PATRIA DE LAS DORADAS NEBLINAS VIVIFICANTES (O UN VIAJE HACIA EL RECUERDO DEL GUARANÍ Y SU PALABRA)

                     La nación guaraní y su sistema lingüístico se extendían desde el Caribe hasta el Delta del Paraná[1] y fue la lengua general sud americana desde antes del descubrimiento y también durante la colonización europea. Tan extensa área y sus distintas “familias” y los procesos históricos que sobre ellas se abatieron, hacen menester distinguir entre los guaraníes reales y los guaraní parlantes; y a su vez entre aquellos que formaron parte del imperio musical de los jesuitas que se extendía entre el sudoeste de Brasil, Paraguay, y el Noreste argentino, y los monteses, es decir aquellos que no tuvieron y/o desistieron del contacto con los colonizadores y demás blancos viajeros o científicos-espías que se adentraron en sus inmensos territorios lindantes con las otras grandes culturas precolombinas- y que no siempre tuvieron el tiempo suficiente o los informantes adecuados para sus relatos de viaje. Y si a ello le sumamos que por ser lengua ágrafa y poliaglutinante, sus transcripciones al portugués o al castellano -por decir las coexistentes próximas- fueron influidas por el sonido oído y su versión a signo en cada una- ya tenemos un panorama claro del velo de confusiones que nos aguardan cuando queremos ahondar en su sistema lingüístico o a través de etimológicas sumergirnos en su conciencia designatriz, su cosmogonía, su concepción del mundo o su organización social a través de la profusa bibliografía existente.
 
                     A esa red de imprecisiones, debemos sumarle otras tres no menos decisivas: a) el hecho de que su primera escritura con fines misionales[2], se deba a un cristiano sagaz en lenguas y teología como Antonio Ruíz de Montoya; b) la supervivencia de la estratagema de expresar en guaraní conceptos -desde sagrados a toponímicos- propios de la matriz cultural de los peninsulares y hasta de los criollos mismos; c) y la proverbial parquedad guaraní para revelar aspectos de su vida corriente y más aún de sus lenguajes secretos y sagrados. La suma de estas razones, ha provocado numerosos nubarrones estables, para adentrarnos hacia la comprensión  de una de las culturas precolombinas, no menos alta que las otras. Baste pensar que la creación de una cosmogonía y un sistema lingüístico de tal tamaño y complejidad, no puede sino estar precedida de una cosmovisión no menos profunda que otras contemporáneas de sus milenios. Les cupo, claro está, la original gracia de no haber sido constructores de ciudades, pirámides, templos u obeliscos como los mayas, los egipcios, los incas, los griegos, los aztecas, o los romanos, y seguramente eso los dejó casi al margen de los prestigios del relato del Nuevo Mundo, entendido y leído a imagen y semejanza del otro, con todos sus preconceptos que no incluían este mayúsculo obstáculo verde entre el Puerto de  Palo y la Cathay de la fábula. Colón sabía por Toscanelli que las Antillas eran un punto de aprovisionamiento a “mitad de camino”[3], y otra leyenda dice que el genovés hizo saber en Salamanca  -bajo secreto de confesión y a uno de los confesores de Isabel de Castilla- que él sabía muy bien adonde iría, y tal vez eso explique la insolencia de sus pretensiones en las Capitulaciones de la Vega de Granada, justo en la cúspide del poder de la dinastía Trastámara; pero esas son harinas de otros costales.    
 
                   Fue necesario un trabajo de siglos y otras tres razones esenciales: a) los avances en la lingüística, la etnografía, la antropología y sus ciencias auxiliares; b) el cambio ético y  político de considerarlos dueños originarios y darnos seriamente a su conocimiento, antes que a sus cacerías y marginaciones, aún vigentes en ciertas regiones; y c)  la propia aceptación por parte de los guaraníes de ciertos investigadores a quienes ellos consideraron propios de sus tataypy rupa (asiento de sus fogones)  y le revelaron aspectos y nociones de su patrimonio oral y secreto. En pleno S.XX a León Cadogan, su amigo el cacique Pablo Vera de Yro’ysá le dijo: Para aprender este lenguaje deberás permanecer un año conmigo en la selva. Comerás miel, raíz y frutos y de vez en cuando un trozo de pescado. Dejarás de leer, pues la sabiduría de los papeles te impedirá comprender la sabiduría que nosotros recibimos de arriba, que viene de arriba.[4] Como vemos, para aprender un lenguaje que contiene la sabiduría que viene de arriba, son precisos cierta dieta, cierto ayuno de lecturas, y cierto tiempo al lado del maestro, como si se tratase, de una paciente iniciación.
 
                    En la concepción guaraní este mundo es sólo imagen y reflejo de la tierra primera -Yvy Tenondé,  destruida por un diluvio- una ilusión con  puertas hacia el reino verdadero si se obtiene el estado de aguyje, o alumbramiento, y toda su extensión una selva que contiene los más grandes ríos del orbe. En su cosmogonía, Ñamandú Ru Eté, el verdadero-ultimo-padre primero, creó primero el fundamento del lenguaje, luego los himnos sagrados y luego a la criatura  primera humana para hacerla partícipe de ambos. Los Mbya creen además en ciertos espíritus llamados  ñe’ê kuery que se consideran “dueños” de los parajes, generalmente limítrofes al agua genuina y primera, donde están asentados y también en “dueños” de ciertos animales, como en los yvyra ñe’êry, o “alma de los árboles”, que pueden ser benéficos o adversos. Concebido en su vientre materno, el niño recibe una “palabra-alma”, enviada por uno de sus dioses, que recién se sabrá cual fue al momento de imponerle su nombre (v.gr. Vera es patronímico de aquellos cuya alma fue enviada por Ñamandú). Es decir existe una ligazón continua entre dioses de arriba y de abajo, entre gurises por nacer y los muertos enterrados con su alma de aquí, entre los animales y los árboles, entre el mundo sagrado y este, y esa razón de ser que todo lo une, sostiene, vivifica y enlaza es la palabra, la verdadera, invisible e inmensa obra de arte de los guaraníes.
 
            Por eso nadie debe creer que las noticias precedentes, pertenezcan a un pasado lejano. No. Están vivas y vigentes en fogones actuales, y de ello dan cuenta v.gr. los trabajos de campo de Marylin Cebolla Badie, en su último libro[5] que utilizaré como fuente, pues su bibliografía y su larga convivencia entre ellos, hacen a la vez de novedad y de verificación de otras crónicas y saberes precedentes. Moisés Bertoni[6], -otro largo conviviente con ellos- resume, y aclara así, la primera de las confusiones visibles: 1.Hay un Dios Supremo que todo lo creó y todo lo gobierna; 2. Dios es un puro espíritu siempre invisible;3 Dios es la causa de todo, de lo malo y de lo bueno;4 Hay varios semi dioses; no son puros espíritus; son los agentes justicieros, tienen poder sobrenatural, pero carecen del poder creador; 5.El alma es inmortal; 6.El espíritu de los difuntos permanece cierto tiempo en su anterior morada, durante la cual tiene las mismas necesidades que en esta vida, y tenía gran poder sobre los vivos; 7. Cada uno de los seres vivientes está bajo el amparo de un genio protector especial,  esos “dueños” que decía más arriba.   
 
