CAPÍTULO 10 DE "DONDE ME LLEVEN TUS ALAS"

 

X

UNA silla que arrastraba secretos, en un corazón que escondía una historia. Un pasado que había confinado a una chica de mi edad, a pasar años de su vida sobre dos ruedas. A empujar con fuerza para poder moverse. Como un pez que nada contra la corriente. Una silla pesada que la llevaba y no la dejaba en ningún lado. Hombros marcados por los músculos fuertes y desarrollados que la empujaban; manos pequeñas, con callos que escondía en guantes cortados. 

            La silla, sus manos, sus músculos marcados, un corazón atravesado por la lanza de su destino que la arrastraba cada día a su pasado. 

           Disimulando, me levanté y caminé, inspeccioné nuevamente los libros, traté de dejarla libre de mis preguntas. Cuando me di cuenta de que había pasado un tiempo considerable y yo seguía parada al lado de la biblioteca, me acerqué a ella y apoyé mi mano en su hombro. En aquella caricia intenté transmitirle en  silencio que no necesitaba que continuara contando nada, que todos tenemos cosas para esconder. A veces es un alivio, una inmensa descarga poder sacarlas a la luz, mientras muchas otras lo único que se consigue es revolver más y más el dolor. Particularmente en nuestra relación, y por cómo se venían dando las cosas, entendí que no necesitaba saber más de su vida de lo que ya sabía.

            Me preguntaba: ¿Cuál era la razón por la que ella estaba en el banquillo de los acusados? ¿Acaso tenía que responder preguntas por el hecho de estar en una silla? 

            Y en cuánto a mí: ¿No habían pasado en mi vida cosas que valían la pena ser preguntadas y escuchadas? ¿Era la historia de su silla más importante que mi historia, aunque  al igual que la mayoría de la población, caminara tranquila con mis dos piernas?

            Comencé a juntar mis útiles, a cerrar libros y cuadernos. Todavía no habíamos terminado, pero solo faltaban pequeños detalles sin importancia. Daniela continuaba allí, con sus dos brazos sobre la mesa. Inmóvil.

            Evidentemente su necesidad de traer a la luz su pasado fue más fuerte y su voz comenzó a sonar suave, pero decidida. Al escucharla, dejé lo que estaba haciendo e iba a sentarme en el mismo lugar que había ocupado a lo largo del día pero su voz de detuvo. Daniela me pidió que la moviera. 

            Cruzamos el pasillo que estaba completamente a oscuras y nos dirigimos directamente a la última puerta cerrada al lado del pequeño baño. A pesar de mi sensación de encierro, no nos encontramos con ningún obstáculo en el camino.

            Antes de llegar, me adelanté y abrí la puerta. A esa altura de la tarde no podía saber a ciencia cierta qué hora era, pero a juzgar por los colores que entraban de las ventanas del cuarto al que habíamos llegado, era de tardecita. La persiana de la ventana que también daba a la Avenida Pueyrredón estaba levantada y las cortinas, corridas. De todas formas una gris y oscura penumbra se apoderó de nuestros cuerpos. Juegos de luces rojas y amarillas que iban y venían provenientes de autos que pasaban tres pisos más abajo,  sin sospechar siquiera  lo que nosotras estábamos viviendo.

            Nuevamente guiada por su voz, llegué hasta una lámpara al lado de su cama. Tanteando a ciegas el cable,  prendí la luz. 

            De nada en toda la tarde me había arrepentido tanto como de ese momento. Las paredes de aquel cuarto estaban pintadas de negro. Sentí a mi corazón desbocado latir cada vez con más fuerza, mientras un escalofrío maldito continuaba corriendo por mi espalda, escuché con sarcasmo a Daniela decir:

            - Sí, todo negro como mi alma - volvió a repetir aquella frase como lo había hecho en otras oportunidades durante el día. Y yendo más lejos aún, la había escuchado más de una vez durante los meses que llevábamos juntas.

            Supuse que en mi cara podía leerse con claridad qué era lo que estaba pasando por mi cabeza. No se por qué, pero sentía miedo; incluso sabiendo que no había nada de que temer, me encontré paralizada frente a ella, mirándola con ojos grandes como admirando alguna macabra obra de El Bosco, en lugar de mi amiga.

            De las paredes colgaban cuadros con dibujos extraños, láminas baratas de pintores lejanos, relojes con horas derretidas, y escenas dantescas de dolor y terror. Mis ojos eran testigos de una escena surrealista. 

            -Ésta es la oscuridad en la que vivo.

Combinó las palabras de una misma idea, mientras que yo, en silencio, con una mente en blanco y una boca sin palabras me puse aún más incómoda.

            Me llené de angustia al darme cuenta que estaba dejándome invadir por las miserias  más íntimas de mi amiga, por su lado oscuro, por su historia secreta. 

            Era tarde ya cuando intenté decirle que no hacía falta que compartiera esos detalles conmigo, que seguramente yo sería una persona pasajera en su vida. Tan solo una compañera en una materia de la universidad, en un momento en una mínima parte de tiempo de su vida. Pero sin prestar atención a mis palabras, Daniela continuó.