uno
Abrí los ojos a la noche con luciérnagas.
Abrí los bronquios a la última lluvia de leónidas
bajo el rocío, y el trópico que madura en el jardín.
El cielo huele como sólo aquí puede oler.
Huele como un mundo recién nacido, como
esta mujer que acaba de bañarse y sale a la noche,
y trae flores en su vestido nuevo.
dos
Que no estalle del jazmín tanto perfume al rocío.
Que no me traigas esas naranjas que al cortarlas
el aire se volverá sol puro, fundido.
Otra calandria cantaría en un renacido fresno;
acordándome vagamente
buscaría algo en el fondo de los bolsillos:
un lápiz acabándose, unas monedas,
cuarto poema en un papel ajado.
tres
Y otra vez el sueño de un antiguo aeroplano
en una mañana con praderas al silencio
y suaves ondulaciones de aire. Es esta luz,
otra vez limpia en el follaje.
Es esta luz de ambarinas claridades en el río,
a donde regresan, como todas las tardes, los cormoranes.
cuatro
Diadema en el cielo, aguamarina de nubes
y odalisca;
y carburantes encendidos y abajo crecimientos
y al fin caída
de espaldas, lentísima en mareas de lino,
algas de superficie y luz de creciente luna,
algas púbicas,
yodo y salitre para la combustión de los cuerpos.
cinco
Tuve esas piernas, apenas zambullidas
en este arroyito, aguas dulces vegetales.
Fueron mías esas piernas
y esa piel erizada en el frescor.
Y hasta los dedos del sol en la espalda y en los hombros,
bajando hasta enfriarse en los muslos sumergidos.
¿Quién puede olvidar
el olor del monte que llegaba hasta aquí?
Olías como el monte, como sólo el monte puede oler
si lo atraviesa un arroyo a la siesta.
Olías a lantana o a malva. Olías a verano
y toda el agua transcurría entre tus piernas,
y todo el verano transcurría entre tus piernas
erizadas cuando te alimentaba el deseo,
y con migas de pan
la intranquilidad de las mojarras.
seis
Estás sentada en la misma piedra de otros veranos.
El río pasa entre tus piernas. El viento
vuelve hasta tu pelo y tu cuello.
Esta noche habrá plenilunio y descansará el viento,
el gran viento de otros mundos, errante,
siempre girando tibiamente en estas piedras.
Moverás lentamente las piernas en un remanso
a donde llegan a esta hora las mojarras.
Los últimos biguás vuelan hacia el norte.
Apenas mueves las piernas y miras el horizonte,
estás respirando todo el horizonte
y en tus ojos el río cambia de color,
del acero al bronce el río pasa a través de tus ojos.
Y entonces, sale la luna.
siete
Este vino no es el que bebías, Li Po.
En las piedras golpea como entonces el viejo río
y un biguá solitario nada cerca del muelle.
Las cañas de pescar cortan el aire, zumban
las brazoladas y caen con un golpe de aguas profundas.
Indiferente a los pescadores, el cormorán de río
se zambulle y nada.
La brisa avanza gris desde el sur. Este vino
no es el que bebías, querido Li Po.
Pero bebamos e invitemos al río a beber con nosotros
porque ha llegado la luna
erizando apenitas el agua,
y hace como mil años que el biguá se ha marchado.
(De: “Ragas”)