EL ESCRITOR DE LAS TIERRAS BLANCAS

Modificado el: 20/05/2012 Imprimir PDF

Por Fabián Reato para El Diario (20.05.2012)

A los 92 años, el escritor gualeyo es una de las glorias vivientes de la literatura de habla española. Recibió a EL DIARIO en su casa del barrio porteño de Colegiales y habló de su obra, su ideología y su vida.

Manauta está allá y también está acá. Se autodefine como una hidra de dos cabezas, una de las cuales está ubicada en Buenos Aires y la otra en Gualeguay. 
Allá desarrolló su vida, su trabajo, su familia, sus amigos, pero acá transcurre su literatura. 
Un exilio forzoso, dictaminado por un ignoto coronel, lo obligó a no volver: “Si pisa Entre Ríos, quedará preso”, le había advertido. 
Hoy su vida de 92 años continúa allá, aunque frecuentemente vuelve acá, ya sea con su cuerpo, de visita a sus pagos gualeyos, o con sus letras como ocurrió recientemente con la edición de sus Cuentos Completos por parte de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. 

EN CASA. Manauta recibió a EL DIARIO en su departamento del barrio porteño de Colegiales. Abre la puerta Lucía, su compañera e incansable colaboradora. Vivaz y alegre, se entusiasma en contar que este fin de semana estarán en Gualeguay, ella cantará tangos junto con un sobrino y los gualeyos aprovecharán a celebrar al conciudadano. 
Luego, nos invita a pasar a la oficina de Manauta. Antes, en el pasillo, nos detenemos a contemplar algunos dibujos de Derlis Madonis y también una pintura que representa magistralmente a Dionisio, el niño coprotagonista de la novela Las tierras blancas. 
En la pared de su escritorio, Manauta ha colgado retazos entrerrianos: un mapa, un escudo, su foto de estudiante en la Escuela Normal de Gualeguay, una galería de retratos de celebérrimos entrerrianos (Juan L., Mastronardi, él). También, una foto de su juventud junto a Guillén. El muro sostiene las imágenes de sus amores, sus ideales, sus recuerdos. 
“No me quiero morir, quiero seguir viviendo. Pero uno de los inconvenientes de vivir mucho es que los amigos se van muriendo, uno se va quedando sin amigos. No por antipático, sino por una razón fisiológica”, dice el hombre de las mil batallas, el que soportó las dictaduras y la intolerancia, el que sufrió cárcel por pensar distinto. 

- ¿Qué amigos recuerda con más cariño? 
- Los recuerdo a todos con cariño, pero se han muerto. A veces los recuerdo y hablo con ellos, porque me gusta hablar solo. 
- También se van sumando nuevos amigos… 
- Claro, pero no es lo mismo que me haga amigo de un muchacho, no podría haber sido amigo de la infancia, por razones de edad, por razones biológicas. Uno de los inconvenientes de la vejez es que uno se queda sin amigos. 

LUCIDEZ. Manauta habla como un hombre de muchos años menos. No vacila, no se pierde en pensamientos, no tiene lagunas en el recuerdo ni se le escapan las palabras. A los 92 años, conserva una lucidez envidiable y un dinamismo intelectual que desmiente el paso del tiempo. 

- ¿Cuánto hace que está en Buenos Aires? 
- Hace 70 años, entre idas y venidas. A Gualeguay vuelvo casi todos los años pero no he vuelto a vivir. 
- ¿Siempre extrañó Gualeguay? 
- Siempre. Aunque debo decir que no lo extrañé tanto porque es como que lo llevara adentro, lo tengo presente. 
En Gualeguay, Manauta se recibió de maestro, en la Escuela Normal. Luego, se trasladó a La Plata donde se graduó en Letras, en la Facultad de Humanidades, pero a causa de su filiación comunista nunca pudo ejercer como docente. 
- ¿Cómo se hizo comunista? 
- Yo tenía un tío que era anarquista y un día en una conversación familiar lo nombró a Máximo Gorki. A mí me gustó el nombre, el sonido. Máximo Gorki, parecía una cosa latina. Entonces le pregunté quién era. “Ah”, me dijo, “era un gran escritor”. Como me gustó el nombre fui a la biblioteca, en Gualeguay, que la dirigía en ese tiempo el padre de Alfredo Veiravé. Había mucha bibliografía de izquierda porque en la biblioteca tenían algo que ver Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Amaro Villanueva. Me dan un libro de Gorki, La madre, y me lo tragué en dos días. Cuando volví, le dije al director: “Yo quiero escribir como este tipo”. (se ríe) 
- ¿Hasta entonces no había escrito? 
- Había escrito composiciones. Yo sabía que quería ser escritor. Algunas cosas había escrito, sí, pero para mí, no había publicado nada. 
- ¿Eso lo definió como escritor? 
- La lectura de La madre fue el empujón final para que yo dijera quiero ser escritor y además quiero escribir como este tipo. 

