto?

Desde mañana iré a visitar a las más conocidas…

…Así que sin saberlo yo tenía doscientos pesos.

Años más tarde, y en esa misma estancia, conocí a mi marido.

 

Odiseo

 

-Como que no le entiendo. Explíquese –dijo el comisario.

-Creo que el Primo –dijo don Mártires- buscaba una razón (no se si me explico, como usted dice), una señal o una explicación de los dolores que llevaba en el alma.

-¿Usted cura? –preguntó el comisario.

Don Mártires lo miró no como lo hubiera mirado treinta años antes, sino con cierta vaga perplejidad o con ironía (arma de viejo), como si comenzara a sospechar que el otro bromeaba a su costa. Sin embargo, no se desanimó y dijo:

-No, comisario, no tengo ese don, y no lo tengo porque soy ignorante. Ya le he repetido casi palabra por palabra la conversación que tuve con el Primo en lo del vasco. Creo, comisario –y trate, si puede, de entenderme-, que el muchacho buscaba una luz para las verdades de su corazón, verdades que suelen lastimarnos, y que yo, con mi historia del desalojo y de la quemazón, le desperté. O a lo mejor ya las traía despiertas, y el hombre halló en mis palabras, si no la luz que buscaba, al menos un hermano en la oscuridad. Créame, comisario, que yo también he buscado esa luz, y no la he encontrado tal vez por la misma razón de que no se curar- aquí don Mártires sonrió, como si considerara haber devuelto un golpe-. Y hay muchos que la buscan, señor, y hay hasta quienes la encuentran arrodillados, rezando. El Primo –usted debe saberlo- no es hombre de esa condición. Es, como quién dice, un desobediente o un rebelde. Y no digo que yo sea un rebelde, a mi edad, pero en eso me parezco al Primo.

-¿Y entonces? –dijo el comisario, ya sin ningún resto de paciencia.

-Entonces… saque la cuenta: si yo que soy viejo, no he encontrado esa luz… Conforme algunos creen que la justicia de Dios, ya que aquí en la tierra no la encuentran, el solamente creyó en la de su cuchillo.

-Y en la de su revolver –pudo decir el comisario.

-Estaba acorralado –dijo don Mártires, y en seguida preguntó-. ¿Usted conoce la historia de Fierro? Si la conoce, debe recordar esa copla que por mala comparación viene a buenas para retratar el estado del Primo:

 

“Vamos, suerte, vamos juntos,

Desde que juntos nacimos,

Y ya que juntos vivimos

Sin podernos dividir…

Yo abriré con mi cuchillo

El camino pa seguir”.

 

-Esta bien –dijo el comisario, sin esperar las reflexiones de don Mártires acerca de la copla de José Hernández que acababa de recordar, y dando a entender claramente que el testimonio del viejo no le había servido para nada-, puede retirarse.

Nadie los vio entrar, pues, y Odiseo observó algo que al viejo don Mártires también se le había pasado por alto y que jamás pudo recordar. Al llegar, el Primo no fue a la mesa de juego, donde se agrupaba virtualmente toda la concurrencia, sino que se apoyó en el mostrador, solo, hasta que Estévez vino a atenderlo. Hasta don Mártires echó una ojeada por el billar y después volteo durante un buen rato por ese lado antes de reunírsele al Primo, quién sin consultarlo le había hecho servir por Estévez una copa de lusera.

Después de algunos tragos, el Primo se dirigió a Estévez con una pregunta que Odiseo juzgó insólita, y en la que tampoco reparó el viejo Mártires.

-¿Tiene hora, Estévez?

Y Estévez abrió el cajón donde guardaba el dinero y el revolver, extrajo de allí un grueso y antiguo reloj de bolsillo, con cadena de plata, y contestó, como reflexionando.

-Menos veinte. A las diez termina –y señaló con la cabeza a los jugadores de monte.

De no ocurrir después lo que ocurrió –sirviéndole para ponerlo de evidencia ante los circunstantes-, el Primo hubiera buscado la oportunidad. Alguien de la mesa lo reconoció:

-¿Qué tal, Primo?

-Ya lo ves.

-¿Cómo, no le haces a una carta?

El primero en reaccionar ante la respuesta que un segundo después lanzó el Primo fue Odiseo, porque era el único que, desde hacia horas, lo observaba con un interés especial, interés que en el caso del niño podría denominarse simpatía, pero en ningún sentido, mera curiosidad. Un interés semejante solo podría provenir de el, de su indefinible y desconocida niñez. Con los ojos grandes y clavados en el Primo, se pudo de pie de un salto cuando oyó:

-No ha nacido el aviador tramposo que me robe la plata.

El viejo Mártires relató así lo que sucedió a partir de esta frase del Primo, dicha según el con la sabia indolencia que da a veces la soberbia y otras, el coraje.

-Como les decía yo, después de echar una ojeada por el billar, me había acercado al mostrador, donde ya estaba servida la lusera. El Primo dijo cosas que nadie esperaba, pero que a mí no me sorprendieron del todo, sobre que el Artaza era un tramposo y… No se como, pero el chico ya estaba a nuestro lado, tironeándoles las bombachas al Primo, queriéndolo sacar de allí: “¡Vamos, Primo –le decía, medio lloriqueando-, vamos a lo de Angélica!” Yo lo agarré de un brazo con energía y lo arrastré hasta la puerta: “Usted es una criatura –lo reté-, y mándese a mudar de aquí”. Desgraciadamente no me obedeció en seguida, y eso me distrajo. Cuando alcance a darme vuelta, el tumulto ya se había producido. Vi que al Primo lo tenían amarrado como entre cuatro, y que el Artaza –cuando no- aprovechaba la ocasión para acomodarle un tremendo planazo. Entonces hubo algunos que agarraron al Artaza también. El Primo se retorció como una víbora al recibir el golpe, y el chico, desde afuera, gritaba y lloraba. Yo me interpuse en el montón, y no se si me respetaron las canas o que, pero lo cierto es que la cosa momentáneamente se tranquilizó.

