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25/02/2013 - EDITAN OBRA POÉTICA DE DANIEL ELÍAS


En coedición entre la Universidad Nacional de Entre Ríos y la Universidad Nacional del Litoral aparece este segundo libro de El país del sauce, colección que tiene como motivo la región cultural que definen los ríos Paraná y Uruguay y que reúne textos clásicos de distintas ramas del arte y la ciencia. 

Daniel Elías nació en 1885 en Gualeguaychú y su niñez transcurrió en Villaguay. Cursó sus estudios secundarios en el histórico Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Se recibió de abogado, ejerció de juez. Se casó, tuvo dos hijos y murió en la flor de la edad, de su propia voluntad, una tarde de noviembre de 1928. Sus dos libros de poemas, Las alegrías del sol (1929) y Los arrobos de la tarde (1938) aparecieron después de su muerte, en tiradas limitadas y nunca volvieron a ser publicados. Parecen aguardar, todavía, en aquel “cajón de la mesa del escritorio de arriba”. Esta edición de su Obra poética, que incluye ambos libros y otros textos inéditos es, entonces, pura novedad. 

Siempre bien nombrada –no lo olvidan los poetas mayores de Entre Ríos: Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz, Amaro Villanueva, Arnaldo Calveyra– pero al parecer poco leída, atendiendo al menos a la posesión impracticable de sus libros, esta poesía atesora aún su secreto. Quizás baste un verso para evocarlo: “La desgracia feliz de ser poeta”, según Villanueva; “De linda esta mañana parece una mentira”, según Calveyra. El lector que nunca sintió el nombre de Elías, se confrontará de pronto a un universo insospechado. Dice Miguel Ángel Federik, responsable de este volumen: “Le bastaron memoria y mirada creyente para darle estatura a modestas cosas: el verdor de unas exiguas viñas con gorriones, la luz dominical de unos cielos apacibles, los estadios del día entre los sauces, la sombra andante de sus héroes anónimos, el trigo que nace después de las batallas y esos trabajos del sol que pone hombres de pie y sigue haciendo redondas las naranjas”. 

En el marco de la colección El país del sauce, que dirige Sergio Delgado, ya fue editado el libro Viaje a Misiones de Eduardo L. Holmberg y están próximos a aparecer  El junco y la corriente de Juan L. Ortiz y El río Paraná. Cinco años en la República Argentina de Lina Beck-Bernard.

Tomado de: http://www.eduner.uner.edu.ar


Más sobre Elías

Tomado de http://www.aimdigital.com.ar

El poeta que se durmió en los trigales

Adolfo Argentino Golz, infatigable trabajador de la cultura, publicó hace tiempo “Daniel Elías, el poeta del sol”, un libro de la Editorial de Entre Ríos sobre el empleado bancario que un día decidió dormirse para siempre sobre campos cultivados cerca de Concepción del Uruguay, y llevarse consigo el secreto de la mejor poesía de su tiempo.

Elías había nacido en Gualeguaychú en 1885, aunque transcurrió su infancia en una estancia cerca de Villaguay y se afincó hasta su muerte en la ciudad histórica.
Los días infantiles en el campo son perceptibles en sus poemas, que revelan un conocimiento preciso y detallado de la vida campesina, las plantas, los animales, paisajes no imaginados, inventados ni retóricos, sino vistos y recordados con cariño y exactitud.

Entre Ríos fue antaño, en su época criolla, tierra de payadores. No en vano alguna experiencia de los paisanos entrerrianos palpita con seguridad en las páginas del Martín Fierro. Luego fue también madre de poetas.

El nombre de Daniel Elías aparece brillante en medio de la mejor tradición provincial, vinculado a las cosas de su tierra pero al mismo tiempo discípulo de Leopoldo Lugones y de Julio Herrera y Reissig, dentro de la corriente universal que en español inauguró el “indio divino”, Rubén Darío.

Las glorias entrerrianas cantadas en épicos octosílabos y el campo bucólico en endecasílabos encierran al menos en lo formal casi toda la poesía de Elías.

El título del libro que Golz, que juzga probado que el poeta descendía de Cristóbal Colón, se vincula con el de la primera de las dos obras que los amigos de Elías publicaron póstumas, por mandato que les dejó el autor: “Las alegrías del sol”.

Delio Panizza, Raúl Uncal, Luis Esteva Berga, entre otros, recogieron sus trabajos y los publicaron un año después de su muerte. Otros diez años y esos mismos amigos y otros hacían aparecer “Los arrobos de la tarde”.

El primero, que la crítica consideró siempre el mejor, está centrado en el campo entrerriano, su vida, sus aromas, sus sonidos, su gente, sus costumbres. El segundo, de temas más variados, se ocupa por cierto de las impresiones y emociones de la tarde, pero también denuncia las preferencias literarias del autor en envíos a Verlaine y alusiones a Carriego, Almafuerte y a los tres grandes modernistas: Darío primero, el urugayo Herrera después y Lugones por último. No se trataba sólo de conocimiento de la naturaleza.

El profesor uruguayense Roberto Parodi conjetura en un trabajo sobre Elías que éste debió conocer en su niñez a algún veterano de los entreveros jordanistas, “cuya figura pudo tener presente cuando describe un montonero en el frenesí de la carga, con la proverbial melena negra y lacia sujeta a la frente por una vincha rota y descolorida”.

El montonero, las riñas de gallos, las labores de la tierra y el rústico hogar campesino son sus temas. Pero alejado del modo tradicional de tratarlos, pues Elías estaba tocado por una gracia y una elegancia nuevas, y a la sombra del genial nicaragüense y sus discípulos del Sur sabía emplear un lenguaje sutil y precioso, que entonces no había sufrido menoscabo todavía.

En pocas líneas, Parodi describe su personalidad poética: “Daniel Elías no recogió en sus estrofas la angustia de la prisa cotidiana, pero sí sus alegrías, no se inclinó por la problemática de la existencia sino que le cantó a la vida tal como el creador se la entregó a los hombres con todo el prodigio de la naturaleza, desde la cruda luz que golpea temprano la ventana hasta las espigas inocentes y amarillas en que se abisma el campo”.

Y en las que él mismo se abismó una tarde de manera incomprensible. Lo recordamos ahora como a quien intento llego de buena voluntad y talento realizar en esta tierra el milagro de la belleza.


 
Soneto
Tarde otoñal, beatífica y serena,
cuya difusa lumbre desearía
aprisionar entre la mano mía
como un pañuelo de menuda arena…
Melancólica tarde, en que la buena
soledad silenciosa, se diría
la paradoja de una compañía
para el mundo interior de nuestra pena…
Así quedarse indefinidamente
como un sueño flotando en el ambiente;
y recordar en nuestro desconsuelo
la ilusa y loca juventud divina
en que el alma era una golondrina
ebria de luz y de extensión de cielo.