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¿Puede
aún la poesía ayudar a la rehumanización del mundo?
Por Willy G. Bouillon
(*)
Tomado de http://adncultura.lanacion.com.ar
El
escritor y crítico literario inglés Sam Moskowitz,
cuenta en su autobiografía que, con el proyecto de
escribir un ensayo sobre el enigmático novelista
Olaf Stapledon –de quien aquí hemos conocido sólo
tres de sus 20 libros: Sirio, Hacedor de estrellas y
Juan Raro, este último, uno de los 12 textos que
denomino "abridores de cabeza"– lo llamó por
teléfono y logró concertar una entrevista en la casa
del escritor, en las afueras de Londres.
Al llegar, Stapledon lo hizo pasar a una sala, en
donde resultaba imponente una nutrida biblioteca
(calculó 6000 libros), pero lo que más le llamó la
atención fue un gran cartel, en el centro de ella,
donde estaba escrita la frase "No funciona". Le
resultó algo demasiado intrigante, de modo que al
tiempo que hablaba con el escritor miraba de reojo
el cartel, hasta que su entrevistado salió al
encuentro de esa curiosidad: "Es que llegué a esa
conclusión –dijo Stapledon, señalando el cartel con
su pipa–. La literatura no sirve. O, mejor dicho,
casi toda ella no sirve."
"¿Podría ampliar eso?", preguntó Moskowitz. "Si
usted busca entretenerse –fue la respuesta–, conocer
ideas, seguir una trama interesante, apreciar la
calidad de un estilo o entusiasmarse con la agudeza
de alguna reflexión, ahí tiene todo eso y lo que
encuentre en cualquier librería. Pero si quiere ir
más allá, animado por la expectativa de hallar algo
realmente nuevo, que contribuya de manera muy
concreta a su evolución personal –siempre, claro,
que a usted le interese esto de la evolución
personal–, o sea literatura capaz de generar una
transformación cualitativa, bueno, pues va a tener
que buscar mucho, en otros lados, y aun así es
posible que tampoco encuentre un texto que
funcione".
"Y entonces, ¿dónde debo buscar, si tengo ese tipo
de inquietudes?", quiso saber Moskowitz. "Ah, eso ya
es cosa suya", fue la también extraña respuesta.
"Aunque primero, como le he dicho, tiene que haber
en usted un auténtico interés, persistente, además,
no algo pasajero. Y luego buscar donde está lo que
busca. Parece una perogrullada, pero sólo se
encuentra algo donde está."
Mi primer libro, Final de universo , tiene
una triple dedicatoria:"Al buscador, al que
transforma, al que guarda la mies". Esto último, el
que guarda la mies, es una formulación de índole
privada, entre humorística y en clave, que no voy a
explicar aquí. Pero sí voy a dar algún concepto
elemental sobre los primeros dos tipos humanos
implícitos. ¿Qué es un buscador? Pues sencillamente
aquel que está atento a eso nuevo sugerido por
Stapledon y que está situado en la cima de sus
objetivos vitales. No va a cejar hasta encontrarlo.
Puede no encontrarlo nunca, pero no abandona la
búsqueda ni pierde el convencimiento de que existe.
Y tampoco se confunde con hallazgos falsos, los
espejismos, los cascotes disfrazados de diamantes.
¿Y qué es un transformador? Es alguien con un grado
de evolución tal (no confundir con inteligencia, un
peldaño más abajo), que lo capacita para señalar un
rumbo calificado por el cual debería transitar la
existencia, para que la vida no sea lo limitado que
conocemos, dentro de los extremos del nacimiento y
la muerte. Claro que depende de lo que alguien
responda si se le preguntara para qué está en el
planeta. Puede responder: para pasarla bien, para
ganar dinero, para tener poder y prestigio,
etcétera. Pero también –aunque esto se está tornando
cada vez más escaso–, puede responder: "Para
evolucionar, para acceder a un mayor nivel de
conciencia". Bien, un transformador es alguien que
puede proporcionar las herramientas indispensables
para semejante propósito. Si es que quiere hacerlo,
por supuesto, porque no es precisamente un miembro
del Ejército de Salvación.