El viejo Mártires, en medio del barullo, comenzó a darse cuenta de que el Primo no les ofrecía mucha resistencia a los que en seguida, y por orden suya, trataban de arrojarlo a la calle.

-Y ahora sospecho –agregó-, por lo que ocurriría después, que el muchacho se dejó madrugar con toda intención. Pienso que con eso estaba ganándose el derecho de arreglarse a solas con el Artaza. Pero ¿arreglar que, me preguntarán ustedes así como me preguntaba el comisario, y como se habrá preguntado hasta el mismo Artaza: ¿la antigua cuenta pendiente? No. Ahora estoy más seguro que nunca de que el Artaza y el Primo se conocieron esa noche. ¿Devolverle el planazo entonces? ¿Necesita el Primo esa ofensa a su persona para ejecutar una venganza en nombre de muchos…?

Esa noche don Mártires no se pudo explicar la extrema lentitud y la indecisión del Primo, sabiendo que, tras de su frase provocativa, se produciría lo inevitable. Es cierto que la repentina intrusión de Odiseo en la escena desvió la atención del viejo y que hasta lo alejó del núcleo tumultuoso en su afán de poner la criatura a salvo de todo riesgo, pero no en vano don Mártires había vivido tantos años:

-El Primo, fíjense bien –decía-, ni siquiera alcanzó a sacar el cuchillo. Y después, sin mucho esfuerzo lo sacaron a la calle, cerraron la puerta, y antes de que yo me pudiera colar hacia fuera, la aseguraron con la barra. No se supo de ellos hasta dos horas más tarde, cuando el chico apareció en la puerta cubierto de sangre…

“El juego se suspendió y el Artaza guardó la plata en un cofre de madera. Después conferenció con Estévez, cerca del mostrador, donde mi lusera había quedado casi intacta. Determinaron que Artaza se fuera a dormir al altillo, en el galpón de Estévez, y así fue como pasado un rato, dando tiempo a que el Primo se hubiera marchado, abrieron la puerta y unos cuantos lo acompañaron al Artaza hasta el altillo”.

 

La Madre

 

Durante las yerras se juntaba en la estancia gente forastera. A los trabajos en el campo sucedía una fiesta en el galpón con música y baile. Yo había trabajado como nunca durante todo el día, después de cumplir con mis tareas en el tambo, ayudando en la cocina, desplumando gallinas para la cena de los patrones e invitados, en la fritanga de pasteles y en la boca del horno con las empanadas. Había también vino y caña en abundancia. A la hora del baile, pues, de puro cansada y más dormida que despierta, me senté en una silla al lado de unas conocidas, dispuesta a mirar todo lo que pudiera del baile, tratando de aprender, por las dudas me tocara bailar también a mí alguna vez. Me sentía muy a gusto allí sentada hasta que apareció el y me sacó a bailar casi a la fuerza. No se si al primer momento llegué a negarme, pero en seguida me pareció que alguien me empujaba y me decía: “Baila, no sea sonsa”: Lo que si se es que cuando acorde el me estaba rodeando la cintura con un brazo y trataba de conducirme al ritmo de las dos guitarras y el acordeón en medio de una multitud de parejas iguales a nosotros. Yo no tenía la menor idea de lo hacíamos, porque aparte de ser la primera vez que bailaba en mi vida, me hallaba como confundida y no dueña de mis movimientos. El dueño era el. Hacía lo que quería de mí, andando ya hacía adelante, ya hacía atrás o girando unas veces a la derecha y otras a la izquierda. Durante el curso de ese baile yo fui aprendiendo poco a poco, cuando tuve conciencia y pude poner un poco de mi misma, a adivinar su intensión y a prever su próximo movimiento. Sin embargo, no por eso me sentí menos liberada de el, de su voluntad: solo fui aprendiendo a obedecerle, primero, con mayor rapidez, y, después, de antemano y sin ninguna torpeza. No recuerdo que durante esos diez o quince minutos el dijera algo, pero su forma de llevarme, de mandarme, sobraba de elocuencia y ninguna frase la hubiera podido sustituir. Al contrario. Esa forma que tuvo de callar me dejó muy contenta. Cuando la música terminó, me tomó de una mano, me condujo hasta mi silla y miró a mis compañeras como diciéndoles que me devolvía sana y salva. Después me dio las gracias. No se por que. Me parecía que era yo la que debía estarle agradecida.

Ese baile y los que siguieron durante toda la noche me sugirieron por primera vez la idea –extraordinaria en mí- de su pertenencia. Es de suponer que una muchacha joven como era yo, y huérfana, andaba a la búsqueda, aún sin saberlo, de ser alguien, de pertenecer y enfamiliarme con alguien, así como le pasa a cualquier guacho, aunque no sea cristiano, cuando encuentra una mano cariñosa que le arrima la mamadera. El fue precisamente eso, cariñoso en su mando, benevolente en la forma de sacarme las costillas en el baile, para lo que yo hasta ese momento era chúcara. Eso debí agracérselo después en forma de rápida condescendencia, cuando por fin se decidió a hablar.

 

Odiseo

 

La puerta se cerró con estruendo, y aún durante vario segundos, como el eco de un trueno o un alud de hierros y maderas, se prolongó un ruido de barras y fallebas.

Luego el silencio, y grillos a lo lejos.

El hombre, en medio de la bocacalle donde lo arrojara el empuje de los que lo expulsaron, evocó insólitamente a Odiseo. Sonriose de repente al recordar al niño tironeándole de las bombachas, y en seguida se dio cuenta de que había escuchado, en pleno forcejeo, los gritos que Odiseo lanzaba desde la puerta cuando los del billar lo tenían sujeto, y Artaza…

La poderosa noche rehacía poco a poco sus luces.

