Textos
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I
Y una noche de luna llena pegamos la cara en el espejo entramos descalzos a la noche y sin saber qué esperar bajamos al tanque australiano bajamos despacio deslizamos por las paredes de chapa los cuerpos desnudos. Los pies agitan el agua, un estanque en medio del desierto. No hay desacuerdos, un entendimiento tácito entre nosotros. Nos basta con estar dentro del tanque y mirar las estrellas. La conciencia se aquieta y respiramos el mismo aire que respiran los caballos en el campus militar de enfrente. Disparos de rifles sacuden el letargo, enfrente. -Son sólo tiros al blanco. -Pero suficientes como signo de época Y bajamos todavía más, casi tocamos el fondo y contuvimos la respiración bajo el agua y vimos algas y hojas sumergidas y sedimentos y escuchamos el sonido atemperado del mundo y más y más navegamos en nuestro tanque y giramos una vez y otra vez
por las paredes de chapa y en cada giro algo nuevo veíamos y un nuevo canto oíamos.
-Ése que está adentro del sauce es Juanele -Y al costado está el filodendro que plantó Veiravé. -Y el que parece un árbol de letras, ¿quién es? -Ah... Leónidas viajando aún en su capuchón. -¿Ves también los sembrados y los pescadores mirando más allá del espinel? -Sí, pero lejanos, casi inalcanzables.
Y había también sirenas, las mismas sirenas de Ulises cantaban un canto de opio y desaparecieron cuando quisimos tocarlas. Flotando en el agua del tanque vimos la ciudad inclinada entre la villa y las luces de neón y las pantallas ciegas. Y vimos los ejércitos de hormigas que durante años llevan sobre sus hombros los ladrillos para construir su casa antes que el veneno las liquide antes que el país las expulse definitivamente. Sentados en el borde del tanque nuestra mirada horadó los pastos, los árboles y el río lejano. Y nuestra mirada seguirá horadando escrutando entre la niebla las partículas de polvo en el aire y el sol que anuncia el fin del día.
(De: "Tanque australiano")
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