                   Recordemos que los jesuitas hicieron -errónea o deliberadamente-  de Tupá el dios supremo. Pero hay varios Tupã todos ellos con atributos distintos, todos descendientes de Karaí y su consorte Ñande Chy. A Cebolla Badie, su informante -Verã Guyra de Jejy-  le dijo: -Hay distintos Tupã, está el Tupã Jakaira que es el dios que cuida el mundo, a nosotros, a ustedes los jurua, a todos. Después está el Tupã Pochy, ese es el más serio, ese es difícil que venga, no perdona a nadie, no quiere ver cosas malas, enseguida manda un rayo y mata. Las almas que vienen de Tupã Pochy son personas serias y bravas-.[7] La misma autora nos dice de la existencia de hijos de Tupã, denominados Tupã ra’y kuéry o Tupã rekoe, que también envían almas a reencarnarse, y cuyas precisiones deja a investigaciones ulteriores y dice también haber oído testimonios en que se adjudica a Tupã, por su condición de cuidador-vigía de la voluntad superior de Ñamandú Ru Eté, el haber sido el destructor mediante un diluvio de Yvy Tenondé, la tierra primera, así como que semejante cataclismo no por haber sucedido ya es imposible que vuelva suceder si concurrieran las mismas causas. Hermosa creencia, si pensamos que hoy los hielos Antárticos se derriten por obra del aire caliente de arriba, y las aguas calientes de abajo, productos ambos de inconductas humanas. Es decir, su pensamiento mítico es operante y ha sido y es parte de una resistencia cultural profunda, tanto por anterior como cierta, y tanto por natural como sagrada. Según sus concepciones, la criatura fue creada para participar del fundamento del lenguaje y de los himnos sagrados y siendo esa la naturaleza y destino de la palabra común y más aún el de las secretas de los himnos que pronuncian los opygua cuando rezan,  quizás escribirla  fuera profanarla, o entregarla a otros a quienes su dios no había invitado a tal banquete. Digamos al pasar, que el sistema lingüístico guaraní mantiene -más allá de sus usos civiles, diccionarios bilingües y particularidades regionales conocidas- otro nivel propio de iniciados: - Las palabras que usan los opigua cuando rezan, cuando se comunican entre ellos, esas son sólo del opy, no se usan entre la gente…- [8]     
 
                Es difícil, entonces, creer que a hablantes de semejante sistema lingüístico con distintos niveles y particularidades, les haya sido imposible escribirlo por carencia alguna, máxime cuando supieron de glifos mayas y quipus incas, y algunos de ellos hasta  fueron sujetos a la alfabetización  forzada de los colonizadores. Pero digamos al pasar que  tenían un sistema de codificación de mensajes con piedrecillas y semillas y huesecillos, pero cuyas claves de lectura, se desconocen.
 
                   Uno de los grandes mitos de la historia sudamericana, es creer que estas civilizaciones nunca estuvieron en diálogos entre ellas, y a ello han contribuido las disecciones y miradas parciales de tantos visitantes ilustrados, porque el guaraní ha dado por ejemplo a la botánica, no menos designaciones que el latín, y fueron al menos los beneficiarios y aupadores de los poderosos mitos del Paytití, el Dorado, las Amazonas[9] mediante los cuales trasladaban las codiciosas aventuras europeas hacia las civilizaciones limítrofes, sacándolos de su territorio, que es sureino de este mundo, diferente del verdadero que es otro y al que se puede acceder sin la mediación de la muerte.  Esa puerta o ese camino de ascensión en vida es Ivy Mará Ey, la tierra sin males cuya búsqueda es colectiva -y de ahí sus largas migraciones sudamericanas hacia el mar del Este-  pero el acceso es individual y propio de quien ha cumplido sus iniciaciones hasta obtener el aguyje,  que requiere cierta disciplina de cantos y danzas ceremoniales, ayudados -claro está- por ayunos y una alimentación determinada, así como del tabaco, la yerba mate y el kurupá, una semilla molida que los mejicanos llamaban olochichqui. Pero también esas migraciones fueron y son una estrategia de alejamiento del blanco, cuando no una necesidad imperiosa ante el avance de depredadores entre imprecisas fronteras nacionales: es decir sin ley ni rey, que contenga sus voracidades deicidas y homicidas, y donde resisten, tras las redes de un sólido entramado simbólico pues, como afirma Cebolla Badie:…(en) la relación que….mantienen con la naturaleza existe un continuo entrelazamiento entre los conocimientos prácticos y los mitológicos, y es posible afirmar que la mayoría de las actividades tiene un trasfondo religioso. En la vida cotidiana y especialmente en ciertas etapas del ciclo vital, hay una relación constante con las distintas especies animales y con las entidades extrahumanas, y de ahí que los guaraníes hayan sido llamados los teólogos y los profetas y los poetas de la selva. 
 
              Digamos también que  los cantos sagrados revelados y traducidos por León Cadogan y los colectados por Carlos Martínez Gamba[10] no hay diferencias notables, y que ambos provienen no del guaraní usual, si no del  secreto y profundo. Benito Ramos, informante de este último, aunque residente en Misiones (Argentina), decía ser oriundo de la zona de Ka’aguasú, (Paraguay) donde Cadogan colectara los suyos. Y dada la diferencia de tiempo y lugar entre unos y otros, ello hace que cuando uno viaja por sus países reales, no distinga a primera impresión, si esa criatura menesterosa al borde del camino que nos ofrece un cesto, un yacaré o un jaguar -diminutos y tallados en madera- es un transculturado, un excluido o un sabio a la altura de esos otros saberes que transportan en las inmensas alforjas de su memoria, pues quizás ellos han aprendido más de nosotros, que nosotros de ellos, y en purísima verdad estemos siendo nosotros los descubiertos, los desnudos de civilización ante ellos. Y esa similitud que anoto, también tiene otra razón: los cantos rituales, los cantos largos que pueden durar una noche entera- tampoco son una repetición de memoria fidelísima, si no que tienen siempre la intervención personal y chamánica de quien los recita: palabra viva, palabra sagrada, palabra intervenida en el tiempo. Algo saben los poetas de esos procederes.   
 
                   Y que los sobrevivientes son parcos lo sabemos y esa parquedad también ha llevado a reduccionismos y a la difusión de ciertas leyendas guaraníes, que las más de las veces son producto de sincretismos ajados en la frontera de las convivencias, y que ellos jamás se han preocupado en desmentir puesla sabiduría de los papeles, impidecomprender la sabiduría que viene de arriba. Es otra su ocupación y otro su camino. Pero lo cierto y constante es que los guaraníes de hoy, trocan su sudor por salarios de hambre o son marginados y hasta exterminados como en los mejores tiempos de la conquista y hasta silenciados por la cultura dominante, que los ignora hasta el límite inmoral de excluirlos en los diálogos ciertos de saberes distintos. Ni siquiera el undécimo mandamiento de: amarás a tu prójimo como a ti mismo se cumple por naciones o gobiernos u otros colectivos que se dicen protectores, mientras ellos cumplen -pacientes y callados apagándose lentamente- el alto mandamiento sudamericano: No olvidarás.                       
                La primera prevención que se recibe antes de ingresar al cosmos guaranítico es verificar que el autor, más allá de sus prestigios científicos, haya convivido largo tiempo con ellos y con buenos informantes puesto que los guaraníes eran y son reacios a revelar al presuroso viajero sus conocimientos de hondura. Digamos también que la voluntad civilizatoria-silenciadora-exterminadora de esta cultura viva, no fue patrimonio exclusivo de conquistadores armados de espada y cruz de hace siglos, si no también obra y maldición de contemporáneos criollos-nacionales que siguen haciendo lo mismo, como si la supresión de la cultura y cosmovisión de tan extensa nación, fuera un delito de siglos y en consumación continua. Y cuanto digo -más que un romántico elogio del salvaje- es el eco clamante de aquellas advertencias que lanzaran hace ya más de medio siglo, desde León Cadogan a Augusto Roa Bastos: una inmensa civilización se está apagando, y nosotros, ya somos ellos de algún modo.    
 
           Un antiguo virus-enemigo-cultural-invisible y desconocido para ellos- que se llama propiedad por conquista- sigue haciendo estragos. Una informante reciente le dijo a Marylin C. Badie[11] : Ahora no se elige, se come lo que se puede, nomás. Pero esa imposibilidad de elegir sus alimentos es un hambre diferente al otro: es una pérdida de la libertad y de su selva, del derecho a su cultura y a una alimentación contributiva a sus prácticas y búsquedas espirituales. Las crueldades persisten, la colonización no ha terminado y la conquista sigue. Su patrimonio cultural está mucho más en ellos, que en el mundo visible.
 