El Primo consideró prudente alejarse del lugar. Caminó, desorientado, una cuadra, en dirección a las tierras blancas, y aún se sentía mareado por el golpe. El fresco de la noche le acariciaba el rostro manchado por la sangre que le manaba de donde había recibido el planazo. Siguió caminando, y, sin proponérselo, llegó al río. Estuvo un rato junto al agua, inseguro, y solo entonces decidió acuclillarse en la ribera. Lavose la cara, mojó sus cabellos y estuvo a punto de desnudarse y zambullir. Demorose un rato más, serenándose acaso o simplemente mirando al agua, y a veinte metros de el, desde donde vigilaba Odiseo, parecía en la noche algo más leve e inofensivo que la sombra de un sauce o solo un extraño animal, hecho de cierta sangre oscura e indecisa.

Cuando Odiseo vio que al Primo lo arrojaban a la calle desde la puerta del boliche, pegose junto al cerco que corría paralelo a la acera de enfrente. La luz del farol, proyectada hacia fuera, pasaba a diez centímetros de sus pies, de modo que tuvo que permanecer inmóvil hasta que la puerta se cerró e interceptó la luz. De súbito se propuso dejar su escondite y acercarse al Primo, pero era seguro que su amigo, como hubiera hecho don Mártires, lo tomaría de un brazo y lo llevaría junto a su madre. Decidió permanecer oculto y vigilar los movimientos del Primo. Y así fue como lo siguió en su camino hasta la orilla del agua, donde la noche parecía abrumar con su cóncavo de estrellas, cuyo brillo flotaba en el espacio, no por nada, sino porque una parte era devuelta por el reflejo de las tierras blancas.

 

La Madre

 

Considero que el se aprovechó de esa situación mía, que no llamaré de inferioridad, pero sí de orgullo por el hombre que me había elegido esa noche por compañera de baile. (Como en una noche de fiesta alguien nos puede elegir para bailar, así también esa elección puede transformarse en algo mutuo y más profundo para el resto de la vida, no digo en el tiempo, sino para lo que nos espera en el mundo después de la fiesta). A esto, precisamente, quería llegar. Me cuesta recordar esos momentos de felicidad porque me duelen en comparación con los actuales, pero lo que más duele, la herida más profunda, es la pérdida de lo que no llamaré inferioridad, sino el orgullo por el hombre que nos ha elegido y que también hemos elegido. Ese hombre era y es mi marido.

La fiesta terminó y yo quedé transformada en algo como novia suya. Y así como terminó la fiesta, retornó a nosotros la vida cotidiana, los trabajos en el tambo, la ropa, el gallinero, el cuarto solitario donde descansaba por la noche. Mi orgullo por el persistía no obstante. De modo que no dependía solamente de su habilidad para el baile y del cariñoso mando con que supo dirigirme esa noche y ponerme el bocado, como quien dice de un bagual, sino de que también en la vida cotidiana el me llevaba la delantera, y siempre parecía tener la iniciativa. No se si me entiendo yo misma, pero lo que quiero decir es que, abandonada a mis propias fuerzas, yo quizá hubiese envejecido en la estancia atendiendo el tambo y el gallinero, o tal vez más tarde, ya vieja, hubiese pasado a la cocina, y después no se lo que hubiese ocurrido. El ofrecía una perspectiva. El me proponía esto y aquello. Yo no necesitaba consejos de nadie. Me bastaba con el y me entregaba a el de lleno porque era mi dueño, hasta que un día me propuso que fuera también su compañera.

Ahora la situación ha cambiado, y eso es lo que duele. Pero ¿por qué ha cambiado? En esa época el contaba con la posesión –todo lo precaria que se sabe- de una tierra para cultivar año a año. En esas condiciones trabajaba aún antes de unirse a mí. Por eso era fuerte, por eso me podía guiar, dominar, si se quiere, conquistar. Para ser mi dueño, el se sentía primero dueño de sí mismo, y esto yo lo advertí exactamente hasta el día en que perdió la tierra. Para convencerme de que lo siguiera a su propio rancho, ni tuvo necesidad ni razón de utilizar palabras dulces. No. Hablaba con orgullo de sus trabajos, de las cosechas, de las herramientas y de los caballos. Durante esa época casi no hablábamos como novios, pero las perspectivas y promesas que ofrecía su chacra por sí misma y una vez que yo me incorporara a ella, eran gotas de miel, augurios de felicidad y alegría, y en eso sin dudas consistía nuestro amor. Hoy ha quedado de el lo que quedó de nuestro rancho, de nuestra tierra, de nuestros trabajos en común, y yo siento nostalgia y a veces lloro por eso. El, pues, me amaba en esa época con todo lo que era y con lo que tenía –con lo que creía tener entre manos, no solo porque lo creía cuyo –nuestro-, sino porque podía manejarlo con sus manos, transformarlo de maciega en arada y de sembrado en rastrojo, como a mí.

 

Odiseo

 

El Primo comenzó a andar lentamente por una especie de camino de sirga que bordeaba la costa, y que no era otra cosa en realidad que un sendero marcado por el tránsito cimarrón de animales o gente.

La figura del hombre seguida por la del niño, bajo la noche inmensa, componían un cuadro singular. No intentaban un símbolo y nada creían representar en su infinita y espontánea ingenuidad plástica. El Primo, sobre todo, parecía un ser aislado pero insuficiente en sí mismo, solitario y patético, expuesto a la cegadora amenaza de su tragedia personal, de su venganza. Y el niño, por demasiado débil y pequeño, ya no delataba siquiera ese aura maternal que solía cobijarlo a despecho de la miseria de su vida, como si el contacto de la noche lo cubriera o mejor dicho lo desnudara a una sigilosa fatalidad.

