PARA APRENDER A MIRAR, POR FERNANDO BELOTTINI

Reseña de RARA AVIS de María Aranguren. Wolkowicz Editores, CABA, 2019

La Tierra es el reino de la locura, y la única libertad concedida al hombre es la de su infinita imaginación.

Jorge Luis Borges

 

RARA AVIS es un compendio de zoología fantástica ilustrado. Una taxonomía Aranguren que manifiesta un mundo propio hecho de seres que quizás sean imaginarios. Porque si María nos muestra con esa dedicación a estos especímenes es porque los trajo a la vida y el lector debe estar atento, en cualquier momento ellos pueden revelarse más allá de la interioridad de quien los ha concebido y de quien se informa. El lector debe estar atento a las líneas que los dibujan para no perderse la oportunidad de encontrarlos. Y decir: claro, si eso que vi esa noche en la que no había bebido tanto no era otra cosa que un zenba o un urquino. Y aceptar que el mundo se ha ensanchado. Porque esto es parte de lo que nos dejan los  buenos libros: ensanchar los mundos para alimentar nuestras percepciones.

 

Entre criatura y criatura, además de los trazos y detalles de sus formas y costumbres, y poemas que los utilizan para su construcción, van las reflexiones y aconteceres de un narrador: “Los días se reducen al entrenamiento del ojo. Nadie nace sabiendo mirar. A mirar se aprende.Y todo acto de mirar… tiene algo de oración.”
Esta recomendación convocante a la lectura nos deja como a esos niños que piden que repitamos una historia o agreguemos otras. Y esas otras se van agregando y completan veintiséis raras avis en cuyas conductas a veces nos reflejamos. 
El uzampo “sabe del arte de pasar desapercibido”.
Los flamellos son “incendiarios, fácilmente irritables y poco dados al trato amable”
Los txiribiri, son afectos al llanto y a los funerales.
Los ishish tienen baja tolerancia a la frustración, son fútiles e incapaces de experimentar amor.
Las sorollas son holgazanas, pendencieras y muy dadas a las exploraciones sin rumbo. y parecen tener una afición desmedida para las novedades más un rechazo al vivir autómata.
Los dodos son muy conversadores, sedentarios ante todo y dados a la buena vida. Disfrutan de dar órdenes a animales que consideran de rangos inferiores.
Los balirzos son desconfiados.
Los lyrimbos tienen 999 conductas de cortejo.
Los pansaurios eran, además de megalómanos de aire comprimido ¿?, introvertidos y sensiblemente afectados por el medio ambiente.
Los chochos no discriminan entre objetos valiosos o vulgares.
Los cratilibios, como todos nosotros, tienen una sombra cargada de seres imaginarios.
 
En esta página, en la sección Misceláneas, se encuentra una entrevista que le hizo Mempo Giardinelli a Juan Filloy en 1987. Y en la que podemos leer: “El escritor que no tenga imaginación que se corte la mano, que no escriba. La imaginación es el 90 por ciento de una obra.”
Rara Avis desborda imaginación, quiere decir que -si Filloy tiene razón- nos encontramos frente a una obra literaria cabal.
Otra asociación que nos parece interesante es la que podemos hacer con la introducción a las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino, donde el italiano escribió: “Un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir. Alguno de vosotros me dirá que esta definición puede servir para una novela con una trama, pero no para un libro como éste, que debe leerse como se leen los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos. Pues bien, quiero decir justamente que también un libro así, para ser un libro, debe tener una construcción, es decir, es preciso que se pueda descubrir en él una trama, un itinerario, un desenlace.”
¿Cuál es entonces la salida de Rara Avis? ¿El homenaje al reino animal? ¿El decir que no somos únicos y que sin la existencia de otras especies (de un otro) nuestra vida sería imposible? Porque quizás esos otros seres vivos con los que convivimos, además de contribuir a la subsistencia, y  no me refiero a comerse una vaca, sino a fenómenos como (por ejemplo) la polinización, nos permiten, mediante la analogía, definirnos. Porque al observar al reino animal tambien le ponemos a veces palabras a nuestras conductas. María parece decir, en un tono burlón, mofándose del cientificismo: ¡cuidado!, sin ellos no somos y sin imaginación, tampoco…