
JUNTOS. Arnaldo Calveyra junto con la
desaparecida escritora de Gualeguay, Emma
Barrandeguy.
NUEVA OBRA. Poesía reunida agrupa nueve
libros de poemas de Arnaldo Calveyra, además
de algunas obras inéditas. Será presentado
en Gobernador Mansilla el jueves 4 de
septiembre en dos escuelas primarias de esa
localidad.
Luego, el 11, en Buenos Aires la
presentación estará a cargo de los poetas
Pablo Ginera y Daniel Samoilovich.
(Foto Gentileza Claudia Rosa)
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NOVEDADES
Arnaldo Calveyra presentará su último libro en Gobernador Mansilla
Volver a la tierra y devolver la poesía
El escritor entrerriano radicado en Francia estará el 4 de septiembre en
su pueblo natal. En la misma escuela en la que vivió y estudió, leerá
sus textos. En diálogo con EL DIARIO, habló del silencio y también del
desarraigo.
Por Fabián Reato - Tomado de:
www.eldiariodeparana.com.ar
“Es como tocar tierra, como si a un muerto lo ponen en la tierra y no en
un nicho de material. Es muy interesante para mí, por lo que soy y sigo
siendo, llegar a ese lugar donde pasé tanto tiempo, toda mi infancia y
de donde no querría haberme movido nunca”.
Así adelanta Arnaldo Calveyra su experiencia de presentar su último
libro Poesía reunida, en Gobernador Mansilla (departamento Tala), el
lugar donde nació y transcurrió su infancia.
Calveyra estará el 4 de septiembre en la escuela de campo donde vivió y
cursó sus primeros años de clases y también en la Escuela Nº 8 General
Román Deheza, donde completó la primaria. Allí, acompañado por Claudia
Rosa, leerá sus textos para los alumnos de esos establecimientos,
compartirá sentimientos y, sobre todo, se reencontrará con sus recuerdos
y vecinos de siempre.
Calveyra estudió en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y
luego en la Facultad de Letras, en La Plata. En 1960, gracias a una beca
del gobierno francés, se radicó en París y desde entonces reside allí,
donde ha escrito la gran mayoría de su obra.
Pero parece que Calveyra nunca se fue, sino que permanece en las
ondulaciones de la luz entrerriana
—¿El recuerdo de Mansilla, en particular, y del campo entrerriano, en
general, siempre estuvo muy presente en su literatura?
—Sí, yo trabajé siempre con eso y sigo trabajando. Es como un horizonte
cotidiano, a eso no lo perdí para nada. Estoy aquí siempre y de una
manera no tan virtual.
—¿De qué manera mantiene el vínculo con Mansilla, más allá de su trabajo
literario?
—No te olvides que yo escribí un libro sobre una mujer de Mansilla que
se llamaba Aurelia (N. de la R. se refiere a la novela La cama de
Aurelia). Eso fue una manera también de tocar tierra. Entonces estuve
mucho en Mansilla, para escribir el libro y para terminarlo. Es el
pensamiento que vuela tan rápido. Estás por prender una luz, vas a la
cocina a tomar un vaso de agua y de pronto te encontrás con un amigo de
Mansilla, con los Brutti que están ahí. Es instantáneo, todo está ahí,
es como una cuarta dimensión que está siempre presente.
—¿Fue difícil el desarraigo?
—Creo que sí fue difícil, siempre tuve un proyecto de trabajo con la
literatura, entonces el desarraigo se vuelve como más mediato. El
trabajo ayuda mucho. Yo sabía que en La Plata, con 40 horas de clases
por semana, en varios colegios secundarios, y con los domingos ocupados
en corregir pruebas no iba a tener posibilidad de escribir. Eso es lo
que yo pienso, porque hay gente que ha hecho su literatura así. Borges
hizo su carrera en la Argentina. Seguramente eran otras épocas, parecía
que un poco de plata rendía más. Pero ahora con las inflaciones
sucesivas se necesita más dinero. Creo que en los años 20 era más fácil
escribir. Tal vez yo lo digo un poco de oídas, porque veo a mis amigos
que tienen 30 o 35 años y están buscando empleo. Y me pregunto ¿cuándo
escriben?
—¿Francia le permitió esa tranquilidad para escribir?
—Tenía una beca, modesta, pero con eso tenía todo. También trabajé como
traductor en la Unesco. Siempre con el mínimo.
