La expresión
“todo a pulmón” sintetiza el esfuerzo que
año tras año realizan los organizadores del
Festival Latinoamericano de Poesía “Salida
al mar”, que comienza hoy a las 18 en el
Centro Cultural Rojas (Corrientes 2038), con
una charla sobre la difusión de poesía y los
pequeños formatos, varias lecturas y una
feria de publicaciones con material de
distintas editoriales y revistas de poesía
del continente (ver aparte). Organizado por
poetas y editores, abierto a todo el público
y de ingreso gratuito, la quinta edición de
este encuentro que pone el acento en lo
latinoamericano y el cruce generacional
contará con la participación de la poeta
colombiana Andrea Cote Botero, la paraguaya
Montserrat Alvarez, los chilenos Pablo
Paredes, Ernesto González Barnert y Malú
Urriola, los brasileños Carlito Azevedo y
Marília García, el uruguayo Roberto Appratto
y los argentinos Darío Canton, Tamara
Kamenszain, Alicia Genovese, Fernando Noy,
Bárbara Belloc, Washington Cucurto, Manuel
Alemián, Verónica Viola Fisher, Carolina
Esses y Gerardo Jorge, entre otros. Desde el
año pasado, el festival tiene varias sedes
en Buenos Aires (además del Rojas, los
centros culturales Paco Urondo y del Otro
Lado) y otra en Rosario, en el Centro
Cultural Parque España. Los poetas Cristian
De Nápoli y Florencia Castellano,
organizadores de este festival
autogestionado, repasan junto a PáginaI12 la
llamada “poesía de los ’90”, el mito de los
dos “Danieles”, por los poetas Daniel García
Helder y Daniel Durand, que reacomodaron el
canon, incluyendo a Leónidas Lamborghini,
Juana Bignozzi y Ricardo Zelarayán y
alentaron la circulación de los poetas de
los ’90. Y recuerdan algunos de los debates
que se produjeron en otras ediciones, como
el del “cualquierismo editorial”, libros de
poesía desaliños, “in”, para palermitanos
sensibles.
Un coro de voces
latinoamericanas
De Nápoli
subraya la coherencia de “Salida al mar” con
lo latinoamericano. “Ni argentino ni
internacional –descarta el poeta–. No es
argentino, por la sencilla razón de que un
poeta peruano o chileno nos moviliza tanto
como uno local, y no es sólo una cuestión de
idioma aunque, claro, partimos de eso. Y no
es internacional, porque ni Florencia ni yo
podríamos, como aparentemente sí puede el
Festival Internacional que hace la Feria del
Libro, determinar qué vuelve idóneo a un
poeta ucraniano o sueco para que se lo
invite por sobre todos sus colegas
nacionales.”
De Nápoli
sostiene que, si se compara con el cine,
“una cosa es tener una opinión sobre una
película iraní, donde son varias las
cuestiones que se consideran además del
guión, y otra muy distinta es evaluar un
poemario iraní, aunque se trate de
traducciones”. Castellano, en cambio, hace
hincapié en el cruce generacional. “El
Festival tiene un perfil particular en torno
del tema de las edades. No se trata de un
encuentro sobre la ‘nueva poesía’, como a
veces pasa con otras disciplinas artísticas,
como puede ser el cine, cuando se escucha
hablar del ‘nuevo cine nacional’. En ese
sentido, el Festival es un espacio de
lectura y encuentro de poetas de diferentes
edades, con distintas experiencias, con o
sin publicaciones y trayectorias variadas.
Esta idea de unión de voces creo que aporta
singularidad.” La continuidad del festival
en un país como la Argentina, tan ajena a la
conformación de iniciativas de largo
aliento, no es un detalle menor. “Cinco años
puede parecer poco, pero a la vez no lo es
para este tipo de proyectos que, muchas
veces, comienzan siendo auspiciosos y
después, por factores externos e internos,
se caen –señala Castellano–. Más allá del
caso particular del festival, es otro
ejemplo de la continuidad de la poesía como
una vía de expresión que no caduca.”
El mito de los
dos “Danieles”
En las primeras
ediciones del festival se convocaba a leer a
poetas jóvenes, muchos de los cuales hoy
conforman la llamada “poesía de los ’90”.
Recién en las últimas ediciones fue ganando
peso el intercambio generacional. De Nápoli
cuenta que este cambio se explica por la
lógica misma de todo evento autogestionado.
“En la medida en que el festival va
certificando que las cosas se hacen bien, de
a poco te vas animando a invitar a gente que
tiene una trayectoria importante. Porque una
cosa es invitar a Buenos Aires a un poeta
como el chileno Raúl Zurita y tener que
contarle que no tenemos presupuesto, y otra
cosa es tener que contarle eso y además de
qué la va el festival. En la primera edición
podría haber habido un cartelito ‘si naciste
entre el ’66 y el ’73, bienvenido’, pero ya
desde la segunda edición, en 2005, el tema
de la edad se archivó. Desde entonces entra
todo lo contemporáneo, todo lo joven que va
de Leónidas Lamborghini y Juana Bignozzi a
veinteañeros como Sol Prieto y Mariano Blatt”,
enumera el poeta. “En el medio estaría la
poesía de los noventa, que se dio en Buenos
Aires aunque impulsada básicamente por dos
poetas no porteños, dos ‘Danieles’: García
Helder y Durand. Yo tengo esta teoría de los
dos Danieles. Como todo mito, la poesía
porteña de los noventa vino de otros
lugares, en este caso de Santa Fe y Entre
Ríos. Los dos Danieles se instalaron a fines
de los ’80 en sendos barrios del sur de la
ciudad y pusieron la máquina de lectura en
movimiento”, detalla De Nápoli.