            Pensemos que el continuador de la valiosa obra de León Cadogan y heredero de sus archivos y anotaciones -Bartomeu Meliá- debió salir del Paraguay por obra de una dictadura, y que vino a Argentina, ciudad de Corrientes exactamente, de donde debió emigrar también por obra de otra dictadura, esta vez Argentina, hasta llegar a Brasil, donde aún vive, casi centenario. Recordemos que el etnólogo alemán Mark Müntzel, debió abandonar el Paraguay -inclusive por consejo de su embajada-  en plenos años ’70 del XX, por haber denunciado las cacerías humanas de Guayakíes, -rebeldes y monteses-  donde una multinacional química, solventaba las tareas de limpieza étnica de aquellos que resistían la destrucción de su mundo, porque la selva no es sólo su territorio, si no más su cosmos y su heterotopía.-       
                                     
               En términos de actualidad, sepamos que en 2010 la República del Paraguay ha creado la Academia de la Lengua Guaraní, destinada a normalizar y estandarizar, este sistema lingüístico, que como dijo el primero en escribirla y traducirla para sus fines, en el S. XVII era una de las más bellas del orbe, y a la que deseo buenos augurios y mejores labores, aunque esos verbos normalizar y estandarizar me causen espanto. El crisol de razas de la historia oficial argentina ha sido un horno crematorio de todas las diferencias y un promedio que ha salido mal, pues en cuestiones de este orden, promediar es siempre limar diferencias a favor de la dominante, que tampoco es todo.      
 
                En las etimologías del castellano veremos, en general, la remisión a términos griegos o latinos o árabes, pero en guaraní no tenemos otra cosa que las sílabas del guaraní mismo, muchas veces un corte eufónico-gramatical de otra palabra más extensa. Y si pensamos que el guaraní es lengua ágrafa y de más vocales que esta y que una sola vocal ya entraña un significado u otro según su pronunciación signada por acentos, o que en ella -hablada- existen más sonidos que en las nuestras, comprenderemos que su escritura-traslación correcta, no es un prurito de perfecciones, si no una poderosa herramienta de prospecciones hacia el sentido real y de conocimiento y de visitación a la conciencia que las crea. Toda lengua es el precipitado de una cultura. Y si viva la lengua, viva su cultura, y viva su poesía natural, que los guaraníes practican con devoción hacia la belleza eufónica y de sentidos, desde sus expresiones corrientes, a la oración individual, los cantos tribales, los cantos festivos o los himnos sagrados.        
 
                Pero volvamos un instante a la historia: algunas parcialidades guaraníes fueron reducidas por los jesuitas venidos del Virreynato del Perú, y en sus Misiones los sustrajeron a esas sustituciones de la esclavitud, llamadas mitas o yanaconazgos, pero pensemos que en un texto contemporáneo de su expulsión en 1767: El lazarillo de ciegos caminantes,  Concolorcorvo nos dice:  “Los Regulares de la Compañía, que fueron en este Reyno por más de ciento cincuenta años los principales maestros, procuraron por una política perjudicial al Estado, que los indios no comunicasen con los españoles, y que no supiesen otro idioma que el natural, que ellos entendían muy bien.”[12] Y si como dice el refrán: no hay mal que por bien no venga, digamos que esa política perjudicial al Estado, contribuyó de algún modo a la pervivencia de una lengua. Y deliberada o casual, esa muralla invisible retardó por siglos la supremacía del castellano, incluso en los “reducidos” de las Misiones. Y una lengua no sólo es una cultura, sino hasta una ontología. Francisco Pí y Margall, tal vez el último polígrafo español, nos dice que en su tiempo venían sabios de allá a interesarse por ella y los saberes implícitos que en toda lengua aguardan o se ocultan. Hoy se sabe que la Amazonía es campo de exploración-profanación para quienes luego patentan como propios saberes milenarios, en nombre de un derecho de propiedad, que entre los guaraníes nunca existió. Si, entre guaraníes reales nunca existió un concepto tan estructural del otro-este-mundo, como es el derecho de propiedad que para ellos no existía ni individual, ni colectivamente, ni nada. Esa palanca de Arquímedes, no halló aquí un punto de apoyo: este mundo se movía por otras razones, entre la cuales la propiedad no estaba. Y como he dicho más arriba, “los dueños” son otros, y ese concepto no debe asimilarse con los “genios tutelares” de la civilización del Mediterráneo[13].
 
         En cuanto a su organización política, Moisés Bertoni nos dice: La forma de gobierno, si hay gobierno, es sui géneris. No puede ser comparada con ninguna euroasiática o extra-americana actual o pasada. Difiere de la republica como de la monarquía. Es una organización que se acerca mucho, si no la realiza, al ideal de los filósofos anarquistas, basada sobre los principios de completa libertad individual y de la igualdad absoluta de derechos, distinguiéndose de todas las formas conocidas por la falta de imposición; la unión de los hombres resulta exclusivamente del reconocimiento del interés común[14]. Y nos recuerda en otra parte, que no hay propiedad sin ley o derecho positivo que la cree y la proteja. Y esa ley para el guaraní ni existió, ni existe. Y tampoco una idea semejante al derecho natural. Sólo saben que su dios repartió el mundo dejándole a los jurua, -nosotros, los blancos- las llanuras y a ellos la selva. Y ellos no han invadido a nadie. Sus migraciones llegaban hasta el mar y el más allá invisible era sagrado. Nunca fue recíproco desde el horizonte, el espejo de esa mirada.
               
             Los guaraníes no escribieron su lengua, pero ello no implica que no hayan tenido ingeniosos sistemas de transmitir mensajes a través de una serie de piedrecillas de colores, huesillos, semillas, dientecillos, fragmentos elementales, que el receptor extendía sobre el suelo e interpretaba conforme a un código que ignoramos. O que hayan tenido y tengan una literatura bellísima desde las íntimas canciones de cuna hasta los altísimos himnos sagrados, pasando por los cantos festivos del kotiu, que Bartomeu Meliá asimila a los hai-kai japoneses, y otros que eran propios de su conciencia solar y mutaban según fueran propios del día o más solemnes y propios de la noche, o propios sólo de mujeres Y así las invocaciones mutaban.  
 
              Jorge Sánchez Aguilar citando a Bareiro Saguier nos recuerda: “Los guaraníes tenían una literatura de tal fuerza que al cabo de 400 años nos llega en el esplendor de su diversidad y de sus sutiles matices, habiendo sido capaz de resistir a los embates de todas las “reducciones”. Y nos llega transmitido en un libro viviente, con páginas de labio-lengua-memoria, indestructibles como el aliento del pueblo que la fue creando y recreando desde el amanecer del tiempo…en el resto de América las manifestaciones literarias han sido parcialmente recogidas. ¿Por qué no la de los guaraníes? La respuesta revela el doble nivel de la discriminación represiva, debida en este caso al carácter esencialmente religioso de esa producción. Cantos cosmogónicos y teogónicos, mitos fundacionales y actualizadores, oraciones que ponen en comunicación al hombre con sus dioses, la palabra poética, con el canto, constituye entre los Guaraníes el núcleo más vital, medular de la cultura, su expresión privilegiada y el esqueleto de su ser social”.[15]     
 
                 Moisés Bertoni[16] sostiene: -“Es la espiritualización de los seres y las cosas que no pueden ser completamente materiales ni estar aislados. Consecuencia del principio del tao, o sea la razón de ser de cada cosa en la naturaleza, como parte necesaria del conjunto. Concepto éste de la filosofía china, seguramente anterior a Lao Tsiú (sic), y que ha quedado arraigada en la subconsciencia guaraní, al parecer más que ningún otro pueblo de América, como rastro indeleble de una luz, remota pero potente, que siempre sirve de guía a las acciones humanas.”  Y curiosa similitud esta que anota Bertoni, entre el pensar del Tao y el pensar guaraní, mientras nos va diciendo de “genios protectores” o tutelares, y que me permite -por arbitrariedad poética y cita de autoridades- reunir ambas alas de la mariposa azul que late bajo la poesía fluvial de Juan L. Ortíz, que conoció China y que en uno de los poemas de ese viaje casi confirmatorio y titulado Entre Ríos, nos dice: -“…Pero es mi “país”, el sauce/ que sobrenadaría, hoy, sobre las direcciones del limbo?/ No es asimismo,/ el “laúd” de líneas de ave/ y de líneas que apena se miran:/ el Uruguay “de plumas” y el Paraná “de mar”,/ en la revelación del indio? [17]  Uruguay y Paraná son voces guaraníes cuya etimología básica y corriente es: pariente del mar y río de los pájaros, respectivamente. Pero claro, un río de plumas, ya no es el campo de plumas, que a batallas de amor Góngora aconsejara, sino: la revelación del indio: un río de pájaros, un agua de plumas.   
 
