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21/05/2013 - ENTREVISTA A SELVA ALMADA EN LA TROVA DIGITAL

“SIEMPRE ME DEFINO COMO ALGUIEN QUE VIENE DEL INTERIOR, DESTACO QUE SOY ENTRERRIANA, Y SI PARA ALGUNOS SOY UN REFERENTE, BIENVENIDO SEA”

Selva Almada es una joven escritora nacida en Villa Elisa, que vivió un tiempo en Paraná, donde estudió Comunicación durante unos años y luego se fue a vivir a Buenos Aires. Luego de varios años de formación, de publicar libros de relatos y poesía, publicó su primera novela “El viento que arrasa”. Las críticas y elogios fueron despertando un interés en la obra de Almada.  Fue así que ésta fue elegida la mejor novela del año en la Argentina en el 2012.

Ahora presentó su segunda novela: “Ladrilleros”, que cuenta la historia de dos jóvenes que pertenecen a familias enfrentadas entre sí, por antiguas disputas que se dirimen, con violencia en un pueblo del Chaco.

La última vez que la autora estuvo en Paraná fue en el 2003, cuando presentó su primer libro. En esta oportunidad, presentó “Ladrilleros” en el Museo Histórico Martiniano Leguizamón, firmó ejemplares entre los lectores y charló en exclusiva con La Trova Digital.

- Selva, ¿qué diferencias encontrás entre tus dos novelas?

- “El viento que arrasa” era una novela más chiquita, con una historia más condensada, simple; en cambio “Ladrilleros” es más desbordada. Son bastante distintas: en la primera hay un lenguaje económico y en “Ladrilleros” el narrador toma el lenguaje de los personajes.

- ¿Qué elementos te brindó “vivir en el interior” para tus obras?

- Es un poco raro, porque tardé un poco en descubrir que estaba bueno escribir sobre el interior. Cuando empecé a escribir los primeros cuentos acá en Paraná, los ambientaba en lugares urbanos. Después, ya viviendo en Buenos Aires, viendo en perspectiva la provincia, el interior, pensando en personajes o en historias que yo había conocido acá, me di cuenta que eso era muy potable para la narrativa que podía llegar a ser. Además, siguiendo a autores como Daniel Moyano o Héctor Tizón me convencí que se podía hacer una literatura provinciana o regional y que narrativamente era muy poderosa. Así empecé a explorar esos temas, que los tenía muy a mano, porque era un lugar que yo conocía.

- ¿Por dónde empezás a pensar una historia: por la trama o por los personajes?

- Casi nunca tengo la trama resuelta al empezar. Siempre empiezo a construir un personaje o un clima y ahí recién me pongo a escribir. En el caso de “Ladrilleros”, la idea surge de una anécdota que me habían contado en Chaco, sobre una pelea de dos familias en un parque de diversiones. Me pareció muy divertido que haya sido en ese lugar. Después, el resto de la novela es todo ficción, que se disparó a partir de esa anécdota que me habían contado.

- En tu formación, ¿cuáles fueron los referentes que te marcaron?

- El primer autor que recuerdo haber leído con mucha emoción y con muchas ganas de escribir como él fue Onetti. Leí mucho tiempo y me gustó mucho. En estos últimos años estuve leyendo a los norteamericanos del sur y me di cuenta que Onetti también estaba influenciado por ellos, sobre todo por Faulkner, y en cierta manera yo ya los estaba leyendo a través de él, porque están en su escritura. Faulkner, Flannery O´Connor, Caldwell son escritores que me gustan mucho y hacen una literatura rural. También Daniel Moyano y Haroldo Conti, porque son autores que trabajan mucho la relación con el paisaje.

- En tus novelas está muy presente la relación filial entre padre-hijo. ¿Es algo premeditado?

- Me interesan mucho las relaciones familiares. Lo vengo trabajando desde mi libro de cuentos “Una chica del interior”. En la tercera parte, que se llama “Familia”, tomo el tema a raíz del suicidio de mi tío y de cómo este hecho se le oculta a sus padres, y todo un entramado de mentiras y secretos, que creo que es algo muy típico de la institución familia. Eso es una marca presente que después aflora en las ficciones. Creo que se nota más en “Ladrilleros”, que se focaliza en un hijo que ama a su padre y su rival que lo odia. Me gusta escribir sobre familias disfuncionales. En “El Viento que arrasa” también están los padres y las madres ausentes, como la pata que le falta a esas dos familias. Siempre me interesó la familia y esa idea “italianizada” de “primero está la familia”. Revisando un poco sobre esto, te das cuenta que en el núcleo familiar ocurren siempre las tragedias más espantosas. Me interesa un poco poner en crisis ese concepto de familia armónica, y por ahí contar una familia más despareja, pero que el cariño, el respeto circulen y lo hagan de una manera más honesta. No es algo intencional, hablar sólo de estos temas, pero siempre aparece.

-También hablás lateralmente de religión o de amor.

-Sí, sobretodo la cuestión de la fe. Pero fue surgiendo solo, porque al principio en “El viento que arrasa” iba a ser sólo un cuento en el que la protagonista iba a ser la hija del reverendo y el conflicto estaría en la relación padre-hija. Pero fue creciendo el personaje del Reverendo, luego encontró en el mecánico su opuesto y la cuestión de la fe fue convirtiéndose en el eje de la novela, en el devenir.