La inmensidad de la noche –síntesis parecía, más que grandeza, del color, de la luz y del tiempo- protegía sin embargo esas criaturas, hermanando su drama al de los siglos de tradición y sangre americanas, al de una frustración que parecía ineluctable. De los inmensos territorios, algún poder oculto –régimen del cobrizo minuan- se prolongaba en ellos, como una punta de flecha envenenada y gratuitamente asesina, como fogata muerta, como la rápida piragua del pescador sombrío o el rumor de Montiel y el espinillo perfumado; con todo el rigor de la conquista, la horrenda quemazón de los pajales y el arcabuz que hería desde el fortín, el hacha, los perros del hidalgo prisionero en sus hierros, la famosa cautiva: las dos sangres en una, derramadas, sobre tierras colosales de poderío virginal y heroico: la línea de Rocamora al comenzar la historia: el pacto con “los sin ley” –civilidad del bandolero con oficio de labriego junto al río-, y después el alerta en las cuchillas, un general uniendo montoneras para lanzarlas hacía la otra orilla, en medio de un estruendo de relinchos y teros. La provincia, con un ser melancólico, con su secreta rebeldía y toda la sustancia inmadura de un pasado local, localista, terruñero (al que cuesta trabajo ubicar en una historia general, orgánica, del país o de América), daba esa noche sus frutos: el uno terco, difusamente solidario, vengativo y feroz; el otro sobrecargado de una experiencia prematura, sobrellevando un ominoso signo de absurda y trágica predestinación.

 

La Madre

 

Nos queda el hijo, pero que ya ni es nuestro, sino de la vida misma, y que sigue existiendo aún sin necesidad de nosotros, casi tal cual aquellos cuatro muchachos –sin padre, ni madre- que hallamos hace siete años en este rancho, uno de los cuales ha terminado siendo lo que es el Primo.

Nos queda el hijo, es cierto, pero ¿no somos nosotros los que nos aferramos a el como el señuelo de nuestra felicidad muerta?

Nos queda el hijo, pero en vez de ser el quién necesite de nosotros, somos nosotros quienes tenemos necesidad de el para poder decir que somos, todavía, nosotros.

Nos queda el hijo a ambos, que nos mantiene juntos, y a mí, por suerte, ese rayo de esperanza que trajeron a este rancho don Olegario y el muchacho de anteojos, cuyas palabras he venido masticando durante tanto tiempo sin decidirme a compartirlas con nadie. Si yo no me he perdido, se debe exclusivamente a eso, y si con ello yo poseo ahora algo –como el poseía entonces la tierra-, yo utilizaré eso para conquistarlo como el empleo su antiguo y ficticio poderío para conquistarme a mí.

Será mejor que me acueste. De todos modos Odiseo no me encontrará dormida.

 

Odiseo

 

El viejo Mártires pudo florearse después, en muchas ruedas, con el relato de los sucesos de aquella noche. El Panadero y el Pescador hablaron con el, y de ese modo fue posible reconstruir, con lo agregó Angélica, el día casi íntegro y parte de la noche de Odiseo y del Primo…

-Este es un cuento sin fin –sin final, quería decir don Mártires, probablemente-. Después de haber vivido la parte más larga de mi existencia, más esperanzas que antes tengo en las criaturas (y lo digo por el Primo y el chico, aunque uno de ellos ya no viva). Y por más que esto no parezca tener consejo, nos queda el ejemplo: el Primo la hizo mal, porque no hay cristiano en el mundo, por muy hombre que sea, capaz el solo de poner las cosas en su lugar. Todos a la vez, puede ser…

…Sin embargo, nadie, ni don Mártires, cuya lenta curiosidad terminaba por llegar al fondo de las cosas; ni la Madre, cuyo corazón no se apartó del hijo; ni Angélica, que algo esperaba; ni el Pescador, hacía cuyo silencio convergía la vida; ni el Panadero, con su esclarecida arista humanitaria, supieron jamás de aquel solemne paseo en la noche, de aquella borrosa y lenta persecución. Hubiera habido que interrogar a elementos y no a hombres: tierras blancas, estrellas, río.

El Primo desvió su ruta inopinadamente, abandonó el camino de sirga y comenzó a alejarse del río. Después torció a su izquierda y empezó a caminar en sentido contrario al que había seguido por el camino de sirga; de modo que Odiseo, tomado de sorpresa, debió echarse al suelo y pegarse a la tierra para no ser visto por el hombre, que pasó de vuelta a menos de cinco metros de donde se hallaba. Pero cuando se hubo alejado unos pasos, reanudó a su vez el seguimiento. El Primo volvió a torcer para alejarse aún más del río.

Todas estas maniobras fueron ejecutadas con suma lentitud, de manera que entre una y otra mediaba el tiempo suficiente para que Odiseo meditara acerca de ellas y comprendiera que el Primo las realizaba con alguna intención, sin perjuicio de aparentar un ser inconciente y sonámbulo, ajeno por completo a todo lo que no fuera una especie de oscura obstinación que lo empujara ciegamente hacia un destino incierto. Odiseo no estaba preparado para creer en ningún estado fantasmal o meramente abstraído del Primo, así que a medida que se desarrollaba el veleidoso itinerario, crecía en él el interés que desde la media tarde lo había impedido a caminar sobre los rastros de su presa. Crecía la convicción de que el Primo se proponía algo que hasta ese momento no había dejado entrever, pero que tampoco había podido ocultarle totalmente. Las idas y las venidas y los continuos cambios de dirección abrían en Odiseo un ancho camino a la imaginación, facultad que solo los adultos desperdician en la persecución de lo imposible o descabellado, pero que los niños –pese a todas las fábulas y cuentos de hadas que se los suministra- utilizan con delicioso pragmatismo en la anticipación de lo probable. Y si no ¿quién ha visto alguna vez a un niño inventando una historia fantástica, si no es a instancia de la influencia adulta? Y en cambio, cuan común es oírlos, en su espontaneidad, contar relatos escrupulosamente verosímiles –aunque sean inciertos- acerca de personajes de su conocimiento. De aquí se sigue que Odiseo no esperaba nada sobrenatural al termino de la complicada ruta del Primo, sino que, por el contrario, no aguardaba más que la confirmación de su primera sospecha, en un desenlace nada extraordinario, lógico y congruente con sus propias observaciones.

