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11/02/2008 - REPORTAJE A SELVA ALMADA POR PEDRO MAIRAL

Una chica de provincia - Entrevista a Selva Almada

Tomado de: http://elseniordeabajo.blogspot.com/

“Una provincia, en un país como el nuestro, es bastante más que la división geopolítica de un territorio. Es una cierta manera de entender el mundo y un lugar desde donde mirarlo.

Cuando vine a vivir a Buenos Aires empecé a darme cuenta de que soy una escritora de provincia. Acá comencé a escribir de allá. Y no arrastrada por la nostalgia sino, tal vez, asombrada por el universo tan particular que, por ser de allá, podía reescribir, ficcionalizar, refundar desde acá. Acá siempre es la literatura, vaya adonde vaya.
Una chica de provincia reúne tres libros de relatos que son mi trilogía de Entre Ríos. Los dos primeros –Niños y Chicas lindas- narran historias iniciáticas. Los primeros careos con la muerte: la curiosidad que provoca ver el primer cadáver de nuestras vidas; el dolor por la muerte de animales queridos; la muerte de otro niño como la revelación de una verdad espantosa: los chicos también pueden morirse; la crónica del asesinato impune de una adolescente pueblerina. El último –En familia- es el relato de un suicidio.
Supongo que no es casual que la muerte sea el gran tema de esta trilogía. Después de todo, en los ríos de mi provincia se ha lavado la sangre de batallas históricas. Tampoco ha de ser casualidad que su accidente geográfico característico sean las cuchillas”.

Selva Almada
(contratapa de Una chica de provincia, Gárgola, 2007)
 

La solapa dice que Selva Almada nació en Entre Ríos en 1973, que publicó sus primeros relatos en el Semanario Análisis de Paraná, donde dirigió la revista Caelum Blue. En 2003 editó Mal de muñecas yNiños en 2005. Uno de sus relatos integra la antología Una terraza propia editado por Norma.

Yo la conocí a Selva Almada el año pasado, cuando nos cruzamos en la radio, en el programa de Edwards y Grecco, una noche en que ella fue con otros integrantes de la editorial Carne Argentina a presentar los nuevos libros. Ese encuentro llevó a su vez a las lecturas en el Mantis, donde las veces que hablamos fue entre el ruido, la multitud y los amigos. Eso y la timidez mutua hicieron que siempre habláramos poco y entrecortado. Por eso, ahora que leí Una chica de provincia, aprovecho el blog para hacerle algunas preguntas.

Pedro Mairal


Entrevista

Como decís en la contratapa, es cierto que el tema central de Una chica de provincia es la muerte, pero a la vez este no es para nada un libro oscuro. Quizá sí lo sea la última parte, pero los primeros dos -la infancia y la adolescencia- me parecen luminosos, llenos de sensualidad.

 

 

 

 

 

 

La muerte es un tema recurrente en el libro, pero es verdad que tiene un tono distinto en Niños y Chicas lindas. Supongo que tiene que ver con que estos son relatos de iniciación, de descubrimiento. Y los episodios de muerte están narrados desde el lugar de la curiosidad, del asombro. El libro prácticamente abre con un velorio, pero hay un clima festivo, de reunión social, de excusa para juntarse a beber, a charlar… tal vez porque el muerto es viejo y entonces es natural que se muera. Pero también el resto de las muertes que se cuentan en estas dos partes, que sí son muertes trágicas –el Buey Martén que se mata con su moto, el chancho-mascota, la nena atropellada en la ruta, la chica asesinada- en el relato se despojan del drama y prevalece la curiosidad. En familia es bien distinto, aquí hay un solo gran muerto que atraviesa todos los relatos y este muerto es un suicida y el suicidio siempre es algo oscuro y violento… la tragedia del suicida es algo inasible; provoca en los vivos incomodidad, vergüenza, culpa: ninguno de estos sentimientos puede ser luminoso.