—Es una experiencia similar a la de otros escritores argentinos, como
Julio Cortázar o Juan José Saer...
—Claro, pero consiguieron hacer una obra. No sé si en Argentina hubiese
tenido la posibilidad de hacer lo que hice allá (en Francia), de tener
horas para trabajar para mí.
—¿Siempre escribió en castellano?
—Sí, no veo cómo podría haber hecho en Francés lo poco que puedo hacer
en castellano.
—Y mucho en entrerriano también...
—Hay una Argentina que no es Buenos Aires, que no es la luz y el
castellano de Buenos Aires. Es otra luz. Soy bastante consciente de eso.
—También lo conserva en la forma de hablar...
—Eso me encanta, aunque no lo pretendí nunca, porque no sabía que era
así.
El silencio.
—El silencio tiene un peso importante en su poesía. ¿Eso está vinculado
con su infancia en el campo?
—Tiene que ver con la contemplación, con el quedarme horas contemplando
un retoño de árbol, como una experiencia mística. Sí, el silencio tiene
que ver con el campo. Tenés mucha razón y nadie me lo había dicho hasta
ahora. La gente sabe que mis palabras están rodeadas de silencio pero no
me habían dicho eso. Vos fuiste al grano.
—Tal vez porque venimos del mismo lugar...
—Así es.
–¿De sus obras, cuál siente que más satisfacciones le ha dado en cuanto
a reconocimiento del público?
—Creo que a la gente de Europa la seduce mucho Cartas para que la
alegría, curiosamente, porque son cosas localistas pero tienen un tinte
universal que hace que la gente que no conoce el castellano lleguen a
través del francés a esa obra. Y que lleguen de la mejor manera. Yo a
veces quedo sorprendido por las cosas que me pueden llegar a decir sobre
la obra.
—¿Cuáles son sus recuerdos de su época de estudiante?
—Mientras estudiaba en La Plata volvía mucho a Mansilla, pasaba largos
veranos. También, cuando estudiaba en el Colegio Nacional (de Concepción
del Uruguay), cuando tenía oportunidad viajaba a Mansilla.
Teatro.
—¿Continúa con su obra dramática?
—En este momento estoy lejos de eso, estoy con la poesía. No quiere
decir que las piezas teatrales no sean poesía, lo que yo me propongo
cuando escribo una obra de teatro es también hacer poesía. Pero hay
cuestiones técnicas en el teatro. Está el director, los actores, los
escenógrafos, hay mucha gente implicada, no es solamente tu mesa de
trabajo. En este momento estoy un poquito cansado de esos diálogos. Por
eso en lo posible estoy conmigo para sacar poemas.
—También ha incursionado en el ensayo ¿Cómo surgió Si la Argentina fuera
una novela?
—Yo empecé pensando que el título era La novela nacional. Al editor le
pareció que no era ese el título y como ya había salido en francés con
el título de Si la Argentina fuera una novela, quedó así cuando se
publicó en Buenos Aires. Es una manera personal de encarar de dónde
venía, con todos los yerros institucionales del país. También fue una
manera de explicarme las cosas a mí mismo.
—¿Cómo lo conoció a Carlos Mastronardi?
—Fue en Concepción del Uruguay, para el centenario del Colegio Nacional.
Él concurrió como periodista del diario en el que trabajaba. Me presenté
y le pedí que me ayudara. Así empezó mi relación con él. Esa relación
continuó en Buenos Aires. Allí fui a su casa y durante 10 años pasé
muchos fines de semana viviendo en su casa. Fue muy generoso. Es una
lástima que no salgan sus obras completas (proyecto de la Universidad
Nacional del Litoral) porque Claudia Rosa lleva más de 10 años
trabajando.
Trayectoria
Poeta, novelista, cuentista y dramaturgo, Arnaldo Calveyra nació en
Gobernador Mansilla en 1929. Se licenció en Letras en la Universidad
Nacional de La Plata y a comienzos de la década del 60, una beca de
investigación lo llevó a París, donde vive desde entonces dedicado a la
docencia y la literatura. En Francia publicó buena parte de su obra en
la prestigiosa editorial Actes Sud. Autor de una obra exquisita, se
menciona Cartas para que la alegría, El hombre de Luxemburgo, La cama de
Aurelia, Si la Argentina fuera una novela, Diario de fumigador de
guardia, El libro del espejo, El origen de la luz y Maizal del
gregoriano.
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