El Primo se topó con un alambrado, y luego, veinte metros más adelante, con otro alambrado. En ambas ocasiones pareció dudar antes de atravesarlos, y aunque después se decidió, estas dos breves hesitaciones le sirvieron a Odiseo para advertir que el Primo obraba con plena conciencia y hasta con reflexión. Al llegar Odiseo al segundo alambrado, el Primo se detuvo un momento, durante el cual pareció que iba a dar por terminada su misteriosa y complicada marcha. Con el ojo atento y agazapado junto a un espinillo que crecía cerca del alambrado. Odiseo los vio palparse los flancos, y entonces adivinó que el hombre se había detenido solo para comprobar la correcta posición de sus armas, y se acordó, por fácil deducción, de la escena que había presenciado a la tarde en casa de Angélica. Durante ella el Primo le había preguntado a su amiga por el revolver. De ello y de lo que estaba viendo surgía claramente la falsedad del Primo en su coartada de que se proponía jugar a la taba y al monte y que por eso necesitaba el revolver.

Además, nadie pudo enterarse de esta pequeña coincidencia: junto al joven espinillo, Odiseo se encontró ante una variadísima colección de cosas y de restos de cosas inservibles: una lata oxidada, una alpargata vieja sin su par, descocida, un cabo de rebenque quebrado, un trapo y restos diversos de comida.

“Taco –pensó, y luego, casi le salió en voz alta una exclamación-: “¡Ah hij´una!...”

Goteando se acercó a la pelota, la recogió y la retuvo después un rato entre las manos. No cabía duda de que Taco lo había engañado. Odiseo escondió la pelota en una horqueta del espinillo, con la intención de recuperarla al día siguiente y devolvérsela al canchero.

(Días más tarde la encontraron unos muchachos en el mismo lugar y no supieron explicarse como había ido a parar allí, no solamente tan lejos de la cancha, sino a un lugar tan alto… Así son de enigmáticos los rastros de la vida).

El Primo, después, reemprendió su marcha hacia el lugar señalado, y que Odiseo aún no lograba localizar. Era evidente ya para el niño que, por lo menos, el Primo estaba dando un rodeo. Caminaron así, uno tras otro, durante media hora más, sin respetar cerco o alambrado y eligiendo la ruta más sombría. Cuando rectificaron por última vez el rumbo y parecía que el objetivo final se hallaba al frente, Odiseo, que en ningún momento había perdido la orientación pues conocía esos lugares tanto como puede uno conocer el patio de su casa, se dio cuenta de que marchaban en dirección a los fondos del boliche de Estévez.


 

Capítulo XI

 

Odiseo

 

El Primo siguió caminando en esa dirección, con rumbo, al parecer, definitivo. Pero sus pasos eran, si bien cada vez más lentos y cuidadosos, no por ello menos decididos. La cautela no entorpecía la firmeza de su andar, como si adaptando los movimientos al sigilo de la noche, solo se propusiera armonizar con ella, con su estilo sombrío, pero no ocultar más de lo que ella disimula o ampara bajo los astros. El Primo se había desembarazado por completo de su aire inconciente y parecía haber recuperado el control pleno de sus movimientos. Se detuvo a unos treinta metros del galpón de Estévez, independiente por completo del edificio que ocupaba el almacén. Entre ambos no mediaba otra cosa que no fuera un patio de tierra apisonada, en el que se levantaba el brocal de un pozo de balde.

Era de suponer que en el altillo del galpón dormía o velaba Artaza. El Primo ignoraba los movimientos del aviador desde el instante en que había sido arrojado del boliche, pero era seguro que conocía sus costumbres. Así por lo menos lo afirmaba don Mártires.

Odiseo también se detuvo.

El Primo había visto la luz que se filtraba por el ventanuco del altillo y resolvió actuar como si Artaza estuviera allí. Decidido esto, siguió avanzando, ignorante de que a pocos pasos de sus espaldas Odiseo lo vigilaba sin perderle pisada. Seguido implacablemente por el niño, el Primo llegó al galpón, desde donde se oían las voces que provenían del almacén. Odiseo se ocultó detrás del pozo.

El Primo decidió esperar que se retiraran los últimos clientes del almacén, pero después recordó que Estévez también dormía en el altillo, y que, por lo tanto, le convenía actuar de inmediato.

Para empezar, era seguro que la puerta del altillo estaría cerrada por dentro. No tenía más remedio que llamar. Miró hacia la luz de la ventana y chistó. La luz se apagó instantáneamente.

-¿Quién es? –preguntó Artaza desde arriba.

-Yo –contestó el Primo.

-¿Quién?

--Yo, el Primo –dijo, ensordinando aún más la voz.

-¿Y que mierda querés?

-Tengo que hablarte, hermano. Se trata de una bolada flor, Artaza. Te conviene.

-Mándate a mudar –ordenó Artaza asomando la nariz fuera de la ventana-. ¿No te alcanzó lo de hoy, o andas queriendo otra ración? Tengo mi gente en el almacén.

-Ya se –dijo el Primo-. Por eso arme el bochinche, de puro gusto, porque quiero hablar a solas con vos.

Odiseo creía soñar. Desde su escondite podía ver claramente al Primo que hablaba hacia la ventana, peo temía no entender lo que decía, o en realidad no quería creer lo que realmente escuchaba. El secreto que el Primo guardaba parecía culminar en aquel raro instante. Desde allí en adelante sería casi obligatorio que todo se aclarara. De lo contrario habría sido inútil su estrecha y paciente vigilancia, el seguimiento, y más le hubiese valido abandonar al Primo y regresar a su casa a dormir. La Madre estaría esperándolo ansiosa.

-¿Y por eso buscarte camorra? –oyó decir después de dos o tres frases se le hubieran escapado.

-No, hermano, no me entendiste. La mujer esta dispuesta. Solo haría falta un poco de plata y una cuñita en el comité. De lo primero me encargo yo. Vengo del campo. Vos te encargas de lo otro.

-Mirá, Primo…

-¿Pero no has visto que ni siquiera me defendí? ¿O crees que le tengo tan poco amor a mi cuero?

-Bueno, vení mañana entonces –contestó por lo bajo Artaza.

-No, hermano, tiene que ser esta noche. ¿Me abrís?

-Subí –dijo Artaza.

