Carolina Sborovsky, entre las que eligen al campo como protagonista de la literatura actual

 

“Las historias de porteños no me interesan para nada”, dice la novelista Maru Leonhard. ¿Por qué ella y otros cuatro autores se meten con lo rural? ¿Cómo aparece el campo en la literatura? ¿Qué pasa más allá de las grandes ciudades y cómo los escritores se hacen eco de lo rural en sus producciones?

Diario Clarín juntó a cinco autores y les consultó sobre el tema. Entre ellos aparece Carolina Sborovsky, una concordiense que recientemente publicó su segunda novela: “La Concordia”. A continuación, Autores de Concordia transcribe el artículo firmado por Dalia Ber:

 

Transradio

“Las historias de porteños no me interesan para nada, me cuesta entrar en la literatura de la ciudad”, dice Maru Leonhard, autora de la novela Transradio, que va por su tercera edición y fue finalista en los premios Sara Gallardo y Fundación Filba Medifé. “Sí de vez en cuando me llama la atención algún punto en particular pero en general no me conmueve. Me pasa eso, es muy personal. No tiene ninguna base de ningún tipo de academia atrás. A mí no me emociona”, agrega.

Ubicada al noroeste de La Plata, Transradio fue también el lugar en el que la autora pasó parte de su infancia. “Era al costado de la ruta, con calles de tierra, terrenos grandes, algunos sectores con lotes y otros no, casas-quintas… una mezcla entre barrio y quintas pero bastante identificado con lo rural”.

La descripción fue en el contexto de una entrevista conjunta con otros autores y autoras de libros de ficción publicados durante la pandemia, cuyas historias transcurren en entornos rurales o alejados de las grandes ciudades: Fernando Chulak por Tilde, tilde, cruz, Carolina Sborovsky por La concordia, Marina Closs por Monchi Mesa y Andrés Montero por La muerte viene estilando.

“Nací en el Gran Buenos aires, crecí en Capital, mi vínculo con el campo fue por dos vías”, cuenta Chulak. “La primera, oral, me marcó mucho porque mi familia creció en el campo. Siento que entré a la literatura por los relatos familiares. La segunda fue mucho después, como periodista”, cuenta sobre su tarea de investigación y escritura vinculada al agro, que lo llevó a viajar durante un tiempo a la zona de la cuenca láctea, entre Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, que recorría de principio a fin.

“Desde hace 15 años mi día a día es el del campo”, dice. Y agrega que no iba a cada pueblo sino directamente al campo, y que eso lo llevó a experimentar determinadas situaciones en carne propia: “No es lo mismo ser testigo que vivenciarlo, quedarte a dormir, vivir el corte de luz, cuando no hay agua, necesitar algo y no tenerlo. Y ahí es donde entendí que ese era el marco donde yo quería situar todo lo que escribiera.”

¿Todo? "Hago memoria y no me acuerdo qué fue lo último que escribí en un ambiente urbano", responde Chulak, ganador del premio Gombrowicz de novela con Tilde, tilde, cruz, que, como su libro anterior, Jauría, transcurre en las inmediaciones de Villa Epecuén, una localidad real del sur de la Provincia de Buenos Aires que se inundó y está completamente bajo el agua.

“Ahora estoy escribiendo una nueva historia que también sucede ahí, así como mis cuentos. Hago una especie de distopía porque narro como si ese pueblo estuviese vigente pero le agrego cosas. Siento que en parte me lo apropié, podría llamarse Villa Chulak. Si sus viejos habitantes un día me encuentran me cagan a palos”, dice el autor, que piensa seguir escribiendo sobre ese lugar al que conoce de memoria, como si tuviese un “Google maps mental” que le permite conocer la ubicación exacta de cada punto de referencia, y seguir transitando ese espacio porque, según afirma: “Soy de ahí”.

 

Lo rural

“Mi caso es parecido porque el campo me llega a través de la oralidad, mi papá es cuentero, cuentacuentos”, dice Montero. “Él como narrador espontáneo nos contaba historias todas las noches de su papá, mi abuelo, a quien yo no he conocido. Vivió hasta los 15 años en el campo, mi abuelo toda la vida, entonces yo, aunque nací en la ciudad de Santiago, mi referencia de imaginario era el campo: los primeros cuentos que empecé a leer y eran como los criollistas, chileno antiguo, y también argentinos. Luego viví en el sur de Chile un año y tuve relación directa con el entorno rural”, dice el autor chileno, y confiesa un deseo personal: “Quiero vivir en el campo, entonces escribo ahí para poder habitarlo, mientras resuelvo cómo ir”.

