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La mirada de Heródoto
Leo en el libro
de Lanuza
que Heródoto estaba casi tan
lejos de los fundadores de las
pirámides como nosotros de
Heródoto. La observación me hace
soñar. ¡Qué suerte la de
Heródoto! No sólo pudo hablar
con los sacerdotes de Egipto,
herederos directos de la más
remota de las memorias, sino que
vio a Pericles arengar a la
Asamblea, pudo asistir al
estreno de Antígona,
habló el griego —bien que no el
ático, sino el jonio— y, en
definitiva y por sobre todo, fue
Heródoto. Pero enseguida
recuerdo que por esto mismo
sufrió las insanables
limitaciones de su tiempo: no
pudo ver la construcción de las
catedrales, ni aprender latín,
ni leer Hamlet, ni ver
por televisión al primer hombre
sobre la Luna. Ni siquiera pudo
saber que él sería para nosotros
el padre de la Historia.
Sufrió las insanables
limitaciones de su tiempo, como
nosotros. Vivió sólo el
inexorable presente. Es una
ilusión creada por la Historia
—por la Historia que él
engendró— la situación de
Heródoto en mitad de la
Historia: a medio camino entre
Keops y las computadoras. Fue
nada más que un hombre; le
tocaron, como a todos, unos
setenta años de este inmenso
relato sin fin a la vista. La
consumación devotamente deseable
estuvo tan lejos de él como lo
está de nosotros. Y sin
embargo... ¡qué no hubiéramos
dado por caminar junto a él por
las riberas del Nilo, de ese
Nilo no tocado aún por las
represas, no tocado aún por los
tratados sobre el petróleo,
apenas rozado por la sombra del
ala del monoteísmo!
(Sub umbra
alarum tuarum...)
Y después,
conversar serenamente con un
viajero de Susa, con un
navegante del Ponto, con los
veteranos de Platea y de
Salamina.
Espejismos. Heródoto se me
aparece en un espacio
gigantesco, a pleno sol, de pie
sobre la cuenca del Mediterráneo
Oriental. Mira al pasado, desde
donde Keops y Kefrén le dictan
su página. Mira luego al futuro,
donde una mujer repite para los
soldados, en las arenas
nocturnas, junto a un avión de
la Segunda Guerra Mundial, la
historia de Candaules, aquel rey
de Lidia que necesitó un testigo
de la belleza de su amada —y es
una memorable secuencia de El
paciente inglés. Nosotros,
ay, habitamos el tiempo
crepuscular del Tercer Milenio,
a contar desde una fecha que
Heródoto no hubiera concebido.
Nuestro Heródoto es
indeciblemente más sabio, más
pleno, más profético que el que
nació en Halicarnaso. Nuestro
Heródoto ha vivido más de
veinticinco siglos; podemos
decir que es inmortal.
¿Qué seremos
nosotros, los que ahora pisamos
la tierra, para los hombres del
año 4500? Nada, probablemente.
Nuestras lenguas les resultarán
ilegibles, vano desvelo de
eruditos. Se salvarán quizá los
nombres de personas que hoy
detestamos, como detestaban los
egipcios a Keops y a Kefrén; se
perderán casi todos los otros.
Tal vez nos envidie algún futuro
historiador o soñador, pensando
que fuimos contemporáneos de
algo que hoy apenas nos interesa
o que ni siquiera vemos. En tal
abismo estamos, ha dicho Pascal.
Cuando la muerte nos iguale, tal
vez vayamos a poblar, como
espacios en blanco entre los
renglones, alguna oscura página
de la Historia. Y Heródoto
mirará todavía, desde su absorta
encrucijada, los milenios que
han sido.
José Luis Lanuza.
Una
nube llamada Helena.
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