ALEVÍN LLORÓN

 

   De todos los inicios posibles, Meibra encontró en la taza de aceite una lágrima a medio llorar. Observaba el contenido de aquella vasija de porcelana blanca, tan olvidada desde hacía días en un rincón de la alacena. Entre la espesura del líquido rubio se deslizaba torpemente la gotita. Qué frágil y cómo se escurría por la superficie con tanta vergüenza, tan fugitiva. Meibra miraba con fascinación e intentaba recordar el momento en que aquel pequeño alevín se había resbalado de sus ojos. Alevín chiquitito, le susurró acercando la boca a la orilla de la taza, intentando hacerse con la atención de la minúscula forma de vida.

  La taza blanca pasó a ser el centro de mesa y el rincón de la alacena quedó vacío. Meibra le conversaba todo el tiempo, lo mimaba con palabras y, de tanto en tanto, mecía el recipiente con delicadeza. Cuidaba su tono de voz, que no haya ruido, las luces siempre encendidas pero nunca mucha iluminación, la mesa quieta, las aguas calmas. Desde su cunita de porcelana el alevín descubría una sonrisa grande y, más arriba, la guillotina que lo había fragmentado.

  Creció apresuradamente hasta perder la forma, buscando en su expansión la integridad que se le había negado al caer. Rebalsó los límites de la taza y al despegarse de los girasoles  cayó en la cuenta de que su tamaño era superior al de Meibra y mucho más chico que el de su otra mitad amputada. Su descubrimiento fue tan insoportable que solo encontró consuelo dejándose escurrir por el piso, formando un charco de agua que supo evaporarse con rapidez.

  ¡Alevín chiquitito!, repetía Meibra sacudiendo la taza desesperadamente, retorciéndose de dolor y sin poder llorar.