              Los dioses guaraníes no tenían imágenes ni templos, aunque si existieron y existen las Opy  -casa colectiva de las plegarias- y el opygua -o celebrante en el camino de la iniciación-  donde llevan a cabo sus rituales y la  imposición de su nombre real – o secreto- al mes de nacidos, que más que una “imposición” es revelar por el oficiante quien ha sido el dios enviador de su palabra-alma. Existen si, por cierto, ciertas descripciones y representaciones y leyendas de ciertos personajes-duendes secundarios como el pombero, o el yací-yateré, o el pájaro dorado, o gauchos milagrosos como Francisco López[18] , o el Gauchito Gil, y tantos otros de los cuales da cuenta Enrique Flores en su fundado libro Gauchillaje entre demonios [19], como pórtico imprescindible al cosmos correntino pulsante en la poesía de Francisco Madariaga.
 
                     Y debo decirlo ya: con el mundo guaraní real-profundo y todas las guaranizaciones posteriores sucede un fenómeno similar a aquello del sentimiento griego de los griegos, y la helenización posterior que ya fuera indagación y lectura entusiasta de recuperaciones por el otro. Para los guaraníes sus dioses no se han marchado. Y esto hace una diferencia, no sólo de fe, sino de cosas de otra importancia, parecidas al secreto y a las inminencias de otras fragancias, sólo visibles en esa patria de doradas neblinas vivificantes y asientos de fogones, que aunque apagándose como el sol -lentamente- aún subsisten llameantes en un reino ahora parcelado en países y banderas.  
 
                La lengua guaraní como sistema de comunicación usual, y la existencia de otro nivel de ella más profundo -el de los cantos sagrados- y todas las riberas de leyendas consecuentes, basadas en aquello de contaban los abuelos, constituyen a la vez que un reservorio cultural riquísimo, la permanencia de una mirada sagrada que alaga la palabra esencial, especialmente como vehículo de diálogo con sus dioses. Luego del diluvio guaraní, ciertas criaturas de ese mundo primero y vigente, se re-encarnaron en ciertos animales y todo lo existente aquí abajo es sólo su sombra: un espejismo fantástico de diálogos cotidianos, un encuentro de mundos, pero entre jerarquías diferentes a las sólo terrestres.  
 
                 Los jesuitas al no enseñarles el castellano retardaron la conquista por la lengua y  crearon por supresión, un reino adentro de otro reino, cuyas claves simbólicas mantenían para que no comunicasen con los españoles, y que no supiesen otro idioma que el natural, como si ya supieran aquello de “asimilar sin ser asimilados”. Y a eso los Borbones lo vieron; y por ello quienes vinieron a desmantelar aquel proyecto, no tuvieron trabajo más simple que dejarlos a merced de sus explotadores, no sólo españoles, sino hasta criollos depredadores quienes en nombre de la frontera agraria y otros delitos ambientales continúan el antiguo camino de los “adelantados” y los “encomenderos” con sus usuras, sus apropiaciones y sus devastaciones consecuentes. La historia no ha terminado.  
 
              La expulsión de los jesuitas generó un inxilio de nuevo cuño para aquellos ya sabedores de dos mundos diferentes. Algunos se mezclaron con nosotros y tallaron y pintaron altares en iglesias de aquella Buenos Aires, sede sin duda del más fallido, breve y pobre de todos los Virreinatos, sin dejar de ser artistas, músicos constructores de órganos de caña e imagineros del cristianismo misionero. Y otros volvieron al monte con el pecado original de haber comido las frutas del árbol del otro, mientras señores de rápida sotana alzada, ya cebados en quemar códices y saquear templos de oro, presenciaban ahítos de su fe, la primera de las guerras biológicas: la salmonella, la lepra, el tifus, la tuberculosis, o la sífilis, que como dios, los diablos y esta lengua en que lo digo, vinieron en carabelas, con perros y caballos hacia estos ultra-reinos transatlánticos. Amo su lengua y su cosmogonía, sus no organizaciones sociales, y estos suburbios ardientes de sus mitos de santitos rurales y otras confusiones maravillosas que han dado pié a un fabulario por sincréticas y unas toponimias engañosas, que son la lengua en que vivo. Quizás nunca como para con su mundo, la noción de “descubrimiento”  haya sido utilizada tan a contramano de su sentido.
     
                 En las Misiones no se enseñaba el castellano y eso demoró la conquista por la lengua en un lago de tiempo y heterotopías en medio de un reino de aguas, pero sí se utilizaba el guaraní para nombrar cosas y conceptos extraños a su mundo. Pero que no se enseñara el castellano o el latín no implica necesariamente, que ciertos guaraníes no los supiesen[20] No soy filólogo, ni etnógrafo, ni antropólogo, pero puedo afirmar que en guaraní se dice Curuzú, por cruz, y caballú, por caballo. Es decir, alteraron las básicas palabras con los que se movía la civilización de los otros, pero no crearon nombres propios en la suya para designarlas, pudiendo hacerlo de cien maneras. Una innumerable toponimia de estos reinos australes da cuenta de este fenómeno que digo: una conciencia designatriz castellana y lo suyo, que ha puesto en lengua guaraní lugares que el guaraní real jamás lo hizo ni lo haría de esa forma. Cuando la designación les pertenece, detrás de cada nombre de un pájaro, un árbol, una laguna, un paraje, hay una metáfora cosmológica, otra forma de explicarse y enlazar este mundo y el de arriba, en trasvasamientos continuos. Si hay relaciones de propiedad: v.gr. cambá-cuá: pozo o cueva de los negros es el otro que designa con voces guaraníes, pues el guaraní -por ejemplo- para designar al clarín de los invasores, decía mimbí-tarará: la primera voz describe el fenómeno: sonido del aire recalentado y la segunda una onomatopeya, o para decir el primer instante del atardecer utiliza esta figura: pie del alma de la sombra (el Dante lo hizo por cuantitativas: “cuando el día es menos día y la noche es menos noche”); y a la noche: lecho de las tinieblas, o a la flecha: flor del arco, o a la pipa ritual: esqueleto del humo, y otras metáforas que si bien son más propias del lenguaje sagrado, no impide que ese “decir” embargue también sus hablas naturales.   
 
           Tampoco -justo es decirlo- hubo autores guaraníes de siglos precedentes a la manera de Guamán Poma de Ayala, y su Crónica y buen gobierno,  censurado tanto en su tiempo como ahora, al ser parte menos de una escritura andina que de una insurgencia política y escritural que apropiándose de sermones, lenguas y  discursos del otro, decía y aún dice lo suyo.[21]  Y vaya uno a saber en estos confusos días, en qué lugar del Infierno o del Purgatorio andará el Dante colocando a Bartolomé de las Casas, o a Antonio Ruíz de Montoya o a Fray Luís de Granada. Y una cosa obvia, que es casi otra nostalgia imposible: todo cuanto se predica de guaraníes está escrito en el alfabeto latino, cuyas sílabas no se comportan del mismo modo que sus sonidos reales, como si de todo lo sabido sobre ellos, ellos se guardaran la melodía.   
 
              Los guaraníes, su cosmogonía, su sistema lingüístico, sus himnos sagrados o sus breves kotiu, pertenecen al reino universal de la poesía. El entramado simbólico de percepción-lengua-sentido y sus relaciones profundas, hace en su lengua de las sabidas correspondencias de eufonía-relación-velocidad de producción, un sentido otro, un juego de revelaciones. Y es más, darse a desmontar desde una fragante semi ignorancia las etimológicas guaraníes, ya es de por sí un ejercicio/descubrimiento poético, por la riqueza que persiste en ese trasfondo seminal sudamericano. Y no es poco rédito hasta equivocarse en el camino de esos trasvasamientos y hacer nuestro ese precioso “error”, pues  desvíos tales  preservan ese secreto que un buen lector recibe como una lejana fragancia de visiones.
 