Y bien. ¿Que sentido tenía ya su testimonio durante esa extraña escena, y no solo extraña, sino también un poco absurda bajo el galpón del boliche de Estévez? Para Odiseo, en cierta forma misteriosa y congruente –por no decir todavía fatal-, culminaba una experiencia fraudulenta.

La jornada que había precedido a la escena del diálogo entre el Primo y Artaza comenzó por arrancarlo de su casa en busca del sustento que su hogar le negaba. Este era un hecho normal de su vida errabunda. Su cotidiano viaje por el miserable rancherío, ayudando a este, ofreciendo sus servicios a aquel, yendo y viniendo de mandadero con recados de todo orden, pidiendo sobras del rancho en el regimiento, buscando pelotas perdidas en la cancha del vasco, y, ese día de elecciones, llevando y trayendo apuestas de taba, escuchando conversaciones, observando gestos fugaces de hombres desconocidos, meditando acerca de los cuentos de don Mártires, la vida de Odiseo apenas podía esperar una crisis menos extraña. Además ¿de donde provenían su impulso de vigilar y seguir al Primo, su curiosidad, su obstinación generosa e incoercible?

Nadie hasta ese momento había tratado de educarlo. La influencia de la Madre era menos eficaz que esas costumbres azarosas, fugaces, provisionales, que se imponían diariamente con la fuerza de la necesidad. Tales costumbres –si es que así puede llamárselas-, en ausencia hasta de la más ligera autoridad didáctica, se habían convertido en sus preceptores naturales. A lo más, un consejo aquí, a veces, y un relato allá, le sugerían ciertas normas muy difusas, pero que se le aparecían no exentas de violencia, repentinas e inexplicables las más de las veces. Con respecto a sus relaciones con los demás, por ejemplo, se guiaba por el principio simple de confrontar lo que a el mismo le agradaba o desagradaba, aplicándolo regulando a sus reacciones de simpatía o antipatía. Como a todo niño, ningún estímulo le era indiferente. De sus amigos, respetaba con astucia, y por más fuerte, el tambor mayor, llamado Quique: pero a los otros, parejos con el en edad y en fuerza, les devolvía golpe por golpe.

La Madre requiere párrafo aparte. Solo ella quedaba al margen de este cuadro general. Los unía algo así como una caliente indiferencia, una especie de discreto y reservado amor por encima de cualquier suceso corriente y que podía prescindir de toda demostración, aunque el secretamente aspiraba a las caricias nocturnas, previas al sueño. Odiseo se hubiera sorprendido mucho si alguna vez la Madre lo hubiese castigado. Desde ese complejo de miserias que constituía la vida de su hogar –tanto a causa de la pobreza como por los desarreglos del padre-, pero válido desde si mismo al parecer, surgía ese pacto silencioso de cariño mutuo, inviolable y privado, como si ambos necesitaran callarlo, y a su influjo perdonarse algo continuamente. En claro que la Madre no hubiera osado castigar a su hijo, un ser de cuya existencia se consideraba dolorosamente responsable, convicta, además, de la propia vida, en esas condiciones, constituía para Odiseo un castigo inmerecido y constante. Sin duda esto era cierto desde un punto de vista general, pero ella se equivocaba al apoyar su trato privado con el niño en el invariable reconocimiento de esa deuda, con lo que renunciaba a toda posibilidad rectora. Porque, a decir verdad, la vida de Odiseo en su conjunto no era un castigo.

Odiseo padecía a veces frío, y hambre casi de continuo, y en tales momentos era ciertamente desdichado, pero no consideraba en modo alguno que nadie, y menos aún su madre, fuese responsable de ello. Las cosas eran y debían ser así, y aunque a veces se topara con “el abismo de la verdad”, el descubrimiento valía tanto como el de un nuevo estímulo del juego perpetuo.

Pese a sus escasos siete años, Odiseo consideraba hace tiempo que era un deber suyo llevarle a la Madre la mayor cantidad posible de monedas. A menudo conseguía muy pocas y a veces debía regresar hasta con la bolsita vacía. Y esta obligación era otro de los falsos pilares que sostenían la relación madre-hijo.

La miseria estructuraba en ambos muy confusas posibilidades espirituales, trizadas en ellas por la angustia y el arrepentimiento, que solo últimamente, y con más exactitud ese día de domingo, buscaban derivar hacia concepciones algo más positivas. Ella había empezado a buscar una salvación, tanto para sí como para su hijo. Pero ya en las últimas meditaciones había llegado a la vaga conclusión de que ninguna salvación debía esperar en el orden individual, tanto para ella como para su familia, incluyendo al esposo, al Primo, a la Angélica y a todos los seres de su misma condición. Ya estaba tratando de dar con una solución de conjunto, menos práctica que programática, referida a las palabras que había escuchado casi por casualidad de boca de un tal don Olegario y un joven de anteojos que aparecían con frecuencia en sus soliloquios. El drama de la Madre, con relación a Odiseo, era no poder concebirlo fortalecida por la seguridad. En una palabra, la miseria se lo arrebataba, Y ella había comenzado a, comprenderlo, sin haber logrado todavía ubicarse dinámicamente en el cuadro social que relegaba su hogar a sitio tan precario.

Además, estaban las tierras blancas. ¿ Qué lugar más absurdo que ese en medio de la riqueza entrerriana? Odiseo, allí mismo, ante la inexplicable escena, era un producto de ese medio patético y mezquino. Mirando la provincia —su mapa hidrográfico amamantado por el generoso trazo del Paraná y el Uruguay— cerrada al Norte con el abrazo del Guayquiraró y el Mocoretá, ¿quién pudiera imaginar la existencia de esas tierras estériles, así como los médanos del sur? Cercados por ríos de perenne corriente pronta a vivificarlos, esos médanos y esas tierras blancas esperaban silenciosamente que el trato racional del hombre los convirtiera en vergeles. Parecían guardar en lo más hondo la infinita riqueza para cuando alguien se decidiera a penetrar en sus entrañas y conmover su fértil corazón, dándole de beber con medida científica del agua que, pasando a su vera, corría indiferente hacia el océano. Las mareas solían detener esas aguas, las hacían retroceder e inundar cada tanto las márgenes. Diríase que se obstinaban en repetir con su escuela de desgracias lo que el hombre aún no se había decidido a realizar con inteligencia. Porque las crecientes, aparte de provocar los inundados, no hacían más que lavar esa costra yerma y llevarse los restos exteriores de fertilidad.

