FRAGMENTO DE LA NOVELA HORIZONTE DE SUCESOS

La fiesta 
La casa de Esteban fue la última estadía de la virgen en su recorrido antes de la fiesta patronal. Las familias caminan desde la capilla hasta el salón del club en un circuito de cuatro cuadras. Una camioneta lleva la estatua rodeada de flores y escoltada por dos parlantes del tamaño de una criatura. Las vecinas donaron su pelo como cada año para que sea la cabellera caoba de esa imagen que carga un niño, la que las mira y las bendice. 
 
La fiesta comienza después de la misa. Cientos de personas vienen de los pueblos cercanos y de la ciudad. Todos estacionan sus camionetas de patas anchas en la canchita de fútbol del costado del salón. Entramos con los hermanos por una puerta que nos conduce directamente a dos tablones en ele, una cantina nutrida de piroks, panes, empanadas, una parrilla sembrada con chorizos y achuras, tres freezers rojo coca cola cargados de latitas y botellas, algunas damajuanas en el piso. 
El grupo de jóvenes de la capilla, entre los que están los hermanos, venderán lo que luego irá para ayudar a la escuela. Yo los acompaño, me divierte volver a la fiesta patronal después de tanto tiempo. Desde la cantina veo a Esteban que conversa con hombres que no conozco, probablemente hijos crecidos e irreconocibles de personas que me vieron nacer.
Es mediodía y ya el pueblo entero está en esa fiesta. Saludo a mujeres que todavía recuerdo. El curita me reconoce, me abraza y me repite lo que todos: qué igual a tu madre. La gente copia el ritual de todos los años con sabida emoción. Yo corrí entre estos tablones numerados año tras año  me conozco la danza. Algo me guarda en esta repetición infinita. Cada año, la misma congregación, la alternancia cíclica entre el tiempo sagrado y el tiempo profano. Por las ventanas del salón ahora entra una luz oblicua. Somos menos pero cada vez más regados por el vino que fluye y se desliza en la boca, en los pisos de granito, por adentro de las venas. 
Para las seis de la tarde ya han pasado cuatro orquestas que hacen la misma clase de música. Polca, chamamé y pasodoble intercalados interminablemente y cada tanto combinados con alguna cumbia de moda forzada a una base del mismo compás. Algunas parejas bailan juntas desde el mediodía, no se mezclan, se retienen y se sostienen. Los sueltos se derraman por la pista, corretean, se enredan con los niños que quedan en pie y todavía no han caído dormidos entre dos sillas en los costados del salón. 
Miramos desde la cantina la calesita inagotable. Reconozco esos ritmos entrando en mi espalda, me sostengo de ellos como de una hamaca inmemorial. 
Entro a la danza como alguna vez entré al mundo. Me lleva de la mano un señor de piel colorada y orejas gordas. Tiene dedos de tubérculos y una piel rugosa y caliente. Hop hop hop dice mientras me mete en el círculo que gira y gira sobre baldosas embarradas. Los rusos bailan dando saltitos, se agarran fuerte. Hop hop hop una polca Rutz tutz tutz. Dejo el vaso en la punta de un tablón y me subo al silbido de esa órbita. El hombre que me sacó a bailar ahora baila con la hermana del presidente del club, una rusa de caderas angostas y espalda generosa a la que mi abuela le hubiera dicho percherona en voz baja. Me toma de la mano otro hombre que no conozco y comenzamos a girar sobre nuestro eje y sobre el eje de la gran ronda que besa el piso. Rotación y traslación, planetas siendo planetas. Mi corazón es una suelta de pájaros. 
Mi bisabuela nunca bailó: marcaba con el pie el ritmo binario de la polca debajo de la silla. Mi abuela sí bailaba. Antes de lo del gurí eran —con mi abuelo— una pareja que se hacía notar. Siempre juntos, siempre acompasados, sabiéndose uno en el baile y en el quehacer. Muy tarde supe que no se amaron, que cada uno tenía el corazón sangrando en otras costillas. Llevaban la danza como llevaban la casa como llevaban los hijos: funcionales, prolijos y amables. 
Tuvimos pocas fiestas pero todas inolvidables. El sacrificio se suspendía por única vez cada fecha patronal, las pieles se volvían rojas y enfundadas en el único sudor que no era de la trilla ni del arado. Las muertes rajaron de un guadañazo la danza y la risa. Nunca más volvimos. Yo jamás volví. Hop hop hop el corazón que fue frío y ahora caliente, dando vueltas alrededor de la danza de plegarias. El acordeón agonizando en luceros, sapucais cuando la polca le da lugar al chamamé. Todo el cuerpo de la rusada dilatado en los vaivenes que le imprime el litoral. Todas las latitudes juntas revolcadas: el Volga, el Paraná cimbreando la cintura, hinchamiento de lomo. Los ojos de mis abuelos adentro de los míos cuando los cierro, el agujero negro, mi tía, la memoria de mis padres sobrevolando la estridencia. Chamamé chamán. Mi vida, mi propia vida, el corazón caja agujereada por donde se insufla viento, ese acordeón. Qué importa, si estoy bailando. Quién tiene frío, quién dolor, a quién viene buscando la muerte que la pecheo. Cuánto vale la consagración del sacrificio si mi cuerpo ahora es la casa allá entre las cuchillas, que se expande, le entran taragüires, hombres con manos rugosas y todo el cielo del campo. 
 
Me suelto de las manos de todos los que están en la ronda. Ahora es un círculo único, temo caernos en un aro de fuego. El acordeón da su rezongo final, un sonido que va, se aleja y viene, se agranda. Sapucais como relinchos. Aplausos. Tengo la espalda mojada, el pelo pegado a la cara. Carpeteo hacia la cantina. Los hermanos me ven desde atrás del tablón como si fuera la última mujer que pisa el aro de fuego que se abre y se agranda, los saludo con la mano. La órbita me reclama. Giro. Esta vez, no me suelto. La estatua de la virgen con el niño reposa olvidada arriba de la heladera de coca cola y aún en su indiferencia, resplandece.