Me interesó mucho lo que dijo Laiseca en la presentación, sobre el lenguaje, esa "manera de decir" que tenés, que hace además al universo particular del ambiente entrerriano. ¿Fuiste conciente de eso desde que empezaste a escribir o lo notaste más al venir a Buenos Aires?
Lo fui incorporando con el tiempo. Empecé a escribir ficción bastante tarde, alrededor de los veinte años. Bastante tarde comparándome con escritores que desde chicos saben que quieren ser escritores, digo. De chica me gustaba mucho leer y me destacaba en las composiciones escolares, pero nunca se me ocurrió ser escritora. Yo quería ser periodista. Me parecía que sólo en ese género valía la pena explotar esa “facilidad con las palabras” que mis profesoras de literatura decían que tenía. Por supuesto asociaba a la prensa escrita con un lugar de “verdad” y de “justicia” y entonces era una chica muy seria y preocupada por el mundo. Así que terminé el secundario y me metí en la facultad a estudiar comunicación social. Estuve tres años ahí y un buen día me di cuenta que los problemas del mundo ya no me interesaban tanto, que la mayoría de mis compañeros eran unos imbéciles que querían ser presentadores de noticias en tv y que yo no tenía nada que ver con todo eso. Y en esos tiempos la literatura se me presentó como el sitio más amable donde podía estar y empecé a escribir mis primeros relatos. Con esto iba a que esta “manera de decir” fue apareciendo con los años. Cuando empecé a escribir ficción todavía vivía en Entre Ríos y me daba pánico quedar ensartada en el “color local”, el paisajismo, el regionalismo… a todo eso lo asociaba con mala literatura. Entonces escribía relatos bien urbanos, con personajes bastante neutros. Después vine a vivir acá y conocí a Laiseca y estuve bastante tiempo escribiendo relatos fantásticos, allí empezó a aparecer cierto ambiente que me remitía a la provincia, ciertos mitos rurales que iban metiendo la cola en las historias, algunas palabras y modismos que ya no me hacían tanto ruido como antes, que encima funcionaban en lo que quería contar. Creo que sin darme mucha cuenta fui incorporando todas estas cosas que a él le llaman la atención en mi narrativa; sin querer me fui despojando del prejuicio de ser una escritora de provincias.

El libro tiene mucho de novela. Con una cosa curiosa: la voz narradora es distinguible, se asocia con vos en una primera persona en las dos primeras partes, pero en la tercera, en la parte más dura, de conflictos familiares, ese yo se vuelve medio invisible. Las cosas les suceden más a los otros, y la narradora se trasparenta. ¿Qué te parece que hay en ese distanciamiento? ¿Hay pudor, fue una distancia física, son episodios que vos viviste ya estando en Buenos Aires? ¿Qué pensás de lo autobiográfico o lo confesional que se está viendo en lo que se escribe hoy en día?
Me costó mucho escribir En familia y si no hubiese dado con esa distancia creo que no lo hubiese podido escribir. El primer relato de la serie que escribí es “Las fotos del hijo”. Fue un trabajo de taller. La consigna era reescribir “La pata de mono”… por esa función de disparador que tienen las consignas de taller, terminé escribiendo un relato sobre mi tío y su madre. Hacía quince años que no veía a mi tío y no pensaba nunca en él. Me gustó mucho cómo quedó el relato, la dimensión de personaje que había podido darles a dos personas de carne y hueso. Todavía no había empezado a escribir Niños. Había hecho un par de intentos y lo había abandonado. Quiero decir que no tenía práctica de lo autobiográfico, así que escribir una historia ficcionada sobre la relación de dos personas de mi familia, era medio una novedad y estaba bueno que funcionara como ficción. Dos semanas después de escribir este cuento, mi madre me llamó para decirme que mi tío se había pegado un tiro. Por supuesto, no fue un dato menor y tuve muchas fantasías sobre eso: escribir un cuento, de algún modo revivir, actualizar una parte de la vida de alguien a quien no veía desde hacía años, que pocos días después mi tío se mate para siempre, que nunca leería ese cuento, etcétera. “Las fotos…” quedó ahí mucho tiempo como un único relato con una carga bastante extraña. Mucho después me animé a escribir “El desapego es nuestra manera de querernos”, que parte del relato que me hace mi madre de cómo mi padre le dio la noticia de la muerte de su hermano. Cuando lo terminé y aunque recién retomé el proyecto un año y pico después, pensé que tenía que armarme de valor y escribir En familia. Juntar valor porque iba a ser arduo, porque es duro escarbar en las relaciones familiares, tratar de desentrañar por qué uno es cómo es, cuánto de eso que no nos gusta de nuestra familia está en nosotros. Y después, cuando empecé a escribirlo, empezó a pesarme por adelantado la mirada de los otros, concretamente de mi familia cuando leyera esos relatos. Muchas veces me sentí bastante cínica y odiosa. Supongo que la distancia que propone la voz narradora fue un mecanismo para permitirme seguir adelante. Como estar diciéndome todo el tiempo: esto es literatura, esto es literatura, esto es literatura.

