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12/12/2012 - RESEÑA DE "NADA BUENO BAJO EL SOL" DE ORLANDO VAN BREDAM

Hasta en el corazón de las miserias

Por Julián Stopello, para El Diario (de Paraná), martes 4 de diciembre de 2012

Tiene un oficio el escritor entrerriano Orlando Van Bredam, tan instalado y robusto, y tiene una pasión contagiosa por narrar que no se encuentra con frecuencia. Y lo más curioso es que a medida que los años se le suben encima, luce cada vez más jovial y potente su máquina de contar.

Es una voz joven la de Van Bredam, que hasta puede saltar los temas de su generación sin peligro de derrape. Es una voz que tiene como prioridad contar una historia que atrape sin vueltas, de primera mano, pero a la vez que contiene una musicalidad poética de pinceladas precisas, un ritmo de boxeador al ataque y algunas pausas con ideas que uno inmediatamente anota mentalmente para no olvidar jamás. 

Todo eso se puede plantear posteriormente a la lectura de “Nada bueno bajo el sol”, en el mientras tanto acontece el goce pleno de la más reciente novela editada del escritor entrerriano Orlando Van Bredam (Villa San Marcial 1952) y que él mismo vino a presentar días atrás en el marco del ciclo Escritores en Casa realizado por LT 14. 

“Nada bueno bajo el sol”, en rigor ya había sido editada algún tiempo atrás y aparece, ahora, con algunas modificaciones, publicada bajo el sello Viceversa, en una colección que reúne autores cordobeses y chaqueños, entre los que Van Bredam se filtra por su fuerte presencia editorial en la zona, con libros anteriores como “El retobado, vida y muerte del Gauchito Antonio Gil” o la premiada “Teoría del desamparo” (ganadora del Emecé novela 2007). 

“Tal vez la vida no tenga nada bueno, pero es lo único que conocemos. Esto decía Doña Cayé cada vez que se encontraba con algún vecino, cada vez que miraban juntos la casona de los Perotti. 

Van Bredam usa la voz de la doña y también la voz de un carpintero con aires de filósofo, Emeterio Guillén, para ir narrando partes de la vida errante del pobre Ñembo, el menor de los hijos de un personaje deleznable, primero temido por el pueblo entero y luego odiado con una saña de alcances inmortales. 

Luigi Perotti era un cruel usurero y a través de la usura, justamente, alcanzó su último oficio: es que un buen día el mal hombre recibió como pago de su préstamos 42 ataúdes que un vecino había comprado seguro de una guerra que no fue y le daría múltiples ganancias. Perotti, pues, de prestamista pasó a funebrero, pero como en una venganza de la vida empecinada y justiciera, desde el mismo momento de inicio de su nueva empresa, como nunca, empezó a escasear la muerte por esos parajes tórridos del norte. 
Hasta que el primer muerto llegó, disparando la verdadera aventura y la nueva vida del auténtico personaje de la historia: el Ñumbo, que desde entonces andará pueblo por pueblo intentando sepultar a su malquerido padre, rechazado por todos, hasta en los pueblos vecinos. 
En ese viaje delirante, el Ñumbo irá encontrando la vida que le había sido vedada hasta entonces y sabrá, entre otras cosas, que tal vez todo era eso: “una larga cadenas de sospechas, nunca una certeza”. 

Entre buscadores de cucumelo, víctimas piadosas, cadáveres equivocados y diálogos alucinados, el Ñumbo irá recorriendo el camino de regreso a su punto de partida, para darle a la historia el cierre merecido, en celebración plena del hecho literario. 

Con esta novela Van Bredam no hace otra cosa que reafirmar su arrolladora capacidad narrativa, con pasajes de un lirismo distintivo y un enfoque que habla de su forma de ver y percibir el mundo, entre personajes de baja calaña, viejas chusmas, filósofos sin escuela y la mirada impiadosa de los pueblos frente a las debilidades ajenas. Pero aún en las peores condiciones, en las más adversas, en el corazón mismo de la miseria, Van Bredam encontrará los vestigios de una historia que quiere ser otra cosa. Porque como dice don Emeterio Guillén Lo peor que te puede pasar es que no te pase nad…“De lo único que me arrepiento –aseguraba el carpintero– es de lo que no hice por falta de coraje”. Lo decía con verdadero desconsuelo. Tal vez porque los viejos, solamente los viejos, pueden llegar a medir con el tiempo, el valor de la osadía.