La poesía nace siempre de un estremecimiento. Una palabra inesperada, una imagen que se abre paso como relámpago, un recuerdo que late con fuerza en la memoria: ese primer temblor es el pulso, el latido inicial del poema. Allí, en el instante originario, no hay cálculo ni medida; hay intuición, emoción pura, una fuerza vital que busca expresarse antes incluso de ser comprendida.
Pero la poesía no se agota en ese primer impulso. Si solo quedara en el pulso, sería grito, desahogo, balbuceo de lo indecible. Para convertirse en obra, para volverse comunicable, necesita atravesar la otra orilla: la de la razón. Es allí donde el poeta revisa, pule, elige; donde el lenguaje se ordena sin perder la vibración inicial. La razón no mata al pulso: lo sostiene, lo estructura, lo hace habitable para otros.
Podría pensarse, entonces, que la poesía es un constante ejercicio de equilibrio. Ni pura emoción sin forma, ni pura forma sin emoción. El arte poético se construye en ese diálogo entre lo visceral y lo consciente, entre la respiración y la palabra, entre lo que late y lo que piensa.
El pulso es aquello que irrumpe sin aviso: una imagen que sorprende en medio de la rutina, una palabra que insiste en repetirse, una sensación que se resiste a desaparecer. Es el territorio de lo imprevisto, lo súbito, lo incontrolable. El poeta escucha ese llamado, y en ese primer instante no corrige ni mide: simplemente escribe.
Luego llega la otra instancia: la razón. No como freno ni como censura, sino como herramienta de precisión. La razón permite elegir entre dos palabras similares la que mejor resuena, eliminar lo redundante, dar ritmo a lo que era desorden. En ese trabajo, el poeta no apaga el pulso: lo ilumina.
El latido inicial sigue allí, pero ha sido depurado. La emoción encuentra ahora una forma capaz de permanecer.
La poesía, en definitiva, no se ubica ni del lado exclusivo del pulso ni del lado exclusivo de la razón. Vive en el cruce de ambos. Quien escribe solo desde el impulso corre el riesgo de perder claridad; quien escribe solo desde la mente corre el riesgo de perder vida. El arte poético consiste en sostener esa tensión, en habitar la cuerda floja donde emoción y pensamiento se necesitan mutuamente.
Así, el poema se convierte en un puente: transmite lo inefable del pulso a través de la claridad de la razón. Y cada lector que lo recibe vuelve a sentir ese latido primero, transformado pero aún intacto.
Porque al final, escribir poesía es aprender a escuchar. Escuchar el pulso que nos desborda, y escuchar también la razón que nos guía. El arte del poeta no está en elegir uno u otro, sino en hacerlos dialogar para que, juntos, logren decir lo indecible.
Para la revista Piel de Letras. España. 2025
Autores de Concordia