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14/01/2010 - REPORTAJE A ORLANDO VAN BREDAN

Tomado de www.eldiariodeparana.com.ar

 
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DISERTACIÓN. Orlando Van Bredam junto a Juan Manuel Alfaro durante la charla que el primero brindó en Paraná hace dos años.(José Carminio)

“Escribir es una necesidad fisiológica”

Ganó el Premio Emecé en 2007 con su novela Teoría del desamparo. Antes, en 1982 había ganado el Premio Fray Mocho con su libro de poemas Los cielos diferentes. A pesar de los galardones, confiesa: “Si no escribo cada vez que me acosa el deseo de hacerlo, me enfermo. Escribir es el momento más gratificante del proceso literario que concluye en el lector. El reconocimiento o la trascendencia es una consecuencia pero si no llega, no importa”.


Orlando Van Bredam vive en El Colorado, provincia de Formosa, y saltó a la fama nacional cuando en 2007 ganó el Premio Emecé con su novela Teoría del desamparo.
Van Bredam es entrerriano, nació en Villa San Marcial en 1952 pero desde hace años vive en la provincia norteña, donde además de desarrollar su obra literaria, es docente universitario.
Teoría del desamparo cuenta la historia de Cátulo Rodríguez, un hombre común, de esos con familia y trabajo de oficina, de los que soportan día a día el tedio de la existencia. Pero este hombre común un día encuentra en el baúl de su automóvil el cadáver de un diputado que había sido secuestrado el día anterior y que era buscado en toda la provincia. Desde ese momento, la vida de Cátulo Rodríguez cambia y el personaje gris comienza a teñirse de algunos colores, acompañado por una comunidad de personajes fascinantes.

CHARLA. Según cuenta el autor, la idea de esa novela se plasmó primero en un cuento breve que luego fue retomado para que se desarrolle una historia mayor.
La revista digital Laurentino dialogó con este escritor que nunca se fue del todo del terruño entrerriano.
—¿Es difícil publicar para un escritor que vive en una provincia?
—Es difícil publicar, independientemente del lugar en que se viva. Al menos publicar a través de un sello y no desde el propio bolsillo. Buenos Aires está lleno de escritores con las mismas dificultades que nosotros. Daniel Soria, un poeta entrerriano con el que empezamos a escribir en los 70, me decía después de anclar en la Capital Federal: “Aquí estoy cerca de todo lo que estoy tan lejos”.
—¿Cómo influyó en su carrera de escritor el premio nacional que obtuvo?
—Positivamente. Empezaron a aparecer los lectores que no tenía. Creo que ése es realmente el premio que uno busca, no el reconocimiento de la crítica ni el monetario, si no el destinatario natural del esfuerzo de escribir. El lector es sagrado, sin lectores no hay literatura. Lo que no creo es que haya que caer en la demagogia, en el vil comercio para conseguirlo. Pero no estoy de acuerdo con quienes reniegan de la importancia del lector y curiosamente siguen publicando.
—¿Es necesario “trascender” a nivel nacional para seguir escribiendo?
—No, de ninguna manera. En mi caso, escribir es una necesidad fisiológica, si no escribo cada vez que me acosa el deseo de hacerlo, me enfermo. Escribir es el momento más gratificante del proceso literario que concluye en el lector. El reconocimiento o la trascendencia es una consecuencia pero si no llega, no importa.
—¿Hay que tener en cuenta los intereses del mercado a la hora de publicar?
—Ese es un problema de los editores y de algunos escritores. Viven de la venta de sus libros y es natural que le tomen la temperatura al mercado y observen con atención sus inclinaciones. En mi caso, trato de escribir el libro que a mí me gustaría leer. Soy antes que nada, un lector insomne, que lee por placer y escribe por necesidad.
—¿Qué autores vuelve a releer?
—Por necesidad de mis cátedras (trabajo en la Facultad de Humanidades de Formosa) releo con la misma pasión todos los años y trato de aprender de Miguel de Unamuno, Miguel Hernández, Juan Rulfo, Mempo Giardinelli, Carlos Mastronardi, Augusto Roa Bastos, Franz Kafka, Samuel Beckett, James Joyce, Anthony Burgess, John Steinbeck, Jack London y tantos otros. De todos, uno se lleva algo a su propia carpintería.
—¿Quedan rastros del habla de Entre Ríos en su literatura?
—Sí, en la novela La música en que flotamos (que acaba de editarse en Resistencia) hay momentos de mi infancia y adolescencia en Entre Ríos y el habla de mi padre y la mía que no ha cambiado para nada. Soy el mismo y conservo los modismos de la costa del Uruguay y el tono inconfundible del entrerriano. No he sido permeable a las elles formoseñas ni al guaraní, lengua que admiro pero que me es lamentablemente ajena.