-En la novela vemos un Dios con mayúscula y un dios con minúscula. Esa palabra resume muchas cosas.

-Tiene que ver con la concepción de cada personaje. Para Brauer -el mecánico-, dios es la naturaleza, por eso, según quien lo nombre, lo escribimos diferente. Es algo que tuvimos que aclararlo hasta con la correctora, porque era algo intencional, que marca la visión de cada uno sobre “Dios”.

-También el “cuerpo” es un elemento siempre presente en tus historias…

-Cada novela va tomando la forma de los personajes y las cosas que pasan. En “El viento que arrasa”, una novela sobre la fe y sobre el espíritu, porque hasta el “Gringo”, que es alguien de lo concreto, también es muy espiritual o muy creyente en la fuerza de la naturaleza. En esa novela no hay sexo, no hay algo tan físico, y la violencia es sólo subterránea. En cambio, en “Ladrilleros”, sí. Es la fuerza física, la pasión lo que enfrenta a dos familias. Esos personajes eran absolutamente físicos, por eso, el lenguaje es más brutal, la violencia está siempre presente.

-¿Te planteaste el rol de la mujer en tus historias?

-Sí. En “El viento que arrasa”, la mujer, como madre, desaparece, porque una es abandonada y la otra abandona.  Entonces me planteé que en la próxima novela las mujeres iban a ocupar otro lugar, quizás lo hice con un poco de culpa. Por esto, en “Ladrilleros” las mujeres ocupan su lugar, no son sólo las compañeras de los hombres, sino que son las que llevan adelante las casas, la crianza de los hijos y hasta el tema del dinero. Yo lo vi mucho a eso durante todos los años que viví acá en el interior. En “Ladrilleros” los maridos son como más vagos, le dan lugar a su diversión y sus vicios. Ese lugar para la mujer fue algo bien intencional.

-¿Te sentís una escritora “mimada” por la crítica literaria?

-No sé qué va a pasar con “Ladrilleros” que acaba de salir… ‘Al viento’ le fue muy bien. Que Beatriz Sarlo se haya fijado en la novela le dio un espaldarazo importante. A pesar de todo, Sarlo sigue siendo la señora de la crítica literaria en la Argentina. Esto es riesgoso, porque a veces que te bendiga alguien implica que otros no piensen lo mismo, o que lean tus novelas con el filtro de Sarlo, y es un filtro que no les gusta. ‘Al Viento’ le ha ido muy bien con la crítica, ahora vamos a ver qué pasa con “Ladrilleros”. Igual la crítica va y viene, no toda la vida van a hablar bien del trabajo de uno, quizás mañana te bajan el pulgar. Está bueno que alguien como Sarlo te elogie, pero me parece que un escritor debe olvidarse un poco de eso y seguir escribiendo.  No significa que porque te fue bien con un libro te vaya a ir bien con todos. Si no le dedicas el mismo trabajo, seguramente no sea lo mismo. Cada libro es diferente. “El Viento que arrasa” tuvo lectores muy distintos, un universo muy grande, que sé que a muchos de ellos no les va a gustar “Ladrilleros”, porque es una novela más descarnada, más dura, más cruda.

-Los elogios a tus trabajos vienen desde medios como Clarín o La Nación hasta Página 12. ¿Te llama eso la atención?

-Esas disputas entre medios, o esa polarización permanente entre “los buenos” y “los malos” quedó un poco de lado en lo que fue la crítica a la novela. Me pareció muy honesto que los elogios de periodistas culturales vengan de ambos lados. Podrían haberme pegado mucho en ‘Página’ o en “Tiempo Argentino” porque a Sarlo le había gustado mi libro. Está bueno porque están hablando de un libro, no de Sarlo ni de mí, o de lo que yo pienso políticamente,  porque no es el tema de la novela. Me parece saludable que esto suceda.

-¿Trabajas puntualmente con la economía del lenguaje?

-Sí, le doy mucha importancia. Trabajo sobre eso, con especial atención al lenguaje, lo corrijo una y otra vez. Lo doy muchas vueltas hasta que queda como quiero que quede.

-¿Hay una influencia de escritores entrerrianos en tu obra?

-Obviamente “Juanele” (por Juan L. Ortiz) está siempre presente. Entre Ríos tiene muy buenos poetas, Juan Meneghin, es un gran poeta de Concordia, que hace poesía narrativa que cuando lo leí dije: quiero escribir como este tipo, más allá de que yo no escriba poesía. También Ricardo Zelarrayán en narrativa. Arnaldo Calveyra es un poeta entrerriano, que ahora vive en Francia, pero lo descubrí hace unos años y me gusta mucho. Bueno, evidentemente destaco más la poesía que a la narrativa.

-Hay una influencia cinematográfica en tu obra. Porque construís escenas muy visuales.

-Sí, veo mucho cine, me encanta. En el ejercicio de la escritura, yo necesito ir viendo lo que pasa, para poder escribir e ir contándolo. Quizá no me detengo en describir tanto a los personajes, pero sí los ambientes, los objetos.

-Te sentís una representante de la provincia en el campo de la literatura nacional. ¿Te incomoda ese lugar?

-No, para nada. Yo siempre me defino como alguien que viene del interior, destaco que soy entrerriana, y si para algunos soy un referente, bienvenido sea, no me molesta para nada ocupar ese lugar.

 

Por Sebastián Martinez – La Trova Digital