              Si allá creían en Platón y las cavernas y otro mundo puro de ideas que no era este ya de puras sombras: ¿qué noción-salvaje-altísima-concreta-actuante es Yvy Tenondé, hoy día? O ¿qué otra noción política civilizatoria de esperanzas es la de Yvy Mara Ey, donde uno puede hallarse a si mismo haya llegado, adonde haya llegado, en sus constantes migraciones, fruto de un “milenarismo” que sucede tanto en el tiempo como en el espacio? La única diferencia reside en que los guaraníes confían en que es real lo invisible en que creen, y al igual que los poetas reales, saben que lo que está bien dicho no sólo se ve, sino que también ilumina y significa. La tentación y atracción gravitatoria que esta civilización y su lengua ha producido, no sólo se manifiesta entonces en investigaciones antropológicas, sino también -si se me permite la hipérbole- como eje de rotación de una cierta y potente pulsión poética sólo visible en el s. XX. Francisco Madariaga nos dice, como flechando al vuelo un pájaro dorado, que estos gauchos correntinos de materna leche y lengua guaraní y poco diestros en las castillas, eran ricos de imágenes en sus hablas naturales. Pero no nos dice el por qué de esa riqueza, como quien se guarda el secreto de los suyos. Y razón le cabe por ambos reinos. En el de allá se decía: Yo no digo esta canción si no a quien conmigo va…Y los guaraníes hicieron y siguen haciendo lo mismo…Y si así no fuera, que Ñamandú Ru Eté que todo lo cuida en estos lares me intercepte y me corrija, si miento.  
 
            Fue una razón de piedad, de altísima lealtad y de confianzas recíprocas las que le permitieron a León Cadogan -de lengua materna inglesa y alemana de infancia- acceder a ese mundo de himnos sagrados, hasta entonces desconocidos y traducirlos del guaraní al castellano en su clásico y memorable Ayvu Rapita ; y a Bartomeu Meliá continuar y ampliar esa obra magnífica que recuperó -en mitades del S.XX- la palabra sagrada de un canto profundo. Para el guaraní la palabra es todo, y todo para él es la palabra. El único monumento que los guaraníes dejaron a las demás civilizaciones es su lengua que aun mantienen y que sigue siendo objeto de estudio y puerta de entrada a su riquísima cosmovisión. Arqueólogos, etnógrafos, antropólogos, siguen hallando o descifrando en la América profunda ciudades perdidas, zenotes, tumbas, pasadizos secretos, máscaras de jade, calaveras y sacrificios en las rotundas calizas y asperones americanos. En la civilización guaraní, esos pasadizos-jade-zenote-ríos de oro-aguas-azules son las palabras. y todas las escorias de las metalurgias de sus visiones estos fragantes escombros laterales aún latentes de las cambichas, las payeseras, las curanderas, los opigua y esa riquísima mitología rural de bandoleros solidarios y santitos populares.
             
            Sólo la expresión Nuevo Mundo ya implicaba una ontología y una prepotencia, ya que este mundo era desde entonces no menos antiguo que el otro; pero nuevo ¿para quienes? si Guamán  Poma nos informa que los Incas ya conocían al Dios de los cristianos por san Bartolomé apóstol, y Ruíz de Montoya dice que los guaraníes lo conocían por Paí Sumé, o santo Tomás apóstol. Si esas noticias ya eran ciertas ¿cuál fue la nueva, cuando aquí ya eran sabidas y dejadas de lado? Y si todo eso fue mentira ¿quiénes se la creyeron? La cosmovisión guaranítica, la vía ascensional que aún persiguen en medio de sus desolaciones, la eufonía de palabra de sus cantos sagrados de hoy día en una región habitada realmente de ánimas y “dueños” vivos,  prueba de algún modo, que todo guaraní real es -secretamente- un poeta: porque a la vez que encubre, descubre y desarrolla un misterioso canto, bellamente hondo de conceptos teológicos y cotidianos, hacia el desvío iluminado. Devotos del sol, creen sin embargo que toda esta luz es apenas el reflejo de la sabiduría de Ñamandú Ru Eté, el creador primigenio. Por eso nunca fueron idolatras, como si hubiesen sabido estos bárbaros, que si es por soles, todas las noches del hemisferio sur nos regalan la fiesta más grande de estrellas que también son soles, si alguien los reconociese como tales en el inmenso, fluyente,  solitario y hasta ahora silencioso universo. Para ellos, el sol se detiene y descansa al mediodía. Y solares en suma, también detienen sus labores, y la siesta es parte de ese ritual, cuya desobediencia expone a ciertos peligros, sobre todo a las mujeres jóvenes que pueden ser embarazadas por duendes cuyos atributos masculinos son mayúsculos diríamos. Creo que en “Tristes trópicos”  Levy Strauss dice que mientras los españoles debatían si estos seres originarios tenían alma, los naturales aguardaban días ante el cadáver de un español, a ver si resucitaba, y que por ende a ignorancias iguales, es más superior y ético ver en el prójimo un dios, que una bestia. Fue ético cuanto tuvo de combates aquel encuentro, no concluido todavía.
 
              La lengua guaraní y sus variantes, es más propia y usual del Paraguay que de estas lindes al sur desde las que escribo. Sin embargo -justo es decirlo- ningún escritor-poeta-culto-bilingüe de hoy optaría por hacerlo en guaraní, y optan por el castellano, como Senghor optara por el francés, conociendo muy bien las africanas suyas. Pero las lenguas dominantes y las subyacentes, las previas y las presentes siempre son actuantes, y de variados modos emergen, ya géneros aparte, en quien escribe. El Dante, que ya conviviera con estos fenómenos y optara por su vulgar, nos dice en una de sus obras menos citadas: El convite:Para perpetua infamia y hundimiento de los malos hombres de Italia que encomian la lengua vulgar ajena y desprecian la propia, digo que sus actitud proviene de cinco abominables causas. La primera es ceguera de discreción: la segunda, excusa maliciosa; la tercera, codicia de vanagloria; la cuarta, argumento de envidia; la quinta y última, vileza de ánimo, esto es pusilanimidad. Y cada una de estas maldades tiene un séquito tan grande, que son pocos los que andan libres de ellas.”[22] Recordemos  que Erich Auerbach[23]  cuenta que en el Coliseo, los señores reconocían si su vecino de grada era ciudadano de Roma o de qué región provenía por el uso del latín que hacían. En el habla natural de los guaraní parlantes, me ha sido dado oír esos reconocimientos entre ellos, ya que el guaraní fue, para decirlo con la expresión portuguesa, lingoa geral sudamericana antes y después de la conquista y por ende tenía y tiene sus modalidades y matices. Las hablas dialectales del noreste argentino -sobre todo en sus ámbitos rurales- combinan un castellano arcaico con precisiones guaraníes, que permanecen en la letra de su cancionero popular, v.gr. De allá ité de Pocho Roch -donde ité implica: un verdaderamente en tiempo y espacio-; o El rancho ‘e la cambicha de Mario Millán Medina, donde la cambicha refiere a la payesera del lugar, la dueña de los sortilegios y los embrujos del amor y de los bailes.
          
