III
La lenta irradiación de la luz
entra al cuarto en penumbras,
filtrada por el tono ocre
de las hojas que caen
de los árboles del jardín.
Todavía no amanece sin embargo.
Es más bien la sensación
de un cuerpo que ya no está.
Un resplandor efímero,
un espejismo.
Como si el hecho de que salga el sol
no dependiera de la naturaleza,
sino de la posibilidad de verlo
bajo ciertas circunstancias.
¿Pero cómo se habla del sol
cuando sólo hay oscuridad?
Estás durante media hora
mirando una pintura de Lucio
Miranda (*) en un Museo de Buenos
Aires, como si intuyeras que detrás
de esa rajadura ibas a estar vos
cultivando el jardín un día,
como si la rajadura te interesara tanto o más
que el jardín tan invisible como el del cuadro.
El tiempo es un cuchillo filoso
y el espacio, un desierto
que no pudimos atravesar.
Los cactus también se secan.
Tarde o temprano.
Como el amor.
(*) “El jardinero está arreglando el jardín”,
cuadro de Lucio Miranda.
Autores de Concordia