 

Sborovsky y el vínculo con la naturaleza

Carolina Sborovsky vive en Buenos Aires desde adolescente pero nació en una ciudad chica de Entre Ríos. “Si bien no es rural, hay un vínculo con la naturaleza, con cierto ciclo circadiano, por así decirlo. Que no tiene nada que ver con el territorio de la novela, que es en Corrientes, en el interior, sí rural, que sí yo conozco bien pero no porque haya vivido sino porque pasaba seguido. Sería como una tercera región, ni Buenos Aires ni el interior”, dice sobre el espacio en el que transcurre La concordia.

Y agrega: “Creo que la extrañeza por la lengua porteña me llamaba desde hace rato la atención por no provenir de acá, y el movimiento se ve en esta novela, que no tiene que ver con las márgenes del río sino con un Corrientes muy árido, muy campo, diferente de la pampa, donde en general suele ubicarse el imaginario literario argentino: la pampa fértil, donde se depositan las utopías. Me interesaba este lugar que sí conocía y no tiene nada que ver con eso. Hasta donde yo sé este tipo de campo está bastante poco explorado en la literatura argentina”.
 

“Literatura no centralizada”

Marina Closs situó a los personajes de su novela Monchi Mesa en un escenario semiurbano del que, considera, “son inseparables”. Y cuenta: “En vez de situar una historia en ese espacio, me parece como si el espacio me hubiera dictado esas historias”.

Nació en un pueblo del interior de Misiones rodeado de colonias y chacras pequeñas, “bastante distintas a las del resto del campo argentino”. Aunque se trataba de un lugar semiurbano, desde siempre le llamó la atención el mundo rural. “Como casi todo misionero, soy descendiente de campesinos y las historias familiares están llenas de anécdotas del campo. Para mí es como un espacio mítico”, dice.

Sobre la “literatura no centralizada”, un tema que surgió durante la charla grupal al momento de pensar en una clasificación posible de libros que no fuesen escritos “desde el centro” se manifestó en contra.

“Al final de todas formas siempre termina siendo la urbe la que decide si prestarle atención al fenómeno o no. Es bien complejo el tema y no creo que yo pueda hacer ninguna revelación al respecto. Casi sin querer escribí mucho sobre Misiones, y tengo proyectos en esa línea, pero me gustaría despegarme de eso. Mi primer impulso como provinciana fue no escribir sobre la provincia. Y creo que mi meta es poder prescindir de esa etiqueta”.

¿Y qué pasa en Chile? “Este libro que llegué a publicar son seis historias, funciona como novela también, pero en realidad solo dos cuentos están en la playa, aunque en un entorno rural”, cuenta Montero. “Entonces a mí me decían ‘Tú que escribes del campo’. Como no es Santiago, bueno, ya es campo. Sé que Argentina está muy centralizada, en Chile es impresionante. A mí me interesa el paso del tiempo: cómo transcurre por un lado en la ciudad y por otro en estos espacios. Los personajes tienen un modo de hablar, una posibilidad de expresarse, o incluso de callar, que no tendrían en la ciudad”.

¿Se puede hablar del eje “Civilización-Barbarie” desde la actualidad? “Quizás continúa, no está saldado, si bien en la literatura se intenta matizar los binarismos, creo que es un eje que se produce y consume, sí es una literatura blanca, porteñocéntrica, letrada, que espera de la representación del otro cierto estereotipo, en general. Hay que cumplir con cierta expectativa en la representación de la otredad, de lo ajeno”, dice Sborovsky, y se pregunta: “¿Cómo puede ser que en un territorio tan vasto no usemos tiempos verbales compuestos? Usamos solamente el pasado perfecto y el imperfecto. No se habla así en toda la región”.

 

Lo obsoleto y lo que no lo es

Dice Chulak: “Hay un concepto que queda un tanto obsoleto: lo geográfico. Podemos discutir si los personajes son marginales o no, si la forma de narrar lo es o no, pero no el ambiente. Porque si estamos haciendo una narración completamente tradicional, con personajes funcionales a esta forma folclórica de presentar las cosas no me parece marginal, más bien lo contrario. Es cierto que la forma de hablar de cada región es muy específica, muy particular y eso sí quizás pueda diferenciarse lo que es una literatura urbana más porteña, pero no estoy seguro de que no esté formulando hacia futuro un nuevo folclore. Tengo mis dudas”.

Cierra Leonhard: “Me gusta pensar personajes sacando toda la neurosis que le pueden dar la ciudad. En el campo, en lo rural, hay algo del nivel práctico de la vida que borra todo lo otro y aflora algo nuevo que estaba mucho más adentro, más profundo, más verdadero. No voy a hablar en contra de las ciudades porque son hermosas pero la neurosis a la que lleva la ciudad me tapa, me voy quedando en unos enrosques que no van ni para atrás ni para adelante. Y hay algo de sacar sacarle todo eso a un personaje y dejarlo en el medio de la nada, donde tiene que resolver para sobrevivir, algo de esa soledad que saca de adentro que me parece muy interesante”.

 

Fuente: El Entre Ríos.