|

WISLAWA SZYMBORSKA
Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, 1996
© The
Nobel Foundation
Traducción: Krystyna Libura y Arturo Viveros
Se dice que en un discurso
lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la
dije... Pero presiento que las que siguen van a ser
igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta
la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces
me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre
con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi
discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección
resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.
El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía
incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgano
confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de
algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil
que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos
fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que
están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no
cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros
con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a
definir su profesión, acude al término genérico ``escritor''
o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza. El
empleado público o los eventuales compañeros de viaje
reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que
están tratando con un poeta. Sospecho que los filósofos
también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se
encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden
adornar su profesión con algún grado académico. Profesor de
Filosofía -ya suena mucho más serio.
No existen
profesores de poesía, lo que haría suponer que esta
actividad requiere de estudios especializados, exámenes
presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas
rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los
diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez,
significaría que para graduarse de poeta no bastarían las
hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes
versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con
sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón
por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo
de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el
Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como ``parásito'',
por no contar con un certificado oficial que le permitiera
ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría
de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él,
entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse
a sí mismo ``poeta''; pronunciaba esta palabra sin
conflictos internos y hasta con cierta desafiante
desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las
violentas humillaciones que sufrió en su juventud.
En países más dichosos, donde la dignidad humana
no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente,
quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no
hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar
entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras
décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba
escandalizar con su ropa extravagante y con un
comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que
espectáculos para el público, ya que siempre tenía que
llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se
quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se
detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una
hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que
importa.
Hay algo que
resulta muy característico. Continuamente se filman
películas biográficas sobre grandes científicos y artistas.
La tarea de los directores más ambiciosos es mostrar en
forma verosímil el proceso creativo que condujo a
importantes descubrimientos científicos o a la creación de
grandes obras de arte. Se puede, con aceptables resultados,
mostrar el trabajo de algunos científicos: laboratorios,
instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran
por unos momentos mantener la atención de los espectadores.
Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso,
cuando un experimento repetido miles de veces logró dar
finalmente, merced a una mínima modificación, con el
resultado tan esperado. Espectaculares pueden ser las
películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir
todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera
raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los
compositores se llenan con su música: desde los primeros
compases, que el creador escucha en su interior, hasta la
obra madura ya terminada y repartida entre varios
instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada
sobre el extraño estado de ánimo que se conoce comúnmente
como inspiración, pero por lo menos hay algo para ver y oír.
El peor de los casos es el de los poetas. Su
trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno
permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la
vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo;
de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales,
después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y
de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada_ ¿Qué
clase de espectador podría soportar una cosa semejante?
He mencionado la
inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que
algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo
evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los beneficios de
este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es
fácil explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende
bien.
Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han
preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es
privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en
general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en
quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este
grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con
amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay
también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo
puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan
encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los
esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada
problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La
inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo
``no lo sé''.
La gente así es
bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra
trabaja porque necesita conseguir los medios de
subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron
ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las
circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El
trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado
únicamente porque no resulta accesible para todos, y está
situación constituye una de las más penosas desgracias
humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un
cambio feliz al respecto.
Así pues, tengo
derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los
poetas el monopolio de la inspiración, de cualquier manera
los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.
En este punto
pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran
que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos,
demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de
consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su
trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero
ellos sí ``saben''. Saben, y lo que saben una sola vez les
basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más,
puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De
modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas
muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la
vida. En casos extremos, como es bien conocido en la
historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente
amenazador para las sociedades.
Por lo anterior, estimo altamente estas dos
pequeñas palabras: ``no sé''. Pequeñas, pero dotadas de alas
para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que
no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está
suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se
hubiera dicho ``no sé'', las manzanas en su jardín podrían
seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos,
solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi
compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho ``no
sé'', probablemente se habría quedado como maestra de
química en un colegio para señoritas de buena familia y en
este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido
la vida. Pero siguió repitiéndose ``no sé'' y justo estas
palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan
los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en
búsqueda constante.
También el
poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse
perpetuamente ``no sé''. Con cada verso intenta responder,
pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan
las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal
y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba otra vez y
otra vez, para que a las sucesivas muestras de su
insatisfacción consigo mismo los historiadores de la
literatura las sujeten con un clip enorme para denominarlas
``La Obra''.
A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me
imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad
platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor
sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría
inclinado muy hondamente ante él, ya que es -por lo menos
para mí- uno de los poetas más importantes. Pero luego lo
habría cogido de la mano: ``Nada hay nuevo bajo el sol'',
has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido
nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es
nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había
escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que
los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el
ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el
principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al
tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar,
Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo
el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes
la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior
concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que
resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu
nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o
primeros esbozos? Pues no dirás ``ya he escrito todo, no
tengo nada que añadir''. Esto no lo puede decir ningún
poeta, y mucho menos uno tan grande como Tú.
El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos
pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra
impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a
los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y
tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza
de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar
de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios
atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de
las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya
muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de
cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso,
para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia
es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a
pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este
mundo: es asombroso.
Pero en la expresión ``asombroso'' se esconde una
trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la
norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la
cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio,
no existe. Nuestro asombro es autónomo y no procede de
ninguna comparación de ningún tipo.
De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no
recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como ``la
vida común'', ``los acontecimientos comunes''... Sin
embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada
palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube
sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda.
Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.
Todo indica que
los poetas tendrán siempre mucho trabajo.
|