RELATOS. 
—¿Suele identificarse (aunque sea a pesar suyo) con los protagonistas de sus relatos?
—A pesar mío, sí. Mis amigos me lo han dicho más de una vez. Creo que es natural, es lo que tengo más cerca. No puedo evitar transferir a los personajes mis miedos, mis obsesiones, mis sueños.
—¿Cuál sería su primera reacción si encontrase un cadáver en el baúl de su auto?
—La misma que tuvo Cátulo Rodríguez, el protagonista de Teoría del desamparo. Para escribir esa escena de la novela, traté de sentir y pensar que era a mí a quien le sucedía. Hoy, actuaría de la misma manera aunque me equivocara como Cátulo. La falta de confianza en la justicia sigue existiendo, quién me garantiza que voy a quedar al margen del secuestro y crimen del diputado. ¿Quién me va a creer que soy inocente si un cadáver aparece en el baúl de mi auto? ¿No me condenarían acaso los mismos medios de comunicación que hoy sustituyen a los jueces?
—Cuando empezó a escribir Teoría del desamparo, pensaba: ¿publicarla por su cuenta, presentarla en un concurso, guardarla en un cajón?
—Cuando empecé a escribirla disfrutaba tanto que no me detuve a pensar en su destino. Una vez que la terminé, la guardé en un cajón y dos años después la corregí. Es lo que antes, cuando no había tanta impaciencia como ahora, se aconsejaba. Una vez corregida decidí enviarla a un concurso, si no pasaba nada iba a insistir con otros concursos. Nunca pensé en publicarla por mi cuenta.

LA PROVINCIA. 
—¿Cuál es el escritor entrerriano que mejor recuerda?
—Muchos. Tengo entrañables amigos escritores en Entre Ríos. La literatura me ha regalado las mejores y más sostenidas amistades. Mencionar a uno solo, sería vergonzoso. De mi generación, Juan Manuel Alfaro, Miguel Ángel Federik, Juan Meneguín, Luis Luján, Claudia Rosa, entre otros. De los más viejos, Héctor Izaguirre, Luis Sadi Grosso, Adolfo Golz, Juan L. OrtizAlfredo Veiravé y muchos más.
—¿Cuando le dicen Entre Ríos piensa en…?
—Una tarde de enero en el Banco Pelay, un café compartido con Osvaldo Neyra, mi maestro, los jazmines de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, las calles empinadas de Paraná, el Teatro 3 de Febrero donde representamos con unos amigos Crónica de un secuestro, en 1974. También, el humo de los trenes de Basavilbaso, el patio de la casa de mis abuelos en Villa San Marcial y todos los rostros de las mujeres imposibles.
—¿Qué está leyendo ahora?
—Un clásico deslumbrante: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad en una excelente traducción de Damián Ochlenschlaeger.
—¿Qué está escribiendo ahora?
—Una novela policial ambientada en El Colorado, la pequeña ciudad formoseña donde vivo.


Su obra

Van Bredam es profesor en Letras. Tiene a su cargo las cátedras de Teoría Literaria y Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional de Formosa. Ha abordado el cuento, la poesía, la novela breve, el ensayo y el teatro. Obras publicadas: La estética de Armando Discépolo (ensayo, 1974), La hoguera inefable (poemario, l981), Los cielos diferentes (poesía, Premio Fray Mocho l982), Asombros y condenas (poesía, Premio Fernández de Peirotén 1986), Fabulaciones (cuentos, 1989), Simulacros (cuentos, 1991), La vida te cambia los planes (minificciones, 1994), Las armas que carga el diablo (minificciones, l996, libro seleccionado para su publicación por Fundación Antorchas), De mi legajo (poesía, Primer premio nacional José pedroni). Tiene en prensa Colgado de los tobillos (novela breve sobre el mito de Antonio Gil). Ha estrenado numerosas obras teatrales en la región. Ha sido incluido por Mempo Giardinelli en dos antologías nacionales de cuentos. Algunos textos suyos han sido traducidos al portugués y al flamenco. 

 

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