Esas tierras se parecían a los hombres arrojados a ellas por el éxodo. Vegetaban a la par, reprimían un mismo jugo profundo, esperaban el impulso que los reuniera y los lanzara hacia la conquista de la fertilidad que sin saber tenían al alcance de la mano común. Mientras tanto, la lucha individual, desesperada y frenética por la subsistencia, los estrujaba y consumía, cuando no los aventaba para siempre hacia lo lejos, los desarraigaba, arrinconándolos en las ciudades y estrechándolos en la promiscuidad.

Todo ello, y mucho más tal vez, sostenía a Odiseo al final de su trágica ruta, con ojos sorprendidos al observar al Primo. El hombre puso un pie en el primer escalón, pero antes de emprender la ascensión miró hacia arriba. Durante un parpadeo quizá, o en un breve descuido del niño, el Primo había logrado maniobrar con tal velocidad, que repentinamente se le vio brillar en la mano derecha, la hoja del cuchillo. Para subir la escalera, el Primo debía darle la espalda a Odiseo, así que el niño, alarmado, se puso de pie confiadamente. No tuvo tiempo de meditar o decir algo, salvo acercarse al galpón. Los sucesos no se aclaraban allí, pues. El Primo no había hecho entonces más que ejecutar una nueva maniobra, parecida a la de las recientes idas y vueltas por las tierras blancas. Tal vez ni siquiera subiría la escalera, pero él ya estaba allí, y en caso de bajar, el Primo lo descubriría. Retrocedió unos pasos hasta dar con una de las paredes y quedar oculto en la sombra.

El altillo tomaba casi la mitad del galpón, que era de unos cuatro metros de altura, o sea de construcción antigua. El altillo era completamente cerrado y comenzaba a dos metros del suelo. Sus únicas aberturas eran, la conocida ventanita, que daba hacia el exterior, y la puerta, a la que se llegaba por una escalera directa, sin ningún descanso ni baranda, de modo que a menos de trepar apoyándose con las manos en los escalones superiores, gateando, para subirla era preciso hacer equilibrio. El Primo había optado por esta última fórmula. Deseaba sin duda llevar la cabeza erguida y vigilante. Odiseo, que se había acercado de nuevo a la escalera, vio claramente que la mano derecha del Primo empuñaba con firmeza el cuchillo, porque aquél debió apartarla súbitamente de su cuerpo para mantener el equilibrio. Odiseo so preguntó por qué, después del amistoso diálogo, el Primo exageraba tanto las precauciones. Cuando el Primo estuvo junto a la puerta, dijo:

Abrí.

La puerta se abrió instantáneamente, sola, como si hubiera obedecido por sí misma la orden del Primo. La habitación, del altillo estaba completamente a oscuras y nada se veía hacia adentro. Odiseo estaba casi a los pies de la escalera, y pensó que sería una verdadera desgracia que el Primo se diera vuelta y lo viera. Este pareció dudar un instante, y acaso porque se demoraba en entrar, se le oyó decir a Artaza, invisible, desde las tinieblas:

-Entrá, pero sábelo: tengo el revolver en la mano.

Entonces el Primo envaino rápidamente el cuchillo y entró por fin, procurando que desde adentro se le vieran las manos inermes. Cerró la puerta tras el. Odiseo corrió hasta colocarse debajo y perpendicularmente al centro del altillo. Odiseo oyó los tres pasos que el Primo dio también hacia el centro de la habitación, y unas confusas palabras cuyo sentido, empero, no alcanzó a percibir. Después, repentinamente, un golpe, y tras el golpe el estruendo de un objeto pesado al caer sobre el piso de madera. Se produjeron después otros ruidos confusos, pero ya era claro para el niño que los dos hombres forcejeaban arriba. Estaba seguro asimismo de que lo que había caído era el revólver de Artaza.

“El Primo no debió envainar, pensó, aunque era mejor que el otro no desconfiara, y lo viera desarmado”.

No pudo completar este pensamiento porque se oyó con gran nitidez una especie de pastosa y blanda colisión seguida de un quejido; después, otro golpe igualmente sordo, y otro quejido. De allí siguieron unos pasos trastabillantes, como de borracho, en tanto los golpes, que ya no provocaban quejidos, seguían cayendo implacables. Parecía una lucha entre pasos y golpes que se fuera convirtiendo poco a poco en una persecución circunscripta a los estrechos límites del altillo, pero a costa del derrumbe de sillas y otros objetos que la iban jalonando.

Odiseo, que no se había movido de su sitio, se hallaba aún como paralizado, no tanto por miedo o alarma como por enajenado y pendiente de los menores ruidos de arriba, concentrando sus sentidos en un lugar del altillo donde algo ya caído no podía huir de los golpes que lo seguían acosando frenéticamente. Fue entonces que una gota de algo tibio y viscoso le cayó en pleno rostro, y luego otra y muchas más. No pudo moverse, trató de cubrirse con las manos, pero sobre estas siguió cayendo la extraña lluvia de lo que para Odiseo no era sangre aún. Quiso limpiarse la cara con ambas manos, pero no hizo más que extender por todo el rostro la mancha tibia y salada, y aún antes de dar el primer paso cayeron sobre su cuello y sus ropas nuevos goterones pesados de aquella sangre de uno de los dos hombres que todavía luchaban en el altillo, pero ya desigualmente.

Intentó gritar, pero todo lo que pudo fue emprender una loca y desesperada carrera hacia el almacén, y solo cuando estuvo allí, golpeando la puerta con ambos puños, sus entrañas se ablandaron y le permitieron lanzar un grito.

