RESCATES
CARLOS
MASTRONARDI
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PROVINCIA" (FILM)
BIOGRAFÍA
Por
Alejandro
Bekes

Carlos
Mastronardi nació en Gualeguay,
en la provincia argentina de
Entre Ríos, el 7 de octubre de
1901; hizo su escuela secundaria
en Concepción del Uruguay,
ciudad entrerriana honrada por
la sombra de Urquiza. Más
o menos a sus veinte años se fue
a Buenos Aires, con intención de
estudiar abogacía. Allí
fue parte de “la grey de
MARTÍN FIERRO”,
esto es, la vanguardia literaria
que, a mediados de los años
veinte, se reunía más o menos en
torno a la revista de ese
nombre. Muchos años
después sus personajes, ya
ilustres, poblarían las páginas
vívidas de
Memorias de un provinciano:
entre otros, el socrático
Macedonio Fernández, el
“inocente y temible” Roberto
Arlt, el intenso y atribulado
Jacobo Fijman, el desconcertante
Néstor Ibarra, el joven Borges.
Tiempo después de publicarse su
primer libro de poemas,
Tierra amanecida (1926), la
muerte del padre determinó el
regreso de Mastronardi a
Gualeguay, experiencia
caracterizada en las
Memorias como “un período
oscuro, un tiempo sin esperanza
ni salida” que duró ocho años.
Al cabo de ellos, Mastronardi
vuelve a Buenos Aires; allí se
establece como redactor de
EL
DIARIO
(oficio que ejercerá hasta
jubilarse) y publica su tercer
libro: Conocimiento de la
noche (1937)
(1).
El resto de su parca literatura
cabe en unos pocos títulos.
Dos de ensayos:
Valéry o la infinitud del método
(1955) y Formas de la
realidad nacional (1961);
uno más de poesía: Siete
poemas (1963) y las ya
mencionadas Memorias de un
provinciano (1967). A
estas ediciones hay que añadir
la segunda de Conocimiento de la
noche (1956, con agregados y
variantes) y un cierto número de
artículos y poemas dispersos o
recogidos en diarios, revistas y
antologías. Mastronardi
murió en Buenos Aires en 1976.
Póstumamente editó la Academia
Argentina de Letras sus
Poesías completas (1982, al
cuidado de Jorge Calvetti), y
sus Cuadernos de vivir y de
pensar (1984, con prólogo de
Juan Carlos Ghiano).
En su vida retirada, el único
“detalle” destacado por todos
los que los conocieron (y por él
mismo) es su costumbre de evitar
la luz diurna, de vivir
solamente de noche. Heliofobia
que algún crítico vinculó a una
presunta polaridad presente en
su obra, que opondría la luz
plena de la provincia al oscuro
vacío ciudadano. Esta
interpretación, basada en el
contraste rotundo y evidente
entre los dos primeros poemas de
Conocimiento de la noche, puede
parecernos un tanto simplista,
aunque también reveladora.
Leamos ante todo, el párrafo
final de las Memorias:
Antes
que los casuales honores, me
envanecen las conquistas
que perduran hasta confundirse
con la vida, y la noche es
una de de ellas. Acaso
pueda suponerse que me asigno
debilidades menores para ganarme
el afecto del lector; sin
embargo, como ya lo dije, sólo
encuentro satisfacción y
complacencia en aquellas
prácticas personales que no
desvirtúan mi naturaleza.
Una debilidad menor que mucho me
halaga, dado que mi ser la
quiere, es el cultivo de la
noche. Me jacto de vivir
en ella y, por consiguiente, de
haber sorteado la violencia
diurna de los veranos. Y
ello, a pesar de las tareas que
debí cumplir en los meses de luz
fuerte. Esta orgullosa
declaración de heliofobia, por
cierto, sólo es un ejemplo.
Por encima de los esplendores y
de los fracasos, importa, en
suma, desplegar en el tiempo,
juntando ser y querer, aquello
que vive con más fuerza en
nosotros. Retribuido por
el propio anhelo -nada más
necesito- espero como en otros
tiempos el pájaro nocturno de
Minerva.
A veces el problema de estar se
convierte en el problema de ser.
A los 30 años y exiliado en
Gualeguay, Mastronardi se
pregunta si el aislamiento y la
soledad no terminarán por
convertirlo en un poeta de
juegos florales. Para
soslayar esa desdicha busca
refugio en el silencio
(2).
No quiere fomentar el equívoco a
que fatalmente lo llevaría
presentarse como poeta en el
ambiente pueblerino…Pero ¿qué
será Mastronardi en la Capital?
Buenos Aires lo salva del elogio
rimado de las pompas locales,
pero sólo negativamente, y por
un esfuerzo de apartamiento y
privación, lo devuelve a sí
mismo. El perpetuo
fantasma del no ser aparece en
la poesía y en la prosa (y sobre
todo en la prosa fragmentaria y
aparentemente casual) de la
madurez. “La quietud deja
ver los abismos, y es mejor no
verlos” (apunta en un cuaderno
de 1966); y unos años o páginas
después: “El principio de
identidad es una convención útil
y provechosa. Nadie sabe
quién es. Si yo pudiera
identificarme tendría la cifra
del universo”.
La mediocridad anodina del
pueblo y la ansiedad frenética
de Buenos Aires atentan
igualmente contra el anhelo de
saberse alguien, de estar en
algún lugar. Mastronardi les
opone una suerte de escepticismo
estoico; escribe que “por encima
del prestigio y del oro, lo
importante es haber vivido según
el propio carácter, según la ley
interna, es decir, haber hecho
lo que se quiso hacer”.
