De:
Itinerario
del payador. Editorial de Entre Ríos. 1997
LA POESÍA PAYADORESCA
EN ENTRE RÍOS
La tierra entrerriana es tierra lírica por excelencia. Tierra de
poetas, tierra de poetas, tanto en la corriente de la tradición
popular, como en el dominio de las letras cultas. Pocos
cuentistas, novelistas, historiadores y ensayistas produce esta
provincia litoraleña, pero en cambio ha producido y sigue
produciendo gran cantidad de poetas. Provincia cosmopolita,
donde apenas si quedó el recuerdo, reflejado principalmente en
su toponimia de la primitiva población aborigen (minuanes, de la
familia charrúa, y guaraníes), recibió, desde el siglo pasado,
gruesas corrientes de inmigración europea, lo que no le ha
impedido, sin embargo seguir apegada a la tradición gaucha,
manteniendo en las exteriorizaciones de la vida colectiva y en
las modalidades de su población, ciertos rasgos firmes del
espíritu criollo.
Tierra de paisaje jugoso, sin violencias, sin fuertes
contrastes, suave pero de extraordinaria movilidad e
impresionante riqueza de matices; no pampa lisa, sino ondulada y
juguetona, rodeada de grandes ríos y cruzada de innumerables
corrientes menores; rica en árboles aunque ya bastante despojada
de su hermosa flora indígena; millonaria de gracia palpitante y
armoniosas gradaciones de color, parece en verdad una tierra
donde la poesía es una planta natural, una reproducción
inacabable de la flora autóctona. Su rica poesía popular, que
algún día quizá podamos reunir en un amplio cancionero, y el
desarrollo de las letras regionales hasta nuestros días, tienden
a confirmarlo. Más no deseamos ceñirnos a las premisas de un
determinismo geográfico un tanto mecánico, como tampoco es
nuestro propósito estudiar aquí la poesía entrerriana. Sólo
anotamos algunos indicios y el hecho cierto de que Entre Ríos es
una tierra de poetas, como en otros tiempos fue tierra de
payadores. Estos han desaparecido casi por completo. Quedan sólo
unos pocos, como Fermín Orzuza en el departamento Paraná;
Francisco Richard en Nogoyá; Montenegro por los pagos de La Paz,
y algún otro. Pero, al margen del arte de la improvisación, hay
en la actualidad buen número de troveros populares y siguen en
vigencia especies poéticas como el compuesto, en el que se
manifiesta principalmente, en el ámbito popular, la tradición
payadoresca. Mantiene el pueblo entrerriano su afición a la
poesía, la guitarra y el canto.
La pelea y la canción fueron signos constantes de Entre Ríos, en
su pasado bravío y heroico y en las contiendas del progreso.
Tierra del federalismo y el canto, dos de sus grandes caudillos,
Ramírez y Urquiza, fueron con sus formidables caballerías
gauchas hasta la Plaza de Mayo de Buenos Aires a reclamar ajuste
de cuentas al centralismo y la tiranía de la ciudad-nación, y
dos de sus grandes payadores, Ramón P. Vieytes y Generoso D'
Amato, se trasladaron también a la urbe capitalina y allá
mostraron su temple y su capacidad.
Así cantó el payador D' Amato a su tierra entrerriana:
Con la canción que se siente
nombrando, aquello que se ama,
mi corazón hoy se inflama
bajo un dulce afán latente,
quiero que hoy mi canto ostente
sus más puros atavíos,
y que entre los versos míos
brille gallarda, triunfal,
la perla del litoral,
mi hermosa cuna, Entre Ríos!
En los días actuales otro notable payador entrerriano –Carlos
Echazarreta, autor, además, de un libro de cuentos populares de
Entre Ríos titulado "Las hazañas e’ don Goyo Cardoso"- ha tenido
laudable desempeño, en improvisación individual y en
contrapunto, en ambas orillas del Plata, conquistando justo
renombre. Echazarreta nació en Gualeguaychú, lo mismo que D'
Amato.
