TEXTOS Y CONTEXTOS

Modificado el: 13/05/2011 Imprimir PDF

 

 

                            ¡Oh Argentina, nación hermosa y soberana 
                            del sur!
                            Ricardo E. Molinari


Las noticias de hoy son desastrosas: la ciudad de Resistencia
parece un hormiguero de caras angustiadas que miran
                                                        hacia el cielo, con grandes
nubes como (medievales) catedrales oscuras de más agua;
y de alguna manera, todos, esperamos que no llueva esta vez,
que alguien nos salve de los acuáticos camalotes que avanzan por las
                                                         calles a pesar de las bolsas
                                                                                     de arena
                                       que hemos puesto, quizá inútilmente
                                       en las puertas de la casa.
Las aguas amazónicas están aquí, y un poeta
amigo reclama un lugar en la República.


1

Antes eran las palabras
solamente las que hablaban; los textos eran como poemas ciegos que
en la oscuridad de su cuerpo tanteaban en cavernas platónicas con una
fina red de caricias, pero, qué quedó de aquella escritura lujuriosa?
Me imagino que en algún siglo venidero alguien logrará
desenterrar de esas cavernas la imagen de un país, que es como decir,
extenderá un mapa de colinas (desnudas), de hondonadas abiertas, de pliegues
                    fastuosos
con los gritos del macá de una mujer hermosa, y algún arqueólogo
corporizará la historia en las arenas gruesas de estas
anécdotas pasajeras. Acaso la energía del texto no nace
                    imprevistamente
del contacto sexual con el pensamiento reflexivo?


2

Yo imaginé a Manhattan desaparecer
entre las aguas del océano; puedo decir que la vi hundirse
como un cataclismo formidable. Entonces para mí las inundaciones
del diluvio provenían de los libros sagrados / lluvias interminables
                     sobre un Arca a la deriva / o de la aterradora
yegua negra de la noche, llovida,
o del río Gualeguay,
tan calmo que hubo personas ya muertas que los domingos iban a ver
a las señoritas de familias con grandes capelinas
                      pasear en botes de / Renoir
y los jóvenes remar entre los sauces, y la tarde caer con
Esplendor de Kermés de fin de siglo, melancólico diría en esos años,
aunque la nostalgia del tiempo nos engañe.




3

Pero hoy todo es diferente. Hay grandes autopistas en Buenos Aires
                       y los grandes personajes
se reúnen en los grandes hoteles junto al mar; hay frívolos almuerzos
de radiantes damas incandescentes, langostas oceánicas entre los dedos
de la conversación, oh europeas, campos inundados, la banalidad
                                                   de las palabras humilladas,
y hay en esa enorme cabeza de Goliat, un albergue de fantasmas
en las cuatro manzanas de la City (Y hay deudas internacionales
y hay fábricas cerradas por el peso de las aguas, y El Barón rampante
el Calvino, hace meses que está viviendo
en el techo de su casa / “Otro busca fango, huesos, cáscaras,
cómo escribir después del infinito?”






4

Hoy todo
fue distinto. Volví a mi casa arrastrando
las noticias de la radio (local), y para encontrar
consuelo, alguna imagen
que distrajera los duros presagios de las aguas: un mar mediterráneo
el litoral? Un cataclismo geológico? Una nueva ecología? Prendí
el televisor que traía colores en directo desde la capital de la República
y vi con esa tristeza que separa
un Aleph no borgeano que mostraba
                  por ejemplo,
las confidencias amatorias de una nueva estrella
recién abandonada por su esposo, un funcionario (conjetural)
que descansaba en Mar del Plata de las arduas tareas de gobierno,
vi un confuso laberinto en el pecho y en él las ruinas de
una nación atomizada, vi una mona gramaticalmente inteligente
que entrevista (disfrazada)
a un supuesto Coronel que no tiene quien le escriba,
vi un sonriente animador de turno diciendo diariamente tonterías,
vi un ridículo concurso de cantores, y al ver que todos aplaudían,
al apagar con pena el aparato me dije desolado
(argentinamente desolado), que quizá todo esté bien como contexto.
               Es este un gran país no cabe duda
porque no logramos conmovernos juntos. Quiero decir,
que las aguas están llegando hasta nosotros
y sólo queremos que no llueva.