Por otro lado también son los relatos más ficcionales de todo el libro. Yo ya vivía acá cuando el suicidio y cada relato se arma con ciertas cosas que mi madre me cuenta que pasaron a partir de eso, ciertos rasgos de mi familia que yo tomo para construir los personajes, las situaciones que imagino pueden haber sucedido… el suicidio de mi tío no es un tema de conversación en mi familia. Cuando mi abuelo y su mujer estaban vivos, porque no sabían que el hijo se les había muerto y era un secreto, algo en lo que ni siquiera había que pensar por temor a que se te escape en una charla. Ahora ellos también están muertos, mi abuelo murió hace unos meses; pero también ya pasó mucho tiempo desde el suicidio y cada uno tiene otros asuntos… no sé si alguna vez voy a saber qué le pasa a cada uno (sobre todo mi padre y mis tías) con eso.

Con respecto a la inclinación a lo autobiográfico de la narrativa actual, ya me tiene hinchada las pelotas! Es contradictorio que lo diga yo que escribí todo un libro acerca de eso, pero las modas siempre me aburren y cuando en un relato sólo está la anécdota personal, el ombligo del escritor en primer plano, no me interesa. Hasta me parece un poco perezoso: tipo, me encargan un relato para la próxima antología y entonces cuento lo que me pasó con mi noviecito de los trece, o cómo es mi barrio mientras paseo en bicicleta. Yo tengo un concepto tal vez demodé de qué es la literatura. Pasado de moda o tal vez demasiado pedestre: para mí la literatura es trabajo. Punto. Y los escritores que no laburan, que se piensan iluminados por algún rayo misterioso, no me interesan. Y en esta tendencia a lo confesional –en muchos casos- me parece que hay pocas ganas de laburar.

Están muy marcados los momentos de ese tríptico: el deslumbramiento y la amistad de la niñez; la curiosidad y el deseo, incluso la incertidumbre en la pre adolescencia; y el dolor, el silencio y el agobio familiar en la adultez. ¿Lo pensaste así como una estructura o fue algo que se fue sumando? Contame cómo fue el trabajo, cómo fue creciendo el libro y cuánto tiempo te llevó escribirlo.
Lo primero que escribí fue Niños que al principio era una serie de poemas (llegué a escribir dos solamente), lo abandoné mucho tiempo y cuando lo retomé ya fue en prosa. Me llevó bastante tiempo escribirlo porque me costó encontrarle el tono. Mientras iba escribiéndolo, empecé a pensar en una segunda parte que se iba a llamar Chicas lindas. Mi tío ya se había suicidado y también empecé a pensar en escribirlo y armar una trilogía. La idea era editar los tres por separado, aunque sólo edité Niños. Chicas lindas, al final, fue lo último que escribí. Y sí, creo que cada parte está narrada desde estos lugares que vos decís y fue bastante pensado que fuera así… lo de lo familiar creo que trasciende las etapas, para mí es un concepto (la familia) que hay que poner en crisis todo el tiempo.
Y sí, me llevó bastante. Terminé Niños y había escrito este par de cuentos de En familia que te dije, pero a escribir la serie recién empecé a fines del 2006; lo terminé este año que pasó. Lo que más rápido escribí fue Chicas lindas que me llevó un par de meses. Lo que pasa es que siempre me lleva mucho tiempo escribir, soy muy vueltera, corrijo mucho, hago muchísimos borradores del primer párrafo hasta que doy con eso que me gusta llamar “tono”, ahí arranco con un poco más de soltura.