                       Pero una cosa es el sistema lingüístico guaraní, otra sus hablas extendidas, y otra el uso literario que de dicha lengua hicieron ellos. Bartomeu Meliá nos enseña que: “- Hay en la palabra poética del Guaraní una dimensión de oración: ñembo’e. Es un decirse en virtud de una palabra recibida. Y son esas palabras escuchadas las que serán dichas de diversas formas. De ahí surgen los que podemos considerar como géneros de la poética guaraní. Dispuestos en una gradación que va de una expresión más particular a un uso más ritual, se pueden distinguir las plegarias, las invocaciones, los himnos, los cantos festivos del tipo kotyu, los cantos ceremoniales de tipo guau, los cantos rituales de tipo ñengarete”. Y ya en el terreno de los mestizajes de culturas y de lenguas y sus múltiples imbricaciones Wolf Lustig [24]nos dice que una de esas formas por la lírica era escribir en guaraní, pero ajustándose a la versificación castellana, que es métrica y acentual y de acento libre digámoslo de paso. Es decir, otro lecho para Procusto cuando lo hímnico guaraní se olvidaba o se reprimía ante una presión que llegó a recluirlo a los ámbitos domésticos, como si los inmigrantes fueran los naturales señores de estos reinos. En las márgenes, esa fuerza civilizatoria se apacigua y se decanta y puede escribirse con unas libertades de lenguaje y otras libertades ya bien ganadas ante esta lengua que ha tardado demasiado en reconocer las consecuencias y los logros de su propia expansión.  
 
                Parto entonces, de una hipótesis arbitraria y por autores próximos y ensayo que en la obra poética de Juan L. Ortiz, lo guaraní no excede de la elección eufónica y la base ideológica de incorporar al vocabulario de su escritura esas palabras de aquí, diseminadas en la topografía, hidrografía, toponimias, como hace todo poeta real atento a las voces de su mundo. Y que por otro lado, Francisco Madariaga evita esa superficialidad a primera vista, para poetizar a castellano limpio desde una ribera otra, como si estuviese traduciendo a las castillas una percepción, un sentimiento y unas imágenes místico-mágicas- de la realidad o irrealidad fantástica de su bilingüe infancia correntina, de la cual dijo: -La surrealista es Corrientes, no yo…como si los saberes literarios de extra mares, sólo fuesen palillos de percusión de un parche que ya estaba en el mecimiento de sus palmares sagrados en el hondo y hechizado cosmos correntino.   
 
                El ignoto monje de Silos que anotara al margen de los cartapacios de los coros y en lenguas de rústicos las palabras de su cantar en sagrado, fundó de algún modo el canon de una palabra situada por inter relaciones de las hablas y así nació el castellano. Quizas desde entonces, las márgenes no son el lugar donde las lenguas se agotan y terminan, sino donde decantan y resplandecen, como señala Joseph Brodsky que algo sabía de escribir en exilios, predicando del inglés-caribeño y negritudes de Derek Walcott[25].  Edoaurd Glissant lo evidencia en más de una de sus obras, desde La poética de lo diverso, hasta la invención de términos como “criollidad” -no en el sentido argentino de lo “criollo”-, que es casi destitutivo. La idea de errancia que percibe Glissant, no es ajena ni contraria a las migraciones hacia Ivy Mará Ey, como tampoco lo fuera su percepción de los plurilingüismos y cuanto ello conlleva en el imaginario de las existencias. En el extenso mundo mítico de los griegos, estaba Anteo: el gigante que cobraba fuerzas cuando en la lucha lo arrojaban al suelo y el hecho de tocar tierra-terra-tellus le daba fuerzas y volvía a la lucha renovado. En el canto XXXI del Infierno, Anteo abraza a Virgilio y este llama al Dante para que sienta ese abrazo. Es mito y literatura, pero no hay casualidades. El único tesoro grande que los guaraníes dieron a las civilizaciones es su sistema lingüístico.    
 
               Juan L.  Ortíz describe esta márgenes, de la otra orilla iluminada, por el sermo humilis de San Agustín que decía: Concuerden, pues, primero en nosotros mismos la lengua con la vida, la boca con la conciencia. Concuerden -digo-las voces con las costumbres…Madariaga predica desde un adentro hacia este lado. Juanele no hablaba guaraní. Madariaga lo sabía desde su infancia  y lo sacaba a relucir en sus labios ni bien entraba a Corrientes, como quien se hallase en sus reinos naturales, pues en lengua de aquí “hallarse” es ese ser-estar, que el castellano separó y que otros bárbaros,  conservaron. En guaraní: ñande rekó, significa nuestro modo de ser y vivir, un ser-estar que incluye la sacralidad del mundo circundante. Y la palabra que enlaza el arriba y los abajo. Y lo halla. Sin embargo, contablemente, entre las obras completas de ambos son visibles más voces guaraníes en Ortíz que en Madariaga, y este es un rasgo estilístico diferencial, puesto que nadie avisado de lectura puede negarle a Madariaga su mayorazgo real en el violento-heroico-popular-solar cosmos poético correntino, ni a Juan L. Ortíz, su desplegado y fluyente amor a todas las criaturas animadas- inclusive sus colinas- en un panteísmo trascendente, pleno de piedades interrogantes, como quien sabe que va pisando, o haciéndose de lengua mientras anda hacia las fronteras de un canto y una prosodia fluvial, no visitada anteriormente.  
                            
           Jorge Sánchez Aguilar, que ha dedicado su vida-obra-poética a con-celebrar buceando el mundo guaraní, me ha confirmado en estas creencias. Y si convenimos que el tesoro guaraní es su lengua, los poetas de esa tradición devienen en prospectores relevantes de estos altos suburbios verde-llameantes de palmeras entre lagunas encantadas. Lengua de profundas armonías eufónicas y viva, subsiste en los secretos cantos sagrados, más allá de los folklores nacionales casi siempre más interesados en legitimar la posesión de un territorio, que en celebrarlo por su gracia. Y él nos dice: “-…¡colibrí bailarín / para que siga el baile de la vida!/ Baila el colibrí mbyá al fondo de los tiempos...filtra la luna su ramo de rosado jazmín magno/ Takuá-Rendy-yu Guasú sigue abrigando al que baila/ baila/baila brasita en el viento/ fogoncito lleno de gente/ con ollita de néctar que da a todos de comer/ él sigue cerniendo sobre nuestras bocas/ jugo de flores de Ñamandú/ alimento del paraíso/gotas que horadan las telas del tiempo/juntándonos en una sola bailanta sagrada/ con los aztecas lejanos/ los bororó/ los apapokuv/ los wichi, los chané, las tribus norteamericanas/ los choroti/ los ashluahlay/ los tobas vecinos ///baila el colibrí/lanza sus palabra relámpagos/ Mainó es el ángel de la guarda que indica con sus plumas/ el camino a la inocencia para no extraviarse en la ciudad injusta/ su baile trae noticias de los “angelitos”/ bellos en el sol.  Y donde  Takuá-Rendy-yu Guasú, viene a ser algo así como una deidad femenina bambú grande de las llamas aúreas, y Mainó es la voz-sonido-sagrada, de ese colibrí, que en guaraní usual decimos mainumbí, mensajero y llevador de los néctares de aquí a los dioses de allá y avecilla multicolor entrambos mundos, que son solo uno, si bien se ve. O se cree.Sánchez Aguilar dio un paso más ante Ortíz o  Madariaga  pues hace girar su obra poética en castellano sobre conceptos de la cosmogonía guaraní, entre ellos el colibrí lanza-relámpagos  y ha dado su vida y su obra a conocerlos e indagarlos con la certeza de que todo guaraní real es un iniciado en ciernes, cosa que aleja su discurso poético de los poéticos discursos generales, porque transmuta o transmite a este mundo-palabra una dislocación que también ha sido su inxilio literario, sólo por hundirse en búsquedas de una iniciación por la palabra de la lengua general sudamericana.
                   
               Creo que ambos tres son satelitales por órbitas diferentes, no sólo de la lengua guaraní si no de algo más hondo: el reservorio de una mitología, un mundo otro viviente aquí, una fuerza gravitatoria interior y exterior a esta lengua. Juan L. Ortíz, por ejemplo, sólo en uno de sus poemas esenciales: El Gualeguay -su río natal- nos refiere a ese otro paraíso, naturalmente, sin alambres[26]  -expresión que refiere a la inexistencia de la propiedad privada de la tierra-  y utiliza  vocablos guaraníes como: Curupí, Ibapoí, Timbó, Macá, Guaçú, Viraró, Aguapey, Chororó, Guaçú-pucú, Guazu Birá, Capìbará, Yaguareté, Coatí, Yacaré, Iguana, etc.que aparecerían ante un lector genérico sólo como sustantivos o vocablos locales y que sin embargo revelan desde sus etimológicas el trasfondo de un pensar seminal y una conciencia designatriz del mundo y sus criaturas, de hondas resonancias guaraníes y orientales, como más arriba decíamos aquello de Lao Tzé señalado por Moisés Bertoni, muchísimo antes que la obra de Juan L. Ortíz se consumara y difundiera.
 
