Alambradores (prólogo y primer capítulo)

Nota del autor

 

Tal vez todo prólogo sea una forma de justificar. Como si toda obra literaria debiera ser justificada, ya sea por el autor o por un tercero, siempre generoso. Pero también un prólogo, en contadas ocasiones, viene a sumar, a decir cosas que la obra no es capaz de decir por sí sola. En estos casos, el mérito siempre será del prolo­guista y no del novelista. En fin.

Alambradores, venía a decir yo, es una obra de ficción; quizá no sea en vano aclararlo. Lo digo para no herir susceptibilidades. Lo que no es ficción, eso sí, es el lenguaje.

En la primera página de La piel de caballo de Ricardo Zelarayán hay una frase que opera como un manifiesto. Dice: “Yo no era mi­rón, era escuchón. ¿Estamos? Escuchar sin mirar era el verso, el mío”. Notable la frase. Porque en escuchar está la literatura, en escuchar y contar lo que otros dicen es donde nace la historia. Lo demás es adorno. Todo relato comienza en la oralidad. Esto habría que repetirlo como un mantra.

Alambradores, entonces, desde un principio buscó ser una obra construida por voces: la del narrador (que no es la misma que ti­tubea en este prólogo), y las de los personajes. Después está el campo y más allá, la espera.

Es por ello que, si todo autor pudiera imponer como una especie de ley suprema cómo debe ser leída su obra, me gustaría que esta sea leída exclusivamente como una novela de voces, donde, por necesidad, el autor la tuvo que proveer de argumento y espacio. Ejercicio similar al de un músico, ahora que lo pienso, que prime­ro compone la melodía y luego la letra.

Y hablando de letra, en la prosa, siempre rescataré la mala, la buena me parece predecible.

 

Entre Ríos, julio de 2021

 

 

1

 

El Fiero les partió la oreja de un bolazo. El patrón no apareció a buscarlos a las doce, tal como había prometido. El Rengo, que es­peraba ilusionado primero, a rascarse el cuello y los hombros entró después, impaciente. Los que estaban ahí, meta mates, lo espera­ban en silencio, aburridos, seguramente, o cansados de estar pa­leando desde la mañana.

El Fiero metió una mano en el bolsillito de la camisa de grafa y sacó el celular.

—¿Y entonces? —preguntó el Rengo— ¿Viene o no viene?

—Viene —dijo el otro. Guardó el celular y sacó un cigarrillo negro de esos que solo él solía fumar.

—¡Che, cuernudo, pasame un mate! —Pidió el Mono levantándose del suelo y caminando hasta Ojedita que cebaba contra un árbol.

—Chist, chist —frenó el Rengo— despacito que me toca a mí.

—Ni un mate he tomau yo —se defendió el Mono.

—Espere su turno m´hijo —dijo Ojedita.

—¿Así de apurau con todo sos vos? —preguntó Mojarra— ¡Faaaaaaa! No me quiero imaginar cuando la ponés.

—Eyaculiador precoz debés ser —dijo el Rengo y todos se rieron.

 

Habían dejado de palear a las doce menos cinco y estaban en la media hora de descanso, tomando mates y esperando. A las doce debía haber vuelto el patrón para meterlos a todos dentro de una camioneta y llevarlos a la ciudad. Cosas del gremio. Necesitaban gente para agitar un poco, para hacer un poco de ruido, como les había dicho e instruido el Gordo García, amo y señor del sindica­to. Bah, del sindicato no, del sucuchito que tenían como sindicato, una covacha de tres por tres en donde lo único que parecía reno­varse cada cuatro años eran las fotos de los presidentes de turno que pasaban por el gobierno nacional (siempre y cuando fueran del partido) y colgaban de las paredes desconchadas. Y allí estaban en­tonces, esperando. Y cualquier cosa los ponía alegres con tal de no estar reventando bajo el sol, abriendo la tierra reseca por la sequía que había azotado la región durante todo ese verano. El Fiero tiró lo que le quedaba del pucho y se pasó las manos por la camisa, de arriba hacia abajo.

—¡Ay, como está ella! —gritó uno— ¡Lo que va a ver a sus novias del sindicato!

—¡Alcahuete!—gritó otro.

—Ustedes saben que a mí no me importa el sindicato —se de­fendió el Fiero.

—¡Qué no! ¡Si vivís metido en esa ratonera, meta chupa y asado con la plata de los pobres!

—Voy porque tengo que ir, no porque me guste —volvió a defen­derse.

—Callate, Fiero, vas porque te gusta lamberle el culo a los de arriba. —Ustedes me eligieron como delegado —dijo el Fiero—. No sé por qué ahora me joden con el sindicato.

—Te elegimos porque no había otro y teníamos que elegir —dijo Ojedita.

—Además porque no servís pa’ nada —pinchó el Mono.

El Fiero se acomodó las mangas de la camisa y volvió a pasarse las manos por el pecho.

—Y bueno… —dijo— jodansen.