Yacaré

En el medio del cañaveral hay una especie de laguna, un pantano en cuyo centro flota un tronco negro. Sobre el ébano de su corteza siempre húmeda hace la siesta un yacaré.

A un costado retirado, del otro lado de la lomada y el arenal, comíamos moras y veíamos el humo crecer. Alguno dijo que el agua iba a hervir a los pescados. En un momento alguien gritó ¡las cañas estallan! Y el yacaré rajó.
-¿Y las anguilas?

-No hay -dijo otro-, igual no me meterìa.

    En estampida salimos.
La cosa era así: nadie debía vernos. Fumábamos por placer, por indagar, para aprender. Dos o tres diferentes cada uno, llevábamos negros, rubios, mentolados. Sueltos. Lugares aleatorios, caminábamos; fuimos invisibles. Y primera plana en el diario del día siguiente: El incendio en el polideportivo habría sido intencional.
Nos pasábamos los puchos, una seca y se pasaba. Sentados, en un momento, se armó un montículo con chalas y lo prendimos. El viento empezó a silbar entre las cañas y el fuego se estiró agarrando algunas que estaban cerca nuestro, al mismo tiempo se deslizó por el piso crocante, quebradizo de hojas secas y se prendió a un manojo de tacuaras que encendieron como fósforos. Podíamos ver esa lengua azul de llama amarilla lamer la miel de fibra verde hasta partirla; una explosión tras otra y el lugar en cuestión de segundos se convirtió en una trampa, una gran caja de metralla pirotécnica.
Salimos disparados como liebres de un monte en llamas. Corrimos hasta el otro lado de la lomada, hasta la sombra de las moras. Escuchamos el concierto de sirenas y observamos el genio de humo negro crecer, hermoso, contra el cielo calcáreo de enero.
 Llegaron los bomberos, dos auto-bombas que nos parecieron demasiado. Escuchamos las voces, los gritos, las mangueras arrastrándose por el pedregullo, los chorros de agua volar y caer sobre las llamas, el cañaveral completo arder hasta la ceniza. Nos cruzaron un rato después, justo antes de la salida, cuando nos retiramos. En el retrovisor del último, fuimos un puñado invisible, pendejos del barrio que andaban por ahí, fumando coditos de caña tacuara.