                Hartos serían los ejemplos, pero baste lo exiguo. Juanele Ortíz extiende un largo fresco de iridiscencias y neblinas donde el color eufónico va ínsito por los hilos de las hablas circundantes y adquiridas, para un fresco abrazo, ya no de aguas, sino más extenso y más vivo: un pensar-poetizar sudamericano, vigente aún entre los olvidados dueños de esas palabras. Simbolista a la page, teje un tapiz de sonidos como colores, sin renunciar a ciertos galicismos ni a esa palabra local. Su lírica castellana es otra, no por novedades formales o por alzamientos contra una precedente épica provinciana y romancesca a la española de guitarras y lanzas, si no por haber comprendido y avizorado, la intersección de su propia lengua y lo propio común, pero aún innombrado.
                      Digamos al pasar, que la poesía de Juan L. Ortiz, tampoco puede ser pensada enteramente, sin saber algo de Hugo Gola, que prologara sus primeras completas: En el aura del sauce,  o de Juan José Saer, al otro lado de su río Paraná, como jóvenes amigos y pensantes a trío de estos mundos mesopotámicos.
 
               Esos procesos colectivos que precipitaron en obras individuales no sólo le pasaron al castellano, sino también sucedieron ante otras culturas originarias y otras lenguas foráneas con actitudes similares. Recuerdo, v.gr., a Aimé Cesaire por el francés y sus negritudes, y no olvidemos a Derek Walcot que dio cuenta de lo suyo:-No soy  sino un mulato rojizo que ama la mar,/ tuve una sólida educación colonial,/ hay en mí del holandés, del negro y del inglés, y / o soy nadie, o soy una nación…cuestión que reitera en el poema Un lejano grito del África: ¿Traicionaré a los dos o les restituiré lo que dan?/ ¿Cómo mirar enfrente tal matanza y quedarse tranquilo?/¿Cómo darle la espalda al África y seguir con vida? [27]. Y ¿cómo escribir aquí, de espaldas a esa lengua y a su vez de espaldas a las otras lenguas que primero la nombraron, y que a cada cual le ha tocado por “delito natal” o puerta de ingreso hacia otras voces y otros conocimientos? Ya es tarde, para ser de una sola provincia….decía Madariaga, menos como noticia que por advertencia a los poetas venideros de esa tradición, que es tradición porque muta de continuo: ¿Cómo darle la espalda al cosmos guaraní y seguir con vida?  Juanele pobló su castellano con vocablos de esa lengua circundante. Madariaga de imágenes “traducidas” y aún no reveladas en sus resplandores hacia esta. Uno da cuenta de su belleza en fronteras de sentidos, étimos ignorados y eufonías perdidas, como si sólo el nombre propio en guaraní fuese un puente translúcido hacia la adquisición o la recordación de otros saberes y un vehículo hacia la transustanciación con el paisaje, que Ortíz tanto predicara. Madariaga hace de esa fuerza natural una potencia oculta y violenta. Utiliza del guaraní sus modos de poli-aglutinante para crear esas parejas como:- Y bueno Jaguar-Jinete, ahora debemos ser capaces de abrir esta difícil tranquera hacia la amistad y la hermandad. Estamos solos en este paisaje total convocado para este recibimiento, y con el ánima fantasma, arisca e indomable de un antiguo guerrero, hecho cuatrero, gaucho de nuestras viejas guerras civiles….como nos dice en  “Llegada del jaguar a la tranquera”…poema que cierra con esta invocación: - Debe mantenerse bien montado, después de beber miel y estero con nosotros, y después de haber capado toda injusta soberbia, hasta el día de la Última Coronación: la de la hermandad, cuando, junto a un Gran Fogón al ras del suelo, se arreglen las cuentas con la Vida, a nivel del horizonte…donde “Gran Fogón” es una remisión explícita a los tataypy rupa de la tradición guaranítica y eso de:después de beber miel y estero con nosotros, es el camino de las ascéticas y los alimentos rituales…y así celebra a sus iniciadores, pues todo lo mira entre incendios naturales de ánimas vivas...ya que entre guaraníes, todos tienen más de un alma y más de un nivel lengua casi desde que nacen: la usual cotidiana, la propia de los cantos femeninos, la ceremonial de sus rituales, y si cumplen los deberes del camino: la ascensional definitiva, que hasta torna intrascendente a la muerte. El guaraní real no se entiende a sí mismo sin la palabra. Poetas de la selva, ya sabían que la palabra, también salva.
 
                                Cuando Madariaga dice[28]: El hada-yegua de los manantiales (pág.442); El paisaje es liberal-natural-anterior/ y vuela y nada y canta para más/ adelante. (Pág.452) ¿Todo mi canto nacerá ahora primaveral entre/ aguas-islas rojas y móviles del universo? (pág.453), o usa por título: Elmalgarzareal (pág.267); o “Todos, vivos y muertos, cabalgando llenos de lagunas de oro y sangre depositados en su corazón y en la conciencia de su memoria, siempre fulgurante, sangral y móvilmente (pág.328), no está gongorizando por barrocos sudamericanos ni por surrealismos, ni adjetivando por parejas de sustantivos, sino trasvasando imágenes-palabras por libres aglutinantes guaraníes a esta lengua, y todo ello con la violencia de los encastres repentinos e iluminantes…mientras crea a la vez un tono y un ritmo diferente que en poesía, al fin y al cabo, también es parte del sentido, y a él le bastaba recordar para hacerlo.
 
                  Estos notables poetas, pertenecientes ambos a un reino-sur-mesopotámico jamás olvidaron el reino de las palabras-almas. Madariaga celebra a sus maestros iniciadores. J. L. Ortíz recuerda siempre a los desamparados de este mundo. De ambos tres, lo esencial es su diversa actitud frente a la lengua guaraní, nunca nuestra del todo, ni sólo única. Los centros difunden la voluntad del canon y las periferias lo que Brodsky dijera. Las lenguas, como la vida, pasan, se relacionan, se amanceban. Repetida es la frase de Fernando Pessoa: Mi patria es mi lengua; pero menos conocida es la  respuesta de Lêdo Ivo, el poeta nordestino Brasileño: Mi patria no es la lengua portuguesa./ Ninguna lengua es la patria./ Mi patria es la tierra blanda y pegajosa donde nací/ y el viento que sopla en Maceió. Son los cangrejos que corren en la lama de los manglares/ y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño…[29] reafirmando así el don de la palabra situada, doblemente bella por local y por concreta. ¿Y qué decir, si la guaraní estaba antes o al lado o debajo todavía, si hasta cuando “adoptaron” a León Cadogan como uno de los suyos le dieron un nombre secreto: Tupá Kuchuvi Vevé, que sólo se supo después de muerto?[30]  
      
         Patria de lenguas el poema,Juan L. Ortíz utilizó la voz guaraní sabiä, ya castellanizada a sabiá, para nombrar al zorzal, más literario por cierto- avecilla esta de un canto precioso, y que desde las Antillas hacia abajo se la reconoce bajo un solo nombre a pesar de la variedad de sus plumajes: tostados, rojos, amarillos, como si a la melodía unitiva, no le importasen los colores.  Es imposible predicar de la belleza de la lengua guaraní y de la hondura de la cultura que la produjo sin remitirla a su eco y permanencia en la obra de poetas de sus reinos.
 