Continuo golpeando y gritando aún después de oír que desde adentro sacaban la barra y desembarazaban las fallebas.

Abrieron.

Odiseo vio el espanto en las caras del almacén, entre ellas las de don Mártires. Los hombres se arrojaron sobre el, don Mártires el primero; lo alzaron, lo palparon, le preguntaron.

-En el altillo –pudo decir el-, el Primo y el otro… se pelearon.

“-Todos menos yo –decía después don Mártires- se precipitaron hacia fuera. Me había puesto de rodillas y lo tomaba al gurí de ambos brazos”.

-¿Alguien te lastimó? –le decía casi llorando-. Decíme, gurí, ¿de donde es esta sangre? ¿quién te ha herido?

El niño apenas lo escuchaba. Tenía los oídos atento a lo oque ocurría afuera.

Se oyeron unos gritos.

“-Yo no me podía convencer de que la sangre que lo cubría no fuera suya. Me saltaron las lágrimas. Le buscaba inútilmente alguna herida por todo el cuerpo, principalmente en la cabeza, que le chorreaba. Buscaba insensatamente una explicación que terminara de convencerme de que el chico no era el herido”.

Al escuchar los gritos, Odiseo sorprendió al viejo y se apartó bruscamente de el.

-¡Guarda, Primo! –gritó-. ¡Ahí va la gente de Artaza!

En ese momento, cuando Odiseo no había salido aún del almacén, sonó el primer disparo.

Los hombres habían llegado al galpón en el instante en que el Primo bajaba con el cofre de madera. El Primo sacó el revolver, pero los otros no se dieron cuenta y entonces disparó al aire. Los hombres, sin embargo, le bloqueaban aún la salida. El Primo les gritó:

-¡Tomen, infelices, esta plata es de ustedes! –y les arrojó el cofre, que fue a golpear el pecho de uno de ellos. Los otros pretendieron avanzar sobre el. Odiseo venía corriendo desde el almacén dispuesto a filtrarse por entre las piernas de los hombres. El Primo disparó de nuevo al tiempo que gritaba:

-¡Guarda las patas, trompetas, vayan al comité a buscar otro aviador!

Odiseo sintió un golpe y cayó. El Primo arremetió contra los hombres blandiendo el revólver, se apoderó del cofre, que había quedado en el suelo, y huyó sin saber que Odiseo estaba allí.

No sintió ningún dolor aunque el golpe había sido fuerte, y cayó solo porque las rodillas se le aflojaron, y todo se le oscureció, como si sobre la noche alta se agregara una nueva capa de tinieblas.

…El sueño parecía conducirlo al encuentro de su madre. Su mano se aferró a la bolsa colmada de monedas. Era necesario, sobre todo, no perder las monedas, tan luego ese día que había juntado tantas.

Trató de abrir los ojos, pero renunció a ello porque los párpados le pesaban demasiado y porque sintió que era agradable y dulce la somnolencia que guardaba dentro de las órbitas. Además, temía que abriendo los párpados se le escapara la imagen de la Madre que llevaba encerrada. Presentía que abriéndolos ella lo abandonaría, y entonces ya no tendría objeto sostener la bolsita de monedas y luchar por ella contra una extraña fuerza que trataba de despojarlo. Con los párpados cerrados obtuvo un primer triunfo: guardar la Madre y llevarle monedas. Oyó decir por lo bajo o tal vez desde muy lejos:

-Pobrecito, sonríe.

¿Quién hablaba? ¿Desde donde? ¿Dónde estaba el Primo?

El mundo comenzó a balancearse.

Sentía colgar las piernas y andar sin necesidad de hacer ningún esfuerzo con ellas. Una cara y un aliento dulcemente ásperos le rozaban el rostro.

Cuando supo que andaba, la figura de la Madre comenzó a agrandarse y a no caberle ya en los ojos. La Madre luchaba contra el peso cada vez mayor de los párpados. Quería salirse, abandonarlo. ¿Por qué? Si ella lograba escapar, no la vería más, y entonces no tendría más remedio que soltar la bolsa de monedas.

“La pobre, ya no puede más ahí dentro”, pensó.

Hubiera sido fácil librarle el paso, desembarazarla del encierro tenebroso en que el y solo el, la mantenía presa. Ella hubiera salido corriendo alegremente, libre y feliz. Pero no podía dejarla escapar. Era obligatorio que ella estuviera allí, metida dentro de sus ojos, para que a su vez la mano pudiera sostener la bolsita repleta de monedas. ¿No sería mejor, además, que ella pudiera recibir esa noche las monedas? Ella forcejeaba y pugnaba por salirse, y el no quería y no podía dejarla.

Entonces empezó a sentir que la bolsa de monedas pesaba más que antes. Sin dudas el peso había ido aumentando poco a poco, sin que el se diera cuenta, y ahora la diferencia era notable. La Madre, por su parte, persistía en tratar de abrirse paso a través de sus párpados, y el procuraba no cejar ante el peso cada vez mayor de la bolsa. A cada paso, la bolsa pesaba más, y sus dedos apenas podían sostenerla ya. Vio cercano el momento en que la bolsa pesaría tanto que ya no sería capaz de sostenerla. Parecía que las monedas se hubieran ido multiplicando, sin que la bolsa, empero, aumentara el volumen. Deseo entonces que el balanceo apresurara su ritmo; anhelaba llegar a un lugar donde fuera posible descansar el brazo. Le pareció así que caminaba hacia adentro, hacia la Madre, hacia los ojos, y que solo ante ella soltaría la bolsita de monedas, aunque los dedos se le endurecieran.

El balanceo se detuvo.

 

La Madre

 

-¡Odiseo!

 

Odiseo

 

La Madre gritó el nombre de Odiseo, y aunque el logró por fin abrir los párpados, en vez de escapar de ella, algo oscuro penetró en sus ojos y la borró.

Solo entonces el peso de la bolsita doblegó su brazo.

 

 

 

FIN

 

 1. Este diálogo se desarrolló a una velocidad extraordinaria, interrumpiéndose una a otra ambas interlocutoras