Sinteticemos la idea diciendo que cualquiera puede
recordar una buena película con una escena de gran
calidad, que no olvida. Esa escena tuvo un poder
transformador cualitativo, aunque haya durado
segundos. Bien, un transformador hace lo mismo, sólo
que el cambio que genera es más duradero y, en un
caso ideal, puede llegar a ser permanente. Estaremos
entonces frente a otra persona, no la misma que era
antes. Pero jamás podrá ocurrir tal estado sin que
haya ocurrido una búsqueda, como lo insinuó
Stapledon en su charla con Moskowitz. Sería como
pretender empezar una casa por el techo sin antes
haber resuelto su área inferior, el piso.
La historia nos muestra innumerables ejemplos de
buscadores. Están, por supuesto, los buscadores del
origen del Nilo o los que se han reventado la cabeza
para logar la fusión nuclear o dar con la mejor
estrategia para llevarse todo el oro de Fort Knox.
Nosotros hablamos de buscadores de "otra cosa", y
ahí podemos situar, en literatura, a William Blake,
Hölderlin, René Daumal, Robert Graves o Rimbaud.
Detengámonos un poco en Rimbaud, autor de una obra
breve, de títulos muy significativos: Una
temporada en el infierno , Iluminaciones
, o la Carta del vidente , y de poemas en los
que habla del sueño y el despertar, de la diferencia
que hay entre creernos despiertos y estarlo
verdaderamente.
Se fue de la poesía a los 17 años, actitud que el
sistema cultural ortodoxo nunca pudo digerir, de
modo que optó por degradarlo. La degradación es un
mecanismo de defensa frente a lo incomprensible.
¿Cómo fue degradado Rimbaud? Poniendo de relieve las
situaciones de alcoba con Verlaine o agregando a su
dedicación al comercio de armas y especias en Africa,
la trata de esclavos, el envío de jóvenes nativas
prostituidas a Europa y, por último, que toda esta
actividad enmascaraba su verdadero desempeño como
agente de la política colonialista francesa. Así
que, en realidad, el tal Rimbaud no había sido un
poeta de verdad; entonces su deserción no tiene nada
de misteriosa.
El de Rimbaud es un caso que, de todas maneras, no
pudo ser soslayado, dada su inserción, aunque fugaz,
en un medio cultural de la importancia del de París.
Pero, ¿cuántos Rimbaud pueden haber existido de los
que no sabemos absolutamente nada? ¿Cómo sabremos en
qué se han convertido esos desconocidos si en cuanto
a Rimbaud, que sí es un "conocido", no sabemos
realmente en qué se convirtió? El era el único que
podía despejar este interrogante, y no lo hizo.
Cuando alguien le preguntó, en Somalia, qué había
sido de su anterior vida como poeta, su respuesta
fue cortante: "Ya no tengo nada que ver con eso".
Con este breve recuerdo de un poeta que dejó de
escribir, siendo aún adolescente, no estoy
propiciando, de ningún modo, que alguien lo imite,
deje de escribir poesía y se eche a andar por el
mundo a ver qué encuentra. Aunque alguna vez, medio
en broma y medio en serio, ponderé las bondades que
podría tener un taller para dejar de escribir
. Los concurrentes a él, postulaba, podrían volverse
mejoras personas para sí y para los demás, una vez
superadas (feroces técnicas de desencanto mediante)
sus mezquinos propósitos, sin el menor talento que
los justifique. No hace falta aclarar que un taller
de esas características es perfectamente inútil para
tipos como Shakespeare, Milton, Sófocles o
Cervantes.
