Por Miguel Ángel Gavilán,
Tomado de http://satencereza.blogspot.com
Las
vacaciones invitan a leer. Por lo menos a mi me pasa. Todas las horas
del día para disfrutar, con atención y tranquilo, de ese encuentro
íntimo entre el autor y el lector que es donde se concita la magia
fomentada por la literatura: una comunión de interioridades.
En este julio tan "santafesino" (días hermosos pero con temperaturas
bajas, cielos muy azules, una tibieza de sol que dura hasta las cinco)
mi amigo a la distancia Fernando Belottini me mandó su libro “Textos sin
destino” que ganara el premio Fray Mocho de la Subsecretaría de Cultura
de Entre Ríos en el año 2008. Me pasé una tarde verdaderamente agradable
porque Fernando no sólo demuestra que sabe narrar sino que además da
cátedra de cómo hacerlo bien.
En primer lugar admiré el pulso vertiginoso que tienen los cuentos. La
de Belottini no resulta para nada una prosa lenta. Sus ágiles historias
tienen la velocidad de una buena película de acción. Una armónica
síntesis entre diálogo y narración, dos elementos fundamentales para
acelerar lo contado, acompañada de pocas descripciones y muy puntuales
secuencias argumentativas, contribuyen a la conservación de un ritmo
narrativo impecable.
En segundo lugar me encantó el manejo del absurdo. Belottini retrata con
inteligencia e ironía esa premura que tenemos los seres humanos por
resolver lo que nos molesta de la peor manera pensando que procedemos de
maravillas. Lo patético no es la resolución equivocada que se le imprime
al hecho sino el convencimiento de que estamos haciendo lo correcto
cuando en realidad orillamos el caos.
La irrupción de lo fantástico (“El peso de lo obvio”, “El color y la
forma” o “La piedra blanca”) produce un desajuste en la vida personal
del protagonista sin alcanzar a los demás personajes. Es ese
protagonista, y no los otros involucrados en el texto, quien debe
aprender a vivir con lo extraño. Esta crisis unilateral en la narración
desajusta al lector quien pasa a ser partícipe de la absurdidad que le
toca vivir al personaje principal.
Asimismo cuentos como “Segunda mudanza” (esos parecidos entre los
vecinos y Kafka), “En el bar San Carlos” (las chicas que apuestan lo
prohibido), “Un hombre efectivo” y su continuación (o su consecuencia)
“Aguerre contra Manfredi”, son una reflexión sobre las tentaciones
ajenas y las propias. Hablan de la literatura como un material que puede
llevar impreso la venganza, el daño gratuito y sin intención o
simplemente la confusión en si misma que siempre tiene una contrapartida
nefasta.
Si bien en la obra literaria de cualquier autor perduran rumores, ecos
de otros textos, de otros autores, de otras historias, un escritor está
completo cuando su obra tiene rasgos intransferibles, lugares donde se
aquietan los ecos y las voces ajenas pasan a ser un rumor detrás de una
voz única. Belottini crea un universo personal, en el que murmuran otras
voces pero siempre es una, la de su autor, la perdurable.