Los pagos de Gualeguaychú, donde nacieron escritores eminentes
-entre ellos Fray Mocho- han contado con muchos cultores del
canto improvisado. El nombrado autor de Un viaje al país de los
matreros, que pasó su niñez en la estancia "Campos Floridos", en
aquel departamento, recordaba a José Giménez, capataz de dicha
estancia, payador y peleador.
Gauchos bravos, guitarreros y cantores, dejaron su huella en la
historia y el espíritu de Entre Ríos, comarca donde los
ejércitos formados por sus grandes caudillos llevaban, entre sus
pertrechos bélicos, una imprenta; donde la energía espiritual
del pueblo se volcó en la alegría de las guitarras, en gallardo
cantar, en estilos, chamarritas y milongas, y el fermento
polémico de la tradición payadoresca halló nuevas proyecciones
en la literatura, el periodismo y la oratoria, como así también
en muchas piezas poéticas que circularon anónimamente en los
últimos años.
La fama se enarbolaba en las guitarras y en las chuzas se
conquistaba con el coraje y con el canto. Así se alimentó la
fama de Montiel, antaño selva arisca y hoy día perteneciente más
bien al territorio de la leyenda.
El poeta entrerriano Eufemio F. Muñoz alude al gaucho de
Montiel, tierra que se ilustró con bravuras y emoción de canto
criollo, cuando dice:
Esta es la selva que un día
dio que hacer a las guitarras,
y este el tigre, cuyas garras
afila aún la poesía.1
Otro cantor del terruño entrerriano, Daniel Elías, señala en sus
décimas diversos cambios operados en el ambiente de la provincia
y finaliza así una ristra lírica:
¡Oh, tierra de mis amores
donde risueño he nacido,
tierra feliz, dulce nido
que cobija mis amores!
Si los viejos payadores
desaparecen de la escena,
si la nativa faena
dispara de la invasión,
aún queda la tradición
escapando a la condena.2
Cuando Alberto Gerchunoff -el gran gaucho judío, como le llamó
Rubén- se refiere a Montiel, su pasado y su transformación, su
leyenda y su realidad, dice: "Lo que creó la tradición de
Montiel se prolonga, con raíces perpetuas, en una floración
portentosa, en un reino distinto, en el reino viviente de la
poesía".3
En el siglo XIX hubo en Entre Ríos innumerables payadores. La
payada era una expresión de arraigo y frecuencia en la órbita de
la cultura popular, en toda la provincia. Hacia las postrimerías
de esa centuria todavía el atractivo máximo de los bodegones y
cafetines de la capital entrerriana, como sucedía en los
bolichos o pulperías en los departamentos, estaba constituido
por el canto de contrapunto. Más que la seducción de los naipes
atraía la presencia de los payadores, y eran precisamente los
protagonistas de esas contiendas con guitarra los grandes
animadores de las reuniones en los locales mencionados.4
Solía ocurrir que las bregas payadorescas se realizaban también
entre guitarreros y aficionados al canto que no eran propiamente
payadores, pero cuyas condiciones naturales permitíanles
sostener por un rato un contrapunto (aunque a veces el verso no
saliera muy parejo) en reuniones donde el ambiente resultaba
estimulador. Controversias de ese tipo fueron -por ejemplo- las
sostenidas en Victoria por Horacio Sartori y Doroteo Pérez, años
atrás, en un viejo galpón que existió en calles Italia y San
Miguel, y por Ubaldo Román y Martín Saracho, una noche de
febrero o marzo de 1953, en el local del Club Libertad, en
calles San Martín y Lamadrid.
Simón Arraigada, de Diamante, peluquero y poeta popular como lo
fuera Bartolomé Hidalgo, tuvo en otros años exitosas actuaciones
como payador. En la nombrada ciudad -cuna de Candelario Olivera-
ha payado, durante noches enteras, con el maestro Américo del
Castillo. Desarrollaron temas tales como la luz y la existencia
de Dios.