El desgarramiento, sin embargo,
aunque voluntariamente despojado
de patetismo, aparece evidente
para quien sepa verlo entre las
líneas precisas de su poesía o
en la trama un poco más suelta
de su prosa. El lugar de
Mastronardi es, desde luego, la
provincia; pero no la provincia
de ahora, sino la de entonces.
Y la provincia de entonces ya no
existe sino como reconstrucción
elegíaca,
porque sólo de lejos las cosas
son distintas
y se vuelven, impares, nuestros
hondos cimientos.
Su provincianismo, resuelto en
distancia, se constituye así en
una perspectiva privilegiada
para contemplar la sociedad y la
época, “sin dejarse arrastrar
por la inercia de las ideas
hechas”
(3).
Y escribe:
…la época y la sociedad oponen
al artista una suerte de
resistencia bruta, la misma
resistencia mecánica que el
mármol
opone al martillo o al cincel
del escultor. Sólo de este
modo se
manifiesta su influjo, su fuerza
determinante. Esa materia
pasiva
y dada está en el reino de la
necesidad, pero deja de estarlo
cuando cuando se transfigura en
belleza bajo el laboreo de una
mano libre.
(4)
Es posible pensar que
Mastronardi, al paso de una
concepción rigurosa del arte,
hubiera podido caer en un
mallarmeano culto de la
perfección (o de la inanidad)
literaria, si no hubiera venido
a salvarlo el paisaje: quiero
decir, una auténtica imagen
poética, y no un artificio
desesperado.
Una provincia entera de este
mundo, con sus pastajes, sus
parvas atardecidas, sus anchos
ríos, sus hombres. Claro
que tampoco en esa provincia
cabe un poeta, porque la patria
de un poeta es el mundo; pero la
provincia le da encarnación
visible, respirable, a la
intuición de esa armonía
original que merece y exige
nuestro canto:
La conozco agraciada, tendida en
sueño lúcido…
A la armonía se opone, por
supuesto, la realidad, y hay
siempre un dejo amargo en el
regreso del soñador al mundo de
todos, donde rige el principio
de contradicción.
Mastronardi se resignó
mínimamente a la ironía y nunca
al cinismo. No buscó
complacencia en la aniquilación
de los propios o ajenos afectos.
Forastero en la gran ciudad,
pero también en todo presente,
sintió con hondura la condición
extranjera del poeta en este
siglo implacable. No quiso
disimularla, pero tampoco cedió
a la facilidad de vivir de su
lamento. Su apartamiento
no lo llevó a incurrir en el
trovar clus ni menos
todavía en la petulancia
informe de los prosadores de
Freud o fragmentadores de
Barthes. Al contrario: su
secreto (ese secreto que era él
mismo) se esconde en la
transparencia de un castellano
familiar, casi oral por
momentos. Trabajó con mano
segura un lenguaje lírico a la
vez nuestro y universal, cuya
progenie remonta a los lúcidos
epígonos del modernismo
(pienso por ejemplo, en un
Baldomero Fernández Moreno), un
idioma que aun fue abandonando
alardes barrocos –lujos del
primer libro- en pro de una
retórica casi invisible, cuya
complejidad elude la
complicación, abre horizontes…
La poesía es un diálogo entre
muertos. Mastronardi, creo
yo, lo sabía y dejó constancia
de ese amargo saber: no en “Luz
de provincia”, no en “Tema de la
noche y del hombre”, sino en el
contraste de esos mundos
inconciliables. No hubo en
él, sin embargo, queja patética
ni tragedia visible. Como
volutas de humo del cigarro dejó
que se perdieran en silencio sus
días. Tal vez no esperó
una inmortalidad literaria.
Al frente de uno de sus textos
estampó la máxima de Epicuro:
“Disimula tu vida”. Su
voluntad de perfección, “sus
virtudes de espléndido
artesano”, se aplicaron a esa
materia inasible y preciosa que
subyace a la memoria incansable
de lo perdido.
La poesía de Mastronardi no es
meramente la apuesta a un estilo
y a unos sentimientos ya pasados
de moda. Es también un
emblema de la condición del
poeta. La provincia
perdida es la perdida
posibilidad de un cantar
compartido, de un lugar entre
los hombres aquellos que regían
los cielos y el ganado entre
pastajes sin límite. No lo
comprenderán las mayorías, por
supuesto, y menos aún los
escritores que se proponen “ser
modernos”. Mastronardi nos
dejó solamente constancia de
esta grieta entre la luz que
puebla la memoria, sobre la cual
se edifica el mundo poético, y
la noche que habitan los
despojos actuales del hombre.
Allí la imagen del poeta se
tiende, resignada, y contempla
sin excesiva amargura la extensa
contradicción:
Yo en mi estrella, en mi lecho,
en mi tabaco.
Y el corazón, señor de la
miseria.
Concordia, Entre
Ríos, enero de 1998
(1) El
segundo, Tratado de la pena,
permanece en el misterio y
acaso quedará para siempre en
él, ya que su autor lo retiró de
circulación poco después de
publicarlo, en 1930. No sé
de nadie que conserve algún
ejemplar.
(2) Y
en la amistad del otro poeta de
Gualeguay y de Entre Ríos, el
extático y semilegendario Juan
L. Ortiz.
(3) La
frase de Conrado Nalé Roxlo, en
su prólogo a las Memorias de un
Provinciano. Nalé agrega: “De
más está decir que para que se
den esas condiciones no basta
ser provinciano: hay que ser
Carlos Mastronardi”.
(4) Memorias
de un provinciano, Prólogo de
C.N.Roxlo. Buenos Aires,
Ediciones Culturales Argentinas,
1967, pág.259
(Extracto del
Prólogo de “MASTRONARDI, Carlos
– Antología poética, La Torre de
los panoramas, AMG Editor/
Logroño, España, 1998”. – Se
reproduce con la autorización
expresa de su autor)
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