OBRAS. En 1944 publicó su primer libro, el poemario La mujer en silencio. Luego, vendrían las novelas Los aventados (1952), Las tierras blancas (1956) y Papá José (1958); los libros de cuentos Cuentos para Doña Dolorida (1961), Los degolladores (1980) y Disparos en la calle (1985). En 1995 se publicó la novela Mayo del 69 y en 1995 Colinas de Octubre. Luego, vinieron reediciones de Las tierras blancas (la novela que lo consagró ante el público y sobre la cual Hugo Del Carril filmó una película) y también la publicación de sus Cuentos Completos, en 2006 por la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner). 
- ¿Qué influencia tuvo Gorki en su escritura de Las tierras blancas? 
- Creo que la influencia de Gorki en mí no fue específica en tal o cual obra. Fue una influencia genérica, en todo lo que yo escribí y pienso que en todo lo que yo hago, en mi vida privada, también influyó Máximo Gorki. Porque la vida de él es una vida ejemplar. Era un obrero panadero y de eso salió un escritor. Jamás fue a una universidad, tenía tercer o cuarto grado. 
La novela fue escrita en la década del 50 y presentaba una estructura atípica para la literatura mayoritaria de la época: todo el texto está repartido en capítulos que se van alternando entre el protagonismo de Odisea (un niño) narrado en tercera persona, y la Madre, en primera, rompiendo la clásica linealidad del relato. 
- ¿Era una estructura novedosa para la época? 
- Muy novedosa. Algunos decían que yo era faulkneriano. Entonces dije voy a leer a Faulkner para ver si es cierto, pero no. Más bien esa estructura yo la tomé de John Dos Passos. Si hay una influencia que yo reconozco, que no puedo negar porque era una lectura preferida y cotidiana, era John Dos Passos. 
- ¿Dónde la escribió? 
- En un departamento de un ambiente que tenía en la calle Saavedra, en Buenos Aires. 
- ¿Entonces escribió desde Buenos Aires ubicándose en Gualeguay? 
- Sirviéndome de la memoria, del recuerdo. Desde el punto de vista de la literatura es mejor que la confrontación inmediata, que estar o vivir en Gualeguay, ir y mirar las Tierras Blancas y volver a mi casa a escribir. Mejor es recordar. El recuerdo perfecciona y mejora la realidad. 

HAMBRE. Las tierras blancas son las tierras improductivas, yermas, inútiles, a donde van a parar los campesinos desplazados por los terratenientes. Allí purgan una condena de miseria y hambre, cautivos de las ansias electorales de los caudillos de turno, comiendo las sobras del fondo de la olla del cuartel militar de la ciudad. La pobreza es el todo, sobre todo el hambre, que Manauta describe con precisión física, con certeza indiscutible pero también con una gran destreza poética. 
“Yo tenía un amigo de ahí, de las tierras blancas. Íbamos a la escuela juntos. Cuando me daban una moneda por alguna razón yo iba a comprar caramelos o alguna golosina. En cambio, mi amigo cuando conseguía que alguien le diera una moneda compraba galleta. Yo le preguntaba: ‘Pero por qué, si acabamos de comer’. Y él me contestaba: ‘Y, porque yo no sé si voy a comer a la noche’. O sea que el hambre no es el problema, el problema es la inseguridad de volver a comer. Porque el hambre es una cosa y el apetito es otra. El apetito cotidiano usted lo puede satisfacer comiendo galleta, pero al hambre no lo satisface nunca. Porque el hambre es inseguridad”. 
- Una falta de certeza… 
- Bueno a eso lo viví, no lo viví padeciéndolo pero viví rodeado de amigos que padecían hambre. 
- Volviendo al tema de la estructura de la novela, ¿cómo fue recibida por la crítica? 
- Muy bien. Fue un best seller, aparecía en la lista de los libros más leídos. Recuerdo que se vendió mucho en la provincia de Santa Fe, en Mendoza, porque circuló por todo el país. 
- Después vino la película… 
- Algunos años después, en el 59. Yo había publicado la novela en el 56, no escrito, sino publicado. La habría escrito tres o cuatro años antes. 
- ¿Participó de la redacción del guión, en la adaptación del texto? 
- Muy por arriba, porque no sabía nada de cine. Además estaba preocupado por otras cosas y no me metí mucho. Incluso, Del Carril me propuso ponerme como uno de los personajes. Yo soy el muchacho de anteojos, el maestro. 
- ¿Estuvo conforme con el resultado? 
- No. No es por vanidad alguna, pero no. Por ejemplo, en la novela están la madre y el hijo, es un contrapunto. En la película la madre no existe, es con el padre la relación. Y el padre en la novela es un desastre, es un borracho que a veces aparece y otras no. En cambio, la madre es el otro personaje. Es un contrapunto. En la película no. 


La pregunta del millón 

Hay un enigma sin resolver, una pregunta que muchos nos hacemos: ¿qué particularidad tiene Gualeguay para haber parido tanta cantidad de buenos artistas? Se puede nombrar a Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz, Amaro Villanueva, Juan José Manauta, Cesáreo Bernaldo de Quirós, Derlis Madonis, Emma Barrandeguy, Alfredo Veiravé, entre otros. Todos notablemente talentosos y trascendentes para el arte argentino. Le planteamos a Manauta esa inquietud. 
- ¿Qué pasa en Gualeguay que ha dado tantos artistas notables? 
- Eso nos preguntamos todos (se ríe). Pintores como Quirós, Cachete González. No sé lo que pasa, es un misterio. Una vez en broma dije: no es por alabarme pero yo también nací en Gualeguay (se ríe). Hay una chorrera de nombres notables: Ortiz, Villanueva, Mastronardi, Veiravé, Quiroz, Emma Barrandeguy. 
- Es un fenómeno que no se da en otras ciudades de la provincia… 
-Creo que no. 
- Una vez, Emma Barrandeguy me dijo que se debía a que había muchos estancieros en Gualeguay y entonces tenían más tiempo de ocio… 
- Pero los estancieros no escribieron ni pintaron, ganaron guita. Ninguno de nosotros fue estanciero. Tal vez Emma lo dijo por contraste, ni ella había logrado descubrir el misterio de por qué tanta gente dedicada al arte haya nacido en Gualeguay.