Del Castillo defendía su idea de creyente y Arraigada, como
libertario, argumentaba en contra de la creencia en la
divinidad.
Una actuación destacada tuvo Simón en el local del Club
Catamarca Central de Paraná, allá por 1942, al vencer al payador
Juan Mena en un interesante contrapunto, ante un concurso
numeroso y bajo la decisión de un jurado. Se payaba sobre la
vida del general San Martín, tema que se prestaba al éxito de
Arraigada por haber hecho fructuosas lecturas por esos días.
En las alternativas de la improvisación Mena incurrió en un
voluminoso error, al decir que el Capitán de los Andes había
nacido en 1813 (año de la batalla de San Lorenzo). Arraigada
contestó con todo acierto:
Aquí el amigo falló,
se ha equivocado el morocho,
fue en mil siete setenta y ocho
que el gran San Martín nació;
sus campañas inició
en mil ochocientos trece
y después su fama crece
y de victoria en victoria
logró conquistar la gloria
que nunca jamás decrece
Tras lo cual fue proclamado vencedor y recibió demostrador
entusiastas.
Entre los payadores famosos que hubo en Entre Ríos se recuerda
el nombre de una mujer: Ruperta Fernández, de quien se cuentan
numerosas anécdotas.5
Vivió en el distrito Yeso, departamento La Paz, sobre las costas
del arroyo Feliciano. Sin miedo a la vida ni a la muerte,
optimista y servicial, lo mismo asistía a un baile que asistía a
un enfermo, improvisaba en la guitarra o daba un consejo
oportuno, indicaba en verso alguna medicamentación empírica
(pues también era curandera), o grababa en un cantar algún
suceso del pago. Así en el caso de un niñito, hijo de una pareja
llegada a la costa del Feliciano con unos cazadores de
carpinchos, que durante una tormenta y creciente del arroyo
desapareció bajo las aguas furiosas, sin que fuera posible hacer
otra cosa que buscar, despacio, el sitio en que pudiera quedar
detenido el pequeño cadáver. Ruperta sintetizó la tragedia en
una redonda copla criolla:
A un niño de cuna y "maca"
6
lo arrebató la corriente;
cuando bajó la creciente
lo hallaron en la resaca.
Payadora y musa de payadores, su nombre andaba en el desvelo de
las guitarras y era flor de promesa en el pecho de los cantores.
Uno de éstos, mientras cruzaba el Feliciano con su pingo y su
vihuela para seguir el rumbo de su indecisa fortuna, le dejó
sobre el rastro la varonil emoción de la despedida:
Adiós costa 'e Feliciano
la tierra de mi querer;
adiós Ruperta Fernández,
¡cuándo te volveré a ver!
Pero hay algo todavía más interesante que todo esto, como
revelación de un rasgo particularmente llamativo en la simpática
personal de esta famosa payadora entrerriana: concurría a toda
fiesta con su guitarra, y ésta iba siempre adornada con cintas
en que figuraban los colores de todas las banderas americanas.
Hecho que entraña, en verdad, el símbolo exacto de nuestro
regionalismo, desde cuyas raíces partimos hacia la unidad
americana y los abiertos horizontes del universalismo.
1- Eufemio F. Muñoz: Montiel, en el libro Con el caballo de la
rienda, p. 23, Col. "Nativa", Buenos Aires, 1951.
2- Daniel Elías: Los arrobos de la tarde, p. 101, Concepción del
Uruguay, año 1938
3- Alberto Gerchunoff: Entre Ríos, mi país, p. 135, Ed. Futuro,
Buenos Aires, 1950.
4 - Informaciones aportadas por don Tomás Federiky trasmitidas
por
don Juan Luis Cabral, en Paraná.
5-Referencias suministradas por el profesor Rubén Martínez, la
paceño radicado en la capital de la provincia.
6 - Maca: hamaca.
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