Leí un poema tuyo que se llama Matemos a las Barbies, que acaba de salir en la antologíaPoetas Argentinas que editó Andi Nachon. A los autores que escriben tanto poesía como narrativa les suelen pedir que se definan, ¿son poetas o narradores? ¿Vos percibís esos dos registros como muy separados o te parece que están cerca? ¿Cómo interviene la poesía en tu prosa? ¿Qué poetas te interesan?
En realidad, yo creo que soy narradora. Me halagó mucho que Andi me incluya en la antología, que le guste este poema a ella que es una poeta muy buena.
Pienso que si hubiese nacido cerca del río, habría sido poeta. Pero me tocó nacer a 30 kilómetros del río más cercano! Tal vez esa sea la distancia entre lo que escribo y la poesía… una expresión de deseo.
Me gustan mucho Durand, Desiderio, López, Bellessi, Clara Muschietti… y este año que pasó tuve la dicha de conocer al maravilloso Osvaldo Bossi, “El muchacho de los helados” es el libro más conmovedor y demoledor que leí en mucho tiempo: Bossi me parece un enorme poeta.

¿Cómo te parece que te influyó esa vinculación con el mundo natural e incluso el pensamiento mágico en tu infancia? (Pienso en escenas como la de los chicos testigos de la matanza de Peludo, el chancho; o esa idea de que hay que quemar el pelo después de cortarlo porque si uno lo deja tirado por ahí se lo llevan los pájaros para hacer nidos y te da dolor de cabeza).
Creo que la infancia y los primeros años de la adolescencia son etapas de experiencia, de descubrimiento, importantes. Por supuesto me di cuenta muchísimo después, creo que cuando empecé a escribir sobre eso, cuando vine a vivir a Buenos Aires y me hice de amigos acá y nuestras infancias habían sido tan distintas, empecé a darle valor o a ver con otros ojos aquellos primeros años de mi vida y a incorporar ese mundo en los mundos que escribo… en los pueblos del interior el pensamiento mágico es parte de lo cotidiano, sobre todo lo era hace 30 años atrás y en familias como la mía o en barrios como el que me crié, de la periferia, de gente simple, obreros. Por ejemplo, de chicos nos llevaban al médico como a cualquier chico cuando nos enfermábamos, pero también íbamos al curandero. Había un curandero, Rodríguez, vivía en un rancho en las afueras del pueblo, era un tipo muy pobre y me daba bastante inquietud porque era un tipo raro, pero dos por tres íbamos a consultarlo por empachos o para que nos cure los parásitos y esas cosas. Mi mamá, que de grande terminó el secundario y se recibió de maestra, hasta el día de hoy sigue cortando las tormentas, por ejemplo. Es algo así: se arma un frente de tormenta y ella la corta clavando un hacha en la tierra, hace dos cortes en forma de cruz y en el segundo corte deja el hacha metida en el suelo, creo que lo repite tres veces, algo así: y te puedo asegurar, porque lo vi cientos de veces, que la tormenta se abre en el cielo y entonces es más suave… otra con el hacha es curar eccemas, que les llamamos “empeines” y supuestamente salen de andar mucho con gatos y perros: entonces dejás el hacha afuera toda la noche, para que le dé el rocío, y a la mañana apoyás el filo húmedo sobre el empeine y así se cura. Cosas así, siempre. Lo único que sí está muy mal visto en mi casa y se considera superchería absoluta es el “mal de ojo” y la “pata de cabra”: esas son creencias de gente bruta que vive en el conurbano bonaerense, dice mi madre!

Qué estás escribiendo? ¿Vas a reunir los poemas en libro?

Ahora estoy escribiendo un cuento por encargo, es sobre una chica que se enamora del crack del club de fútbol de un pueblo… y espero empezar pronto a trabajar en una novela. La protagonista es la madre de una amiga; es un laburo que, por lo menos antes de la escritura en sí, será conjunto con mi amiga que tiene que contarme un montón de cosas sobre su madre y su familia. Una mujer que manejó una curtiembre en Pompeya en los años 60 y 70, una jugadora empedernida, que murió el año pasado… realmente un personaje, con anécdotas muy divertidas, muy alocadas… una tipa que vivió como se le dio la gana.
No creo que vaya a editar poesía, hace mucho que no escribo nada. Pero con Julián López tenemos hace tiempo el proyecto de un libro juntos, que se va a llamar “Los iracundos”… tal vez con él me anime a entrarle a la poesía.