Lo que sí estoy queriendo decir es que no estaría
mal el intento de interpretar, al menos, otra
naturaleza de la poesía, que estuvo presente en
tiempos más luminosos que éstos, más iluminados,
diría Rimbaud, el vidente. Cuando los poetas eran
vates (vaticinadores), arúspices, taumaturgos,
oráculos, profetas y alquimistas, esto es,
poseedores de un conocimiento trascendente. ¿Qué
conocimiento trascendente puede comunicar alguien
que cree que la única labor de la poesía es
trasladar a un objeto llamado poema sus vivencias,
emociones y sus subjetivas nociones estéticas, por
más que todo esto se manifieste a través de un buen
nivel expresivo o conceptual? Consideremos el Tao
te King , de Lao tsé. ¿No se advierte la enorme,
abismal diferencia entre esa obra y la casi
totalidad de nuestros poemarios occidentales? Habría
que preguntarse cómo se escribe algo así, o cómo
Juan escribió una poema como el Apocalipsis (
Revelación , en griego). ¿Han sido sólo
producto de aquellos estímulos como las emociones o
las vivencias? ¿O se vislumbra allí una forma de
sabiduría que quizá no entendemos hoy? Hemos perdido
la sabiduría.
En cuanto a comprensiones, tenemos un problema con
la creación poética. Desde Aristóteles a Heidegger,
Dilthey, Nietszche, Sartre, etcétera, la poesía ha
sido y es materia de estudio de la filosofía más que
de los mismos poetas. Cuando los poetas hablan de
poesía vuelven a hacer poesía, metaforizan ideas,
salvo casos muy aislados, como Eliot, Octavio Paz o
Theodore Roetke. El filósofo tiene la ventaja de
estar fuera del juego, de poder mirar el tablero
desde arriba, encima, con una formación racionalista
que le permite aún más objetividad. Tal vez sería
interesante que los poetas probaran a ser más
objetivos respecto de la poesía, desentendiéndose de
aquel prejuicio que quiere ver como herejía toda
tentativa de indagación "científica" sobre ella, lo
que no suena más que a una tonta sacralización de un
genero literario.
Finalmente, daremos una buena y una mala noticia
sobre la poesía. La mala es que así como hoy se
expresa la poesía, su aporte a un mundo en el que se
extiende día tras día el reino de la inconsciencia,
resulta realmente minúsculo, casi nulo. Esta poesía,
dijimos, es producto mayoritariamente de la emoción.
No me refiero a la emoción superior, que es la que
engendró obras como La Pietá o la Novena Sinfonía,
sino a su versión cotidiana, cuyo peor efecto es que
obra como un bloqueador de la sensibilidad,
entendida ésta como la capacidad de ver más allá o
de juzgar algo desde varios puntos de vista
simultáneamente.
Y la buena noticia es que la poesía aún podría
servir y muy significativamente a la rehumanización
del mundo. La mayoría de los poetas –sobre todo los
jóvenes– poseen un formidable potencial interno para
ello. Para que se materialice sólo hace falta que se
despojen de la "función" de poetas, en cuanto a
individuos que escriben poemas (definición de
diccionario) y estén alertas y atentos a todas las
posibilidades y sean buscadores de aquellas señales
o referentes capaces de inducir transformaciones
verdaderas. Aún existen. Basta recordar, como
ejemplo, un poema de René Daumal, con el que
concluye su estupendo libro El monte Análogo
(calificado erróneamente como una novela):
He muerto porque no tengo deseos.
No tengo deseos porque creo poseer.
Al creer poseer creo que puedo dar.
Al creer que puedo dar me doy cuenta
de que nada soy.
Al darme cuenta de que nada soy
quiero transformarme.
Al querer transformarse, se vive.
Este texto corresponde a la tercera y última parte
de una disertación del autor en La Plata, el 16 de
junio de
2005.
(*)
WILLY G. BOUILLON.
Poeta, crítico literario y periodista del diario La
Nación desde hace 28 años. Ha publicado tres libros
de poemas: Final de universo, Horizonte de
suceso y La conciencia. Los
dos primeros fueron premiados por la Secretaría de
Cultura de la Nación y el Fondo Nacional de las
Artes, respectivamente. En conjunto, componen la
trilogía llamada Maelstrom.
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