Durand creó “una
revista under”, la 18 whiskies; García
Helder “reinventó” una revista seria, el
Diario de poesía. “Los dos pusieron a
Leónidas Lamborghini en el centro: Helder en
tándem con la poesía de Bignozzi, Durand con
la de Ricardo Zelarayán –compara De Nápoli–.
Los dos crearon talleres más o menos
informales y difundieron a mucha gente, ya
sea a sus amigos o a sus alumnos, como a
gente que no era ni una cosa ni la otra. Un
poco de coloquialismo erudito, otro poco de
objetivismo achabonado; de cualquier forma
los equívocos vinieron después. Y el mito se
fue creando con exageraciones, forzando la
barra. Helder, por ejemplo, prologó con
sesudos análisis fonológicos libros de
poetas que no saben la diferencia entre un
morfema y una sílaba, como es el caso de
Alejandro Rubio, que es un gran poeta, uno
de los más sólidos, pero la suya es
cualquier cosa menos una poesía de finas
hebras. A Durand el barrio de Boedo se le
volvió un templo donde él era la Roca: una
roca odiante, pero que no se sabía bien qué
odiaba. Igual, como dice Adorno, la
exageración produce conocimiento, y a mí en
lo personal no me cabe duda de que los dos
Danieles tuvieron la influencia más positiva
en la historia de la poesía argentina, en el
sentido de crear una época. Es lo que pasa
cuando varias cabezas están sinceramente
pensando: ‘En este momento hay gente que
escribe muy bien y mi tarea es difundirla’.
Cuando eso pasa, el nivel general sube con
todo. Hoy hay cincuenta poetas argentinos
que están escribiendo muy pero muy bien, y
por ahí son cinco narradores nomás los que
parecen trabajar en serio. La poesía de los
noventa es eso. Y encima los libros se
pueden leer, ¡se consiguen en librerías!”
“Me acuerdo que
una vez Mirtha Legrand tenía a la mesa a no
sé qué filósofo y ella en un momento dijo:
‘¡Cómo me gustaría tener tiempo para leer a
los griegos!’, un poco el uso mítico del
artículo definido, ‘los griegos’. Y el
filósofo le contestó: ‘Bueno, Mirtha, en
realidad a los griegos te los podés leer en
un verano’. Lo mismo con los poetas de los
noventa, digo, salvando las distancias, pero
para seguir con esto del mito: en un verano
te los leés”, bromea De Nápoli.
“Cualquierismo
para palermitanos”
En “Salida al
mar” se generan polémicas, más o menos
intensas, según pasan los años. Castellano
recuerda un debate que se dio en la edición
del año pasado, en la Facultad de Filosofía
y Letras de la UBA, entonces sede del
festival, en torno del llamado
“cualquierismo editorial”. Y otro en la Casa
de la Poesía, en una de las primeras
ediciones, sobre la “poesía de los ’90”, el
tono festivo de cierta escritura y la poesía
de género. “Supongo que siempre queda un
coletazo de esos debates en los blogs,
porque son espacios propicios, aunque esas
discusiones vayan perdiendo fuerza o se
dispersen hasta quedar reducidas a un
detalle poco interesante”, sugiere la poeta.
De Nápoli dice que el debate que abrieron
Ana Mazzoni y Damián Selci con la idea de
“cualquierismo editorial” fue de los más
interesantes. “Los libros hechos así nomás,
que para colmo en algunos casos parecen
haberse adaptado a un destino de objetos de
diseño para circular en el Malba, porque hay
editoriales de poesía haciendo libritos de
30 páginas todos mal impresos y los venden a
20 pesos, no me preguntes quién los compra
fuera del eje palermitano. Lo que sí está
claro es que ese desaliño es muy ‘in’”,
ironiza De Nápoli.
La ciudad de
D’Elía y Pomelo Rock
La quinta
edición del festival se produce a pocos
meses del Premio Cervantes a Juan Gelman y
del discurso inaugural de Ricardo Piglia en
la reciente Feria del Libro, en el que puso
el énfasis en la importancia de la poesía.
“Las dos situaciones promocionan la lectura
de poesía y desde ese punto de vista, suman
–plantea Castellano–. Una gran feria, como
es la del Libro, tiene un destinatario
acorde, es decir: uno grande, una parte de
la sociedad a la que le interesa estar
informada pero quizá lee poco o directamente
no lee poesía. Por eso, puede constituir una
oportunidad para que alguien se pregunte
¿por qué se lee poesía, por qué se escribe
poesía? Sin embargo, no creo que por esas
dos situaciones el festival reciba nuevo
público. De todos modos, las palabras de
Piglia cambian la mirada de algunos lectores
y algunas editoriales sobre un género que,
para muchos, es considerado críptico, cursi,
marginal.” De Nápoli recuerda que cuando
Gelman ganó el Cervantes leyó que en una
entrevista el periodista le hacía una
observación: “‘Hoy los poetas jóvenes lo
tienen como su mayor influencia –le dijo–, y
eso se ve sobre todo en el tono.’ Cuando leí
eso pensé: ‘Justamente lo único que no se
conoce de Gelman es el tono, porque casi
ninguno de nosotros lo escuchó leer’”. Lo de
Piglia, para De Nápoli, fue magistral.
“Abrió la cancha, mencionó a muchos poetas y
puso el dedo donde había que ponerlo: si sos
un narrador y no estás leyendo la poesía
contemporánea vas mal. Al menos es así si
sos de esta ciudad, la ciudad de hoy, una
ciudad que fue anticipada por la poesía
contemporánea: la ciudad de D’Elía y de
Pomelo Rock.”