Aguilar no se conformó así nada más de que su vida estaba condenada a no experimentar el placer. A pesar de las repetidas admoniciones médicas de evitar cualquier contacto físico con mujeres, no pocas noches padecía largas horas de entresueño, con su miembro rígido hasta el dolor pero bien dispuesto a mantener una relación o al menos llegar a la auto satisfacción, pero esa posibilidad también figuraba en su larga lista de prohibiciones.
Una noche, después de dar más de 2 docenas de giros sobre el mismo eje que atravesaba cruelmente su solitaria cama, se levantó decidido a pasear sin rumbo por la ciudad.
Ya a esa hora no circulaban los colectivos así que se empecinó en caminar las cuadras que les distaban hasta la avenida con la intención de allí tomar un taxi que los llevará hasta un bar del centro, de esos que permanecen abiertos toda la madrugada.
Con un café delante y una ventana que le permitiera ver la calle la noche sería menos larga, se convenció.
Las calles estaban silenciosas y quietas y a él le provocó un poco de miedo esa inmovilidad que parecía bajar del cielo y detener el tiempo.
Las casas estaban a oscuras y cerradas. Detrás de esas paredes estarían todos sus vecinos durmiendo, recuperándose de los goces ya alcanzados. ¿Cuántos orgasmos se habrían producido en su barrio durante la última hora? ¿Quince, veinte?, calculó.
En una esquina había un kiosco abierto y decidió comprar cigarrillos. Habló con el dueño del negocio sobre el tiempo y de la quietud de la noche y luego encendió uno. Siguió caminando por la avenida y se detuvo en un semáforo que intermitentemente apagaba y encendía su luz colorada sin que hubiera automovilistas a los cuales prevenir. Allí se quedó, apoyado en el caño y observando la inmensidad estática.
Sin saber bien por qué no recordó una noche de su adolescencia en la que el viento soplaba, al igual que entonces, desde el río y traía hacia él una carga de humedad y nostalgia. En aquel entonces, todavía era Virgen y como en esa oportunidad se había imaginado que la concreción del acto sexual sería un signo redentor que lo mudará a un estado superior o, al menos, un poco más benigno.
Estaba por tirar el diminuto pucho que se le achicaba entre los dedos y que amenazaba con quemarlo para luego aplastarlo en el piso cuando yo detrás de sí una voz equívoca que le pedía fuego.
(Esparadrapo, fragmento)
Autores de Concordia