Poeta
argentino, pero no del Buenos Aires orgullosa y desdeñosamente
cosmopolita, sino del interior provincial (nació en Santa Fe en 1959,
desde la infancia reside en Concordia), Alejandro Bekes es autor de
seis inencontrables cuadernos poéticos y de espléndidas versiones
-fieles a la letra y a la música- de Gerard de Nerval, de Horacio y de
Virgilio. Si hoy fuera siempre (Pre-Textos) reúne lo esencial de su
obra poética, tan desconocida en España como quizá en su propio país.
La poesía de Alejandro Bekes resulta sorprendente por su apego
a la tradición, por su cuidada retórica. A muchos lectores les costará
entrar en este mundo de precisa y emocionada, pero aparentemente
tópica, palabra. Alejandro Bekes viene de muy lejos y de muy plurales
lecturas, pero también de Borges y Lugones y no trata de disimularlo.
Ni lo necesita. Es un poeta de hoy que escribe con la minucia artesanal
de ayer. Y que no le teme a la directa emoción humana ni a esas buenas
intenciones de las que está empedrado el infierno. Por no temerle, ni
siquiera le teme al viejo artificio de la rima consonante, y sonetos
son casi la mitad de sus poemas.
Uno de los primeros se titula «El uniforme» y puede servir de
prueba. El lector al que le parezca en exceso melodramático puede
cerrar el volumen y buscar otros poetas (afortunadamente siempre hay un
poeta para el gusto de cada lector). El poema dice así: «En el ropero
de la madre cuelga / vacío para siempre el uniforme / y encerrado en la
sombra apenas puede / asustar el insomnio de los niños / o presentar su
inhóspita medalla / al sol que en las mañanas lo revista / de tanto en
tanto. Resignadas pasan / las manos viejas por la muda lana. / Las
horas de la casa en la penumbra / lo conservan, bastión de lo llorado,
/ y el recuerdo querido que lo llena / no tiene nada de áridos honores,
/ sorda soberbia espadas y desfiles, / ni es el teniente, el héroe y el
soldado. / Sólo es el hijo que se fue y no vino». El poema está
dedicado a Alejandro Dacharí que murió en las Islas Malvinas en 1982.
A la historia reciente argentina se dedican algunos de estos
textos. Otros evocan a los antepasados: el abuelo judío que emigró de
Hungría, el bisabuelo Vittorio que con dieciocho años «abandonó la
guerra, Italia, el hambre». Los mejores poemas son epitafios, diálogos
con fantasmas. «Trenos» recrea los lamentos de los profetas («Jeremías
lloraba sobre Jerusalén»), «Regreso a casa» es una doble elegía: de la
muerta que queda en la tumba, del muerto que sigue en pie.
Poeta elegíaco Alejandro Bekes, pero también poeta de la
celebración. «Cuando ella te miraba, amanecía», comienza el soneto
titulado «La fiesta», un poema de amor que a ratos parece no desdeñar
el tópico: «Si tu mano en su mano abandonabas / y su voz te llamaba por
tu nombre, / eras sobre la tierra el primer hombre / y al milagro, al
amor, te despertabas».
Cada manera de entender la poesía tiene sus propios riesgos.
Alejandro Bekes no le teme a los grandes temas ni a los buenos
sentimientos. Y por eso a veces puede incurrir en un cierto ternurismo
o darnos la impresión que la emoción del poema no está en el poema,
sino en su temática cordial.
Poeta también es poeta mucho más variado y contradictorio de
lo que una lectura apresurada pudiera darnos a entender. Ya me he
referido a sus poemas de asordinada protesta -nada hay de mitinero y ni
de panfletario en la poesía de Bekes- sobre la situación de su país, un
país donde «todas las vías / son vías muertas». Otros poemas recrean
paisajes rurales -una Argentina de otro tiempo- que algo recuerdan a
los versos del posmodernismo y de Fernández Moreno: «En la paz
religiosa del campo el mundo sueña, / alojado en la noche como en un
largo olvido». Las anotaciones paisajísticas remiten a veces a los
poetas simbolistas, a los que consideraban que un paisaje es un estado
del alma: «Desnuda en los jirones de esta música absorta / agoniza la
tarde sobre el mundo vacío / y yo dudo entre el verde dolor de lo que
ha muerto / y la nostalgia azul de lo jamás vivido».
También la mitología ocupa un lugar importante en la poesía de
Alejandro Bekes, que en eso se parece a Luis Alberto de Cuenca (pero
sólo en eso: de la poesía de Bekes está ausente el humor, cualquier
sesgo irónico). A la historia de Ulises remiten «En el país de los
feacios» y «Archipiélago»; otro poema se titula «Andrómeda» y el
volumen concluye, sorprendentemente, con los serventesios de «Helena»,
que nos traen una música antigua, que son un arriesgado -¿y vano?-
ejercicio retórico: «Ay, ¿arderá por mí la ciudad? ¿Qué destino /
compensará a los ojos que me vieron un día / subir, honda y velada, del
mar color de vino / a esta costa troyana de mi melancolía?».
En el prólogo a Si hoy fuera siempre, compendio de un cuarto
de siglo de callada dedicación poética, leemos: «La poesía y la música
son hijas del tiempo, pero la patria a la que quieren volver es la
eternidad». Convertir el inasible hoy, en siempre: esa es la función
del arte para Alejandro Bekes. Y este libro escrito a contrapelo de los
modos más habituales de la poesía de su tiempo, un libro que resulta
novedoso precisamente por lo poco que deliberadamente quiere tener de
novedoso, lo consigue en algunos milagrosos y casi imposibles instantes.