               Drones y rayos láser siguen hoy día descubriendo ciudades bajo las selvas centro-americanas, pero cuando el tesoro es una lengua viva, los poetas se tornan en los demostradores de sus prodigios en cascadas internas, no contrarias a las olas de la mar, sino ambas propiamente parte de la gravedad y la materia oscura que gobierna y dirige a este planeta azul, ante el incomprensible silencio del infinito y sus extendidos barrios de galaxias multicolores. Cuando J. Brodsky en prologo a D. Walcott dijo:- …Al contrario de lo que se suele creer, las afueras no son allí donde se acaba el mundo, sino precisamente donde se desenreda, cosa que afecta al lenguaje, no menos que a la vista[31] no creo que haya estado pensando en estas periferias guaraníes. Y sin embargo aquí, también esa afirmación es cierta. Cosas sudamericanas. Y parafraseando entonces a Edouard Glissant[32]: los guaraníes no necesitan ser descubiertos, sino conocidos, y valgan entonces los entusiasmos precedentes por incitación a conocerlos entre alguna información veraz y otras divagaciones, como una estrellita sureña titilando sobre estas patrias de las doradas neblinas vivificantes, que aun suceden.
 
                   Y recuerdo a los no creyentes, o creyentes en otros: Michel Foucault[33], a finales de los ’60 incitó a la creación de una ciencia llamada Heteropología, cuyo objeto serían esos espacios diferentes, esas impugnaciones míticas y reales del espacio en que vivimos…Y agrega: Indudablemente la más extraordinaria de esas tentativas fue la de los jesuitas en el Paraguay. En efecto, en Paraguay los jesuitas habían fundado una colonia maravillosa en la que toda la vida está reglamentada, en la que imperaba el régimen del comunismo más perfecto, dado que las tierras pertenecían a todo el mundo, los rebaños pertenecían a todo el mundo, y a cada familia sólo se le atribuía un pequeño jardín. Las casas estaban organizadas en filas regulares a lo largo de dos calles que hacían ángulo recto; en la plaza central del pueblo estaban la iglesia, al fondo, y de un lado el colegio y del otro la prisión. Los jesuitas reglamentaban meticulosamente de la noche a la mañana y desde la mañana hasta la noche la vida entera de los colonos. El Ángelus sonaba a las cinco de la mañana para el despertar, después marcaba el inicio del trabajo, luego la campana llamaba al mediodía a la gente, hombres y mujeres que habían trabajado en el campo, a las seis de la tarde se reunían para cenar, y a la medianoche la campana sonaba nuevamente para aquello que llamaban el despertar conyugal, puesto que a los jesuitas les importaba mucho que los colonos se reprodujeran, debido a lo cual todas las noches tocaban alegremente la campana para que la población pudiera proliferar. Y lo hizo, por lo demás, porque de ciento treinta mil que había al principio de la colonización jesuita, los indios pasaron a ser cuatrocientos mil a mediados del siglo dieciocho. Éste era un ejemplo de una sociedad completamente cerrada sobre sí misma, y que no estaba ligada al resto del mundo…Pero aclaro: esa heterotopia  ya estaba aquí antes de los jesuitas mismos y sigue viva en la conciencia y la memoria de los penúltimos guaraníes, pues como me dijera aquel policía de la plaza de La Cruz  (Corrientes) en 1981, cuando le preguntase dónde estaba el viejo reloj solar de las Misiones, me dijo: -Pase señor, está en el patio…y todavía funciona… Mi primer paso hacia esas geometrías sobre piedra, fue como si levitara de sonrisas ante la ocurrencia de aquel bárbaro. Pero al segundo paso comprendí que cuando los relojes solares dejen de funcionar, ya no habrá quien diga que hubo sido de estos mundos; y a eso el bárbaro ya lo tenía incorporado a sus hablas. Cosa de guaraníes: fe en la palabra. Cosa de poetas en suma.                
                      
                       
                                                                   (Miguel Ángel Federik, 2018)
                                  
 
                                                          
 

[1]Ver: Lucía Galvez, “Vida cotidiana- Guaraníes y Jesuítas –De la Tierra sin Mal al Paraíso” Sudamericana, Bs.As. 1995.
[2]En “Viaje de Caboto al Yaguary Itatiano” –EUDENE, Corrientes-Argentina, 2015, pág.42 -  Pocho Roch nos dice que fue Luís Ramírez, “…el primero en escribir en el siglo XVI palabras del idioma guaraní con una fonética y significación totalmente desconocida y sin grafía. Ello llevó naturalmente a muchas confusiones en cuanto a su pronunciación y etimologías posibles en cada caso.”
[3]BERTONI, Moisés “La Civilización Guaraní- Parte II-Religión y Moral” Jorge Sarmiento Editor-Universitas-Córdoba 2012.
[4]Revista “Crisis” Nº 4, Bs.As. agosto de 1973, pág.18.
[5]Cosmología y Naturaleza Mbya-Guaraní, Edit. Biblos/Culturalia, Bs.As. 2016
[6]BERTONI, Moisés. Op. Cit. Pp. 50
[7]CEBOLLA BADIE, op. cit. pág. 92.
[8]CEBOLLA BADIE, op.cit.pág.112
[9]Vease: ROBERTO LEVILLLIER, “El Paititi, el Dorado, y las Amazonas”, Emece, Bs, As. 1976.
[10]CADOGAN, León y LÓPEZ AUSTIN, A. “La literatura de los Guaraníes” Joaquín Mortiz, (México, 1970) y  “El canto resplandeciente- Ayvu Rendy Vera-“ compilado  por Carlos Martínez Gamba[10] Bib.Cultura popular, Edic.del Sol, Bs.As. 1984.
[11]CEBOLLA BADIE, Marilyn. Op. Cit. Pp. 281.
[12]CONCOLOCORVO, “El lazarillo de ciegos caminantes” Edit. Nacional-Madrid- 1980, Cáp. XIX, pág. 329.
[13]BERTONI, Moisés. Op. Cit. Pp. 92
[14]BERTONI, Moisés. Op. Cit. Pp. 210
[15]SANCHEZ AGUILAR, Jorge… Biblioteca personal.
[16]BERTONI, Moisés. Op. Cit. Pp. 94
[17]Juan L.Ortíz, Obra Completa, UNL., 2da.edic.pág. 578/579, Santa Fe, Argentina,2005.
[18]VISCONTI VALLEJOS, Ricardo R. “Leyendas del Litoral” ,Bs. As. 1977.
[19]FLORES ENRIQUE, “Gauchillaje entre demonios” UNAM, México, 2015
[20]Ver: https://revista.drcla.harvard.edu/guaranies-y-jesuitas-en-la-imaginacion-moderna.
[21] ADORNO, ROLENA “Guaman Poma-Literatura de Resistencia en el Perú Colonial” Siglo Veintiuno, México 1991.
[22]Dante, Divina Comedia, pág. 656, Edit. Gredos, Madrid, 2015.
[23]Auerbach, Erich “Lenguaje literario y público en la baja latinidad y en la Edad Media”, Seix Barral, Barcelona 1969..
[24] Ver: Portal Guaraní…….
[25] Ver: Derek Walcott, “Mappa del nuovo mondo” Piccola Bibloteca 299, Adelphi, febbraio 2012, Milano, pág. 11.
[26]ORTÍZ, Juan L. “Obras Completas” Ed. Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe. 2da. Edic. 2005. Pp. 694.
[27]Ver: Derek Walcott “Pleno Verano” Poesía Selecta, Vaso Roto, Barcelona 2012.
[28]Francisco Madariaga “Copntradegüellos” Eduner, 2016, Santa Fé, Argentina.
[29]Ver: Lêdo Ivo, “Estación final-Antología de poemas” , Voces del fin del mundo, taberna libraría editores, Nod Edic. México, 2013.
[30]Ver: León Cadogan-Extranjero, campesino y científico. Memorias” Centro de Estudios Antropológicos U. Católica, Asunción, Paraguay, 1990.
[31]Brosky J. “Menos que uno”, pág.148. Edic. Siruela, 2006, Madrid.
[32]Glissant, Edouard, “Poética de las relaciones” , pág.61, U.N. de Quilmes, Bernal, Argentina, 2017)
[33]Foucault, M. “Topologías Nº 42 Enero-Marzo-2008, Año  XII-Vol.XII pp.39-40